Villacañas: el pueblo que también se construyó bajo tierra

Silos, trabajo y memoria doméstica en La Mancha

Rosa Amor del Olmo

El 2 de febrero de 1970, el Ayuntamiento de Villacañas puso por escrito una realidad que hoy puede parecernos mucho más lejana: todavía estaban habitados 623 silos, con cerca de 2.500 moradores. Según la presentación de aquellos documentos realizada por el Archivo Histórico Provincial de Toledo, representaban aproximadamente la cuarta parte de la población. No eran restos arqueológicos ni una supervivencia pintoresca en los márgenes del pueblo. Eran casas. La cifra obliga a cambiar de perspectiva: aquello que ahora visitamos para conocer el pasado formaba parte de la vida ordinaria de miles de personas cuando el siglo XX había sobrepasado ampliamente su mitad. Antes de convertirse en patrimonio, aquellos interiores fueron lugares donde había que vivir al día siguiente.

La palabra necesita una aclaración. Los silos de Villacañas no designan aquí depósitos de grano, sino viviendas excavadas en terreno llano. No se aprovechaba simplemente una cueva natural ni se abría una puerta en una ladera: se descendía desde la superficie para obtener, dentro de la tierra, el espacio doméstico. El Ayuntamiento vincula esta solución a las limitaciones económicas de los trabajadores agrícolas y al ahorro de materiales. Construir significaba, en buena medida, quitar: extraer aquello que ocupaba el lugar de las futuras habitaciones. La casa existía primero como una posibilidad que todavía no podía verse. Hacerla habitable exigía trabajo antes incluso de que hubiese una pared que encalar.

La documentación permite situar esa historia sin asignarle un nacimiento legendario. Luis García Montes recoge una referencia del Catastro de Ensenada de 1752 a unas veintiocho viviendas subterráneas ocupadas por vecinos pobres. Es una prueba de su existencia en aquel momento, no la fecha de construcción del primer silo. Academia de Bellas Artes Toledo Entre esa mención y el informe de 1970 transcurren más de dos siglos. La distancia aconseja no describirlos como una realidad idéntica a lo largo del tiempo. Una forma de vivienda puede persistir mientras cambian sus habitantes, sus necesidades y las alternativas de alojamiento que tienen a su alcance.

De su construcción procede parte de su fuerza visual. Acostumbramos a reconocer una vivienda por lo que se levanta sobre el suelo; aquí debemos aprender a leer lo que lo interrumpe. La entrada desciende y las chimeneas anuncian una vida cuyo volumen principal permanece oculto. No conviene confundir esa discreción con una arquitectura sin pensamiento. Resolver dónde entrar, cómo distribuirse y por dónde recibir aire y luz supone decisiones. Que sus autores no hayan dejado una firma prestigiosa no vuelve inexistente su conocimiento. La expresión «arquitectura popular» resulta útil si nos ayuda a estudiarlo; lo es menos cuando sirve para admirar vagamente unas formas sin preguntarnos cómo fueron posibles.

Lorena López Méndez recoge en su investigación etnográfica de 2022 una costumbre elocuente: la construcción podía comenzar durante el noviazgo, con la adquisición del solar y el inicio de una excavación que llegaba a prolongarse durante años. Las estancias respondían al tamaño de la familia y a los animales que poseía. Preparar una vida en común tenía, por tanto, una traducción material: abrirle sitio. No basta describir el resultado con un plano; también importa el tiempo invertido antes de ocuparlo. El futuro doméstico no se esperaba únicamente. Se trabajaba mientras seguía siendo futuro.

Hay una tentación de convertir esa práctica en una historia sentimental de parejas capaces de hacerse una casa gracias al amor y al esfuerzo. Sería una lectura incompleta. La capacidad de construir no elimina las restricciones que obligan a hacerlo de aquella manera. El trabajo sustituye al dinero disponible, pero no deja por ello de costar: consume fuerzas, horas y posibilidades de descanso. Admirar la destreza de los moradores exige reconocer también ese precio. Su iniciativa no demuestra que la necesidad estuviera resuelta de antemano; demuestra cuánto tuvieron que aportar para resolverla. La autonomía alcanzada y la dificultad del camino pueden reconocerse sin que una borre la otra.

