Perspectivas de las cataratas de Benito Pérez Galdós

Manuiel Herrera Hernández, Miembro de Número de la Real Academia de Medicina de Tenerife

Asociación Internacional de Hispanistas

I

Galdós expresó siempre en su vida un hondo temor a la ceguera y reflejó en su obra una gran ternura por los ciegos. El ciego desempeña siempre en la obra de Galdós un papel simbólico. Pensemos en los personajes galdosianos Tito Liviano, el historiador del Episodio Cánovas y que tiene mucho de autobiográfico; en don Evaristo Feijoo de Fortunata y Jacinta; en don Beltrán de Urdaneta, magnífico personaje de Luchana, que dice a Carpena: «Oh, no, amigo mío, ya estoy muy acabado, ya no soy ni sombra de lo que fui. Verdad es que no me falta cabeza y discurro como en mis mejores tiempos, pero la vista se me va. Hay días que no veo tres en un burro…»1. Y recordemos también a otros personajes galdosianos como Don Francisco Bringas de la novela La de Bringas; a Almudena, el gran personaje de Misericordia y a Pablo Penáguilas, el señorito ciego de nacimiento, de Marianela.

Galdós se autodefinió como un hombre de naturaleza enfermiza. EnMemorias de un desmemoriado confiesa […] «me crié malucho siempre, padecía unos catarros que me ponían a la muerte, fui de desarrollo tardío, aquí en Madrid fue donde me curé y donde me desarrollé muy deprisa […], mi temperamento fue siempre muy nervioso…»2. Ya adulto también era un hombre nervioso, sufría intensas jaquecas y fumaba incesantemente. Los síntomas que presentó de crisis de dificultad respiratoria recidivante, y su mejoría al marchar a vivir a Madrid lejos de las características de su vivienda y del clima húmedo por la proximidad al mar, entre otros factores ambientales, me permiten diagnosticar que padeció asma bronquial. El niño asmático tiene una psicología especial, y una conducta con diversos matices diferenciales, que en el niño mayor se hace más evidente. Es la llamada personalidad asmática infantil a la que se añade la ansiedad, tanto del niño como de la familia, la sobreprotección, la falta de confianza en sí mismos, la timidez y, a la larga, mal rendimiento escolar, tensión emocional, fijación a la madre y tendencia a reprimir sus impulsos. Al evolucionar de forma crónica se hacen adolescentes y adultos reprimidos, introvertidos, inseguros, con síntomas de ansiedad y angustia. Creo que estas características las encontramos en la personalidad de don Benito.

En su juventud Galdós tenía unos ojos grandes como se percibe en el dibujo que le hizo Massieu, condiscípulo suyo en el Colegio de San Agustín, medio siglo atrás. También poco tiempo después de llegar a Madrid se aprecian unos ojos grandes en las fotografías obtenidas. Pero a los 42 años el retrato que le hizo el gran pintor levantino Joaquín Sorolla muestra los ojos pequeños y cansados 3. Ya antes de los 40 años, a causa del exceso de lectura y de mucho escribir, el gran espectador de la vida madrileña comenzó con problemas en la vista. Como ocurre a muchas personas al entrar en la edad madura, tuvo necesidad de usar lentes para la visión próxima, pero con el paso del tiempo la visión lejana también disminuía. No obstante, ocultaba la pérdida de visión; con nadie, incluso su familia, hablaba de ella ni lo consultó, al parecer, con el médico de la familia el Dr. Federico Rubio y Galí (1827-1902), republicano y una de las grandes figuras de la cirugía española. Para mantener más su secreto iba a las tiendas de óptica de la calle del Príncipe en demanda de lentes –decía– «más fuertes».

Cuando Galdós tiene 41 años lee menos porque no quiere forzar la vista.Tarda en leer la novela «Pedro Sánchez» que le ha enviado José María Pereda y le escribe «porque el cansancio físico de mis ojos y de mi cabeza no me permiten entregarme con pasión a esa lectura». Este mismo año conoce a Lorenza Cobián, natural de un pueblo (Bodes, Asturias) y modelo del pintor Emilio Sala.

De manera progresiva la dificultad para la visión lejana le llevó a semicerrar los ojos para lograr un enfoque mejor de las imágenes. Al atribuirlo al exceso de luz solar pretendió neutralizarlo utilizando gafas negras, que formarían una característica de su fisonomía. Más tarde, en 1899, exclamaría –en boca del personaje de la novela Luchana don Beltrán de Urdaneta–:»Creo que el perder la vista es una forma física de la pérdida de la dignidad». Pensando así se comprende fácilmente por qué no quería que nadie conociera lo que le sucedía 4.

En el año 1887 termina su gran Fortunata y Jacinta y entonces con José Alcalá Galiano viajó por muchos países de Europa, desde Portugal hasta los países del Báltico, por casi toda España y también Marruecos. Al mismo tiempo su pérdida de visión es cada día mayor.

Cuando en 1886 entra en vigor el Plan de Estudios auspiciado por el Ministro Calleja se establece, entre otras, la enseñanza de la asignatura de Oftalmología y en 1911 el claustro de la Facultad de Medicina de Madrid, con el dictamen de la Real Academia de Medicina, nombró catedrático de Oftalmología al Dr. Manuel Márquez Rodríguez (1872-1961), autor de un conocido Tratado de Oftalmología.

A los 46 años Galdós comienza las relaciones amorosas con Emilia Pardo Bazán que, según Carmen Bravo Villasante, fueron de poca duración pero fuertes, muy intensas. Todas las cartas de la Pardo Bazán a Galdós pueden resumirse temáticamente en viajes, habitáculos, lecturas literarias, reflexiones morales y amorosas, maquiavelismo galdosiano y «achaques y neuralgias» de Galdós 5.

Galdós había sido propuesto como académico en 1889, pero no fue hasta ocho años más tarde (el 6 de febrero de 1897) cuando leyó en la Real Academia Española, con gran asistencia femenina, su discurso de ingreso con voz mal articulada y casi inaudible. Trató sobre: «La sociedad presente como materia novelable». Le contestó, en nombre de la Corporación, Marcelino Menéndez Pelayo.

Dos años más tarde empezó a escribir Tristana, inspirada en su relación con Concha Morell Nicolau y, cuando cesaba en su trabajo de escritor por la mañana, por las tardes iba al saloncillo del Teatro de la Comedia a conversar con el gran actor y director de la compañía, Emilio Mario, y a estar de bromas con las jóvenes actrices. Luego se iba al atardecer, siempre fumando, y con el cigarro puro en su mano izquierda, en caminata lenta por las calles del Madrid viejo 6. Este mismo año nace su hija María de su relación con Lorenza Cobián González y, además, comenzó la construcción de su residencia en Santander San Quintín.

Don Benito era muy reservado respecto a su vida íntima y nunca revelaba sus relaciones femeninas. Corrían rumores, se hacían comentarios; pero don Benito siempre procuró camuflar su vida íntima. Tuvo muchas amantes y muchos amores. Galdós nunca se casó. «Nunca sentí la necesidad de casarme, ni yo puse empeño en ello», confesó a los periodistas Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa en 1912 y, según Gregorio Marañón, era «un gran mujeriego» y un tímido superviril7. Su criado-secretario y lazarillo Victoriano Moreno dijo al periodista Francisco Lucientes («El Sol», 1932): «[…] Don Benito vivió a rastras de los prestamistas […] no vivía más que para la obsesión sensual, que le quemaba. ¡No he conocido hombre más faldero! Aquí un lío, allí otro. Si no trajo al mundo diez o doce hijos naturales, no trajo ninguno»8.

Desde un realismo como vía artística y desde un compromiso personal que los tiempos tiñeron de pesimismo, como señala Yolanda Arencibia, se estrenó Electra el 30 de enero de 1901 en el Teatro Español de Madrid. El éxito fue apoteósico y se convirtió en símbolo de la lucha por la libertad. Algo atemorizado, Galdós a lo largo de este año no reanudó los estrenos ni tampoco escribió otras novelas. Se apartó de los salones teatrales y de las tertulias del Café Suizo. Comenzó a presentar alteraciones más o menos graves de la salud. Pero en este año alcanzó más popularidad en el Madrid de los barrios bajos. Recorría, ya arrastrando un poco los pies –sólo tenía 58 años– y golpeando fuertemente con el bastón, «el garrote» le llamaba él, las calles más reviejas en las que todas las casas padecían de reuma, ictericia, lepra e hidropesía 9.

