
Rosa Amor del Olmo
Antes de convertirse en el nombre de un idealista flaco, un quijote era una pieza de armadura destinada a proteger el muslo. Cervantes tomó una palabra de hierro y la convirtió en una manera de estar en el mundo: defender causas justas, equivocarse de enemigo, recibir palos y levantarse convencido de que el problema ha sido un encantador con muy malas intenciones.
La primera respuesta a la pregunta «¿qué es un quijote?» no es filosófica, sino ortopédica. El Diccionario de la lengua española registra, en primer lugar, el quijote como la pieza del arnés que cubría el muslo; la voz procede del catalán cuixot y, en último término, del latín coxa, ‘cadera’. De modo que, antes de representar el idealismo, la justicia y las causas perdidas, un quijote servía para que una lanza no le estropeara a uno la pierna. La historia de la literatura está llena de ascensos sociales, pero pocos tan espectaculares: de protección metálica del muslo a símbolo universal del alma humana.1
Después llegó Alonso Quijano —o Quijada, o Quesada, porque Cervantes empieza la novela sembrando dudas con la serenidad de quien ha extraviado el padrón municipal— y decidió fabricarse una nueva identidad. Pasó cuatro días buscando nombre para su caballo y ocho para sí mismo. El procedimiento demuestra que el branding personal no nació en las redes sociales: ya en La Mancha podía emplearse casi una quincena en bautizar una empresa compuesta por un hidalgo, un rocín, una armadura heredada y ninguna previsión de tesorería. Finalmente se llamó don Quijote de la Mancha y convirtió a Aldonza Lorenzo en Dulcinea del Toboso. Antes de salir a cambiar el mundo, cambió el vocabulario.2
Ésa es la primera característica de un quijote: no acepta que la realidad tenga la última palabra sobre su identidad. Alonso Quijano es un hidalgo empobrecido, de edad madura, con un caballo de escasa presencia institucional y unas armas que necesitan más restauración que épica. Don Quijote, en cambio, es caballero, enamorado, desfacedor de agravios y futuro terror de gigantes. La transformación resulta ridícula, pero también profundamente moderna: el personaje decide que no será únicamente lo que las circunstancias han hecho de él. El inconveniente es que, una vez redactado su programa de vida, pretende que el resto de la población lo cumpla sin haber sido consultado.
El triunfo definitivo del personaje se produjo cuando su nombre perdió la mayúscula. Hoy la Academia define quijote, por alusión al héroe cervantino, como el hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y actúa de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. También admite una segunda acepción física: hombre alto, flaco y grave, semejante al personaje. Es decir, se puede ser quijote por ética o por silueta; algunos reúnen ambos requisitos y ahorran trámites. El adjetivo quijotesco conserva esa mezcla de heroísmo, idealismo, altruismo y semejanza exterior. Más desconcertante resulta quijotismo, que el diccionario define tanto como exageración de los sentimientos caballerosos como, en otra acepción, engreimiento u orgullo. La lengua ha entendido perfectamente la novela: el quijote es admirable y cargante, generoso y vanidoso, sublime y capaz de provocar una reunión urgente de la comunidad de vecinos.1,3
No conviene, por tanto, llamar quijote a cualquier insensato. Un hombre que se empeña en algo absurdo para obtener fama, dinero o un puesto no es un quijote: es un aspirante bastante corriente. La definición académica exige dos condiciones olvidadas con frecuencia: desinterés y defensa de una causa considerada justa. El quijote no calcula el beneficio; si lo hiciera, habría vendido a Rocinante, alquilado una mula con seguro y solicitado una subvención antes de la primera salida. Tampoco combate por mero gusto de llevar la contraria. Necesita creer que hay alguien a quien socorrer, un agravio que reparar o una libertad que proteger.
Ahora bien, creer que una causa es justa no garantiza haber entendido el problema. Ahí comienza la comedia y también la grandeza. Don Quijote posee una brújula moral sorprendentemente sensible y un sistema de navegación averiado. Percibe con rapidez la humillación, el abuso y la falta de libertad, pero suele identificar mal a los culpables, calcular peor los medios y marcharse antes de comprobar el resultado. Su ética llega al lugar de los hechos bastante antes que su sentido práctico.
