
Observatorio Negrín-Galdós
Una chilaba es, en su forma marroquí más reconocible, una prenda exterior larga y holgada, con mangas y capucha. Se lleva sobre otras prendas y pertenece a la indumentaria del Magreb, con una presencia especialmente característica en Marruecos. La definición permite identificarla; todavía no explica su historia. Bajo ese nombre encontramos diferencias de tejido, de corte, de uso y de consideración social que impiden hablar de un uniforme invariable. 1,4
Conviene empezar por la ropa, antes de convertirla en símbolo. Una manga deja hacer ciertos movimientos; una abertura facilita el paso; una capucha permite cubrirse la cabeza. Son decisiones que afectan al cuerpo. Al describir una prenda únicamente por la impresión que nos produce, podemos pasar por alto lo que sabe de ella quien la usa: cuánto pesa, cómo abriga, si estorba al caminar o qué exige hacer con las manos. La historia del vestido también se encuentra en esas dificultades.
El Diccionario de la lengua española remonta chilaba al árabe marroquí žɘllāba y, a través de este, al árabe clásico ǧilbāb. La palabra española pertenece, por tanto, a una historia de contacto lingüístico. Su definición, «Pieza de vestir con capucha que usan los moros», conserva una identificación muy general de los usuarios. El Diccionario del estudiante añade información más útil para reconocer el objeto: longitud, mangas, semejanza con una túnica y especial vinculación con Marruecos. 2,1
El Diccionario histórico de la lengua española documenta la voz desde 1836, en la traducción de F. J. Maeztu de Aventuras de un renegado español, de H. Arnaud. Allí, un personaje abandona su frac deteriorado y se cubre con una chilaba. La Academia incorporó la palabra a su diccionario en 1899. Son fechas de documentación del término en español, no del nacimiento de la prenda: un objeto puede llevar mucho tiempo en uso antes de aparecer en los textos de otra lengua. 3
Preguntar quién inventó la chilaba, como si debiéramos encontrar una firma y una fecha, exige una certeza que estas fuentes no ofrecen. La historia de una palabra tampoco basta para reconstruir la de todos los objetos que ha designado. Los tejidos se gastan, los cortes se modifican y los nombres pueden mantenerse. Para conocer una indumentaria hacen falta, además de diccionarios, prendas conservadas, imágenes, descripciones y testimonios de uso. Cada documento responde a una pregunta distinta.
La Encyclopédie berbère permite observar esa diversidad. Su entrada «Djellaba», publicada en 1995, distingue formas urbanas de tejidos finos y otras rurales más gruesas. Describe modelos del Rif oriental tan cortos y abiertos por delante que se aproximan a una chaqueta, sujetos con cinturón. En otras variantes, el vestido alcanza la pantorrilla o llega hasta los pies. La silueta larga que reconocemos con facilidad no agota la historia de la prenda. 4
La misma descripción registra un uso inesperado de la capucha: doblada sobre la espalda, podía servir para transportar una pequeña comida cuando el campesino o el pastor no llevaba bolsa. El detalle devuelve la ropa a una jornada de trabajo. Lo que desde lejos parece únicamente un rasgo pintoresco tiene también una función que no se adivina mirando una figura inmóvil. Una prenda no siempre se utiliza de la manera que anticipa quien la describe. 4
Los museos conservan pruebas más concretas que cualquier evocación de un atuendo supuestamente eterno. El Metropolitan Museum de Nueva York posee una chilaba marroquí de comienzos del siglo XX, confeccionada en lana y registrada como prenda exterior. Su número de inventario es C.I.42.56.3. La ficha no nos da una biografía completa de quien la llevó, pero fija algo verificable: material, procedencia y datación. El tejido obliga a pensar en la protección del cuerpo, no solamente en su apariencia. 5
Otra pieza del mismo museo, también de comienzos del siglo XX, combina lana y seda. Está catalogada como indumentaria masculina y atribuida a Marruecos o Argelia: el museo mantiene esa alternativa y conviene respetarla. Es el ejemplar C.I.41.110.96. Las dos prendas comparten nombre, pero no composición. Esa diferencia basta para desconfiar de la imagen de una ropa siempre basta, siempre idéntica y ajena a cualquier elaboración estética. Una categoría de vestuario admite materiales y acabados distintos. 6
El nombre de la fibra no revela por sí solo el precio, el prestigio o la ocasión para la que se confeccionó una pieza. Sería precipitado asignar una posición social al dueño de cualquier vestido que contenga seda. Hace falta estudiar también la elaboración, la procedencia y los testimonios que lo acompañan. La atención al objeto es exigente: obliga a conservar preguntas abiertas donde una imagen general de «lo tradicional» permitiría responder demasiado deprisa.
