
Rosa Amor del Olmo
Antes de tener una cúpula, el Cristo del Valle tuvo un lugar donde alguien permitió descansar a dos desconocidos.
Así cuenta la tradición su comienzo. Corría el año 1688 y dos peregrinos encontraron acogida en un silo utilizado para las labores del campo, perteneciente a un vecino de Tembleque llamado Francisco Rodríguez Palmero. Según el relato que recogió Domingo de Aguirre, aquellos hombres pintaron sobre el poste central una imagen de Jesucristo crucificado, con su Madre al pie de la cruz, y después se marcharon sin que nadie advirtiera su partida. La noticia de lo sucedido y los beneficios que se atribuían a la imagen comenzaron a atraer visitantes.
Conviene detenerse un momento en esa primera escena, antes de que lleguen los escudos, las obras, las cuentas y los nombres de los grandes priores. Hay dos personas de paso. Hay un alojamiento humilde. Hay alguien que hace sitio. La narración fundacional sitúa lo extraordinario en un espacio destinado a las necesidades más elementales de la vida. El lugar donde se trabaja y se busca resguardo se convierte, inesperadamente, en un lugar hacia el que otros comenzarán a caminar.
En esa escena cabe una lectura profundamente cristiana de la hospitalidad: recibir al desconocido sin saber todavía qué traerá consigo. También cabe una pregunta que no ha envejecido: ¿cuántas cosas importantes habrán empezado porque alguien decidió no cerrar una puerta?
La leyenda pertenece al ámbito de la devoción y debe contarse como tal. Su fuerza no exige convertir cada detalle en una certeza documental. Lo que interesa es escuchar qué ha querido conservar una comunidad al transmitirla. Entre todas las maneras posibles de explicar el nacimiento de un santuario, esta sitúa en el comienzo una acogida. Antes de pedir que se mirase al cielo, alguien había mirado a quienes necesitaban refugio.

La vida alrededor de una imagen
La historia posterior fue dando forma material a aquella devoción. El propietario cedió el lugar a la dignidad prioral de San Juan. El santuario, concluido en 1698, se levantó con planta de cruz griega. Su fachada muestra la cruz de ocho puntas de la Orden y los escudos de los grandes priores vinculados a su construcción, Fernando Francisco de Escobedo y Carlos de Lorena.
Los escudos permiten leer la presencia del poder; el edificio entero invita a pensar en las manos que hicieron posible su permanencia. Toda arquitectura religiosa tiene una historia visible, la de sus promotores y sus fechas, y otra que cuesta más reconstruir: la de quienes prepararon materiales, transportaron cargas, pagaron jornales o resolvieron las dificultades cotidianas de una obra. Bajo la solemnidad de una fachada siempre queda el esfuerzo de personas a las que rara vez se les reserva una inscripción.

Además, el Valle llegó a ser mucho más que un destino para jornadas señaladas. José García Cano ha explicado que en el entorno del santuario llegaron a residir más de veinte personas, entre ellas pastores, un panadero, zagales, mayorales y un barbero. Entre sus dependencias y propiedades figuraban molinos, huerta y una quesería destinada al abastecimiento de peregrinos y residentes.
La descripción antigua de Domingo de Aguirre menciona también un hospital para refugio de viajeros pobres y casas donde habitaban durante todo el año el capellán y los sirvientes. La palabra hospital debe entenderse aquí en esa función de acogida, sin trasladarle automáticamente la imagen de nuestros establecimientos sanitarios.
Ese dato devuelve al santuario una dimensión que puede perderse cuando lo contemplamos únicamente como monumento. Había que atender a quienes llegaban. Había que alimentar, organizar, guardar provisiones. La peregrinación tenía una parte espiritual, pero los peregrinos tenían cuerpo: cansancio, hambre, sed, necesidad de descanso. Una historia de la devoción que olvide esas necesidades dejaría fuera precisamente a las personas que la hicieron posible.
Me interesa ese Valle de los días sin fiesta. El que obliga a imaginar el trabajo cuando ya se han marchado los visitantes, cuando no hay ceremonia ni música y sigue siendo necesario ocuparse de lo que permite celebrar la siguiente jornada.
Cuarenta y seis cántaros
A veces un inventario acerca más al pasado que una descripción solemne. El de 1774, recuperado por José García Cano y comentado en el estudio sobre la cueva-despensa difundido por Todo Tembleque, registra utensilios, recipientes para aceite y vinagre, una tinaja de El Toboso destinada a pimientos en vinagre y cuarenta y seis cántaros de barro de La Mota. Los estudios de Pedro Antonio Fernández Fernández-Peinado distinguen, además, esa despensa del silo fundacional: no son el mismo espacio, pues la ermita se construyó sobre el antiguo silo.