Don Benito tuvo una gran amistad con el prestigioso abogado don Manuel Marañón. Su hijo Gregorio, en una visita habitual a la casa de Galdós, siendo aún estudiante de Medicina (don Benito le llamaba «la Facultad»), como se quejase de su vista se la examinó y le dijo que sólo tenía la vista cansada. Pero, al salir, Marañón explicó a don José Hurtado que su tío sufría una catarata bastante avanzada, que exigía inmediata intervención. Pienso que, previamente, tuvo que haber consultado su problema ocular con el médico de la familia y, especialmente, con sus amigos los doctores Manuel Tolosa Latour y Enrique Diego Madrazo. Este último siempre mostró, al igual que Marañón, un gran cariño y una gran preocupación por la enfermedad de don Benito 10. Aconsejado el maestro accedió pronto a ser operado y se consultó al eminente catedrático de Oftalmología Dr. Manuel Márquez.

Galdós escribe (1905) a Lorenza Cobián y a su hija María, de la que destaco algunos párrafos:

“Santander, 27 de julio. Queridas Lorenza y María: […] Como les dije me arreglé del estómago. Lo del ojo sigue su curso. Para otra carta, les diré la fecha en que me harán la operación […] Pronto me someterán a un régimen de comidas y de tranquilidad para irme preparando. Esto no importa nada, con tal que después quede bien como dicen […] No escribo más hoy, porque se me cansa la vista […], B.»

Ese mismo año Galdós, que ha cumplido 62, años sufre después del verano una hemiplejía transitoria y, a partir de aquí, don Benito tendrá que escribir con lápiz. ¿La pérdida de visión y la hemiplejía tenían una etiología común? ¿Cuál era la causa?

El profesor Alejandro San Martín Satrústegui, catedrático de Cirugía de San Carlos, era entonces el médico de la familia Galdós y lógicamente aconsejó que le viera el profesor Márquez. Este diagnosticó que Galdós padecía una iritis y cataratas más acentuada en el ojo izquierdo. Más tarde, al ser nombrado el profesor San Martín, en junio, ministro de Instrucción Pública, el médico de cabecera de don Benito fue su íntimo amigo el Dr. Manuel Tolosa Latour que, al mismo tiempo, frenaba la vida sensual de Galdós. El Dr. Manuel Márquez, desde su primera consulta, le aconsejó que tuviera paciencia y que le operaría a su tiempo.

Enterado Galdós del suicidio de su amante Lorenza Cobián, ocurrida el 25 de julio de 1905, escribe a Dolores, hermana de Lorenza:

“31 de julio. Estimada Dolores: La desgracia de su pobre hermana, que ya venía padeciendo de fuertes manías, me obliga a suplicar a Vd. que se encargue de acompañar constantemente a (mi hija) Maria […] Ya sabrá Vd. que tengo una afección a la vista, para la cual han de hacerme una operación, de la cual dicen que quedaré bien; pero que es muy molesta porque antes y después de ella he de estar muchos días con los ojos vendados. Ya pronto me pondré en cura […] Todo esto ha venido en circunstancias muy tristes para mí, pues no puedo valerme, ni salir de casa, y aun me cuesta mucho trabajo escribir esta carta por lo mal que tengo la vista […]. Suyo afmo., Don Benito».

El 24 de agosto de 1907 don Benito escribe a su hija María, que tiene 16 años, y le dice que sigue con su «flemón», y le corrige con humor su ortografía:

[…] «no se escribe hojo, que es un gran disparate. Se escribe ojo. Esa h es una catarata que le has puesto al ojo, y para cataratas bastante tengo con las mías 11».

En esta carta, como vemos, don Benito ya confiesa que padece cataratas.

Al llegar el verano Galdós marchó, como tenía por costumbre, a restablecerse en su casa de Santander. El buen resultado se lo comunica (carta de 16 julio 1907) a su amada Teodosia:

“Me siento muy reparado de mi quebranto físico y cerebral […] El mar con su brisa constante, con su cantar grave que todo lo dice sin decir nada, ayuda a nuestra reparación orgánica. Grande amigo de los melancólicos es el mar».

Pasaron meses y años pero Márquez nunca estaba satisfecho del curso que llevaba el enfermo, ya que tenía una iritis en el ojo izquierdo que no acababa de curar. Lógicamente, Galdós estaba cada vez más impaciente e insistía a Márquez para que le operara de las cataratas, pero la iritis no lo aconsejaba 12.

A final de 1906 o principios de 1907 aparece un personaje trascendental en la vida de don Benito. Galdós tiene 64 años cuando conoce a Teodosia Gandarias Landete, de 44 años de edad, que había estado casada y no tenía hijos. Teodosia despertó en Galdós un amor juvenil y se convierte, además, en consejera a la que da a leer sus guiones, manuscritos y pruebas. Más tarde, en la última semana de 1907, Galdós tomó a Pablo Nougués como secretario privado, debido a que la pérdida de la visión le hacía difícil proseguir sus trabajos literarios. Galdós se quejaba con amargura de la situación difícil que era dictar a un secretario porque, decía, «la pluma es nada más que la prolongación del alma del escritor, que deja una parte de su ser en la páginas de su manuscrito».

Nougués, a quién Galdós llamaba cariñosamente «don Pablífero», empezó a preguntarse cuál era la causa del decaimiento físico de don Benito. Y se enteró de que en 1905 Galdós había sufrido un accidente cerebrovascular con hemiplejía. Asimismo, Nougués, que había padecido una grave enfermedad ocular, se dio cuenta de que Don Benito no veía bien y que los ojos, así como sus pupilas, eran pequeños. También advirtió que al caminar tropezaba con frecuencia y que al escribir no siempre guardaba una línea recta ni mantenía una altura uniforme en las letras de una palabra. Y Nougués llegó así a la conclusión de que la vejez no era la única causa 13. Al mismo tiempo Galdós comenzó a quejarse de un dolor lancinante en las regiones temporales y de irritación en el ángulo del ojo izquierdo, pero hizo que Nougués le prometiera no revelar nada y le insinuó que podría ser sólo a causa de las cefaleas intensísimas que sufría desde unos pocos años antes.

Gregorio Marañón terminó la licenciatura de Medicina en 1908. Y, desde entonces, fue el médico de confianza de la familia Galdós. Pero, como hemos dicho, Marañón conocía ya, desde 1905, el viejo problema ocular de Galdós y la causa de su iritis y cataratas, por lo que aconsejó al Dr. Tolosa Latour que don Benito fuera visto una vez más por el profesor Márquez. Precisamente Galdós, cada vez más preocupado, seguía apremiando a Márquez para que le operara.

Cuando Galdós tiene 65 años sus padecimientos son permanentes y cuando no son los catarros bronquiales, que él califica casi siempre como gripe, son las afecciones neurálgicas diversas y el reuma; otras veces es el flemón dentario y las progresivas la falta de visión, así como la de dificultad al andar y los dolores en las piernas. Pero nada impide su vida íntima ni la pasión por su trabajo de escritor. Al pasar los años aumentan los achaques y son unos años terribles. Se acercan los últimos años de Galdós. Cuando Galdós tiene 67 años el gran escritor está enfermo y triste, las piernas le hacen sufrir al sentarse o levantarse, la marcha es dificultosa, sufre cólicos, trastornos gástricos y su problema visual es cada día mayor. En sus cartas a Teodosia le comunica repetidamente su pérdida de visión y los tratamientos.

En 1909 aparecen viejas discordias, un sentimiento de hostilidad hacia su persona, un resentimiento político y la generación del 98 no le considera como su guía y maestro. Reflejan su amargura las páginas del episodio nacional España trágica y de su novela El caballero encantado, última obra escrita que, a lápiz y con trazos grandes y poco seguros, escribió por sí mismo.

