
Ortega y Gasset: deseamos a la mujer porque el cuerpo de Ella es un alma[1]
Rosa Amor del Olmo
Efectivamente, hay muchos autores que han sentado cátedra —filósofos y literatos especialmente— cuyas ideas con respecto a la mujer en nada han ayudado a la conquista de sus derechos ni al progreso de su libertad de acción.
Ya sé que a ningún autor le gusta que se le extraigan párrafos de sus escritos para tergiversarlo. No pienso hacer eso. Pero también es verdad que lo que se escribe, escrito está. Ortega decía que la verdad se inventa, y es una afirmación certera, tanto como eficaz resulta el tratamiento que “de forma espontánea” algunos autores conceden a otros. Recomiendo la lectura de El hombre y la gente, de este controvertido y contradictorio filósofo que, como cada hijo de vecino —yo también lo soy con toda probabilidad—, aportó al panorama intelectual de su tiempo una determinada consideración de la mujer en la vida.

No sé si soy lo que escribo; tampoco sé si soy aquello por lo que lucho; tampoco tienen mis escritos que responder sistemáticamente a mi manera de vivir. Pero la invención de la verdad es un concepto más o menos cierto que sirve, y mucho, para dominar ciertas masas. Las personas que no tienen sentido crítico —bien porque no lo han conseguido en la escuela o porque no leen para ello— acaban creyendo cualquier cosa que se les diga, y entonces ya son rehenes.
En este libro descubrimos también su rabieta infantil contra Simone de Beauvoir y Le deuxième sexe, algo bastante habitual entre filósofos. Por ejemplo, cuando escribe: “En cambio, creer, como de su escrito se desprende, que una mujer es más persona cuando no «existe» preocupada por el hombre, sino ocupada en escribir un libro sobre Le deuxième sexe nos parece ya algo más que simple confusión”.
Las mujeres no podemos ser filósofos porque ellos lo dicen, básicamente. En el texto de mañana hablaré de La mujer del filósofo, de Galdós, un texto misógino como muchas de sus páginas y actitudes frente a una mujer que ya estaba en lucha. Es decir, que no podemos otorgarle el beneplácito cómodo del “era un autor de su tiempo”. Para nada. Así como Flaubert, Balzac, el propio Galdós, la Pardo Bazán y tantos autores realistas que por mil veces hemos asegurado que eran “feministas” y adelantados a su tiempo… me desdigo completamente. Es la escritura de la cobardía, porque ellos —intelectuales estupendos, grandes escritores de ayer y de hoy— sí conocían la realidad de las mujeres, sus capacidades y el impedimento social para crecer; por lo tanto, se les juzga por lo que saben. No defendieron nada: expusieron, observaron, ordenaron y muchas veces legitimaron.
Pero lo que se escribe es un arma. La pluma siempre ha sido una espada. Juzgue, pues, el lector con estos extractos, a partir de los cuales ya podría escribir Ortega unas obras completas para desdecirse, porque desde luego lo dicho, dicho está. Sé que en algunas ocasiones se ha intentado salvar el pellejo del machito filósofo, pero yo digo que cuando comencé a leer sus textos me pareció un supresor más, un odiador —sin saberlo quizá— de mujeres, y más aún de mujeres inteligentes y con formación. Para una adolescente que fui yo, leer aquello fue un trauma.
“Siendo yo joven volvía en un gran transatlántico de Buenos Aires a España. Entre los compañeros de viaje había unas cuantas señoras norteamericanas, jóvenes y de gran belleza. Aunque mi trato con ellas no llegó a acercarse siquiera a la intimidad, era evidente que yo hablaba a cada una de ellas como un hombre habla a una mujer que se halla en la plenitud de sus atributos femeninos. Una de ellas se sintió un poco ofendida en su condición de norteamericana. Por lo visto, Lincoln no se había esforzado en ganar la guerra de Secesión para que yo, un joven español, se permitiese tratarla como a una mujer. Las mujeres norteamericanas eran entonces tan modestas que creían que había algo superior a «ser mujer». Ello es que me dijo: «Reclamo de usted que me hable como a un ser humano.» Yo no pude menos de contestar: «Señora, yo no conozco ese personaje que usted llama “ser humano”. Yo sólo conozco hombres y mujeres. Como tengo la suerte de que usted no sea un hombre, sino una mujer —por cierto, espléndida—, me comporto en consecuencia.» Aquella criatura había padecido, en algún College, la educación racionalista de la época, y el racionalismo es una forma de beatería intelectual que al pensar sobre una realidad procura tener a ésta lo menos posible en cuenta. En este caso había producido la hipótesis de la abstracción «ser humano».”
