Germinal Esgleas y un concepto anarquista de la Historia

Eduardo Montagut

Germinal Esgleas, o Josep Esgleas i Jaume (1903-1981) fue un destacado anarquista, y anarcosindicalista, además de compañero de Federica Montseny.

En su niñez vivió en el Protectorado marroquí donde perdió a su padre y a su hermano. Con su madre se trasladó en 1919 al Maresme. Allí trabajó en los sectores de la madera y el textil, además de entrar en la CNT. Su intenso compromiso le llevó a ser secretario del Sindicatos de Oficios Diversos de Calella, y a ser detenido en numerosas ocasiones. En 1923 fue elegido secretario de la CNT en Cataluña. Fue detenido junto con Francisco Urales en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. Entre 1928 y 1929 fue maestro en la escuela racionalista del sindicato vidriero de Manresa. En 1930 se une a Federica Montseny, con la que tendría tres hijos. En el tramo final de la Guerra Civil representó a la CNT en el Departamento de Economía de la Generalitat. Estuvo detenido en el Campo de Argelès -sur-Mer y después en el de Norton. En 1944 el maquis le liberó. En 1945 fue elegido secretario general de la CNT en el exilio, en París. Escribió mucho en prensa y algunos libros.

Hoy queremos acercarnos a su concepto de la historia a través de un artículo que publicó en La Revista Blanca en su número del 15 de junio de 1929.

El texto:

“El concepto de la Historia:

El proceso de evolución histórica no se desarrolla rigurosamente de acuerdo con principios lógicos formulados o priori, ni se sujeta a un ritmo de preestablecida ordenación, como ha creído algún famoso filósofo. La misma interposición marxista de la Historia, el materialismo histórico, tampoco nos lo explica satisfactoriamente. Pretender ‘hallar la clave de la Historia en un enunciado de regularidad mecánica, en una fórmula o ecuación matemática, es algo sencillamente absurdo. La historia de la humanidad, pase la perogrullada, es la historia del hombre; lo que equivale a decir de algo vivo, de algo inconmensurable, de algo que halla en sí mismo, en el medio y en el ambiente, un motivo, mil motivos de perenne renovación. El hombre, pese a la sofística, no es un ente abstracto, pura entelequia; es algo concreto, imposible de definir exactamente; es una realidad orgánica; algo sobre cuya existencia efectiva no se puede dudar. La historia del hombre no la explicará la metafísica ni la economía política; mejor la explicará la biología. Los cambios históricos, las transformaciones históricas, obedecen, indudablemente, a necesidades biológicas, y en biología vemos estrechamente unidas las manifestaciones vitales del alma y del cuerpo, que no podríamos concebir separados en absoluto. Materia y espíritu, entre los que las filosofías decadentes, negativas, y alguna pretendida innovadora, han intentado establecer un abismo, van indisolublemente ligadas en el proceso de evolución histórica, y en éste cuentan también las represiones más o menos aparentes. ¡Materia y espíritu! El hombre es su síntesis, y es el hombre quien forja, quien crea la Historia al impulso de sus necesidades materiales y espirituales. Medir éstas, sería medir lo infinito, y el hombre es eso: parte del infinito que palpita al impulso de las infinitas vibraciones del Cosmos y que las recoge, las modula y transforma para reintegrarlas en nuevas formas de energía, ideas, sentimientos, actos y obras, el gran todo, que nadie es capaz de concebir ni de explicar en su conjunto ni en los detalles de su magnífica, maravillosa e imponente grandeza.

No mueve al hombre en la Historia sólo el egoísmo del pan, realidad concreta; el hombre ansia la libertad, aspira a la justicia, abstracciones puras que, aunque parezca paradoja, tienen en nosotros profunda raigambre fisiológica, tanta, que sin ella nos sería difícil definir ciertos fenómenos vitales. El filósofo que no se adentra en el misterio insondable de la vida, y la vida es tan incoercible como el espíritu del hombre y como el espíritu de la Historia, no verá en ésta sino el desarrollo en serie de un conjunto de hechos lógicos producidos objetivamente, independientes del factor hombre. Pero donde se olvida el hombre, las necesidades, las pasiones, las ideas, los sentimientos del hombre, se omite la Historia. En las grandes gestas ‘históricas sería del todo imposible borrar las huellas de las individualidades, con sus grandes cualidades y con sus grandes defectos. La fatalidad no empuña el cetro de la Historia: impera en ésta la pasión, y la historia de la humanidad es la historia de la pasión. de algo inasible que se traduce en hechos; de una, de mil voluntades que desean plasmar en realidad la visión de un ensueño sentido. La pasión: he ahí el factor principal de la Historia. La pasión brota de las entrañas mismas del hombre, y, como muchos de los impulsos de éste, es algo ciega. La pasión es una exuberancia, una exaltación más o menos pasajera de vida, según las reservas orgánicas, según el temperamento, que convierte los hombres en gigantes y en héroes, no en héroes de glorias fementidas, sino en héroes de glorias positivas, humanas y universales. La pasión es ansia loca, indomable, que no cede ni se arredra y que va directa al fin perseguido. Mientras d hombre sea susceptible de alimentar grandes pasiones, y esto será en tanto de él quede rastro en la tierra, todas las instituciones opresoras, todas las instituciones de viciamiento colectivo, toda fuerza puesta al servicio de la tiranía, por poderosas que sean y por afianzadas que parezcan, serán cosa efímera y deleznable.”

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