Sin embargo, Galdós está eufórico y alegre en ocasiones, aunque deprimido en otros momentos, y, animado por su gran amigo el doctor Enrique Diego Madrazo y Azcona, médico cirujano y autor dramático, aguarda operarse, tal como lo relata en una carta a Teodosia (Santander, 22 julio 1909):

«Me apena mucho el estado de mis ojos, porque me pongo a coger guisantes y tengo que dejarlo porque no veo el fruto entre las verdes hojas. Hoy me ha dicho Madrazo que debo hacer la operación. Me quitaré, pues, estas telarañas en el próximo invierno»14.

Tres semanas más tarde, el 15 de agosto de 1909, le escribe a la «adoradísima y soberana Teo» –como llama Galdós a Teodosia– de la «irritación a los ojos» y del tratamiento con «lyorana »y colirio de pilocarpina que el Dr. Márquez le había recetado como remedio para su enfermedad.

A los 67 años Galdós confiesa en una entrevista a Enrique González Fiol sus frecuentes lapsus de memoria y dice: «[…] esta memoria[…]», «no recuerdo el año en que llegué a Madrid si fue en 1865, o el 64 […]». Ahora (1910) surgen los años más sombríos de Galdós. Rechaza los homenajes en su honor y no sale durante semanas de su casa o del hotelito que en la calle Hilarión Eslava acababa de construirse su sobrino José Hurtado de Mendoza, donde se le había reservado la mejor habitación sobre cuyo dintel se escribieron estas palabras: «Despacho de tío Benito»15.

No obstante, hasta que se opere un año más tarde, permanecería un año más con diversos tratamientos, aunque él desea que se realice la operación cuanto antes porque comprende que es inaplazable. En carta a su querida Teodosia, 18 septiembre de 1910, asegura:

«Y en cuanto acabe la corrección del libro, me operaré del ojo izquierdo, porque tengo mi vista en un estado tal, que de esto a la ceguera hay muy poca distancia».

En efecto, Galdós estaba escribiendo su Episodio Amadeo I y, para demostrar que era capaz de hacerlo sin ayuda, logró escribir, a pesar de la pérdida de visión progresiva, las primeras 330 páginas del manuscrito con su propia mano a lápiz 16. Con conmovedora y tenaz decisión don Benito se afanó para no abandonar su trabajo, pero sólo pudo terminar dos páginas más. Y fue necesario que dictara la novela hasta finalizarla.

II

En 1911 Galdós estaba concluyendo con mucho esfuerzo su Episodio La primera República. Por fin, el día 25 de mayo de 1911, en la biblioteca de su casa de la calle de Alberto Aguilera, 47, se realizó la operación de extraerle la catarata del ojo izquierdo. Seguramente el profesor Márquez siguió la siguiente técnica: la catarata senil se extrae empleando un cuchillete de Graefe de hoja estrecha, cuya punta se hunde en el limbo esclerocorneal y se introduce en la cámara anterior hasta llegar al punto opuesto al de entrada, de modo que la sección, que termina imprimiendo al cuchillete un ligero movimiento de vaivén, separe un colgajo corneal. El segundo tiempo de la operación es la apertura de la cápsula, que se efectúa con el quistitomo. Una vez abierta la cápsula, queda todo preparado para la extracción propiamente dicha. Apretando con cuidado la esclerótica contigua con una espátula de hoja estrecha, mediante la cucharilla de Daviel apoyada por fuera en el limbo inferior se rechaza el cristalino con la mitad inferior de su ecuador hacia atrás, de modo que la mitad superior del mismo aparezca entre los labios de la herida; frotando con la cucharilla se extrae por la abertura el cristalino. Uno de los accidentes que pueden sobrevenir durante la operación de la catarata propiamente dicha es la luxación del cristalino en el espacio del cuerpo vítreo, donde desaparece y se hace muy difícil extraerlo. Esto, desgraciadamente, es lo que ocurrió durante la operación de Galdós. Además, el cristalino luxado produjo probablemente un glaucoma. También los productos de la desintegración del cristalino dislocado provocan fácilmente una inflamación de la úvea. Cuando el cristalino está desviado en el cuerpo vítreo resulta casi siempre imposible extraerlo, porque el cristalino sólo se ve con el oftalmoscopio y no se puede buscar al azar en el humor vítreo sin provocar una copiosa pérdida de éste, seguida de desprendimiento de retina.

Después de la operación el Dr. Márquez dio el siguiente parte:

«El Sr. D. Benito Pérez Galdós ha sido operado de catarata. Hasta ahora se encuentra perfectamente. No debe recibir ni hablar con nadie para su completa tranquilidad, pues ésta debe ser absoluta. Dr. Márquez».

Pero advirtió que existía el riesgo, después de la laboriosa operación, de infección con la inflamación consiguiente 17. Efectivamente tres días después el Dr. Márquez encontró una infección en el ojo operado y emite el siguiente parte:

«Parte del día 28. En el ojo operado de D. Benito Pérez Galdós pudo apreciarse, al levantar la cura en la noche de ayer, que existía una ligera reacción inflamatoria que, afortunadamente, en la mañana de hoy es algo menor, pero que tiene alerta al que suscribe para emplear los recursos adecuados. El reposo debe continuar. Dr. Márquez».

Un nuevo parte médico del día 31 notifica que en el ojo operado se ha iniciado un descenso de esa inflamación y que el enfermo ha descansado bien, por lo que el estado general es bueno.

La infección fue tratada con inyecciones intravenosas de cianuro de mercurio, usado en aquella época no sólo como antisifilítico, sino también como el más poderoso antiflogístico que se conocía. En esta época se decía que se estaba un día con Venus y toda la vida con Mercurio. Sin embargo, apareció una obstrucción de la pupila a causa del exudado que no pudo reabsorberse. No obstante, la inflamación fue disminuyendo, aunque lentamente, como se informa en los partes posteriores. Continúan luego hasta siete partes que informan de la mejoría de la inflamación ocular y el último comunicado, con el ansiado «sin novedad» de la inflamación, se emitió a mediados de junio. Pero Galdós quedó ciego del ojo izquierdo.

La convalecencia fue insoportable para el enfermo y su familia. A pesar de los esfuerzos del profesor Márquez, Galdós precisaba a Pablo Nougués como escribano. Desde 1911 Nougués tenía que escribir lo que le dictaba don Benito. Es asombroso que, como escribe Alfonso de Armas, sólo mencionando los Episodios Nacionales, Amadeo I ,La primera Republica, De Cánovas a Sagunto y Cánovas, que comprenden cerca de mil trescientas páginas, se escribieron alumbradas desde las oscuridades de su casi ceguera 18.

La interrupción de su trabajo habitual, de sus paseos por la tarde y de la intimidad personal le ponían a Galdós los nervios de punta y estaba irritable. Ahora los días y las noches parecían inseparables y calificó su existencia como una sombra que llenaba una caverna profunda 19.

Por otro lado, el Dr. Márquez no dijo, pienso que por temor, que la catarata en el ojo derecho, una vez ya recuperado de la operación en el ojo izquierdo, precisaba una pronta operación. Con todo esto Galdós, en presencia de visitantes, fingía optimismo y hablaba de su completa recuperación, pero, cuando quedaba solo, estaba triste y deprimido. No obstante, en uno de sus momentos de entusiasmo, Galdós escribe (1911) a Teodosia que «me encuentro más reparado de mi cuerpo debilitado por la inacción». Sin embargo, si observamos su escritura, esta es cada vez más vacilante, movediza, insegura, irregular y la grafía más desmesurada.

Don Benito continuó con estas fases de optimismo y depresión y, al mismo tiempo, se veía obligado a dictar a Nougués su correspondencia íntima. «Las golondrinas –comenta don Benito– tienen ya la segunda puesta de crías. Yo no las veo, pero me divierto por las tardes oyendo la algazara y bullicio que arman dándole de comer a los polluelos».

Los viajes del Dr. Márquez eran muy frecuentes a Alemania y Austria, y escribe ese mes de agosto de 1911 a Galdós (don Benito en la misma carta anota: «contestado en 3 de agosto») para estar al corriente de la evolución de su ojo operado.