Cuarenta y seis cántaros obligan a cambiar la mirada.
Nos hacen pensar en el peso del agua, en las manos que la transportaban, en la previsión necesaria para recibir a otros. El documento no pretendía conmover: alguien estaba contando bienes. Sin embargo, esa exactitud permite acercarnos a una vida que las grandes palabras suelen dejar fuera.
Hay algo hermoso en que el pasado nos alcance mediante un recipiente para conservar pimientos. La historia recupera entonces su tamaño humano. Junto a la imagen venerada aparecen las tareas que sostenían la jornada. También ellas merecen memoria.
Cuando Tembleque llegó a Motril

La devoción tampoco quedó encerrada en los caminos inmediatos al santuario. El investigador Pablo Castilla Domínguez ha documentado una conexión con Motril: en 1702, Francisco de Villanueva y su esposa, Ana García, promovieron una capilla en el santuario de Nuestra Señora de la Cabeza para colocar una representación del Cristo del Valle de Tembleque. La petición obtuvo licencia arzobispal. El matrimonio ya poseía una imagen de esta advocación en su casa.
El dato ensancha el mapa. Desde un paraje manchego, una imagen había alcanzado una ciudad de la costa granadina. Su nombre entraba en otra casa, en otra historia familiar, en otro espacio de oración.
Hay pueblos cuya importancia se mide demasiado deprisa por su tamaño. Después aparece un documento así y obliga a corregir la escala. Tembleque estaba presente donde quizá no esperábamos encontrarlo. Para comprender la historia de un lugar también hay que seguir aquello que salió de él: las personas, desde luego, pero también las imágenes y los afectos capaces de hacer que alguien pronunciase su nombre a mucha distancia.
Los que vuelven y los que faltan
Hoy, el calendario conserva dos citas con el Valle, en mayo y septiembre. Esa repetición anual, recogida también por la información turística oficial de Castilla-La Mancha, sitúa el santuario entre los lugares a los que se regresa.
Regresar tiene una complejidad que no cabe en un itinerario. Podemos llegar al mismo sitio y descubrir que nosotros ya somos otros. Basta una ausencia. Basta reconocer un gesto que antes hacía nuestro padre. Basta acompañar por primera vez a un niño y recordar, de pronto, la mano de la que íbamos sujetos.
El programa de la romería de septiembre de 2026 contiene una combinación especialmente significativa. El sábado anuncia juegos tradicionales infantiles y un concurso de perchas; por la tarde-noche, una misa por los difuntos de la Hermandad y la imposición de medallas.
Leídas deprisa, son actividades sucesivas. Leídas con atención, ofrecen una pequeña composición sobre el tiempo: los niños que empiezan a guardar recuerdos, las personas que se incorporan a la Hermandad, los muertos a quienes se dedica una oración.
No hace falta atribuir idénticos sentimientos a todos los asistentes para advertir la profundidad de ese encuentro. Habrá quien acuda movido por su fe; habrá quien acompañe a su familia; habrá quien necesite, sencillamente, estar cerca de un lugar asociado a alguien querido. Una misma celebración puede albergar experiencias distintas sin que ninguna tenga que anular a las demás.
La misa por los difuntos introduce, dentro de la fiesta, un espacio para la ausencia. Permite que los nombres de quienes faltan no queden relegados a la conversación privada. El dolor sale un momento de su habitación y encuentra compañía. Después podrá volver la música. Recordar no obliga a renunciar a la alegría; a veces la hace más honda.
El cartel anuncia también fuegos artificiales, la participación de la Asociación Musical Cristo del Valle y el ofrecimiento de zurra y «puñao» a los asistentes. En esa invitación a compartir puede leerse un eco del comienzo legendario: hacer sitio, ofrecer algo, recibir. No porque debamos establecer una continuidad exacta entre costumbres de siglos diferentes, sino porque la hospitalidad sigue siendo una manera reconocible de dar sentido a una reunión.
Para el domingo se anuncian la misa de mediodía y la procesión de la una. La salida de la imagen corresponderá este año al CD Tembleque FC, con acompañamiento de la Asociación Musical Cristo del Valle; al terminar están previstas la tradicional puja y el sorteo del cordero.
Que un club de fútbol participe en la salida de la imagen ofrece una escena digna de atención. La tradición se sostiene también mediante esas colaboraciones concretas. Alguien acepta una responsabilidad, dedica tiempo, presta su esfuerzo. Una celebración heredada necesita personas del presente que se hagan cargo de ella. Sin ese relevo, hasta la costumbre más querida termina convertida en una fotografía.
