Galdós y Tembleque: el pueblo por donde pasa España

La violencia, el humor, el ferrocarril y las promesas de la revolución se cruzan en cuatro pasajes de los «Episodios nacionales». Leídos juntos, revelan algo más que la presencia de un nombre manchego en una gran obra literaria.

Por Rosa Amor del Olmo

Hay pueblos que se visitan siguiendo una carretera y pueblos a los que también se llega pasando una página. Tembleque pertenece a ambas geografías. En la segunda, la de los libros, no siempre encontramos la imagen que nos gustaría conservar: a veces aparece un camino violento; otras, una broma sobre el lugar de nacimiento de un personaje; otras, un viaje hacia África o un tren cargado de proclamas.

La literatura tiene esa incómoda virtud: no pregunta qué retrato preferimos antes de ponernos delante del espejo.

Cuatro apariciones de Tembleque en Galdós permiten recorrer esas posibilidades. No constituyen una historia completa de la villa ni deben confundirse con testimonios directos del novelista sobre acontecimientos que hubiese presenciado. Son otra cosa: intervenciones de un lugar real en la construcción de un mundo narrativo. Y precisamente por eso merecen una lectura que vaya más allá de la satisfacción de encontrar el nombre del pueblo entre las páginas.

Porque la pregunta interesante no es solamente dónde escribe Galdós «Tembleque», sino qué está sucediendo cuando lo escribe. Qué voces se escuchan. Qué mirada organiza la escena. Qué relación establece ese lugar con las vidas que lo atraviesan.

El camino del miedo

La primera respuesta no es agradable.

En el capítulo segundo de El terror de 1824, el lector asiste a la llegada hacia Madrid de un convoy de prisioneros en el que figura Rafael del Riego. Entre los heridos se encuentra Pujitos, que conversa con don Patricio Sarmiento y recuerda las agresiones padecidas durante el trayecto. Aunque el título de la novela remite al año siguiente, el relato comienza el 2 de octubre de 1823. Esa distinción entre el título y el tiempo de la escena importa para situar correctamente el pasaje. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

En el recuerdo de Pujitos aparece Tembleque:

«En Tembleque nos quisieron matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí perecemos todos. Hombres y mujeres salían al camino aullando como lobos».

No conviene amortiguar la frase. Tampoco convertirla en una sentencia contra un pueblo.

Quien habla es un personaje herido, y lo que cuenta forma parte de una representación novelesca de la persecución política. El pasaje no autoriza a atribuir una condición feroz a los habitantes de Tembleque, ni sustituye la investigación documental sobre los hechos históricos. Pero tampoco debe esconderse porque resulte menos decorativo que una descripción de sus monumentos.

Aquí el nombre del pueblo queda asociado al instante en que el camino deja de ser un espacio de tránsito y se convierte en un lugar de amenaza.

La precisión de las heridas hace el resto. El bayonetazo, la pedrada y el mordisco componen una relación material del sufrimiento. Pujitos no expone una teoría: señala lo que le han hecho en la cabeza, en el brazo, en el vientre. Su cuerpo sostiene el relato. Con una ironía amarga, resume las agresiones diciendo que por los pueblos los han recibido «lindamente». Después pregunta: «¿Qué ganará el Rey absoluto con esto?».

La pregunta interrumpe cualquier solemnidad. En boca del personaje, la invocación al poder queda enfrentada a la realidad de sus heridas. El contraste entre lo que se proclama y lo que se hace se vuelve visible sin necesidad de que el narrador lo explique.

Galdós introduce, además, una segunda incomodidad. Sarmiento teme la venganza de sus adversarios, pero presenta retrospectivamente a los suyos como «generosos y templados en el condenar». Esa seguridad con que el personaje administra su propia inocencia permite una lectura irónica del diálogo. La compasión por su sufrimiento no obliga a aceptar sin examen cuanto dice.

La escena sostiene ambas cosas: la violencia padecida y la insuficiencia de las palabras con las que sus interlocutores intentan explicarla. Tembleque queda dentro de esa tensión.

El pasaje no pierde valor porque duela. Lo perdería si únicamente quisiéramos conservar de la literatura aquello que nos halaga.

Tembleque, Turleque o Manzaneque

En Los apostólicos, el registro cambia. El nombre de Tembleque ya no entra acompañado de heridas, sino de una sonrisa.

