Galdós y Toledo: Ángel Guerra

Isidora Revista

La inminente recuperación de la subida a la Campana Gorda de la Catedral Primada de Toledo es una buena oportunidad para recordar a don Benito Pérez Galdós, quien durante sus estancias en la ciudad frecuentaba las visitas a esta singular atalaya y quien de la mano de Mariano Portales, campanero catedralicio aprendió la tonalidad de los diferentes toques de las campanas y gozaba repitiéndolos haciendo sonar vasos, jarras e incluso orinales.

Durante su trayectoria vital, don Benito tuvo oportunidad de tratar con personas de toda clase y condición. De ellos aprendió mucho y trasladó esos conocimientos a su obra literaria. Entre el grupo de amigos de tuvo en Toledo destacaba el campanero de la Catedral Primada Mariano Portales, por quien sintió gran aprecio. Zapatero sordísimo, que vivía en las dependencias de las Claverías, se convirtió en excepcional guía para que Galdós conociese los rincones más ignorados del templo: «Por su casa, y las Claverías –contaba Hurtado de Mendoza, sobrino de Galdós y acompañante en sus visitas toledanas, al doctor Marañón-, pasábamos con frecuencia a los tejados de la Catedral, visitando los estanques que allí había para incendios del edificio, los talleres de vidriería y, muy especialmente, para presenciar muchas funciones religiosas, especialmente las de Semana Santa, con sus hermosos cantos de la Pasión, desde los ventanales o, mejor, las galerías sobre la parte del Evangelio que corresponde al crucero».

En las páginas de Ángel Guerra, don Benito recordó estas visitas, así como las tertulias que los residentes en las Claverías organizaban en la galería de piedra del frontispicio de la Catedral, sobre la puerta de los Escribanos, tomando el sol: «Los únicos ruidos que allí pueden turbar la placidez de la charla son el mugido del viento forcejeando con la torre y el clamor vibrante de las campanas próximas. Entre las columnas de granito hay algunos tiestos, que alteran desde fuera, la severidad arquitectónica. Las palomas, avecindadas en desconocidos agujeros de aquellas alturas, cruzan sin cesar por delante de la galería, desde la cual se ven también, considerablemente agrandados, los profetas y los obispos que decoran el frontis, disformes cabezudos, unos con mitra colosal, otros con emblemas de bronce o hierro en sus manos ingentes. El gato del campanero suele familiarizarse con toda aquella vecindad escultórica, y no tiene que brincar mucho para echar una siesta sobre el libro de San Fulgencio, que parece un diccionario, o sobre el arpa de David».

Galdós y su sobrino eran buenos aficionados a la música y de Mariano conocieron los diferentes toques de campana y sus significados. Don Benito aprendió pronto los matices de sus sonidos, que gustaba repetir durante las comidas utilizando cuchillos, jarras y vasos, incluso, huyendo de todo sentimiento escatológico, reproducía aquellos sonares dando golpes con su bastón a un gran orinal de porcelana que conservaban las hermanas Figueroa en su casa de huéspedes de la calle Santa Isabel, donde el escritor canario gustaba alojarse durante sus visitas a Toledo, especialmente en los meses en que preparaba la segunda parte de Ángel Guerra.

No son muchos los datos conocidos sobre la vida del campanero. En el Padrón Municipal de parroquias de 1868, aparece consignado como vecino del Claustro de la Catedral, donde residía junto a su hermana, Anastasia, y su sobrina Matilde. Navarro Ledesma, en carta fechada el 3 de marzo de 1895, comunicaba a Galdós la reciente muerte del campanero, aquel hombre de serena cabeza, que un día subió a la veleta de la catedral para colocar sobre la misma un pararrayos y que dirigía la colocación del Monumento Grande de la Semana Santa. Le añadía que el perro de Terranova, con el que hacía sus rondas de vigilancia nocturna por la Primada y al que tanto cariño cogieron don Benito y su sobrino, estaba inconsolable y el Cabildo perplejo por el fallecimiento, «porque no todos pueden desempeñar misión tan delicada como la del buen Mariano». Tenía setenta y tres años. El perro, descrito por Galdós como negro y de hermosa estampa en las páginas de Ángel Guerra, llevaba el nombre de Leal.

A pesar de la carencia de datos sobre él, su figura forma parte del universo literario toledano. No solo está presente en Ángel Guerra, sino que unos años después Vicente Blasco Ibáñez también le hizo protagonista secundario en su novela La Catedral, publicada en 1897. El cineasta Luis Buñuel tampoco lo olvidó, en la adaptación cinematográfica de Tristana (1969), donde rindió homenaje al Toledo galdosiano, trasladando el desarrollo de la novela desde el madrileño barrio de Chamberí a la ciudad del Tajo. El campanero aparece en las primeras secuencias la cinta compartiendo con la joven huérfana una sartén de migas y detallándole la importancia de su oficio y el significado de los diferentes toques, mientras sus hijos mudos juegan alrededor. Luego, ellos le enseñan las alturas de la torre catedralicia hasta llegar a la Campana Gorda, donde Tristana sufre una cruel y premonitoria alucinación sobre su protector, don Lope. El sonido de las campanas toledanas, es, además, la primera y ultima impresión que los espectadores tienen de la ciudad de Toledo.

Ángel Guerra, en su primera noche toledana, también escuchó esa singular sinfonía campanil: «Unas sonaban chillonas, otras graves, con distintas intensidades y tonos, música ondulada según los caprichos del aire, y que a veces se venía encima hasta herir de cerca los oídos del durmiente, a veces se alejaba, dejando sus ecos en las cavidades del sentido».

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