También conviene distinguirla de prendas próximas. En la indumentaria marroquí, el caftán se diferencia habitualmente por carecer de la capucha característica de la chilaba; sus versiones de ceremonia pueden presentar una ornamentación muy elaborada. El albornoz o burnús, por su parte, es una capa o capote con capucha, no la misma estructura de túnica con mangas. Aquí albornoz conserva su acepción histórica, distinta de la prenda de baño que hoy sugiere la palabra en español. La semejanza de longitud no vuelve intercambiables todos esos nombres. 7,8

La capucha tampoco debe confundirse con un velo facial. Una cosa es el vestido, otra la posibilidad de cubrirse la cabeza y otra la pieza que se coloque sobre el rostro. Pueden formar parte de un mismo conjunto sin ser el mismo objeto. La distinción resulta fundamental cuando una descripción de ropa pretende convertirse en una explicación de creencias: reconocer una chilaba no equivale a conocer la religión, las convicciones o el grado de observancia de quien la lleva. 1,9
Un documento conservado por el Musée d’art et d’histoire du judaïsme de París obliga a abandonar la identificación exclusiva entre chilaba e islam. Se trata de una fotografía de Jean Besancenot, fechada hacia 1935 y catalogada con el título histórico Type de juif marocain. La nota asociada menciona a judíos de edad avanzada de los barrios judíos urbanos que todavía vestían chilaba. La indumentaria podía formar parte de un ámbito cultural compartido sin borrar las diferencias religiosas de sus usuarios. 9
El documento no permite deducir que todas las personas de una ciudad vistieran igual ni que compartir una prenda eliminase sus desigualdades. Su aportación es más concreta: muestra que una clasificación exclusivamente confesional dejaría fuera usos documentados. En materia de vestido, el parecido puede atravesar fronteras que una explicación apresurada considera absolutas. Es necesario averiguar quién llevó una pieza, en qué lugar y en qué época antes de atribuirle un significado único.
La política añadió otros sentidos. En Making Morocco, Jonathan Wyrtzen estudia cómo el nacionalismo marroquí empleó prendas de producción local, entre ellas la chilaba, en protestas y ceremonias. Esa visibilidad acompañaba campañas contra el consumo de determinados productos extranjeros, incluidos los textiles. Vestirse podía intervenir en una afirmación colectiva. El significado no estaba cosido a la tela desde su origen: adquiría fuerza en una situación histórica y mediante una decisión sobre cómo presentarse en público. 10
Una de las explicaciones más reveladoras está en Sueños en el umbral, las memorias literarias de Fatema Mernissi. En el capítulo «El harén va al cine», la autora recuerda el deseo de su madre de cambiar el jaique por una chilaba. El primero se componía de siete metros de algodón grueso que había que mantener sujetos al envolverse. La segunda, descrita allí como abrigo masculino, dejaba las manos libres y permitía dar pasos más largos gracias a sus aberturas laterales. Las hijas que iban a la escuela y las madres que las imitaban modificaban también el uso social de la ropa. 11
El padre compara aquella novedad con que las francesas empezaran a llevar pantalones masculinos. La escena altera una interpretación demasiado fácil: en esa casa y en ese momento, ponerse una chilaba era una innovación discutida. Mernissi narra una experiencia situada, no una transformación simultánea de todo Marruecos. Su recuerdo permite preguntar qué significó una elección para quienes tuvieron que defenderla. 11
La mejora tiene una medida corporal: poder caminar sin dedicar las manos a sostener el vestido. Una modificación del corte puede ampliar lo que alguien hace durante el día sin transformar por completo su vida.