El narrador presenta la procedencia de don Felicísimo mediante una cautela aparentemente erudita:

«D. Felicísimo era toledano, no se sabe a punto fijo si de Tembleque o de Turleque o de Manzaneque, que los biógrafos no están acordes todavía».

La frase contiene una pequeña comedia de la autoridad. Se invoca a unos biógrafos que supuestamente discuten el nacimiento del personaje, como si su procedencia exigiera varias generaciones de controversia. El narrador adopta el gesto del historiador escrupuloso para introducir una incertidumbre que tiene mucho de juego.

Y después está el oído.

Tembleque, Turleque, Manzaneque: los tres nombres forman una serie de resonancias semejantes, una cadencia que parece gustarse a sí misma. El topónimo no sirve únicamente para localizar. También suena, se combina, adquiere una función expresiva. La geografía entra en la frase convertida en música verbal.

No se afirma, por tanto, que don Felicísimo sea de Tembleque. Se propone esa posibilidad dentro de una enumeración humorística. La distinción importa: el encanto de la frase reside precisamente en que el narrador no termina de decidirse.

El personaje, cuyo apellido es Carnicero, vive en la calle madrileña del Duque de Alba. La casa descrita en el capítulo es esa vivienda, no una casona de Tembleque que podamos identificar a partir del fragmento.

Esa casa, sin embargo, merece detenerse. Los escalones parecen querer dormir la siesta, la escalera necesita muletas y los postes cumplen funciones de centinela. El edificio tiene cansancio, dolores y voluntad de echarse en el suelo. Don Felicísimo lo mantiene en pie, empeñado en que la casa no viva menos que él.

Puede leerse ahí algo más que una descripción cómica: la imagen de una vejez que apuntala otra vejez. Propietario y vivienda parecen resistirse juntos a reconocer el paso del tiempo. Las vigas sostienen el techo, pero la escritura sugiere que también sostienen una manera de permanecer en el mundo.

A continuación, la genealogía conduce hasta Micaelita, la nieta y heredera. Su patrimonio debería convertirla en un partido deseable, pero un episodio amoroso ha deteriorado su reputación. El muchacho se marcha a América; ella permanece dentro de una historia familiar en la que su honra ha quedado comprometida y sus expectativas matrimoniales, dañadas.

La broma sobre el lugar de nacimiento desemboca así en cuestiones menos ligeras: el dinero, el matrimonio, la reputación y el distinto peso con que una misma historia puede caer sobre sus protagonistas.

Tembleque no ocupa el centro de esa trama. Pero su nombre participa en la entrada a ella. Y esa es también una forma de presencia literaria: contribuir al tono con el que un personaje y su mundo comienzan a existir para el lector.

Un Clavileño de hierro

En Aita Tettauen, Tembleque pertenece al viaje hacia África. Al comienzo de la segunda parte, situada entre noviembre de 1859 y enero de 1860, se lee:

«Seis días tardó de Madrid á Cádiz el Clavileño, que sólo era ferrocarril hasta Tembleque; lo demás lo anduvo por caminos carreteros».

La frase es breve, pero abre varios caminos.

El primero es material: el relato señala un cambio de transporte. El viaje no se resuelve mediante una continuidad cómoda y uniforme. Hay tramos distintos, medios distintos, velocidades distintas. Tembleque queda situado en una articulación del itinerario, allí donde cambia la manera de avanzar.

El segundo camino es literario. Clavileño remite al caballo de madera del Quijote, presentado como una máquina capaz de llevar por los aires al caballero y a su escudero. La asociación introduce la memoria cervantina dentro de un desplazamiento moderno.

En el pasaje inmediatamente anterior, el tren bufa, echa fuego por las narices y adopta, en las llanuras, un ritmo que imita el trote de Clavileño. La máquina recibe rasgos animales; el viaje ferroviario se deja contar mediante una imaginación heredada de los libros.

El resultado es sugestivo: el vapor no expulsa a Cervantes. Lo lleva consigo.

La historia ferroviaria aporta, sin embargo, una precisión necesaria. Según el estudio de Francisco Javier Rodríguez Lázaro, la sección entre Aranjuez y Tembleque se inauguró en septiembre de 1853, y el tramo entre Tembleque y Alcázar de San Juan quedó abierto al tráfico en junio de 1854. Por ello, la frase de la novela no debe utilizarse para afirmar que en 1859 toda la vía procedente de Madrid terminaba en Tembleque. El itinerario narrado y la extensión efectiva de la red son cuestiones que hay que distinguir.