La anécdota ya bastaría. El paternalismo, la suficiencia, la necesidad de reducir a la mujer a su condición sexual para negarle su exigencia elemental de ser tratada como sujeto. Pero lo más inquietante de Ortega no es siquiera el exabrupto, ni la boutade, ni la frase que hoy provoca escándalo inmediato. Lo verdaderamente grave es otra cosa: la conversión del prejuicio en categoría intelectual. Esa es la forma más eficaz y más duradera de la misoginia culta. No estamos ante un hombre que insulta torpemente a las mujeres, sino ante un pensador que reviste de filosofía la desigualdad, que estetiza la subordinación y que transforma una jerarquía social en aparente evidencia natural. Ese es su verdadero poder y también su verdadera trampa. Porque cuando la inferioridad femenina se formula con elegancia, con léxico fino, con autoridad ensayística y con ese aire de observación profunda sobre la condición humana, deja de parecer una opinión interesada para convertirse, a ojos del lector desprevenido, en una verdad del mundo.
Que las formas del cuerpo femenino se diferencian bastante de las del cuerpo masculino no sería causa suficiente para que en él descubramos la mujer.
(…) “La mujer vive en perpetuo crepúsculo; no sabe bien si quiere o si no quiere, si hará o no hará, si se arrepiente o no se arrepiente. Dentro de la mujer no hay mediodía ni medianoche: es crepuscular. Por eso es constitutivamente secreta. No porque no declare lo que siente y le pasa, sino porque normalmente no podría decir lo que siente y le pasa. Es para ella también un secreto. Esto proporciona a la mujer la suavidad de formas que posee su «alma» y que es para nosotros lo típicamente femenino. Frente a las aristas del varón, la intimidad de la mujer parece poseer sólo delicadas curvas. La confusión, como la nube, tiene formas redondas. A ello corresponde que en el cuerpo de la mujer la carne tienda siempre a finísimas curvaturas, que es lo que los italianos llaman morbidezza.”
Hasta aquí no estamos ante una simple colección de ocurrencias desafortunadas, sino ante toda una teoría de la mujer como ser ontológicamente disminuido, corporalizado y destinado a la perspectiva masculina. Ese es el punto central: Ortega no incurre en un desliz, sino en una construcción. Y las construcciones intelectuales, cuando las firma un nombre consagrado, hacen escuela.
Ahí reside el mecanismo. Ortega no describe a la mujer: la construye. La construye como criatura crepuscular, secreta, confusa, corporal, blanda, suavemente inferior, deliciosa para el varón precisamente por hallarse en ese rango vital “algo inferior”. No hay aquí inocencia alguna. Hay una operación intelectual perfectamente reconocible: despojar a la mujer de plena soberanía subjetiva y devolverla al espacio de lo interpretado, lo contemplado, lo deseado. La mujer no aparece como conciencia autónoma, sino como experiencia masculina. No es sujeto del pensamiento, sino objeto del pensamiento ajeno; no es medida de sí misma, sino superficie donde el filósofo proyecta una teoría de la diferencia que en realidad encubre una teoría de la subordinación.
“En un tiempo como el nuestro en que, si bien menguante, sufrimos la manía de creer que las cosas son mejores cuando son iguales, la anterior afirmación irritará a muchas gentes. Pero la irritación no es buena garantía de la perspicacia. En la presencia de la Mujer presentimos los varones inmediatamente una criatura que, sobre el nivel perteneciente a la humanidad, es de un rango vital algo inferior al nuestro. No existe ningún otro ser que posea esta doble condición: ser humano y serlo menos que el varón. En esa dualidad estriba la sin par delicia que es para el hombre masculino la mujer.”
La frase debería bastar para deshacer muchos prestigios heredados. No hay metáfora, no hay ironía salvadora, no hay desliz: hay jerarquía. Hay una afirmación expresa de inferioridad. Y, sin embargo, esa inferioridad es presentada como fuente de placer, como “delicia”, como condición de la atracción. Ahí está una de las claves más turbias de la tradición misógina: la mujer no sólo debe ser distinta, sino algo menos, para que el orden masculino conserve intacta su comodidad sentimental, erótica e intelectual. La desigualdad no se padece; se disfruta.
Por eso estos textos resultan mucho más peligrosos que la grosería elemental del misógino común. El misógino tosco se delata enseguida; el refinado, en cambio, educa generaciones. Donde uno vocifera, el otro canoniza. Donde uno desprecia de manera brutal, el otro halaga para encerrar mejor. Porque pocas trampas han sido tan eficaces en la historia de las mujeres como el elogio de la diferencia. Se nos dice entonces que no somos inferiores, sino distintas; no menos racionales, sino más sensibles; no incapaces de vida pública, sino inclinadas a otro orden más íntimo, más delicado, más corporal, más “nuestro”. Y así, con el barniz de la admiración, se nos expulsa del territorio de la plena ciudadanía intelectual y moral.
“Porque se olvida demasiado que el cuerpo femenino está dotado de una sensibilidad interna más viva que el del hombre, esto es, que nuestras sensaciones orgánicas intracorporales son vagas y como sordas comparadas con las de la mujer. En este hecho veo yo una de las raíces de donde emerge, sugestivo, gentil y admirable el espléndido espectáculo de la feminidad.”