La circulación del modelo llega también a un lugar inesperado: Venecia. El Museo del Traje de Madrid conserva una «Túnica (Chilaba)» de Mariano Fortuny y Madrazo, datada aproximadamente entre 1930 y 1940. La ficha publicada por Museum With No Frontiers la describe como una pieza de algodón, de procedencia veneciana, y proporciona el inventario MT088393. El nombre magrebí aparece así asociado a una obra de diseño europeo. Para comprenderla hay que conservar ambas informaciones, no elegir la que resulte más sugestiva. 12
No estamos ante una prueba de que la chilaba naciera en Italia, sino ante una reelaboración del modelo en otro contexto. La procedencia y la autoría modifican la lectura del objeto. Una prenda confeccionada para un uso local y una creación de Fortuny pueden compartir referencias formales sin tener la misma historia. Su parentesco permite estudiar la circulación de las formas; no autoriza a convertirlas en manifestaciones indistintas de un único «Oriente». 12
También la palabra ha viajado dentro de la literatura. El diccionario histórico recoge chilabas en Imán, de Ramón J. Sender, y en Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. En esta última, Nahir Miguel lleva la «chilaba de beduino» que trajo de su tierra. El vestido conserva una procedencia dentro de la vida doméstica. La expresión pertenece al relato: no conviene exigirle la exactitud de una ficha de indumentaria. Importa también qué permite recordar de una persona. 3
El recorrido devuelve una respuesta más precisa a la pregunta inicial. Una chilaba se reconoce por una forma, pero se conoce a través de sus usos. La composición de la tela, la longitud, el corte, el contexto y la persona que la viste impiden tratarla como una pieza detenida fuera del tiempo. Su historia exige mirar un tejido y escuchar un testimonio; también distinguir lo que sabemos de lo que hemos dado por supuesto.
La prenda no se vuelve más interesante cuando la cargamos de misterio. Se vuelve más interesante cuando averiguamos cómo está hecha y qué permite hacer. En lugar de pedirle a una capucha que nos explique por completo a la persona que tenemos delante, conviene empezar por una pregunta menos ambiciosa y más útil: qué significa para ella llevar esa ropa.
Fuentes y referencias
Las llamadas numéricas remiten a los documentos empleados en el artículo.
1. Real Academia Española, Diccionario del estudiante, voz «chilaba». Descripción de la túnica, mangas y capucha. Consultar
2. RAE-ASALE, Diccionario de la lengua española, voz «chilaba». Definición y etimología. Consultar
3. Real Academia Española, Diccionario histórico de la lengua española, voz «chilaba». Primera documentación en 1836, incorporación académica en 1899 y testimonios literarios. Consultar
4. E. B., «Djellaba», Encyclopédie berbère, vol. 16, 1995, pp. 2425–2427. Variantes regionales, materiales y usos de la capucha. DOI: 10.4000/encyclopedieberbere.2181. Consultar · Copia del volumen consultada
5. The Metropolitan Museum of Art, «Djellaba», Marruecos, comienzos del siglo XX. Lana. Inventario C.I.42.56.3. Consultar
6. The Metropolitan Museum of Art, «Djellaba», Marruecos o Argelia, comienzos del siglo XX. Lana y seda. Inventario C.I.41.110.96. Consultar
7. Youssef Sourgo, «Moroccan Caftan: The Pride of Moroccan Women», Morocco World News, 11 de abril de 2013. Distinción entre caftán y chilaba. Consultar
8. RAE-ASALE, Diccionario de la lengua española, voz «albornoz», acepción 3: capa o capote con capucha. Consultar
9. Musée d’art et d’histoire du judaïsme, ficha «Type de juif marocain», fotografía de Jean Besancenot, hacia 1935, y nota sobre el uso de la chilaba entre judíos de los mellahs urbanos. Consultar
10. Jonathan Wyrtzen, Making Morocco: Colonial Intervention and the Politics of Identity, Cornell University Press, 2015, cap. 5, p. 164. Vestido y movilización nacionalista. Consultar
11. Fatema Mernissi, Sueños en el umbral. Memorias de una niña del harén, traducción de Ángela Pérez Gómez, Muchnik, 2002; original de 1994. Cap. 13, «El harén va al cine», pp. 78–80 de la copia consultada. Consultar
12. Elvira González, «Tunic (Djellaba) / Túnica (Chilaba)», Museum With No Frontiers, proyecto Sharing History. Museo del Traje, CIPE: Mariano Fortuny y Madrazo, hacia 1930–1940, algodón, procedencia Venecia, inventario MT088393. Consultar

























