Vergüenza y audiencia imaginaria. Idiosincrasia natural

Rosa Amor del Olmo

Siempre he visto la “audiencia imaginaria” (dificultad de diferenciar el propio punto de vista del de los demás), como un tipo de vergüenza y de egocentrismo muy característico de la edad adolescente. También he visto que esta particular forma del ser humano en edades más adultas, claro.

Es posible que este sea un arranque de otro sentimiento mayor que es la vergüenza. En la adolescencia el egocentrismo es de tipo social, ya que tienen una apreciación distorsionada que les conduce a pensar que son más especiales y mucho más importantes que los demás. Eso les hace considerarse el centro de todas las miradas (audiencia imaginaria), ya que son ellos los únicos que, por lo que dicen o hacen, despiertan interés (fábula personal) y nada malo les va a pasar (fábula de invencibilidad). Un ejemplo típico del egocentrismo adolescente es la sensación que tienen de que las cosas que les pasan a ellos son únicas, se sienten incomprendidos porque creen que los demás (fundamentalmente los adultos) no tienen ni han tenido sensaciones o sentimientos parecidos a los suyos. Cuando salen a la calle creen que todos les miran, no comen en público porque les da vergüenza o porque creen que les miran. Por poner un ejemplo.

La vergüenza es posiblemente la emoción más tabú junto con la envidia y de la que poco se habla, francamente. No hablamos de nuestra/su vergüenza, como tampoco de sus deseos, porque nos avergüenzan, y nos avergonzamos de avergonzarnos como nos avergonzamos de tener envidia. » ¡ Qué vergüenza ! «. Como resultado, la vergüenza presenta, como la envidia, (de esto hablaré otro día, que tiene lo suyo) la imposibilidad de dificultar el recurso a ayudas externas para disiparla. Tiende a dejar solo ante el sufrimiento moral que inflige: se aísla y se retrae en sí mismo. Para tratar de deshacerse de él, primero es necesario comprender qué lo causa, conocer sus desencadenantes.

De manera más general, la falta personal puede provenir de cualquier aspecto de nuestro ser (cuerpo, mente, estatus social y, por extensión, séquito) o de nuestras acciones; toma la forma de un déficit de perfección o don. En cuanto a la mirada, generalmente es la mirada de otro, pero también puede ser la propia mirada, y para los creyentes, la de Dios.

La vergüenza se activa cuando nuestra falta de perfección o don se exponen a la mirada de los demás, cuando nos damos cuenta de que los demás son testigos de nuestras insuficiencias, nuestro egoísmo, nuestros defectos personales. Sartre dice así que: «La vergüenza en su primera estructura es la vergüenza frente a alguien (…) los demás son el mediador indispensable entre yo y yo: me avergüenzo de mí mismo como me aparezco a los demás». “Así la vergüenza es la vergüenza de uno mismo frente a los demás (…)”. Porque los demás no paran de ser testigos: inevitablemente se convierten en juez y como aquí deben juzgar nuestras faltas, su juicio solo puede ser negativo y darles una mala imagen de nosotros y de baja estima. En el mejor de los casos, le inspiraremos lástima; en el peor, desprecio o repugnancia. En cualquier caso, seremos “mal vistos” y privados de la posibilidad de “ser vistos bien”. Aristóteles define así la vergüenza como «un dolor y una perturbación relacionados con los vicios que parecen implicar la pérdida de la reputación, o presente, o pasado o futuro (…)». Las imperfecciones de nuestro ser se pueden clasificar en cuatro grandes categorías: las del cuerpo, las de la mente, las de estatus social y las de quienes las rodean. De manera más general, la falta personal puede provenir de cualquier aspecto de nuestro ser (cuerpo, mente, estatus social y, por extensión, séquito) o de nuestras acciones; toma la forma de un déficit de perfección o don. En cuanto a la mirada, generalmente es la mirada de otro, pero también puede ser la propia mirada, y para los creyentes, la de Dios. Para los creyentes sentir vergüenza es maniobra del Adversario para confundirte, hacerte sentir mal y hacerte creer que lo que has hecho ya no tiene solución.

Las irregularidades de nuestro cuerpo (supuesta imagen) se relacionan principalmente con la propia fisiología (digestión, respiración, sudoración, etc.). Puedo avergonzarme cuando me suena el estómago, me avergüenza roncar mientras duermo y desprender los olores de la transpiración; sus rasgos físicos: me da vergüenza ser bajo, gordo, calvo, con orejas salientes y nariz grande. Me avergüenzo de mis cicatrices, kilos de más o mi tatuaje fallido cuando estoy en traje de baño en la playa. Los «complejos» que uno puede tener en su físico son todos, objeto de vergüenza. La apariencia crea problemas, aunque la mayoría de esos problemas sean supuestos, sometidos todos bajo un canon inducido de belleza: me avergüenza estar vestido de vagabundo o me avergüenza llegar a una fiesta sin haber tenido tiempo de cambiarme, maquillarme y peinarme. Igualmente sucede con las habilidades: me siento avergonzado cuando me encuentro en la pista de baile porque no puedo bailar o cuando tengo que cantar en público en un karaoke porque no puedo cantar.