“En la mujer, por el contrario, es solicitada constantemente la atención por la vivacidad de sus sensaciones intracorporales: siente a todas horas su cuerpo como interpuesto entre el mundo y su yo, lo lleva siempre delante de sí, a la vez como escudo que defiende y rehén vulnerable. Las consecuencias son claras: toda la vida psíquica de la mujer está más fundida con su cuerpo que en el hombre; es decir, su alma es más corporal, pero, viceversa, su cuerpo convive más constante y estrechamente con su espíritu; es decir, su cuerpo está más transido de alma. Ofrece, en efecto, la persona femenina un grado de penetración entre el cuerpo y el espíritu mucho más elevado que la varonil.”
Hay en estos pasajes una operación especialmente perversa: la mujer queda definida como cuerpo espiritualizado para uso del hombre. No es sujeto pleno, sino presencia destinada a provocar, conmover, suavizar, atraer. Ortega no solo reduce a la mujer; la convierte en experiencia masculina. Lo femenino aparece así no como una forma autónoma de estar en el mundo, sino como aquello que el hombre contempla, interpreta y desea. Esta maniobra ha sido central en siglos de cultura patriarcal: la mujer como paisaje, como misterio, como carne con alma, como criatura “deliciosa”, nunca como conciencia soberana. La adulación de la feminidad ha sido con frecuencia una forma más sofisticada de su encierro.
De ahí también la incomodidad que produce Simone de Beauvoir en tantos pensadores de estirpe semejante. Porque donde ellos ven naturaleza, ella ve fabricación histórica; donde ellos hablan de esencia femenina, ella detecta educación, costumbre, disciplina, miedo, dependencia y reparto desigual del poder. Beauvoir rompe el hechizo del “eterno femenino” y deja al descubierto su función política. La mujer no nace para ser enigma del varón, ni adorno del mundo, ni carne impregnada de alma para su deleite: llega a ser lo que una determinada cultura le permite o le impone ser. Y eso es precisamente lo que a tantos les resulta intolerable: que una mujer piense su condición no como destino, sino como construcción.
En este último extracto que a este diario traigo, juzgue la lectora el paternalismo radical, el fino doble sentido y por dónde van los tiros todavía hoy a raíz de textos como éstos; y póngase en guardia:
“Vista a la luz de la idea que expongo, nada más natural y, a la par, inevitable. Su nativa contextura fisiológica impone a la mujer el hábito de fijarse, de atender a su cuerpo, que viene a ser el objeto más próximo en la perspectiva de su mundo. Y como la cultura no es sino la ocupación reflexiva sobre aquello a que nuestra atención va con preferencia, la mujer ha creado la egregia cultura del cuerpo, que históricamente empezó por el adorno, siguió por el aseo y ha concluido por la cortesía, genial invento femenino que es, en resolución, la fina cultura del gesto. El resultado de esta atención constante que la mujer presta a su cuerpo es que éste nos aparece desde luego como impregnado, como lleno todo él de alma. En esto se funda la impresión de debilidad que su presencia suscita en nosotros. Porque, en contraste con la sólida y firme apariencia del cuerpo, el alma es algo trémulo, el alma es algo débil. En fin, la atracción erótica que en el varón produce no es, como siempre nos han dicho los ascetas, ciegos para estos asuntos, suscitada por el cuerpo femenino en cuanto cuerpo, sino que deseamos a la mujer porque el cuerpo de Ella es un alma.”
No conviene leer estas páginas como reliquias inocentes de otra época. Siguen respirando entre nosotros, aunque con vocabulario renovado. Cada vez que se opone la emoción femenina a la razón masculina, la imagen a la autoridad, el cuerpo a la inteligencia, la empatía a la decisión, resucita este mismo armazón conceptual. La misoginia no siempre entra hoy dando un portazo; muchas veces vuelve peinada, elegante, universitaria, sentimental, incluso seductora. Por eso no basta con archivar estos textos como síntomas del pasado. Hay que leerlos con vigilancia crítica, porque ayudaron a legitimar un reparto del mundo en el que las mujeres podían ser admiradas, deseadas, protegidas e incluso celebradas, con tal de no ser del todo libres.
No, no se trata de sacar de contexto a Ortega ni de armar un proceso sumario con frases aisladas. Se trata de leerlo. Leerlo de verdad. Y comprobar que, cuando un intelectual convierte la desigualdad en belleza, la dominación en naturaleza y la inferioridad en delicia, no está describiendo el mundo: está colaborando con su injusticia.
[1] El texto en cursiva es el de Ortega y Gasset del mencionado libro El hombre y la gente que no eran sino textos que el autor publicó en la Argentina, en el otoño de 1939 en forma de folleto, para uso de los asistentes al segundo ciclo de su curso sobre El hombre y la gente.] Después recogidos En Obras completas, tomo VI, y en el volumen Ideas y creencias.