A principios de aquel verano de 1911 Galdós dice en una carta a su entrañable Teodosia Gandarias, que el Dr. Enrique Diego Madrazo y él están confiados en que el núcleo del ojo izquierdo se reabsorbe, pero el Dr. Márquez sabe que es imposible. Pocos días más tarde, sorprendentemente, el 12 de agosto de 1911, Galdós escribe a Teodosia:

«Voy muy bien en este achaque del ojo izquierdo, que ahora sufre un poco nuevamente de la aplicación de la atropina. El nuevo libro va adelantando que es un gusto».

Con todo, la operación no resultó satisfactoria, como dije antes, y perdió la vista en ese ojo. En este verano de 1911 se acentuaron, además de la euforia de Galdós, otros síntomas como un caminar inseguro, apoyándose en el bastón más que antes y no andando derecho, sino haciendo eses 20.

Es importante subrayar que, en el Nouveau Traité de Médicine et de Therapeutique (Brouardel et Gilbert, en el fascículo XXXIV, «Maladies de la Moelle Épiniére» par J. Dejerine, professeur de la Faculté de Medecine de Paris et André-Thomas, Membre de la Societé de Neurologie et de Biologie, Paris 1909), Joseph J. Dejerine dice que la marcha atáxica de la tabes a veces es diferente de los trastornos típicos de la marcha («le malade talonne»): en lugar de caminar siguiendo una línea recta, los tabéticos caminan haciendo eses 21.

Don Benito escribía algunas cartas íntimas, pero cada vez con letras más grandes, más desiguales, más irregulares y con renglones torcidos. Según Joseph J. Dejerine y André-Thomas en la tabes «[…] la escritura es como el gráfico de la incoordinación; es temblorosa, irregular, las letras mal ensambladas, desigualmente distantes, de dimensiones variables, las líneas demasiado delgadas o demasiado gruesas». Como observamos describe exactamente la escritura de Galdós.

A partir del 20 de agosto de 1911 reiteraba su mejoría de la vista. «En cuanto regrese Márquez, que será hacia el 20 de septiembre, tendré que ir a que me vea»; «el caudal de luz que entra en mi ojo es tan grande que no cabe más»; «sigue la luz invadiendo mi ojo izquierdo […]»; «la luz se me ha metido con tanta arrogancia, que ya parece iniciarse la visión de los objetos»22. Galdós, optimista, seguía pensando salir de la oscura caverna en que se encontraba.

El profesor Márquez escribe a don Benito desde Viena (23 de agosto, 1911) y dice casi al final de esta carta:

«[…] Volviendo a su ojo. Estoy precisamente visitando la clínica más numerosa del mundo (todos los años van de 12.000 enfermos sólo de los ojos) y preguntando por el accidente ocurrido en V. me han dicho que jamás les ha ocurrido, y sí una vez lo que también a mí una vez al principio de mi práctica, dislocándose el núcleo hacia abajo y dejarle allí reabsorbiéndose sin consecuencias. Cuanto a la dislocación hacia arriba, como antes he dicho, no la han observado aquí, aunque en la obra alemana del Dr. Zchzermat (no sé si se escribe así) que yo tengo en Madrid se habla de ello con algún detalle lo que prueba que ha ocurrido. De todos modos ocurrido el accidente (que es imprevisto por no haber dato alguno que de antemano haga sospechar que ha de suceder) ya no hay más que oponerse en lo posible a sus consecuencias y obrar conforme el estado del ojo vaya permitiendo[…]»

El Dr. Madrazo informaba, cuando Don Benito veraneaba en Santander, al Dr. Márquez sobre el estado del ojo y así, desde Leipzig, el día 9 septiembre de 1911, Márquez escribe a Galdós:

«[…] y volviendo al asunto de su ojo le diré a V. respecto a la pregunta que me hace de si llegará a ver, que es probable, pero no seguro, y que todo depende del estado en que deje el ojo la inflamación que le invadió y de que se reabsorban o no los exudados y los restos del cristalino. Será preciso practicar un examen detenido del ojo antes de hacer una nueva operación, porque podría ocurrir que al abrir nueva pupila, si el estado del fondo es bueno o regular, la luz penetre, y también que hayan exudados más profundos que lo impidan, o bien que la nueva operación despierte la tendencia inflamatoria de un ojo que ya estuvo inflamado. Es regla general en todos estos casos la de no emprender ninguna nueva intervención hasta que todo resto inflamatorio haya desaparecido por completo».

Y añade el profesor Márquez que las posibilidades son inciertas para afrontar una nueva intervención; «es más, si la lentitud en la desaparición fuese grande y en cambio la rapidez en la opacificación del otro ojo avanzase rápida, aconsejaría más conveniente (operar) el 2º antes del 1º, en el que ocurrió el percance que todos lamentamos y que por su extraordinaria rareza se puede asegurar (dentro de lo humano) que no se ha de repetir en el otro ojo».

Este mismo año de 1911, con fecha en la carta de 3 de octubre, Márquez tiene interés en seguir informado sobre la evolución de la enfermedad:

«Convendría ver ese ojo de V., aunque lo mismo da una semana antes que después, pero no mucho más para ver qué determinaciones tomar. Supongo que estará mucho mejor y lo celebraré en el alma».

En una carta del profesor Márquez, de 25 de febrero de 1912, dirigida a don Benito le revela:

«… mañana, lunes, día en que celebrará sesión la Academia Medico Quirúrgica Española, el presidente Dr. Goyanes iniciará la idea de que firmemos todos la petición para Ud. del Premio Nobel […]».

Pero Benito Pérez Galdós no recibió el premio Nobel para Literatura en 1912, concedido al dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann. Tampoco se lo concederán en los años siguientes, tachado de republicano y anticlerical.

Por otro lado, es mayor cada vez la falta de vista en el ojo derecho. Las letras de sus cartas son de mayor tamaño, con muy pocas líneas, letra vacilante, variable, alineación anormal, y trazos exagerados. Como observamos también en su calamitosa firma comparándola con la elegante firma anterior a esta época.

El Dr. Manuel Márquez, el día 1 de mayo de 1912, escribe a Don Benito:

«Quiero verle a V. por ultima vez en casa antes de operarle y quedar ya definitivamente en la fecha que bien puede ser si a V. le parece bien la del 4 (Sábado) o bien la del 6 (Lunes). Mañana Jueves, 2 de mayo, de 5 y cuarto a 5 y media ruego a V., pues, que venga a casa».

Si comparamos también este escrito advertimos que es muy diferente al que escribía Galdós a «Teo» –como la llamaba él– el 29 de mayo de 1912:

«Adoradísima: Estoy recluso, pero con los ojos como soles resplandecientes. Aseguran que muy pronto veré mosquitos en el horizonte».

Como se observa son dos opiniones muy diferentes. La de Galdós eufórica y literaria. La de Márquez ajustándose a la realidad. Y, por fin, en la casa de Hilarión Eslava fue operado de catarata del ojo derecho el 30 de mayo de 1912. La catarata era también de gran tamaño, comparable al tamaño de un altramuz excepcionalmente voluminoso y adherente, con un punto negro pigmentario en su superficie. La operación fue realizada por el profesor Márquez y actuando como ayudante su esposa, la doctora Trinidad Arroyo.

El Dr. Márquez escribió el siguiente parte médico:

«Jueves 30 de mayo de 1912. D. Benito Pérez Galdós ha sido operado de una catarata en el ojo derecho, habiéndose realizado el acto con perfecta normalidad. El enfermo se encuentra bien. Dr. Manuel Márquez».

El resultado operatorio fue bueno y don Benito recuperó la visión por su ojo derecho. Pero Don Benito tuvo menos paciencia en el postoperatorio que la vez anterior y, al tercer día, se quitó la venda y exclamó a su secretario: «¡Victoriano, que te veo y me veo en el espejo!». Victoriano Moreno logró colocarle la venda nuevamente pero advirtió a la doctora Trinidad Arroyo de Márquez cuando esta fue a visitarle. La doctora se preocupó por existir peligro de infección y al entrar en la alcoba del operado dijo: «Don Benito, esa venda no está como yo la dejé. Usted ha debido de moverse mucho y eso no le conviene». El operado se excusó casi infantilmente: «Bueno, bueno; no me moveré más». Además, tenía la prohibición de fumar; pero Galdós fumaba y la doctora le advertía: «Don Benito, aquí se ha fumado, a pesar de mi prohibición, y esto le hará mucho daño porque el humo pasa por debajo de las vendas y llega a los ojos. Seguramente que ha sido Victoriano, porque Don José Hurtado no fuma, y aquí no entra ningún hombre más». Galdós protestó: «No; Victoriano no ha sido; yo se lo aseguro. Victoriano es incapaz de faltar a una orden suya. El no ha sido, no, no». Pero, infantilmente, no confesaba que había sido él 23.