En cuanto a las imperfecciones de nuestra mente se relacionan principalmente con las habilidades intelectuales: me avergüenza no saber leer bien, me avergüenza hacerle una pregunta a mi profesor en clase para pedirle que explique lo que acaba de decir porque no entendí o me avergüenzo cuando hablo inglés en una reunión donde todos son bilingües. Quedar mal cuando juegas al Trivial, también da vergüenza. Las cualidades morales, también son objeto de sentirse avergonzado, haber acusado injustamente a uno de mis empleados de robo (injusticia), me avergüenza cuando un pasajero en el metro me insulta delante de todos y que no le respondo (cobardía); Me da vergüenza descubrir que he devorado tres chocolatinas (intemperancia) o que me enojé en la línea de seguridad del aeropuerto (impaciencia). Se relaciona con gustos y opiniones: me da vergüenza amar las corridas de toros, leer revistas de chismes, ver dibujos animados, admitir que me he pasado todo el fin de semana viendo una serie en Netflix (mal gusto) o que voto a un partido racista (comúnmente condenado por la opinión).

Las imperfecciones de nuestro estatus social (audiencia imaginaria transformada) se relacionan principalmente con el origen social del que procedemos: me da vergüenza venir de un entorno desfavorecido, tener un padre que es recolector de basura, alcohólico y que ha estado en prisión (origen social degradante); la situación socioprofesional: me da vergüenza no tener hogar o estar desempleado, estado civil o situación emocional: me da vergüenza ser la única persona soltera en una cena o en una boda (relación y fracaso emocional), me avergüenza divorciarme. Mi esposa o mi esposo me engaña, exhibes tu fracaso matrimonial. El nivel de vida: me avergüenzo de estar endeudado, arruinado o miserable (fracaso material), también produce esa inquietud. Cada una de estas facetas del estatus social es interpretada por uno mismo y por los demás como signos de perfección o imperfección social o como signos de éxito o fracaso social. Combinados, determinan a los ojos de los demás y a nuestros propios ojos si estamos en el lado de los «ganadores» de la vida o en el lado de los «perdedores». Obviamente, es vergonzoso estar (o parecer) del lado perdedor.

Comentario: La mayoría de las veces estas sensaciones que marcan nuestro carácter se forjan en la infancia. Recuerdo si mi madre me enviaba a cambiar (también y admitido en la Rae, descambiar) cualquier cosa por no sé qué razón, me moría de la angustia, me daba corte, apuro, me sentía mal. Ciertamente y aunque he variado puntos importantes de mi carácter, admito sentirme muy tímida, cortada, avergonzada por el hecho de ir a cambiar algo. Lo paso mal. ¿Qué hago? Aceptarlo, es decir, aceptarme e intentar no verme en esa circunstancia más de lo recomendable. Alguna vez me he sentido torera y recuerdo cuando vivía en Francia me vendieron unos pescados en evidente mal estado. No sé cómo lo hice, pero lo hice. Llevé su apestoso pescado, bolsa en ristre a que me devolvieran los dinerillos y a que se avergonzaran ellos. Así fue. He visto que me da perezote, más que otra cosa y vergüenceta, un poco, pues también, todo hay que reconocerlo. Vamos, que sigo igual, aunque reconozco que las grandes superficies facilitan mucho esto del trueque y la devolución y me alegro muchísimo de crecer como persona con estas facilidades y no tener que pasar vergüenza en situaciones que me producen una regresión a la infancia, nada recomendable.

Después viene lo de la vergüenza ajena, que tiene lo suyo. Las imperfecciones que afectan a nuestro entorno se relacionan principalmente esas imperfecciones de las personas, percibidas por uno mismo y por los demás, como una extensión de uno mismo, yo creo. Se trata principalmente de familiares y amigos cercanos. Me da vergüenza presentar a mis padres poco educados a mi futura esposa, me avergüenzo del mal desempeño de mi hijo en la escuela, me avergüenza ir a una velada con compañeros con mi mujer o esposo por la razón X, me avergüenzo de un amigo que dice palabrotas en una cena a la que lo invité. Esa vergüenza se convierte como en una tirria insufrible cuando alguien, por ejemplo, hacer ruido al comer, habla con la boca llena, sorbe, sorbe sopas y cualquier cosa, masca chicle o come ensalada con la boca abierta…¡Tremendo! Esto ya lo considero manías, fobias personales que también las reconozco en mí cuando de estudiante en el tren a la Autónoma, me ponía enferma con la peña hablando a voces por la mañana muy temprano. Nivel, tengo examen a las 9 de la mañana y no me da tiempo para el carajillo, porque llego encendida en cólera. No aguanto los ruiditos, ni el vocinglerío cuando tengo 15 minutos para preparar un examen o una conferencia, porque soy así para la lectura rapidísima o la concentración y memorización de hasta mil bites en poco tiempo. Estoy acostumbrada a la superconcentración y lectura rápida y en 15 minutos soy capaz de cualquier cosa. Eso es consecuencia de haber sido espía. ¡Ups!

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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