
Una palabra de Tembleque para nombrar al pícaro bueno
por Rosa Amor del Olmo
Hay palabras que uno busca en el diccionario y otras que hay que buscarlas por la calle. Chanete pertenece probablemente a las segundas. En Tembleque, si alguien dice de otro que es un chanete, no está llamándolo delincuente, embustero ni mala persona. Más bien está dibujando un carácter: el del hombre pícaro, espabilado, gracioso, buscavidas en el mejor sentido de la palabra, capaz de encontrar una solución donde los demás solamente ven un problema. Un hombre con retranca, quizá. Pero con buen fondo.
Y lo curioso es que los chanetes existen.
Yo conozco a uno.
Es, además, majísimo. Anda ahora peleando por sacar adelante una empresa dedicada precisamente a esas cosas para las que nunca sabemos a quién llamar: vaciar una casa, retirar muebles, recogerlos, trasladarlos, cambiar un armario de habitación, hacer una pequeña reparación, resolver trabajos de albañilería o echar una mano cuando una vivienda se ha convertido en un problema. Oficios que parecen menores hasta que hacen falta. Entonces descubrimos que son imprescindibles.
Hay algo extraordinariamente castellano en esa combinación de ingenio, trabajo y capacidad para resolver. Quizá por eso me interesó la palabra.
¿Qué es exactamente un chanete?
La pregunta, que parecía sencilla, empezó a complicarse en cuanto intenté buscar una respuesta escrita. Y ahí comienza una pequeña aventura lingüística.
La pista más interesante aparece muy cerca de Tembleque, en Mora, también en la provincia de Toledo. En un estudio dedicado a los motes tradicionales de la localidad aparece efectivamente Chanete. Esteban Gutiérrez Díaz-Bernardo, trabajando sobre la recopilación de Dionisio Díaz-Toledo Varela, recoge Chanete y Chanita y relaciona el primero con chano, al que se atribuye el sentido de «capcioso, engañoso».
Pero aquí sucede algo que los lingüistas conocemos bien: las palabras no obedecen siempre al diccionario, y mucho menos permanecen quietas durante generaciones.

Porque el chanete que se oye en Tembleque no parece responder exactamente a esa descripción negativa.
Un chanete puede ser pícaro, desde luego. Puede tener mundo, saber buscarse las vueltas, contestar con gracia y encontrar una salida inesperada. Pero la picardía no implica necesariamente engaño. Hay una enorme distancia semántica entre ser un embustero y ser un pícaro. Y en esa distancia parece haberse instalado nuestra palabra.
La literatura española conoce muy bien esa diferencia.
Lázaro de Tormes aprende a sobrevivir porque la necesidad le obliga a desarrollar el ingenio. Los personajes populares de Cervantes saben muchas veces más de la vida que quienes presumen de saberlo todo. Sancho Panza posee una inteligencia práctica construida con refranes, experiencia, hambre, caminos y conversación. Y buena parte de nuestra tradición literaria ha convertido al buscavidas en una figura ambigua pero entrañable: alguien que conoce las rendijas del mundo y sabe pasar por ellas.
El chanete de Tembleque parece pertenecer, salvando todas las distancias, a esa familia cultural.
No es necesariamente quien engaña.
Es quien se las sabe.
Y «sabérselas» constituye una categoría importantísima de la cultura popular castellana.
El sufijo también resulta sugerente. -Ete aparece en español con valores diminutivos, afectivos y, en ocasiones, despectivos. No es igual decir amigo que amiguete, ni viejo que vejete. La terminación añade una valoración del hablante, una proximidad, una ironía o una familiaridad difíciles de traducir mediante una definición rígida.
Quizá ahí se encuentre parte del encanto de chanete. La palabra parece sonreír mientras se pronuncia.
Y eso importa.
Porque la lengua popular está llena de vocablos cuyo verdadero significado depende tanto de la entonación como de la etimología. Una palabra puede haber nacido con cierto valor y adquirir otro después; puede ser despectiva en un pueblo y cariñosa a veinte kilómetros; puede comenzar siendo un mote familiar y terminar convertida en sustantivo común.