Después de esta segunda operación Galdós quedó menos hablador que nunca y su voz sonaba monótona y opaca. Sus visitantes se entristecían a la vista de aquel abuelo casi ciego, sentado y en silencio, con aire patriarcal y de resignación, abstraído en su sillón. Se interesaba poco con las visitas y parecía sumido en íntimas reflexiones, la expresión inmóvil de su cara ocultaba sus pensamientos y daba a todo él una apariencia de estatua 24.

El diario republicano «El País» el 11 de julio de 1912 publicó la noticia de que Don Benito había tenido una gran mejoría y que podía ver. Recordaba, asimismo, a otros escritores que desarrollaron su genio literario con un solo ojo como Camoens o Bretón de los Herreros. Y Don Benito decía que estaba en el «oscurantismo», jugando con humor triste con el término que indicaba su situación de ceguera y la oposición a la difusión de la cultura.

En el verano de 1912 Galdós llegó a Santander el 22 de julio. Enseguida fue a visitarle su amigo y director de «El Cantábrico» José Estrañi, quien dijo que entró en «San Quintín» sin hablar para comprobar si Galdós le veía y que, justamente, don Benito descubrió que había entrado. Este verano Galdós está lleno de optimismo y cree que su falta de visión es debida a que precisa otras lentes. Por esto escribe (6 septiembre de 1912) a Teodosia Gandarias «cada día veo menos por causa de la deficiencia de mis anteojos». También escribe al Dr. Márquez para que, a su regreso a Madrid, le cambie los cristales porque cada vez ve menos.

Desde Bohoyo, provincia de Ávila, Márquez le escribe a Galdós el 28 de agosto de 1912. Las cartas sido habían franqueadas casi en la misma fecha y el Dr. Márquez alentaba a Don Benito, que estaba preocupado con el deterioro de su vista, y le expresa:

«Me decía Ud. que le parecía que al mirar con los lentes su vista había disminuido algo y no me extraña; acaso haya disminuido más. Es que la forma de la córnea al cambiar hace que los cristales no sean ya los adecuados. Espero que al reconocerle de nuevo pueda darle ya los cristales definitivos o al menos que varíen muy poco, y pueda V. sacar todo el partido a ese ojo».

Y para tranquilizar a Galdós, el Dr. Márquez, efectivamente, le prescribe veintidós días después (19 de septiembre de 1912) unas gafas nuevas.

La enfermedad seguía su curso y era evidente que el pronóstico no era satisfactorio. Sus médicos, pues Galdós acudía –además del Dr. Márquez que le había operado– a sus amigos médicos, ya predecían que don Benito acabaría irremediablemente en la ceguera total. Pocos meses después de haberse operado del ojo izquierdo don Benito comenzó a notar amargamente que también la visión en el ojo derecho disminuía a pesar de la operación de este ojo. Desanimado, acudía con frecuencia a la consulta del doctor Márquez y doctora Arroyo, por lo que éstos, finalmente, le hicieron un examen del fondo del ojo derecho y encontraron la papila de color ceniciento, afirmando que era un síntoma manifiesto de reblandecimiento 25.

Las consultas a oftalmólogos fueron numerosas. En 1912 Rodrigo Soriano (1868-1944), escritor y político que estuvo desterrado con Unamuno en Fuerteventura en 1924, y amigo próximo a Galdós, le sugiere que le vea también el doctor García Duarte porque «es especialista en la enfermedad de la vista que usted padece». Recordemos también su amistad con los especialistas doctores Delgado Jugo y De los Albitos. En el verano siguiente, como hecho curioso, le visita también en Santander un oculista mejicano.

El profesor Márquez, en carta fechada el 6 de enero de 1913, aconseja sensatamente a don Benito:

«Convendría ver esos ojos, pues va transcurrido ya mucho tiempo sin examinarlos y no hay que confiarse».

Él sabía evidentemente que, además de la ceguera en el ojo izquierdo, también estaba casi ciego del ojo derecho.

Galdós marcha, como de costumbre, ese verano de 1913 a Santander para descansar en su casa de «San Quintín» y allí cumple el tratamiento con los colirios y yoduros y lava sus ojos con agua boricada. En su correspondencia (11 de agosto de 1913) con Teodosia encontramos que le dice:

«Para tu completa tranquilidad te diré que la irritación de los ojuelos se ha quitado ya, gracias al ácido bórico. De la vista voy bien; se aclaran visiblemente la visión de los objetos lejanos y próximos»26.

Él cree que el tratamiento que le han prescrito con colirios, yoduros y lavarlos con agua boricada es eficaz y escribe otra vez eufórico a Teodosia ese verano:

«Te participo con verdadera alegría que voy notando mejoría efectiva en mis ojos. Hago frecuentes observaciones y he podido apreciar mejor visión cada día. Veo la hora en mi reloj, en las gafas negras sobre los ojos y estoy así todo el día sin los cristales de aumento. Evito el escribir con letra menuda»27.

Dentro de todos estos problemas, cuenta Ortiz Armengol una graciosa anécdota. En agosto de 1915 llegan los reyes a Santander. El diario El Cantábrico, el día 5, dijo que Galdós estaba asomado al mirador de «San Quintín», que saludó al coche real, que don Alfonso correspondió con el saludo militar y que doña Victoria Eugenia también correspondió con una sonrisa. En una carta a su antiguo empleado Gerardo Peñarrubia dice Galdós que: «En realidad yo no pude ver nada. Rubín –el jardinero de San Quintín– y otros amigos que estaban a mi lado me dijeron que al pasar el rey me había mirado con insistencia». Y una curiosa explicación, que Galdós creería necesaria dar a Gerardo Peñarrubia que era republicano: «Yo no saludé. El que tuvo la culpa fue Rubín, que se quitó el sombrero e hizo muchos aspavientos. Sin duda lo tomaron por mí».

Por desgracia, a final de 1913 Galdós estaba totalmente ciego y ya siempre se le veía acompañado de su lazarillo que, en ocasiones, era Pablo Nougués y, con más frecuencia, Victoriano Moreno o Paco Menéndez. Desde entonces don Benito definitivamente también tenía ya que escribir todas sus obras con la ayuda de Nougués.

A partir de la vida de don Benito en su «ardiente oscuridad», el Dr. Gregorio Marañón frecuentaba, cuando le era posible, la tertulia que se formaba en el jardín de su casa del barrio de Argüelles, concurrida por los hermanos Álvarez Quintero, Ramón Pérez de Ayala, Tomás Borrás, Victorio Macho y otros escritores y artistas incondicionales del anciano novelista. Si bien el tema de conversación era casi siempre el teatro, a don Benito le seducen más las noticias políticas. Pero los más jóvenes, como Pérez de Ayala y Marañón, iluminaban con su juventud, ungida de talento, la ancianidad de don Benito.

La reacción espiritual de Galdós a su «cataclismo» ocular fue de resignación. Nunca se quejó de lo ocurrido, ni consintió que nadie censurase al Dr. Márquez. La ceguera no le quitó su sencillez, su bondad, ni su carácter candoroso e infantil.

Ya estaba próximo a los 70 años y, con la carga en su cuerpo y en su alma de los años y sus enfermedades, continuaba dictando a Pablo Nougués Celia en los Infiernos, que terminaría en el mes de diciembre de 1913. Como dijo su crítico Valle Inclán, está ciego como Homero y pobre como Belisario, aquel general y conquistador bizantino, que después de tantas glorias terminó sus días pidiendo limosna por la ingratitud del emperador Justiniano.