García Montes describe la caña, la bajada al interior, y las lumbreras, aberturas verticales de las habitaciones. Recoge también el desaguadero dispuesto para recibir la lluvia que entraba por el acceso. Academia de Bellas Artes Toledo Es una arquitectura pendiente de sus relaciones con el exterior. La tierra ofrece protección, pero no permite prescindir del aire, la iluminación ni el agua que debe evacuarse. Esos elementos merecen una atención semejante a la que concedemos a una fachada monumental: resuelven necesidades esenciales y conservan un vocabulario ligado a la experiencia. Cada nombre distingue algo que para sus habitantes no era un detalle intercambiable.

La consideración de los animales en la distribución, señalada por López Méndez, ayuda a comprender que la casa respondía a una economía familiar, no solo a unas necesidades de alojamiento. Producción Científica UCM Dormir y trabajar no pertenecían a mundos completamente separados. Mirar el silo exclusivamente como una sucesión de dormitorios empobrecería su historia: importaban también los espacios relacionados con el sustento. Nuestra mirada necesita ajustar sus categorías. Lo que hoy separaríamos entre vivienda, almacén y lugar de trabajo podía formar parte de una misma organización. El hogar daba cobijo a las personas y debía atender, además, a los medios con que se ganaban la vida.

Arriba tampoco terminaba la casa. Una fotografía conservada con el expediente de 1970 muestra personas sentadas junto al acceso, con una construcción y un carro al fondo. No conocemos sus conversaciones ni debemos inventarlas. Basta observar la relación entre el descenso y el espacio compartido de la superficie: la puerta no comunicaba con un vacío, sino con una vecindad. «Vivir bajo tierra» puede convertirse en una expresión demasiado rotunda si nos hace olvidar esa continuidad. La imagen devuelve a los moradores al aire libre y corrige la fantasía de una existencia encerrada permanentemente en el subsuelo.

El blanco tenía una función que iba más allá del aspecto. En el informe municipal, el alcalde explicaba que la cal de la entrada ayudaba a reflejar luz hacia el interior. Destacaba el cuidado de las familias por la limpieza y señalaba que algunos silos disponían de electricidad. Había adaptaciones dentro de una forma constructiva antigua. El documento recuerda también que una vivienda no se conserva limpia por su naturaleza: alguien tiene que hacer el trabajo. La blancura que atrae al visitante es el resultado visible de una atención que, cuando funciona, suele dejar de llamar la atención.

Otra fotografía del expediente permite detenerse en esa vida doméstica: sillas, telas estampadas, cuadros, utensilios sobre una repisa y muebles protegidos con cortinas. No vemos un espacio vacío a la espera de convertirse en museo. Vemos decisiones sobre cómo colocar, conservar y presentar las cosas. Una imagen tampoco puede decirnos todo sobre las condiciones de alojamiento. Que una habitación esté arreglada no prueba que disponga de servicios suficientes, del mismo modo que la falta de esos servicios no demuestra desinterés de sus habitantes. El orden y las carencias pueden compartir una estancia. La fotografía merece conservar esa complejidad, en lugar de ilustrar únicamente una conclusión previamente elegida.

Resulta significativo que el informe atribuya a los moradores una «idiosincrasia» particular sin explicar en qué consiste. AHPTO La palabra parece describir y, en realidad, deja una distancia. ¿Qué diferencia demostrable separaba a aquellas familias de las demás? El documento no la desarrolla. Conviene detenerse en ese límite antes de convertir el tipo de vivienda en una identidad completa. Habitar un silo no basta para deducir una forma de pensar, un temperamento ni una escala de valores. Los materiales condicionan la vida; no explican por sí solos a quien la ocupa. También el lenguaje administrativo debe leerse: puede registrar necesidades y, al mismo tiempo, producir categorías que simplifican a las personas.