Para el creyente, el centro de la romería es Cristo, y sería empobrecerla reducirla a una reunión pintoresca. Quien la contemple desde otra sensibilidad puede reconocer igualmente su valor histórico y humano. Ambas miradas tienen algo que cuidar: la primera, una devoción; la segunda, un patrimonio que ayuda a comprender cómo han vivido y se han relacionado las personas.
Ese cuidado debería continuar después de la fiesta. Conservar un santuario exige atender al edificio y a los documentos, distinguir lo que sabemos de lo que hemos recibido como leyenda, recoger testimonios y explicar a quienes llegan qué están viendo. También exige recordar el trabajo discreto de quienes preparan, organizan y recogen. La memoria necesita entusiasmo, pero necesita asimismo esas tareas poco vistosas que permiten que las puertas vuelvan a abrirse.
Cuando termine la romería de 2026, cada cual regresará con algo diferente. Quizá una conversación pendiente al fin celebrada, el recuerdo de una persona ausente, una melodía, una fotografía que dentro de muchos años tendrá un valor que ahora nadie puede calcular. Para algún niño será todavía solo un día de juegos. Habrá tiempo para descubrir que también estaba empezando a ser memoria.
Por eso merece la pena contar el Cristo del Valle desde el principio. Desde aquel alojamiento humilde en el que la tradición sitúa a dos desconocidos. Antes de la fachada, antes de las ceremonias, antes de que existiera una historia que pudiera escribirse.
La ermita se levantó después.
Lo primero fue hacer sitio.
Nota sobre las fuentes. El episodio de los dos peregrinos se presenta como tradición fundacional, transmitida por la literatura histórica y devocional del santuario. Las escenas y reflexiones literarias del artículo no deben confundirse con testimonios documentales.
Fuentes para documentar el artículo
GARCÍA CANO, José (2022). «El Cristo del Valle de Tembleque vuelve a lucir en su romería». La Tribuna de Toledo, 9 de mayo de 2022.
Es una de las referencias más útiles para nuestro texto: reúne información sobre la construcción del santuario, su vinculación con la Orden de San Juan, sus propiedades y las personas que vivían y trabajaban en su entorno. La Tribuna de Toledo
F. D. G. (2018). «El santuario del Cristo del Valle: algo más que una ermita del Campo de San Juan». Consuegra en la Historia, 18 de abril de 2018.
Reproduce el pasaje de Domingo de Aguirre sobre los dos peregrinos, Francisco Rodríguez Palmero, la pintura del silo y el hospital destinado al alojamiento de viajeros pobres. La narración de Aguirre recogida en nuestro artículo procede de esta transcripción, no de una consulta directa al manuscrito. Consuegra en la Historia
GARCÍA CANO, José —transcripción y edición— (2020). Inventario del Santuario del Cristo del Valle en 1774. Difundido en Todo Tembleque, 8 de mayo de 2020.
La presentación del trabajo identifica el original como procedente del Archivo del Palacio Real de Madrid. Es especialmente pertinente para documentar los bienes, utensilios, ganado, propiedades y objetos religiosos del santuario. La edición de la transcripción se terminó el 23 de abril de 2020. Todo Tembleque
FREDY (2022). «La cueva-despensa original del Smo. Cristo del Valle». Todo Tembleque, 4 de noviembre de 2022.
Reportaje con aportaciones históricas de Pedro Antonio Fernández Fernández-Peinado y José García Cano. Es la referencia para el apartado sobre la despensa y los recipientes del inventario, y para distinguir esa dependencia del silo fundacional. Todo Tembleque
CASTILLA DOMÍNGUEZ, Pablo (sin fecha visible en la página consultada). «El Cristo del Valle de Tembleque. Una devoción manchega en el santuario de la patrona de Motril». El Faro Motril.
Documenta la promoción de una capilla por Francisco de Villanueva y Ana García en 1702 y la presencia de una representación del Cristo del Valle en Motril. Es la fuente del apartado que conecta Tembleque con la ciudad granadina. El Faro Motril
Bibliografía complementaria
GARCÍA CANO, José (2023). Historia del Santísimo Cristo del Valle de Tembleque. Edición del autor. ISBN 978-84-09-55783-7.
Es la monografía específica que añadiría como primera lectura para profundizar. Su ficha bibliográfica confirma la publicación en noviembre de 2023. Todos Tus Libros
AGUIRRE, Domingo de (1973). El Gran Priorato de San Juan de Jerusalén en Consuegra, en 1769: texto literal y grabados. Toledo: Patronato José María Quadrado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Esta es una referencia bibliográfica verificable para la edición impresa de la obra histórica de Aguirre.

























