
Francisco Massó
Como fenómeno social, la situación de Ceuta es calamitosa, por ambos sentidos: los sitiados indefensos, confinados en sus casas y los sitiadores, unos muertos y otros hambrientos y sedientos deambulando por las calles en busca de quién asaltar.
Sobre la catadura de la idiosincrasia marroquí, España debieran haber aprendido las lecciones de las antiguas guerras del Rif (1893 y 1909). No se pueden establecer pactos con quienes, sistemáticamente, los incumplen, tanto sean sultanes como si son cabilas. Siempre han demostrado que son traicioneros.
El oportunismo de la “marcha verde”, producida cuando nuestro dictador boqueaba en las últimas, fue una nota aclaratoria de quiénes son, realmente, nuestros vecinos.
Por si no fuera suficiente, en la actualidad, los incumplimientos de acuerdos bilaterales entre España y Marruecos son flagrantes y continuados.
En español castizo, decimos: “dime con quién andas y te diré quién eres”, que es una traducción libre de otro adagio latino mucho más antiguo –similes similibus curantur-, porque la sabiduría de la Antropología Social, al final, resulta consistente, casi un saber dogmático, construido en base a la experiencia cotidiana.
El actual sultán marroquí vive a todo lujo, en París, se desplaza en un avión privado cuyo coste supera los ochenta millones de euros, acumula una fortuna fastuosa, tiene una colección de coches exclusivos, millones en relojes de capricho y, al parecer, se salta el Corán a su antojo. Mientras, la renta per cápita de sus súbditos no alcanza los 4.000 euros, no tienen derechos humanos, ni dignidad, y están obligados a besar la mano del sultán, porque es un santón islámico, descendiente de Mahoma, a través de su hija Fatima. ¿Dónde está la coherencia del personaje?, ¿qué fiabilidad ofrece?. De no mediar el terror, ¿qué calificativos le adjudicarían sus súbditos?.
Por consiguiente, para hacer pactos con semejante personaje, es necesario equipararse a él, -similes– llamándose andanas ante los principios morales, careciendo de empatía y teniendo un sentido umbilical, egocéntrico absoluto, como cosmovisión. Hacerse el tonto, no darse por enterado y actuar “como si” el interlocutor fuera alguien serio, sólo puede ocultar intereses ocultos, proteger negocios oscuros y mantener una connivencia vergonzosa. Todo ello repugna, por ser un insulto a la ciudadanía: concienciada la europea, inconsciente la africana.

El hecho es una invasión, la de Ceuta, que ha dejado una hecatombe de 140 muertos, cinco mil niños deambulando por la calle, hambrientos y sedientos, y un número indeterminado de mayores escondidos por el monte, a la espera de ejercer de polizón hacia la península. Enfrente, hay una ciudad de 85.000 personas atemorizada, secuestrada en sus propias casas, sin libertad para ir a la compra, salir de paseo, ir de visita, ni tan siquiera abrir la puerta del negocio.
Marruecos no se hace cargo de sus muertos y los vivos no quieren volver, que en España la renta per cápita es superior a 28.000 euros, hay servicios sociales, subsidios; con dificultad, pueden encontrar trabajo, tienen posibilidad de saltar a otros países de la Unión Europea, pueden pedir la reunificación familiar y, sobre todo, cuentan con respeto a la persona humana que son, de momento.
Pero, el sultán de allí se divierte y el aspirante a sultán de aquí se relaja, con vacaciones todo incluido y un retén de seguridad que ya quisieran para sí los ceutíes.
El sultán marroquí se afana por Ceuta y Melilla, que no son sendos hontanares de riqueza, sino carnaza para entretener a sus huestes. Ya que no les da pan, ni cultura, ni trabajo que los regenere, les ofrece el circo de los asaltos a la tierra prometida. Como otrora en Jericó, bandas de desesperados darán siete vueltas de tuerca, cargados con el arca de las alianzas; y, cuando caigan las murallas, encontraran otra vez la miseria.
Ceuta y Melilla son una reliquia histórica, testigos de la lucha contra la piratería de la baja Edad Media y de la nueva Edad Moderna. Ceuta, desde 1415, fue bastión portugués para contener hordas de famélicos ya que, desde Tarik ibn Ziyad, la península ha sido asaltada por bereberes, almohades, benimerines y almorávides. Si Alfonso VIII, el mejor rey político de nuestra Edad Media, no hubiera sabido coordinar el esfuerza de los tres reinos cristianos y triunfado en las Navas de Tolosa, hoy existiría Al-Ándalus y sería un sultanato misérrimo como el marroquí.
Melilla llega a ser española en septiembre de 1497, reinando Isabel y Fernando, con el mismo propósito y destino militar que Ceuta. Hoy, apenas es albergue para la legión, antiguo muro de contención, hoy destinado a sacar en procesión al Cristo de la Buena Muerte, entre cánticos de exaltación furiosa de la virilidad. El teatro no cesa en ninguna parte.
Una vez que el aprendiz de sultán del Norte ha aclarado la situación del Sahara, Ceuta y Melilla son la etapa siguiente para la voracidad del sultanato del Sur. Después vendrán las pingües islas Canarias, cuyo subsuelo es tan prometedor como fuente de riqueza son sus costas. Y el delirio alauita no acabará ahí, porque pretenderán restablecer en Córdoba el califato de los Omeyas del siglo X. No tienen prisa; sólo esperan oportunidades.
La valía no pertenece a la tierra. Ésta no es lo que debe prometerse, sino el desarrollo de la inteligencia. La prosperidad está en la fecundidad de la sinergia, como demostró la gesta de las Navas de Tolosa. El progreso es un trabajo de equipo, donde sólo sobran los ególatras, que persiguen hazañas de autor, gobiernan de espaldas al parlamento, hacen marrullerías y, únicamente, persiguen el medro personal.
El futuro es de la inteligencia -inter-legere-, leer entre líneas, saber lo que ocultan las palabras, escuchar lo que no se dice en voz alta, otear lo que hay más allá del horizonte, no permitir que la obviedad de la crónica nos despiste sobre la esencia de los acontecimientos.

























