
Por Rosa Amor del Olmo
El rey disparó contra el toro. Quevedo siguió mirando.
En febrero de 1624, durante el viaje de Felipe IV a Andalucía, Tembleque recibió al monarca con un festejo taurino. Quevedo lo cuenta en su carta al marqués de Velada: hubo toros, hubo fuegos y hubo un animal al que el rey abatió de un arcabuzazo. Pero el escritor no termina ahí. Apenas ha referido el disparo cuando se fija en otro de los viajeros, Gaspar de Bonifaz, que aparece a la mesa del almirante de Castilla convertido en una amenaza para los guisados. El espectáculo acaba de cambiar de sitio.
Me interesa ese movimiento de la mirada. La facilidad con que una noticia solemne desemboca en una escena de apetito. Tembleque podría haber quedado en la carta como una parada del itinerario, un nombre entre otros nombres, el lugar donde se recibió al rey y sucedió algo digno de memoria. Quevedo hace más: introduce personajes, cambia de escala, encuentra una frase. Lo que nos entrega no es solamente la noticia de una visita. Es una pequeña pieza de literatura. Por eso merece la pena volver al documento, incluso cuando conocemos la anécdota. La pregunta no es únicamente qué pasó en Tembleque, sino qué ocurre con Tembleque cuando quien lo cuenta es Quevedo.
La carta, tradicionalmente fechada en Andújar el 17 de febrero de 1624, tiene un destinatario concreto: el marqués de Velada y de San Román. Esa fecha corresponde a la misiva, no debe trasladarse sin más al festejo temblequeño. En la versión reproducida por Don Lope de Sosa en 1927, el recibimiento se presenta así:
«En Tembleque, aquel concejo recibió a su majestad con una fiesta de toros».
La frase podría pertenecer a una relación convencional del viaje. Sin embargo, llegamos a ella advertidos: el narrador ya nos ha enseñado cómo va a contar las cosas.
Antes de alcanzar Aranjuez, había volcado el coche del almirante en el que viajaba Quevedo. El escritor se incluye entre los accidentados y transforma el percance en una escena cómica. A su propia dificultad para andar le pone una definición extraordinaria: «tartamudo de zancas». Las piernas tartamudean. La vacilación del habla se ha trasladado al paso, y el cuerpo queda descrito mediante una palabra que parecía pertenecer a otro lugar. No hace falta explicar largamente el tropiezo: la expresión lo ejecuta. Es como si, al leerla, viéramos un movimiento interrumpido.
Además, Quevedo comienza por sí mismo. Antes de presentar las incomodidades ajenas, se deja ver tratando de salir de un coche volcado. No ocupa la posición de un observador impecable al que nada le sucede. Viaja, cae, necesita ayuda y encuentra motivos para la burla en su propia situación. Isabel Pérez Cuenca ha señalado la importancia de este comienzo: frente a lo que podría esperarse de una relación del viaje real, la carta arranca con el escritor y su accidente, y concede una atención considerable a los integrantes de la comitiva.
Ese es el viajero que llega, literariamente, a Tembleque. No una estatua provista de unos anteojos célebres, sino alguien que trae el cuerpo zarandeado y la lengua intacta.
En el pasaje del festejo, la versión que estamos leyendo contiene una de esas pequeñas reservas que alteran el tono de una frase. Los toreadores reciben un elogio de su valentía, pero la descripción concluye con tres palabras: «y alguno acertado». La formulación figura también entre los testimonios recogidos por José María de Cossío al estudiar a Bonifaz. Ahí está el quiebro. El valor puede concederse ampliamente; el acierto, según esa coletilla, exige una selección. La frase parece haber salido a felicitar y vuelve con una salvedad. No necesita detener el relato para anunciar que va a ser graciosa. Le basta con colocar al final lo que modifica todo lo anterior.
Es una lección de escritura: a veces la ironía no está en añadir un insulto, sino en administrar una precisión.