En su primera salida encuentra al muchacho Andrés atado a una encina y azotado por su amo, Juan Haldudo. Don Quijote reconoce la injusticia, obliga al labrador a prometer el pago de los salarios y se retira satisfecho, convencido de haber inaugurado una nueva era laboral. En cuanto desaparece, Haldudo vuelve a atar al muchacho y lo castiga con más saña. La intención era noble; la inspección de trabajo, mejorable. Más adelante libera a los galeotes porque ve hombres encadenados y considera que su profesión consiste en ayudar a los afligidos, sin detenerse demasiado en la incómoda cuestión de por qué han sido condenados. Los liberados agradecen el gesto apedreándolo. Cervantes parece advertirnos de que la compasión sin conocimiento puede terminar haciendo daño precisamente a quienes quería proteger o, en ciertos casos, al protector.4
Los molinos de viento ofrecen la versión más célebre del mecanismo. Sancho ve máquinas; don Quijote ve gigantes. Lo importante no es sólo que se equivoque, sino que su error viene acompañado de una justificación moral: combatirlos es «buena guerra» y servicio a Dios. La fantasía no le ofrece una diversión privada; le fabrica una obligación. Cuando las aspas lo derriban, no modifica la hipótesis, sino que introduce un encantador que ha transformado a los gigantes en molinos para robarle la gloria. Es un procedimiento intelectual de extraordinaria vigencia: cuando los hechos desmienten la teoría, siempre queda la posibilidad de acusar al algoritmo, a la prensa, a una conspiración o a Frestón.5
Sin embargo, don Quijote no es un necio permanente. El cura observa que, fuera de las materias de caballería, discurre con «bonísimas razones» y muestra un entendimiento claro. Otros personajes lo consideran un loco entreverado de intervalos lúcidos. Puede pronunciar discursos sensatos sobre las armas y las letras, dar a Sancho consejos admirables de gobierno, defender la libertad de Marcela y formular una de las ideas más hermosas de la novela: que la libertad es uno de los dones más preciosos concedidos a los seres humanos. El problema no es simplemente la cantidad de libros que ha leído, sino la tiranía de una lectura que ha colonizado todas las demás. Don Quijote ha leído de tal manera que un solo género le explica el universo entero.6
Ésta es otra precisión necesaria: un quijote no es quien carece de realidad, sino quien la somete a una interpretación absoluta. Todos interpretamos el mundo con relatos; el suyo lleva armadura y no admite recurso. Allí donde nosotros vemos una venta, él ve un castillo; donde hay una bacía de barbero, descubre el yelmo de Mambrino. Pero la novela complica la burla porque los cuerdos tampoco poseen siempre la verdad moral. Los duques distinguen perfectamente una venta de un castillo y, sin embargo, utilizan su lucidez para humillar. Don Quijote confunde los objetos, pero a menudo reconoce que nadie debería ser tratado como cosa. Los sensatos ven bien y se comportan mal; el loco ve mal y desea comportarse bien. Cervantes no obliga a elegir entre ellos: se limita a colocarnos en la incómoda posición de reír y, a los pocos segundos, preguntarnos de qué nos estamos riendo.
Por eso Sancho no es un accesorio, sino parte de la definición. Un quijote completamente solo corre el riesgo de convertirse en un fanático con caballo. Sancho pregunta cuánto cuesta, dónde se come, quién paga las muelas rotas y qué utilidad tiene una ínsula que todavía no aparece en los mapas. Representa el peso, el hambre, el refrán y la factura. Pero tampoco es el realismo puro: abandona mujer, hijos y hacienda porque cree posible gobernar una isla prometida por un hombre que acaba de fabricarse un casco con cartón. Si don Quijote contagia a Sancho el deseo de otra vida, Sancho enseña a su amo que los cuerpos comen, caen y necesitan alojamiento. La pareja funciona porque cada uno va invadiendo lentamente el territorio del otro. La crítica ha llamado a ese proceso quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote: una forma culta de decir que, después de muchos kilómetros juntos, el soñador aprende algo del suelo y el práctico empieza a mirar el horizonte.7
La posteridad eligió distintas partes de esa mezcla. Los primeros lectores atendieron sobre todo al libro burlesco y a sus quijotadas; la tradición romántica convirtió después al protagonista en mártir del ideal aplastado por una realidad mediocre. Anthony Close estudió esa interpretación romántica, mientras P. E. Russell recordó que el Quijote fue concebido y recibido también como un libro para reír. Ambas lecturas son necesarias. Si se elimina la comicidad, don Quijote queda convertido en estatua de plaza; si se elimina la dignidad, sólo permanece un hombre al que pegan. Cervantes construyó algo más resistente: una figura capaz de hacernos reír sin dejar que nuestra superioridad permanezca intacta.8
En España, Unamuno llevó el quijotismo al terreno de la fe, la voluntad y la lucha contra la resignación. Su Vida de Don Quijote y Sancho, publicada en 1905, no pretendía limitarse a explicar a Cervantes: convirtió al personaje en guía espiritual para una nación a la que juzgaba demasiado satisfecha de su cordura. Ortega y Gasset, en Meditaciones del Quijote (1914), utilizó la obra para pensar la relación entre el individuo y su circunstancia y para buscar en Cervantes una filosofía, una moral y una política. Desde entonces, llamar a alguien quijote puede ser elogio, reproche, diagnóstico nacional o manera elegante de comunicarle que su proyecto no dispone de presupuesto.9
El personaje escapó también a otras lenguas. El inglés creó quixotic para designar el idealismo generoso pero impracticable; el francés convirtió don Quichotte en el hombre noble y quimérico que pretende defender a los afligidos sin contar con medios suficientes. Cada idioma conserva una proporción distinta de admiración y burla, como si tradujera no sólo una palabra, sino una opinión sobre el fracaso. El español tiende a proteger la nobleza del quijote; el inglés subraya su impracticabilidad; el francés le reconoce generosidad y le revisa el presupuesto.10
¿Qué sería entonces un quijote contemporáneo? No basta con indignarse en internet, porque don Quijote abandona efectivamente su casa. Tampoco basta con perder: hay fracasos perfectamente egoístas. Un quijote es quien pone su comodidad, su reputación o su seguridad al servicio de una idea de justicia; quien acepta parecer ridículo antes que aceptar como normal una injusticia; quien conserva la capacidad de imaginar que el mundo podría ser distinto. Pero necesita, para no volverse peligroso, tres correcciones cervantinas: escuchar a Sancho, comprobar que el gigante existe y regresar después para saber qué ocurrió con Andrés.