Entre 1913 y 1920 Galdós parece la figura de El abuelo, es un anciano alto, huesudo, pálido, un poco encorvado. Camina torpe y arrastrando los pies. El bigote amarillo de nicotina le cae sobre la boca. Le queda una pelambre canosa y lacia. Unas gafas negras le enternecen los ojos sin luz. Viste con descuido prendas sumamente holgadas: un abrigo largo, una bufanda arrollada al cuello, un flexible dejado de cualquier modo sobre la cabeza. Su mano derecha se apoya en un viejo bastón, su «garrote». La izquierda se coge al brazo de quien le sirve de lazarillo. Así se le veía asomarse a los escenarios entre los actores, cuando un público fervoroso aplaudía sus últimas obras; en el Retiro con los amigos leales, sentado en los peldaños de piedra sobre los que el escultor Victorio Macho asentaría su estatua; y en el hotelito de la calle de Hilarión Eslava con su ceguera ya total, en un sillón antiguo, abrigado con una manta sobre las extremidades por su sensibilidad al frío, inanimado como una esfinge, sin atender, al parecer, a la charla de cuantos amigos acudían a darle tertulia que el presidía, pero que parecía no asistir sino con su cuerpo. Únicamente ciertos temas, recuerdos y cantos de su infancia canaria lograban atraerle 28.

En el verano de 1915 Don Benito le confesaba a su amigo santanderino J. Barrio y Bravo:

«No puedo, no puedo hacer apenas nada con estos dichosos ojos, que son mis tiranos. Lo que yo quisiera hacer he de aplazarlo forzosamente, no sé hasta cuándo. Ahora tengo que contentarme con dictar cosas cortas».

Abatido con su ceguera, el 14 de diciembre de 1916, Don Benito escribe a Rafaelita –la hija del torero Chamaquito y una aristócrata cordobesa–:

«… aquí no hay mas que tristeza, y un vacío muy grande. Solo en mi despacho, horas y horas, sólo oigo el gemido lastimero de las moscas presas de patas en el papel pegajoso… mis ojos malditos no me dejan escribir».

Este final «mis ojos malditos» recuerda la ceguera desesperada de don Benito que, como vemos, no siempre logró tener resignación.

Galdós, ya cerca de los 74 años, viejo y ciego, se esforzó aún para no abandonar ni su trabajo ni sus paseos. Y realizó misteriosas salidas con su guía Victoriano Moreno a través del distrito de Pozas o hacia la Puerta del Sol y sudeste de los Barrios Bajos. A causa de su ceguera él no podía ocultar ya totalmente la clase de búsqueda en ciertas calles, pero los buenos madrileños delicadamente respetaron sus secretos 29.

El 29 de septiembre de 1917 Galdós regresaría a Madrid desde Santander, ciudad en la que ya no volvería a veranear. Ensimismado, adormitado, don Benito pasaba los días en su sillón esperando la llegada de las habituales visitas. Pero para éstas era una penosa prueba mantener una conversación con Galdós, que estaba habitualmente distraído y sufría frecuentes lapsus de memoria. Olvidaba cosas que le habían dicho un día antes o aun pocas horas antes. A menudo incluso olvidaba los nombres de sus personajes o los confundía con sus conocidos.

Galdós, en 1919, no quería, a pesar de la ceguera, renunciar a su libertad, a sus paseos. A veces tenía caprichos y su carácter se volvía irascible e intratable. Paco, su criado Francisco Menéndez, dudaba en cumplir sus órdenes. Pero cierto día ayudó a levantarle de su sillón y don Benito permaneció de pie durante algún tiempo. Intentó avanzar unos pasos, pero sus zapatos parecían pegados al suelo. Estaba ciego y titubeaba, perdía la estabilidad, y comprendió que era incapaz de guardar el equilibrio.

Recordemos que el profesor J. Dejerine dice que «el atáxico no puede permanecer de pie con los pies juntos y los ojos cerrados; el enfermo no puede, a pesar de sus esfuerzos, conservar la inmovilidad, y que esto es la primera manifestación del signo de Romberg». Sin embargo, agarrado a un bastón o a un brazo, el atáxico conserva aún una cierta marcha acompasada; pero, abandonado a sí mismo, es incapaz de avanzar, los pies parecen pegados al suelo. En fin, en un grado extremo, la posición vertical y la marcha llegan a hacerse completamente imposible y el enfermo es confinado en la cama.

A Galdós, además, tenían que sostenerle porque no podía bajar o subir por sí mismo al piso superior de su casa. Es decir, que J. Dejerine describe en su Tratado exactamente lo que le ocurrió a don Benito. Este, tres semanas más tarde, estaba recluido definitivamente en su dormitorio. Y, poco después, el 13 de octubre de 1919, sufrió una crisis grave de uremia y ya le fue difícil levantarse de la cama. Las últimas salidas habían sido el 19 de enero, para la inauguración de su estatua labrada por Victorio Macho en el Parque del Retiro, y el 22 de agosto, que dio un paseo en coche.

III

Al llegar a este momento nos preguntamos. ¿Por qué esta mala evolución de la operación de sus cataratas? ¿La causa fue un proceso de arteriosclerosis general con afectación vascular del ojo? ¿Cuál fue realmente la causa de su ceguera?

Gregorio Marañón fue su médico de cabecera y quien mejor conocía a don Benito. Fue una gran lástima que Marañón no escribiese ese libro sobre Galdós que sólo él hubiera podido hacer dándonos datos seguros 30. Ciertamente escribió unas 30 páginas sobre la vida de Galdós en su obra Elogio y nostalgia de Toledo, pero no es una patografía. También el archivo con las historias clínicas del profesor M. Márquez se perdió durante la guerra civil española de 1936-39.

Pienso que Galdós padecía sífilis terciaria (o tardía) manifestada por neurosífilis tabética y sífilis ocular, que fue la causa de su ceguera, y, además, arterioloesclerosis con nefrosclerosis e hipertensión.

Los datos epidemiológicos del siglo XIX indican la gran prevalencia de la sífilis. A comienzos del siglo XX la prevalencia era alrededor del 15 % en la población europea. La tabes dorsal en el siglo XIX y principios del XX fue una de las enfermedades más importantes y frecuentes del sistema nervioso. Recordemos que contrajeron la sífilis Lord Byron, Charles Baudelaire, Feodor Dostoyevski, Lev Tolstoi, Gustave Flaubert, Oscar Wilde, Marie-Henri Beyle Stendhal, James Joyce, Friedrich Nietzsche, Heinrich Heine, Edgard Allan Poe, entre otros muchos. La escritora Deborah Hayden 31 sostiene en su libro Pox: Genius, Madness,and the Mysteries of Syphili, que detrás de las peculiares personalidades de muchas figuras de la historia se encuentra un trastorno cuyo nombre se evitaba nombrar. Se consideraba un mal innombrable, el estigma vergonzante que dejan en el cuerpo los placeres carnales. Pero también muchos creían que ser sifilítico era un sello de genio y creatividad. Esto explica que Guy de Maupassant gritara eufórico al conocer que tenía sífilis: «¡Ahora ya sé que soy un genio!».

Señalé antes que pensaba que Pérez Galdós padeció neurosífilis 32, 33, 34 y 35. Me apoyo en la sintomatología que hemos recordado a lo largo de mi exposición y también en la revisión biográfica, que afirma que Galdós padeció una enfermedad conocida como reblandecimiento medular o mielomalacia o tabes dorsal. Asimismo, en el momento de su muerte, estaban su hija María y su esposo Juan Verde, Rafaela González, José Hurtado de Mendoza, Rafael de Mesa y Victoriano Moreno, y publica El Fígaro del mismo día (4 de enero de 1920) que, un familiar al preguntarle por la causa de la muerte, dijo que no era sólo la arteriosclerosis, sino un reblandecimiento medular. Curiosamente esta enfermedad Galdós la había descrito en su novela Lo prohibido donde cuenta la vida licenciosa de un solterón.

Por otro lado, disponemos de la aportación del Dr. F. Javier Cortezo-Collantes que afirma que el profesor G. Marañón, como hemos descrito, diagnosticó una iritis, es decir, una inflamación del iris del ojo que, según Marañón, en aquella época su causa más frecuente era la sífilis.