Después llega el disparo del rey. Pero la carta no convierte ese episodio en un largo cuadro heroico. La lectura avanza hacia la mesa y encuentra a Bonifaz. También el Diccionario histórico de la lengua española recoge el pasaje, con su memorable caracterización: «guadaña de los guisados».
Cuatro palabras y ya tenemos un personaje.
Quevedo podría haber escrito que Bonifaz comía mucho. Habría transmitido una información. Al convertirlo en una guadaña, produce una imagen: algo pasa por la mesa y deja tras de sí lo que queda de una siega. El comensal se vuelve herramienta; el alimento, superficie amenazada. La eficacia de la expresión reside en que no describe cada bocado. Nos permite imaginar de una vez todos los bocados. Hay, además, una comicidad sonora en la proximidad de las dos palabras principales. La frase se recuerda porque tiene imagen y tiene oído. Casi parece construida para sobrevivir a la conversación en la que se repita.
La asociación de la guadaña con la muerte, ampliamente documentada por el diccionario histórico, añade otra resonancia posible: el paso de Bonifaz por los platos puede leerse como una diminuta devastación culinaria. El efecto es desproporcionado a propósito. Se convoca una imagen terrible para hablar de la cena. Conviene no confundir el retrato con la persona entera. Gaspar de Bonifaz era un caballerizo real, relacionado con el mundo cortesano de Quevedo y de su destinatario. La carta escoge ciertos rasgos y los amplifica hasta convertirlos en una figura cómica. Pérez Cuenca estudia precisamente cómo esa caracterización se va construyendo a través de las sucesivas etapas del viaje.
En otras palabras: la literatura no nos entrega un expediente sobre sus hábitos alimenticios. Nos entrega al Bonifaz que Quevedo quiere hacer visible.
Y ese personaje tiene continuidad. En Madridejos vuelve a aparecer entre platos y tazas; más adelante, en Linares, la burla alcanza también las mantas y el acomodo nocturno. Las escenas no suceden todas en Tembleque, pero el párrafo temblequeño participa en la formación de un retrato que acompaña al lector durante el camino. Cossío reunió estos pasajes al reconstruir la figura del caballerizo.
El viaje tiene así dos itinerarios. Uno lo forman las poblaciones. El otro, las reapariciones de los personajes. Avanzamos hacia Andalucía, pero también avanzamos en el conocimiento de una pequeña compañía literaria: sabemos a quién debemos vigilar cuando llega la comida, qué incomodidades pueden reaparecer y quién encontrará una ocurrencia para contarlas.
No es extraño que una carta semejante desborde el interés de su primer destinatario.

Abraham Madroñal ha estudiado su relación con el Vejamen que Antonio Hurtado de Mendoza preparó con motivo de la estancia real en Sevilla. Su investigación sitúa estos textos en un ambiente donde los escritores compartían personas, acontecimientos y prácticas de burla. También recuerda que Velada participaba en la vida literaria y que respondió a Quevedo en un tono igualmente jocoso.
Esto importa para leer bien. No estamos ante un periodista moderno que observa desde fuera un mundo al que no pertenece, ni ante una denuncia que deba interpretarse automáticamente como oposición a la monarquía. Estamos ante un escritor que se dirige a un interlocutor familiarizado con los nombres y las bromas. La agudeza circula dentro de una red de relaciones.
De hecho, la respuesta del marqués contiene una réplica deliciosa. Según el texto recogido por Cossío, Velada viene a preguntarle a Quevedo por qué le molesta tanto que Bonifaz coma, si quien corre con el gasto es el almirante. La escena gana otra voz. El retratista también puede ser retratado; quien se burla recibe una contestación. La carta no queda suspendida como un monólogo destinado a la posteridad. Entra en una conversación.