Mucho más concreta es la explicación económica. El alcalde señala que las familias no pueden afrontar los alquileres y añade un obstáculo distinto: tampoco existen suficientes viviendas disponibles para todas ellas. AHPTO El problema no se reduce a una preferencia por permanecer bajo tierra. Hay límites de ingresos y de oferta. Esa precisión devuelve las decisiones a sus posibilidades reales. Preguntarse por qué alguien no abandona una vivienda resulta insuficiente mientras no se pregunte adónde podría ir. El arraigo puede influir, pero no conviene utilizarlo para presentar como elección enteramente libre aquello que también depende de la ausencia de alternativas.

La defensa de la dignidad de los moradores tampoco obliga a idealizar la construcción. El informe relaciona una subida del nivel de las aguas subterráneas con el deterioro y derrumbe de silos, sin víctimas personales en los episodios que menciona. Una cualidad del alojamiento puede coexistir con un riesgo. La protección térmica destacada por las descripciones turísticas no resuelve, por sí sola, todos los problemas de habitabilidad. Reconocer esa diferencia evita convertir el ingenio constructivo en una receta universal. Una casa no se juzga únicamente por la temperatura agradable que encontramos durante una visita. Importa también cómo responde cuando cambian las condiciones que la sostienen.

El mismo documento menciona la construcción de 275 albergues provisionales, con intervención municipal y del Ministerio de la Vivienda.La cifra corresponde a una actuación en curso; no permite suponer que quedaran resueltas todas las necesidades. También hay que escuchar el adjetivo: provisional. Salir de un alojamiento inadecuado es un paso; alcanzar una estabilidad suficiente puede exigir otros. La historia del realojo no debería terminar cuando alguien entrega unas llaves. Interesa qué continuidad encuentran las familias y qué dificultades nuevas aparecen. El informe abre esas preguntas, pero no ofrece por sí solo las respuestas sobre cada trayectoria posterior.

El Archivo Histórico Provincial relaciona estas campañas sobre las casas-cueva con Las ratas, de Miguel Delibes, y recuerda que en ellas se mezclaban preocupaciones sanitarias y de seguridad con razones de imagen pública. La comparación literaria merece acompañar el expediente, no sustituirlo. No estamos ante una documentación local sobre los personajes de la novela. La afinidad permite formular una pregunta: ¿se quiere mejorar la vida de quienes habitan de manera precaria o se quiere, ante todo, dejar de ver esa precariedad? Una actuación puede responder a ambos impulsos. Distinguirlos ayuda a juzgarla por lo que hace posible para las personas, no solo por la estampa que deja detrás.

Desde aquí se comprende mejor el paso de vivienda a patrimonio. El Museo Municipal del Silo conserva el espacio excavado y presenta herramientas agrícolas, mobiliario y utensilios domésticos. El conjunto permite relacionar la forma de la casa con el trabajo y los usos familiares. Pero el cambio de función modifica nuestra experiencia: entramos porque podemos salir; nos detenemos ante objetos que no necesitamos utilizar. La visita ofrece conocimiento, aunque no reproduzca la vida anterior. Reconocer esa distancia no disminuye el museo. Le devuelve su tarea: ayudar a comprender unas condiciones históricas, no prometer que unos minutos bastan para haberlas vivido.

Un objeto cotidiano plantea preguntas que exceden su clasificación. Una silla conserva una forma de sentarse, pero no nos dice automáticamente quién descansaba en ella ni cuánto descanso tenía. Una herramienta remite a un trabajo y deja pendiente la experiencia de realizarlo. El ajuar puede mostrarse por sus materiales y por su belleza, aunque también merezca atención por el esfuerzo de adquirirlo y mantenerlo. El museo gana profundidad cuando no convierte la modestia en un decorado uniforme. Las familias no son intercambiables porque sus recursos fueran limitados. Conservar objetos debería ayudarnos a buscar esas diferencias, no a borrarlas bajo una imagen general de «cómo se vivía antes».