Los apodos son especialmente fértiles en este terreno.
En Castilla-La Mancha, y particularmente en los pueblos, durante generaciones el mote ha funcionado casi como un segundo sistema de identificación. Hay familias conocidas por denominaciones que no figuran en ningún documento oficial. Algunas proceden de un oficio; otras, de una característica física, una anécdota, una frase pronunciada por un antepasado o un episodio cuyo origen ya nadie recuerda. Y hay casos en los que el apodo sobrevive al acontecimiento que lo produjo durante tanto tiempo que acaba convertido en patrimonio lingüístico.
De ahí que documentar una voz como chanete sea mucho más difícil de lo que parece.
Los diccionarios conservan una parte de la lengua. Los pueblos conservan otra.
La Real Academia Española recuerda, además, algo fundamental: que una palabra no figure en el Diccionario de la lengua española no significa automáticamente que sea incorrecta. Ningún diccionario puede recoger la totalidad de las voces regionales, locales, familiares, profesionales o circunstanciales que utilizan millones de hablantes.
Y aquí entramos en un terreno que me interesa especialmente: el patrimonio lingüístico de los pueblos.
Nos preocupamos, con razón, cuando desaparece una casa antigua. Protestamos cuando se destruye una fachada. Restauramos una iglesia, protegemos un cuadro, conservamos una herramienta agrícola y fotografiamos una puerta centenaria antes de que alguien decida sustituirla por aluminio.
Pero cada año desaparecen también palabras.
Muere la última persona que utilizaba una expresión y nadie se da cuenta.
No deja escombros.
No aparece una excavadora.
Simplemente, un día deja de pronunciarse.
Por eso chanete merece ser anotado.
Y merece hacerlo con cautela. Sabemos que la palabra aparece documentada como mote en Mora y tenemos constancia de su empleo vivo en Tembleque con un valor que parece próximo a pícaro, espabilado, gracioso, resolutivo y de buen fondo. Lo que todavía habría que averiguar es hasta dónde llega geográficamente ese significado.
¿Se dice en Villacañas? ¿En Consuegra? ¿En Madridejos? ¿En La Guardia? ¿En El Romeral? ¿En otros pueblos manchegos o castellanos?
Ahí comienza una investigación mucho más hermosa que consultar únicamente bases de datos: preguntar a la gente.
—¿Usted qué entiende por chanete?
Y después:
—¿Quién era el chanete de su pueblo?
Probablemente aparecerían historias.
Porque sospecho que la definición verdaderamente buena no será:
chanete. m. Hombre pícaro.
Sería demasiado pobre.
Yo propondría provisionalmente otra:
chanete. m. En Tembleque y posiblemente en otras localidades castellanas, persona pícara y espabilada, generalmente simpática y ocurrente, con habilidad para desenvolverse y resolver situaciones; usado con frecuencia con sentido afectuoso o humorístico.
Provisionalmente, insisto.
La lengua pertenece a quienes la hablan y serán los propios hablantes quienes tengan que corregirnos.
Y entonces vuelvo al Chanete que conozco.
Resulta que se dedica a vaciar casas, mover muebles, recoger trastos, hacer reparaciones, solucionar pequeñas obras y resolver todos esos problemas domésticos ante los que uno acaba preguntando: «¿Y ahora a quién llamo?».
Pues llamas al Chanete.
Y acaso acabemos de encontrar, sin pretenderlo, una definición mucho mejor que la filológica.
Porque un chanete podría ser precisamente eso: el que encuentra la manera.
El que no se queda contemplando el problema.
El que mira una casa llena de muebles, una puerta que no cierra, un armario que pesa como un muerto o una pared que necesita arreglo y dice:
—Eso lo hacemos.
Tal vez las palabras populares sobrevivan precisamente porque alguna persona vuelve a llenarlas de sentido.
Y en Tembleque todavía tenemos un Chanete.
Amén.

