La precisión no empobrece la lectura. Evita que una imagen literaria se transforme, por repetición, en un dato histórico inexacto.

Y queda todavía un tercer camino: el de la mirada.

Santiuste se niega a dormir. Quiere contemplar los fantasmas del campo, «el suelo de España que corre hacia atrás, como formas yacentes, y líneas acostadas».

La expresión contiene la extrañeza de viajar: quien avanza siente que es el país el que retrocede. La tierra permanece, pero parece huir. El paisaje se vuelve una sucesión de apariciones, y la ventanilla organiza una manera particular de contemplarlo.

En ese movimiento, Tembleque deja de ser solamente un punto entre Madrid y Cádiz. Se convierte, dentro del relato, en una referencia de la experiencia del desplazamiento: avanzar hacia lo desconocido mientras lo propio va quedando atrás.

La revolución llega al andén

El tren regresa en La de los tristes destinos, pero ahora transporta algo más que viajeros. Transporta palabras políticas.

Tarfe y sus amigos reparten el Manifiesto de Cádiz y ejemplares de La Andalucía en las estaciones. Hay vítores, voces roncas y anuncios de un porvenir feliz. Ibero participa en el reparto, aunque murmura:

«Tomad, tomad vuestra alfalfa, borregos de la Revolución».

La escena adquiere un relieve particular al llegar a dos nombres concretos:

«En Alcázar y Tembleque su intensa amargura se desbordó en las formas de sarcasmo más envenenadas; extremaba su falso entusiasmo gritando: “¡Viva el Pueblo libre! ¡Abajo la Iglesia! ¡No más Trono ni Altar! ¡Venga la República, venga el Comunismo!”».

La palabra decisiva es falso.

Los gritos no expresan sin más una adhesión del personaje, ni permiten describir las convicciones de los vecinos que pudieran escucharle. Son una representación sarcástica del entusiasmo. Ibero utiliza las consignas para decir algo que las propias consignas no dicen: su amargura.

El contexto del capítulo muestra que esa amargura está atravesada por las noticias sobre Teresa que le ha comunicado Tarfe. La crisis política se mezcla con la crisis sentimental; lo que sucede en España y lo que Ibero cree que ha sucedido en su vida se contaminan mutuamente. El relato fecha la llegada a Madrid el 29 de septiembre de 1868.

La revolución no circula aquí en estado puro. En la experiencia de los personajes viaja mezclada con el amor, la sospecha, el despecho y las expectativas sociales.

Tembleque es uno de los lugares donde esa mezcla se vuelve audible. El andén funciona como una tribuna improvisada: se entregan impresos, se reciben aclamaciones, se pronuncian palabras enormes. Pero el narrador permite escuchar también aquello que queda por debajo del volumen público.

La escena depende de esa diferencia entre lo que se oye y lo que se quiere decir. Quien escuchase únicamente las exclamaciones podría equivocarse sobre el personaje. El lector, en cambio, conoce el sarcasmo que las sostiene. Galdós nos sitúa a ambos lados de las palabras: junto a quienes las reciben y junto a quien las pronuncia sin creer en ellas.

Después de Aranjuez, Tarfe intenta consolar a Ibero. Invoca la libertad, la honra y su regreso a la sociedad a la que pertenece. El lenguaje de la emancipación política se aplica, con una soltura reveladora, a su situación amorosa y a su futuro social.

La continuación del capítulo añade un detalle significativo: Tarfe le ofrece una plaza en Hacienda o en Fomento y le promete mejorar después su retribución. El narrador registra la reacción desdeñosa de Ibero ante esa protección. En la conversación de estos dos personajes, las expectativas del cambio político terminan traducidas en una oferta de empleo.

El contraste no requiere una conclusión ajena al relato. Está construido en la sucesión de las palabras: primero, el porvenir colectivo; después, el puesto particular.

De los lobos a los borregos

Leídos juntos, el pasaje de El terror de 1824 y el de La de los tristes destinos ofrecen una correspondencia inquietante.