Los neurosifilíticos tienen unas características muy típicas. Son individuos maduros, de aspecto sano, con cefaleas, trastornos del sueño y del carácter, y expresión facial sombría que, con los otros síntomas que hemos descrito, orientan rápidamente al clínico experto. El diagnóstico exacto se funda, según Marañón, en cuatro datos importantes: antecedentes sifilíticos; sintomatología clínica típica; reacciones serológicas y del líquido cefalorraquídeo positivas; y buen efecto del tratamiento antisifilítico. Pero no siempre, ni mucho menos, se presentan estos cuatro factores. Suele faltar, sobre todo, el primero en sujetos ignorantes de su sífilis, y el tercero, al existir sífilis nerviosa con reacciones serológicas y del líquido cefalorraquídeo negativas.

Hay que tener en cuenta que, fundamentalmente, el diagnóstico se hacía en esa época –siglo XIX y principios del XX– principalmente a través de la clínica. Es la época de los grandes clínicos. Por otra parte, en las últimas dos décadas de la enfermedad de Galdós aparecen unos adelantos que sirven para apoyar el diagnóstico de su enfermedad. En 1909 Marañón publica el artículo «La reacción de Wassermann» método que tres años antes Wassermann-Neisser y Bruck habían descrito para detectar anticuerpos en el suero de los enfermos de sífilis. En 1910, Gregorio Marañón realiza su viaje de estudios a Francfort (Alemania) y a su regreso publica el libro Quimioterapia Moderna. El 4 de abril, en el Congreso de Medicina Interna, de Wiesbaden, el bacteriólogo alemán Paul Ehrlich, conocido por sus estudios sobre el sistema inmune y por su método para el tratamiento de la sífilis, anunció el éxito del 606 (modificación del Atoxil), que se comercializó con el nombre de Salvarsan. Marañón volvió a España portador del precioso polvo amarillo (Salvarsan) que aún no se vendía y del que la humanidad esperaba milagros en el tratamiento de enfermedades infecciosas como la viruela, tifus exantemático, tuberculosis, difteria y la sífilis. Y en mayo de 1911, Gregorio Marañón obtiene una plaza por oposición en el Hospital General de Madrid donde trabaja en las salas de enfermedades infecciosas. Lógicamente, dado el cariño que Marañón sentía hacia don Benito, Galdós sería tratado de preferencia con esta medicación.

Como hemos dicho, don Benito nunca consintió que nadie censurase al Dr. Márquez. Don Benito, como afirmó Marañón, además de ser una persona bondadosa, era un hombre educado. El Dr. Manuel Márquez asistía a la clínica Allgemeinen Krankenhaus, en Viena, centro de peregrinación de los oculistas del mundo que acudían atraídos por las valiosas enseñanzas del profesor Fuchs. El juicio que se hizo del resultado de las operaciones de cataratas y los comentarios adversos impulsaron al catedrático de Oftalmología Dr. Manuel Márquez a invitar al profesor Fuchs a disertar en la Real Academia de Medicina sobre la tabes dorsal. El profesor Fuchs en la conferencia «Relaciones entre el ojo y la tabes», dada en la Real Academia Nacional de Medicina (Madrid) el 24 de febrero de 1920, afirmó que la conducta diagnóstica ante una tabes requiere, en todos los casos, «además de un examen cuidadoso general del enfermo», realizar el «examen de la sangre y del líquido intrarraquídeo según el método de Wassermann». Es lógico pensar que el Dr. Márquez, buen discípulo del profesor Fuchs, siguió meticulosamente el protocolo diagnóstico de aquella época. No disponemos de los exámenes complementarios realizados a don Benito, porque, como he verificado, todas las historias clínicas de la consulta del Dr. Marañón se destruyeron para guardar la confidencialidad.

El 1 de enero de 1920 apareció en El País una noticia sobre la evolución de la enfermedad de don Benito. «Galdós está enfermo. Vive sin poder abandonar el lecho desde el mes de agosto. El médico, señor Marañón, prohíbe que le visite gente que no sea la habitual en servirle y cuidarle. Su sobrino don José Hurtado de Mendoza, que le cuida como cuidó a su madre, hermana del tío Benito, evita en lo posible toda impresión desagradable o excesiva por la emoción. Aún ignora Galdós que falleció su amigo el doctor Tolosa Latour. No sabrá que ha fallecido otro de sus buenos amigos, Estrañi. No sabe que Benavente llevó al teatro su Audaz…»38.

El día siguiente, 2 de enero, no obstante administrársele el tratamiento para combatir la hipertensión arterial, una grave subida de ésta puso en peligro la vida de don Benito. Pero la aparición de una hemorragia intestinal mejoró los síntomas hipertensivos. El grave estado del enfermo, los problemas para alimentarle y el rápido aumento de la uremia iban a precipitar el desenlace final. Y así el día 3 se agravó la situación clínica derivada de la alteración e insuficiencia crónica de las funciones excretora y reguladora renal (uremia) surgiendo una grave insuficiencia cardiaca.

En la madrugada del domingo 4 de enero de 1920, aproximadamente a las tres y media, un grito angustioso rompió el silencio de la casa. Los familiares corrieron al lado de la cama de don Benito, que intentaba incorporarse y que sufriendo ahogo se llevó las manos a su garganta. Poco después su cabeza caía sobre la almohada y se le vio morir plácidamente, de modo casi imperceptible.

Finalmente, recordemos que Galdós falleció en su domicilio de la calle de Hilarión Eslava, 7. Marañón, su médico de cabecera, había luchado denodadamente con un proceso urémico y la hipertensión arterial que, en diferentes momentos, había puesto en peligro la vida del ilustre escritor. El Dr. Gregorio Marañón había permanecido a la cabecera de la cama de don Benito interminables noches tratando sabiamente lo que conoce que tiene un pronóstico fatal. Cuando don Benito muere embalsama el cadáver y se compromete con presteza periodística a escribir su recuerdo. Así aparece «Galdós, íntimo» publicado en El Liberal, de Madrid, el día 5 de enero.

Victorio Macho hizo un dibujo de don Benito del que Marañón, al verlo terminado, dijo que hasta la oreja que Victorio Macho había dibujado ya estaba fría. El cadáver fue envuelto con la mortaja y la capilla ardiente se colocó en la habitación de don Benito cubierto con la bandera nacional y más tarde su cuerpo fue conducido al Patio de Cristales del Ayuntamiento de Madrid. Ese mismo día don Natalio Rivas, ministro de Instrucción Pública, puso a la firma a don Alfonso XIII un Real Decreto en que se disponían los honores. El entierro fue costeado por el Estado y acompañado por una representación de las reales academias, universidades, Senado, Ateneo y demás centros de enseñanza y de cultura, así como por la Asociación de la Prensa y de Autores, y con una gran afluencia de madrileños. El cadáver fue inhumado en el cementerio de la Almudena en una tumba de granito de dos cuerpos, oculta entre árboles, y que sobresale del suelo un poco más de medio metro.

Como dijo Tomás Morales en «Las Rosas de Hércules» en 1919 «[…] abuelo glorioso […] vais marchando con la sombra a cuestas como una pesada cruz…». Con este estudio he querido descorrer la cortina que ocultaba la causa de la ceguera de Benito Pérez Galdós y aportar claridad. Así, he querido honrar también al mayor novelista español junto con Miguel de Cervantes.

NOTAS

1 Emilio ZAPATERO BALLESTEROS: Los ciegos galdosianos. En: II Reunión Nacional de Médicos Escritores,
pp. 269. Mérida, 2-4 de mayo de 1975.

2 Benito PÉREZ GALDÓS: Memorias de un desmemoriado. En: La Esfera, II. Madrid, 1916.

3 Emilio ZAPATERO BALLESTEROS: Primera comunicación. «La ceguera de Galdós». pp. 261. II Reunión Nacional de Médicos Escritores. Mérida, 2-4 de mayo. 1975.

4 Joaquín CASALDUERO: Vida y Obra de Galdós (1843-1920). 4a edición ampliada. Biblioteca Románica Hispánica. Editorial Gredos. Madrid, 1974.