El verdadero quijotismo no consiste en negar los molinos. Consiste en no aceptar que, porque sean molinos y no gigantes, todo deba continuar funcionando como siempre. La imaginación ética es imprescindible; la comprobación de los hechos, también. Sin la primera tenemos administradores eficaces de un mundo injusto. Sin la segunda, caballeros excelentes que liberan galeotes, pierden los dientes y dejan al muchacho peor de como lo encontraron.
Al final de la novela, Alonso Quijano recupera la cordura y declara que ya no es don Quijote. La escena posee una tristeza paradójica: el hombre se cura justo cuando va a morir. Cervantes no permite decidir con comodidad si debemos celebrar el regreso de la razón o lamentar la desaparición del sueño. Quizá por eso la palabra sobrevivió. Un quijote no es simplemente un loco ni un santo, un héroe ni un estorbo. Es alguien que ve en la realidad una ofensa contra lo posible y se pone en camino para corregirla, generalmente con armas inadecuadas, compañía discutidora y resultados que aconsejan una evaluación posterior.11
Y acaso la definición más exacta sea ésta: un quijote es una persona que puede equivocarse de gigante, pero no se resigna a vivir en un mundo donde todos recomiendan llevarse bien con él. La humanidad necesita quijotes; por prudencia, conviene que viajen con Sancho.

Notas
1. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, voces «quijote», «quijotesco» y «quijotismo», Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., versión electrónica.
2. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte, cap. I: las dudas sobre el apellido del hidalgo, los cuatro días dedicados a Rocinante, los ocho consagrados a su propio nombre y la invención de Dulcinea.
3. El sustantivo común quijote y sus derivados conservan deliberadamente la ambivalencia cervantina: idealismo y desinterés, pero también exceso caballeresco, orgullo y semejanza física con el personaje.
4. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte, caps. IV y XXII, y cap. XXX para el recuerdo posterior de los galeotes. El episodio de Andrés muestra el fracaso de una reparación sin vigilancia; el de los galeotes, el conflicto entre compasión, justicia y conocimiento de los hechos.
5. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte, cap. VIII.
6. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte, caps. XXX y XXXVII-XXXVIII; segunda parte, caps. XIV, XLII-XLIII y LVIII. Sobre la libertad de Marcela, véase primera parte, cap. XIV.
7. Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote», Madrid, Espasa-Calpe, 1926. La crítica ha popularizado, a partir de esta lectura, los términos «quijotización» de Sancho y «sanchificación» de don Quijote.
8. Peter E. Russell, «Don Quixote as a Funny Book», The Modern Language Review, 64.2 (1969), pp. 312-326; Anthony Close, The Romantic Approach to «Don Quixote», Cambridge, Cambridge University Press, 1978.
9. Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Renacimiento, 1905; José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1914.
10. Merriam-Webster, voz «quixotic»; Académie française, voz «don Quichotte». Ambas lexicalizaciones destacan, con matices diferentes, el idealismo impráctico o quimérico del personaje.
11. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. LXXIV: Alonso Quijano recobra la cordura, abomina de los libros de caballerías y muere poco después.
Bibliografía básica
Cervantes Saavedra, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, edición dirigida por Francisco Rico, Madrid, Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004.
Close, Anthony, The Romantic Approach to «Don Quixote», Cambridge, Cambridge University Press, 1978.
Madariaga, Salvador de, Guía del lector del «Quijote», Madrid, Espasa-Calpe, 1926.
Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1914.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, voces «quijote», «quijotesco» y «quijotismo», Diccionario de la lengua española.
Russell, Peter E., «Don Quixote as a Funny Book», The Modern Language Review, vol. 64, núm. 2, 1969, pp. 312-326; trad. esp. «Don Quijote y la risa a carcajadas», en Temas de “La Celestina” y otros estudios, Barcelona, Ariel, 1978.
Unamuno, Miguel de, Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Renacimiento, 1905.

