Quizá sea esta una de las mejores maneras de acercar un clásico: devolverle sus interlocutores. Quevedo no escribió mirando el pedestal que algún día pudiera reservarle la historia. Aquí escribe para que alguien entienda, reconozca y se divierta. Nosotros llegamos cuatro siglos después a esa conversación y, pese a la distancia, todavía podemos encontrar la gracia.
¿Y Tembleque?
Tembleque está en el centro de una escena donde coinciden una ceremonia pública y una intimidad de viajeros. El recibimiento y la mesa. El acontecimiento que merece registrarse y el detalle que hace que el registro se vuelva inolvidable.
Al leer el breve párrafo también surgen preguntas que el texto no responde. ¿Quién preparó aquella comida? ¿Quién dispuso el alojamiento? ¿Qué veían los vecinos cuando observaban a la comitiva? En estas líneas, los organizadores del recibimiento aparecen agrupados en el concejo, mientras que algunos visitantes conservan nombre, gesto y hasta apetito. Podemos advertir esa diferencia sin rellenar los silencios con personajes inventados.
La historia local tiene mucho que ganar de esas preguntas. No necesita atribuir a un documento más de lo que dice. La carta testimonia el festejo, pero por sí sola no es un acta de inauguración de la plaza ni permite colocar al escritor en un balcón determinado. Su interés no disminuye cuando respetamos esos límites. Al contrario: el texto recupera su perfil y deja de ser una excusa para asegurar cualquier cosa.
A mí me parece que leer a Quevedo desde Tembleque ofrece algo más estimulante que incorporar otro nombre ilustre a un inventario. Permite detenerse en el trabajo de una frase. Comprender cómo una conjunción introduce una reserva, cómo una metáfora fabrica un personaje, cómo el narrador pasa del espectáculo al comensal sin perder el hilo.
Un patrimonio literario también consiste en eso: en conservar la capacidad de leer lo que conservamos.
Porque podemos repetir durante años que un escritor pasó por un pueblo y no haber entrado nunca en su página. Podemos recordar el disparo y omitir la mesa; recordar al rey y no advertir al viajero que empieza su relato por una caída. Podemos quedarnos con el acontecimiento y perder precisamente aquello que hace insustituible a quien lo cuenta.
Tembleque no necesita agrandar la anécdota. Le basta con abrir la carta.
De aquella fiesta ya no podemos oír el arcabuz. Pero todavía se oye a Quevedo.
Fuentes y bibliografía
Quevedo, Francisco de. Carta al marqués de Velada y de San Román sobre el viaje a Andalucía de 1624. Reproducción en Don Lope de Sosa, núm. 169, enero de 1927; pasaje de Tembleque en la p. 16. Las citas literales del artículo siguen esta reproducción, pues la transmisión de la carta presenta variantes.
Pérez Cuenca, Isabel. «Esbozos de retratos en las cartas de Francisco de Quevedo». La Perinola, 22, 2018, pp. 201-246. Especialmente útil para el comienzo autobiográfico de la carta, sus destinatarios y la construcción del personaje de Bonifaz. Remite también a la edición de Celsa Carmen García Valdés en Prosa festiva completa, Madrid, Cátedra, 1993, pp. 379-388.
Cossío, José María de. «Dos tratadistas taurinos». Boletín de la Real Academia Española, XXXII, cuaderno CXXXVII, 1952, pp. 317-335. Las pp. 330-331 recogen el episodio temblequeño, las bromas sobre Bonifaz y la respuesta del marqués de Velada.
Madroñal, Abraham. «El Vejamen de Antonio Hurtado de Mendoza en Sevilla (1624) y su relación con una carta de Quevedo». La Perinola, 8, 2004, pp. 235-255. Estudia el contexto literario y cortesano, así como distintos testimonios manuscritos de la carta.
Real Academia Española. Diccionario histórico de la lengua española, voz «guadaña». Incluye el pasaje de Tembleque entre los testimonios del uso figurado de la palabra

