En el primero, Pujitos recuerda a hombres y mujeres que aúllan como lobos. En el segundo, Ibero llama borregos a quienes reciben las proclamas. Son voces diferentes, circunstancias diferentes y comparaciones que no deben atribuirse automáticamente al autor como si fueran una definición del pueblo. Pero ambas imágenes introducen una animalización de la multitud.

En una escena, el personaje representa a la multitud como una amenaza; en la otra, la desprecia como un rebaño al que se alimenta de consignas.

No se trata de demostrar que Tembleque pasó colectivamente de una convicción a otra. Estos fragmentos no permiten reconstruir semejante evolución. Lo que permiten es observar cómo el mismo lugar interviene en dos formas narrativas de representar la conducta política y, sobre todo, de mostrar cómo unos personajes juzgan a quienes tienen delante.

La diferencia es importante. No estamos ante una descripción neutral de una comunidad, sino ante palabras pronunciadas desde el dolor o la amargura. Esas palabras nos hablan de lo que los personajes presencian, pero también de quienes son ellos cuando lo cuentan.

La lectura puede llevarnos entonces hacia otras preguntas. ¿Qué vemos de una multitud cuando la observamos desde el miedo? ¿Qué dejamos de comprender cuando la miramos desde el desprecio? ¿Cuánto de nuestra propia experiencia se introduce en el juicio que hacemos sobre los demás?

El nombre de Tembleque participa en esas preguntas sin quedar reducido a ninguna de sus respuestas.

Un patrimonio que también se lee

Sería poco ambicioso reducir todo esto a una curiosidad: «Galdós mencionó Tembleque».

Lo valioso empieza después.

Empieza cuando un lector reconoce el nombre de su pueblo y descubre que tiene delante una escena sobre la persecución, una broma sobre la autoridad de los biógrafos, una forma de mirar desde un tren o una conversación en la que las grandes promesas públicas se enredan con las preocupaciones privadas.

Ese reconocimiento permite leer de otra manera. El lugar cercano abre la puerta al problema lejano; la palabra familiar vuelve menos distante el libro.

También exige madurez. El patrimonio literario no consiste en seleccionar únicamente las frases elogiosas ni en transformar cualquier mención en una prueba de intimidad entre el escritor y la localidad. Consiste en conservar la complejidad de esas páginas, incluso cuando contienen una imagen incómoda, una incertidumbre o un sarcasmo.

Una lectura pública de estos pasajes tendría sentido precisamente por eso: como conversación. Sobre cómo se representa una comunidad, sobre la distancia entre una voz narrativa y un documento histórico, sobre lo que todavía podemos reconocer en aquellas maneras de hablar y de mirar.

Hay edificios que permiten comprender la historia de un pueblo. Hay páginas que permiten comprender las preguntas que ese pueblo puede hacerse.

Las de Galdós pertenecen a esta segunda clase de patrimonio. No ocupan una parcela, pero ensanchan el lugar. No necesitan que inventemos una visita ilustre, porque su presencia es otra: la del nombre que vuelve a entrar en la vida cada vez que alguien lo lee.

Tembleque puede recorrerse también así: desde un carro de prisioneros hasta una enumeración humorística; desde la ventanilla de un tren hasta el andén donde se reparten proclamas. No es un itinerario turístico, sino una sucesión de experiencias humanas que la literatura ha situado junto a su nombre.

Galdós no necesitó convertir Tembleque en capital de España. Le bastó con mostrarnos que España también pasaba por allí.


Nota de documentación

Esta lectura se centra en cuatro pasajes: El terror de 1824 (1877), capítulo II; Los apostólicos (1879), capítulo XVII; Aita Tettauen (1905), final de la primera parte y comienzo de la segunda; y La de los tristes destinos (1907), capítulo XXXII. Las fechas de las obras constan en las fichas bibliográficas que acompañan a los fragmentos. La selección no pretende agotar las menciones de Tembleque en Galdós ni constituye, por sí sola, documentación de una estancia del escritor en la villa.

Como antecedente de divulgación local, debe reconocerse el artículo de Fredy, «Tembleque, en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós», publicado en Todo Tembleque el 13 de febrero de 2020, que reunió estas y otras referencias. (Todo Tembleque) Para la precisión ferroviaria se ha consultado el estudio de Francisco Javier Rodríguez Lázaro, «La red ferroviaria en Castilla-La Mancha, 1851/2004», especialmente la página 137.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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