
Pilar Úcar
Y él lo sabía por más que intentara ocultárselo y ocultárnoslo. En ese momento adivinó la cabeza de Hilaria asomarse detrás del diván y no mostrar el más mínimo gesto de asombro.
Una semana más, durante casi una hora, descansaría en un pasado que hoy, presente, lo atormentaba y que ella, intentaba desenmarañar.
Y todos lo sabíamos, aunque…
Esa era la suerte que tenía Ángel, que Lorenzo se encontraba a su lado, era su compañero, mientras con la mirada en otro punto seguía recordando Lérida, aquel viaje -¡maldito?- que hizo hace tiempo; a Manu le sorprendió que le invitara pero seguro que respondía a una idea preconcebida y muy meditada, aunque se le escapara de momento… y quizá encontrara algo diferente que le distanciara del ambiente noctámbulo y tabernario de aquel pueblucho…
Ángel se encontraba incómodo en aquella postura; a pesar de que lo intentaba una y otra vez, siempre sentía un nudo asfixiante en la boca del estómago, como en aquellas tardes de infantiles juegos a escondidas, al anochecer, todos juntos…recordaba el hormigueo que le recorría por las piernas y le llegaba hasta las tripas, hasta que todos ellos descargaban, junto a la tapia cerca de su casa, entremezclando risas y nerviosismo acelerado, con manos aún torpes y atolondradas…. y así le resultaba muy difícil coger postura…Alejar esos recuerdos que hoy se revelaban inocentes.

A estas alturas de su vida, ¿qué importancia tenía? ¿A quién iba a infligir más daño? ¿Acaso a él no le habían hecho ya sufrir bastante?
Pero eso no venía a cuento.
Ángel me lo contó en un arrebato de pasión contenida y muchas veces aprisionada, en un deseo por dar forma a algo que pugna por salir, como un escupitajo, algo que se revolvía en lo más interno de sus entrañas…porque de eso estaba seguro, lo que sentía por Manu arrancaba de la víscera más vulnerable.
Fue mucho antes de Lérida y de Budapest claro, cuando reparó en él …no, seguramente ya lo había sentido hace tiempo muy cerca, mientras él ya diestro con sus manos esculpía, como una presencia que se deja llevar y que te acompaña y de la que te quieres deshacer…, material frágil y maleable pero lleno de posibilidades mutuas, de recorridos inexplorados que habían de compartir.
Sus gestos lo delataban…quería estar con él… ¿Hasta cuándo podría disimular su deseo?
No sé si fue buena idea… me hizo depositaria de una agonía que la consideré confidencial; sentía con él su propia conciencia anegada por culpas malentendidas. Y no me sentía capaz de desatar esa ansiedad que se iba atenazando, y se agarraba a sus entrañas mientras el pensamiento vagaba al lado de Manu, a esos momentos de roces, ligeros pero intensos casi imperceptibles, que le quemaban al calor de una sensación que jamás había vivido tan lúcida en medio de ese caos que resultaba el vaivén de sus sentimientos.
Tumbado en el diván, notaba sus propias manos cómo se movían al principio torpemente, después con una mayor seguridad alcanzada por la precisión que le daba el conocimiento de un cuerpo que siempre lo había imaginado presente en la ausencia y del que ahora se disponía a gozar, poco a poco…reconociendo todos los sentidos que le habían llenado de angustia muchas noches de desvelo, de urgencia de comunicación, de habilidad inactiva tan sólo ensoñada…
Ahora lo tenía presente y él, Manu, en medio de su sorpresa tan esperada y tan desconocida para ambos, se dejaba llevar, conducir por todos los recovecos que le permitía la piel, el placer, …se sentía fuera de sí, alejado del mundo que dominaba…y ese aroma a lilas prematuras, todavía les envolvía en un sopor mayor, que les transportaba igual que después de un gran esfuerzo acaba el cuerpo roto pero satisfecho, así, pleno, se aventuraba Ángel…
¡Qué incómodo es este diván! Y siempre Lorenzo, la imagen de Lorenzo, animándole a que se decidiera, se revolvía ahora en su pensamiento y le aturdía…pero ya Manu estaba totalmente entregado y a pesar del martilleo que le golpeaba las sienes, sus manos y sus bocas eran más hábiles en distraer ideas de mal agüero, y ávidas en volver a reencontrarse empleaban un lenguaje sonoro, lleno de fantasías, como las que había experimentado en otro tiempo, pero más cálidas, con la placidez del anhelo por fin patente; ambos se condujeron con cierta parsimonia al principio, espantando lejanos fantasmas, para ceder a la vorágine que encerraban en sí esos cuerpos amalgamados, aspavientos armónicos de un sentir común: dos figuras cinceladas y que se confundían, mientras Ángel le conducía al piso de arriba, aquel piso que tan bien reconocería Manu, envuelto en un torbellino de imágenes que le compensaban tantos años de distancia… de engaño, de simular que no veía para que no le mirasen y se dejó hacer, se abandonó a la experiencia, un tanto inquietante, del dominador del que se sabe poseedor del momento: ahí estaba el baño, una estancia tan apacible, un momento tantas veces soñado, se les enfrentaba con total crudeza…se abría para ambos en la soledad de sus paredes y en la frialdad de una bañera que ahora, por fin, iba a recobrar un sentido auténtico, el llenarla con Manu, el objeto de deseo siempre imaginado y sólo autocomplacido en completa conspiración con su entorno.
Hilaria seguía atenta cómo se revolvía Ángel.
Y Lorenzo, conocedor de esta conquista, lo esperaría como tantas otras veces lo había hecho mientras habían durado los escarceos amorosos, la intentona de sexo fácil y casi suficiente, imprescindible para sobrellevar la existencia de Ángel, que luego se debatiría entre el volver reconciliado a la tranquilidad de su estudio y los avatares cotidianos de su profesión…no importaba: Lorenzo lo habría de acoger como siempre había hecho, porque no sufría, él lo aceptaba, él era un alma buena que solo vivía para desvivirse por los demás azacaneado por la urgencia de ayudar y comprender…
Ahora Ángel algo más tranquilo en ese diván que parecía adaptarse a su cuerpo, tras una ardua lucha por la postura que más encajara con su confesión, parecía encontrarse más relajado o más acomodado con su nueva situación…ahora lo podía recordar y oírselo pronunciar a trompicones como pequeños insultos a la vida que lo había maltratado: su fortaleza tan maltrecha se hacía inexpugnable porque se estaban disipando las neblinas de diciembre que siempre atisbaba en su soledad, ahora tenía la certidumbre de que en realidad su deseo físico se había abierto como en primavera florecía el jardín japonés que con tanto esmero habían cultivado juntos Lorenzo y él.
“Sigamos”, le había advertido Hilaria, una figura estólida que le exigía demasiado mientras él se extasiaba con el recuerdo de esos olores y sabores que tan impregnados habían quedado en su cerebro, en sus manos, en su lengua que acariciaba y recorría húmeda la cara de Manu…antes de detenerse en sus labios que esperaban ansiosos la proximidad, el latido de un movimiento rápido…besaba los párpados, incorporaba su cara, sus pómulos enrojecidos por una suerte de rubor que excitaba más a Ángel…se desprendieron de la ropa a jirones como si les molestaran las costuras, los pliegues…los envolvía el vaho del agua que llenaba el silencio sonoro de sus suspiros, el jadeo continuo del chorro cayendo con fuerza, golpeando las paredes de la bañera a la vez que salpicaban alrededor gotas hirientes de calor y que más tarde los cubriría de estímulos inadvertidos…
Volvería la próxima semana, hoy se derrumbaba del dolor rememorado.

























