
Francisco Massó Cantarero
El entusiasmo por el éxito del mundial de fútbol se han transformado en ditirambos tras la invasión de Ceuta. Las multitudes son las mismas. El éxtasis de julio llevó a las ménades a estar en dios, con su bandera roja y gualda puesta de montera. La agresión a la soberanía, por mucho que se hable de la guerra híbrida, con la misma bandera por montera, ha producido un clamor de plañidos, ante la pasividad de los gobernantes.
Es una aporía (a-poros=sin camino) sin solución: el líder está de brazos caídos, en La Mareta o, intencionalmente, en Andorra, en lugar de estar al pie del cañón haciendo frente a la situación lesiva, como es su deber. Cuando el éxito, había volado presuroso a Nueva York, por si la suerte le favorecía y tener cámara. En cambio, ante la agresión, ha hecho dejación de funciones, escondiéndose en la pasividad, tras el trampantojo de sus derechos.

Salvo el derecho natural, que es básico y se obtiene por existir, los demás afectan a la calidad de vida, provienen del deber cumplido, del compromiso, o contrato, que se tiene con los demás y que regula la convivencia. Todo contrato es ley.
El líder es el primer servidor del grupo que lidera. Formalmente, su oficio es servir. El grupo le otorga el poder para que lo emplee en protegerlo, le cede la administración de sus recursos (que son del grupo), para que gestione su aplicación en pro del propio grupo. Si la expectativa se frustra, el contrato queda roto. La situación creada está fuera de la ley.
Hans Cristian Andersen, en su alegoría del Traje nuevo del Emperador, establece un axioma: sólo las personas inteligentes y de buena moral son capaces de apreciar el ropaje que exhibe el emperador. Los sastres estafadores no confeccionan nada, aunque simulan hacerlo. Toda la Corte y el pueblo llano se hace lenguas elogiando el vestido nuevo del emperador, que va en cueros, hasta que un niño inocente se echa a reír y grita: el rey está desnudo.
En nuestra tragedia, el rey no sólo está desnudo, sino maniatado de pies y manos. Paradójicamente, el rey es un recurso más en manos del líder, que lo mueve a su antojo, en aras de los gambitos que se le antojen. El papelón de la Monarquía parlamentaria, ciertamente, es de uno (monos), de quien la representa, y nada más; carece de toda atribución ejecutiva, según el contrato. No haciendo nada, fuera de las misiones burocráticas, cumple su contrato.

