5 Alfonso ARMAS AYALA: Galdós: Lectura de una vida. pp. 800. Servicio de Publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1989.

6 Federico SAINZ DE ROBLES: Benito Pérez Galdós. Aguilar, S.A. pp. 78, 1973.

7 Gregorio MARAÑÓN: Amiel. Colección Austral, nº 408. Espasa-Calpe, S.A. Madrid.

8 Francisco LUCIENTES: En: El Sol, Madrid 31 de febrero de 1932. pp 21. Recogida por Shoemaker en «¿Cómo era Galdós?». Anales Galdosianos VIII.

9 Federico SAINZ DE ROBLES: «Benito Pérez Galdós». Su vida. Su época. pp. 84. Aguilar, S.A. ediciones 1971. 1a edición, 1a reimpresión, 1973.

10 Rafael DE MESA: Don Benito Pérez Galdós. Su familia. Sus mocedades, Su senectud, pp. 39. Madrid, 1920.

11 Alfonso ARMAS AYALA: Galdós: Lectura de una vida, pp. 767. Servicio de Publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1989.

12 F. JAVIER CORTEZO-COLLANTES: Benito Pérez Galdós y la Medicina. La ceguera de Don Benito, p. 492. En: El Siglo Médico. 1946.

13 H. CHONON BERKOWITZ: Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader, p. 409. Madison. The University of Wisconsin Press, 1948.

14 Benito MADARIAGA: Pérez Galdós. Biografía santanderina, p. 283. Institución Cultural de Cantabria. Santander, 1979.

15 Enrique GONZÁLEZ FIOL (El Bachiller Corchuelo): Nuestros grandes prestigios. Benito Pérez Galdós. En: Por esos mundos, p. 57. Madrid, julio 1910.

16 H. CHONON BERKOWITZ: Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader. Madison. The University of Wisconsin Press, p. 409. 1948.

17 Emilio ZAPATERO BALLESTEROS: Primera comunicación. La ceguera de Galdós. p. 264. II Reunión Nacional de Médicos Escritores. Mérida, 2-4 de mayo. 1975.

18 Alfonso ARMAS AYALA: Galdós: Lectura de una vida, p. 772-773. Servicio de Publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1989.

19 H. CHONON BERKOWITZ: Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader. Madison. The University of Wisconsin Press, p. 411. 1948.

20 Pedro ORTIZ ARMENGOL: Vida de Galdós. Crítica (Grijalbo Mondatori, S.A.). pp 706. Barcelona 1995.

21 J. DEJERINE: Nouveau Traité de Medicine et Therapeutique (Brouardel et Gilbert, fascículo XXXIV «Maladies de la Moelle Épiniére», Paris, 1909.

22 Alfonso ARMAS AYALA: Galdós: Lectura de una vida, p. 771. Servicio de Publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1989.

23 Rafael DE MESA: «Don Benito Pérez Galdós. Su familia. Sus mocedades. Su senectud», p. 46-47. Imprenta Juan Pueyo, Luna 29. Madrid. 1920.

24 H. CHONON BERKOWITZ: Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader. Madison, p. 418. The University of Wisconsin Press, 1948.

25 Emilio ZAPATERO BALLESTERO: «La ceguera de Galdós». 1a Comunicación. II Reunión Nacional de Médicos Escritores. Mérida, 2-4 de Mayo. 1975.

26 Benito MADARIAGA: Pérez Galdós. Biografía santanderina, p. 285. Institución Cultural de Cantabria. Santander. 1979.

27 Sebastián de la NUEZ: Epistolario, p. 299-321.

28 Federico Carlos SAINZ DE ROBLES: Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales. Introducción, biografía, bibliografía. Tomo I, p. 89. Aguilar, S.A. de ediciones, 1971. 1a edición, 1a reimpresión, 1973.

29 H. CHONON BERKOWITZ: Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader. Madison, p. 433-434. The University of Wisconsin Press, 1948.

30 Mariano GÓMEZ-SANTOS: Gregorio Marañón. Plaza & Janés editores, S.A. Barcelona, 2001.

31 Deborah HAYDEN: Sífilis: genialidad, locura y misterios de la sífilis. Perseus Publishing, 2003.

32 J. DEJERINE: Professeur de Clinique des Maladies du Système Nerveux à la Faculté de Medicine de Paris. Semiologie des Affections du Sisteme Nerveux, 1914.

33 P. FARRERAS VALENTÍ, Ciril ROZMAN: Medicina Interna. Editorial Marín, S. A., p. 196-202. Barcelona, 1978.

34 GREGORIO MARAÑÓN: Neurosífilis (pp. 660-663), Semiología del reblandecimiento cerebral (pp. 691-693), Semiología del iris (pp. 758-759) En: Manual de Diagnóstico Etiológico. Espasa-Calpe, S. A., 1974.

35 Gregorio MARAÑÓN, Alfonso BALCELLS: Diccionario Espasa. Síntomas y Síndromes. Manual de diagnóstico etiológico. 15a edición, septiembre 2002. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 2002.

36 Yolanda ARENCIBIA: «Electra» dentro del universo creador de Galdós. En: «Electra de Pérez Galdós, cien años de un estreno». Cabildo de Gran Canaria, 2001.

37 Mª del Padro ESCOBAR BONILLA: Galdós o el Arte de Narrar. Cabildo Insular de Gran Canaria, 2000.

38 Pablo BELTRÁN DE HEREDIA: «España en la muerte de Galdós». En: Benito Pérez Galdós. Edición de DOUGLAS M. ROGERS.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

    Related Posts

    Manuscritos galdosianos

    Beatriz Entenza 1 Investigadora y crítico literario En: Congreso Internacional de Estudios Galdosianos (3.ª, 1985, Las Palmas de Gran Canaria). Actas del Tercer Congreso Internacional de Estudios Galdosianos. Vol. I.Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo Insular de Gran…

    Emil Ludwig en España

    Eduardo Montagut El destacado escritor y biógrafo Emil Ludwig (1881-1948), que nos ha dejado sugerentes semblanzas de Goethe, Beethoven, Bismarck, Napoleón, y los tres principales dictadores del siglo XX: Hitler, Mussolini y Stalin, estuvo en España en la primavera de…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    TODO CANARIAS

    La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

    La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio

    Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

    Juan Negrín: el canario europeo al que la historia tardó en hacer justicia

    La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

    La nevera llena, la isla vacía: el alquiler vacacional y el turismo que devora Canarias

    ‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

    ‘Godo serás’ las casas cerradas de la patria que cierra la puerta

    José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

    José Fraguas: el violín ante la memoria sonora de Canarias

    El Atlas que escuchó hablar a Canarias

    El Atlas que escuchó hablar a Canarias

    Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

    Mercedes Pinto: una mujer que convirtió la partida en palabra

    El Día de Canarias: celebrar lo que somos

    El Día de Canarias: celebrar lo que somos

    Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

    Canarias contra la postal: Agustín Espinosa y la invención poética de Lanzarote

    1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

    1937: Juan Negrín, el canario que cargó con la República

    Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

    Alonso Quesada: modernidad, ironía y desasosiego en la literatura canaria

    La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

    La calima en las islas: el día en que el aire se vuelve enemigo

    La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

    La mujer en Canarias: historia, territorio y desigualdades persistentes

    El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

    El Río en Arico: el pueblo que vive entre pinos secos, barrancos con memoria y arqueología industrial

    Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

    Carnaval bajo los focos: la resaca crítica tras la Gala de la Reina

    Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

    Filoxera en Canarias: historia, situación actual y estrategias de futuro

    Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

    Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

    El habla canaria en la literatura

    El habla canaria en la literatura

    ‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza

    ‘El Ferna’ o el oficio de encender una plaza

    Arico vive un emotivo encuentro con los Reyes Magos en su iglesia histórica

    Arico vive un emotivo encuentro con los Reyes Magos en su iglesia histórica

    Historia educativa de El Río de Arico (1950-1980) y sus maestras

    Historia educativa de El Río de Arico (1950-1980) y sus maestras

    Canarias: la sed de las islas

    Canarias: la sed de las islas

    Historia y Patrimonio de las Islas Canarias

    Historia y Patrimonio de las Islas Canarias