La nostalgia puede ser tan reductora como el desprecio. Una mirada ve atraso donde hubo conocimiento; otra encuentra autenticidad en condiciones que no tendría que soportar. Ambas evitan escuchar del todo a los habitantes. Cabe recordar con afecto una casa y alegrarse de haber podido dejarla. Se puede conservar el orgullo por el trabajo familiar sin desear que los descendientes repitan sus dificultades. La memoria no necesita elegir entre gratitud y crítica. Precisamente porque una vivienda contuvo vida, merece que no la reduzcamos ni a una desgracia sin matices ni a un paraíso perdido. El respeto empieza cuando permitimos esa coexistencia.

También nuestras obligaciones ante el patrimonio necesitan concretarse. No basta con admirar una entrada encalada si dejamos fuera de la explicación el mantenimiento que exige. Ni basta celebrar la iniciativa de quienes excavaron si convertimos su esfuerzo en argumento para desentendernos de las condiciones de vivienda de otras personas. El trabajo de aquellos moradores merece reconocimiento, no explotación retórica. Su historia permite hablar de responsabilidad doméstica, cuidado y capacidad para actuar, pero no demuestra que cualquier problema se resuelva con voluntad suficiente. Una pala no elimina por sí sola la desigualdad de oportunidades, aunque en unas manos concretas haya contribuido a abrir una casa.

La investigación de López Méndez, presentada como experiencia etnográfica y familiar, recuerda la necesidad de incorporar otras miradas a la del expediente. La administración cuenta viviendas y habitantes; la memoria permite preguntar cómo se usaba cada espacio y qué significaba abandonarlo. No son registros que deban excluirse. Los documentos ayudan a precisar y contrastar; los recuerdos introducen relaciones que una cifra no puede contener. Lo importante es conservar la procedencia de cada afirmación y no llenar los silencios con escenas verosímiles. Desconocer una conversación es preferible a inventarla y atribuírsela a quienes ya no pueden corregirnos.

Al regresar a la superficie, las chimeneas y las entradas adquieren otra densidad. Debajo no hubo un pueblo distinto del que conocemos, sino una parte del mismo pueblo, sostenida por trabajos y decisiones menos visibles que una fachada. Los 623 silos del informe dejan de ser únicamente una cifra y vuelven a plantear la pregunta por sus moradores. No podemos recuperar todas sus vidas. Sí podemos evitar que el patrimonio las borre mientras conserva sus habitaciones. Villacañas merece ser contado también desde ese descenso: una comunidad que abrió espacio dentro de la tierra y cuya memoria no termina en el hecho extraordinario de haber vivido bajo ella.

Bibliografía y fuentes

Ayuntamiento de Villacañas. Informe dirigido al gobernador civil de Toledo, 2 de febrero de 1970. Documento conservado en el Archivo Histórico Provincial de Toledo y reproducido en «Los silos de Villacañas», blog del AHPTO, 17 de marzo de 2020. AHPTO

García Montes, Luis. «Los silos de Villacañas». Anales Toledanos, núm. 22, 1986. Dialnet

López Méndez, Lorena. «Experiencia etnográfica y familiar en los silos de Villacañas. Construcciones subterráneas y populares, patrimonio cultural de Castilla-La Mancha». Memòria Viva, núm. 14, 2022, pp. 118-127. Ficha y resumen disponibles en el portal de producción científica de la Universidad Complutense de Madrid. Producción Científica UCM

Ayuntamiento de Villacañas y Turismo de Castilla-La Mancha. Fichas institucionales del Museo Municipal del Silo: arquitectura, ajuar y presentación de la vida cotidiana. Ayuntamiento de Villacañas

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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