
Eduardo Montagut
Las mujeres desempeñaron un papel importante en la Barcelona de la Guerra Civil, tanto las vinculadas con el comunismo como las anarquistas.
En el primer ámbito, comenzamos antes del estallido de la Guerra cuando el día 12 de abril de 1936 se crearon las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña en el cine Grand Prince, por unión de las organizaciones juveniles de la Federación Catalana del PSOE, de la Unió Socialista de Catalunya, del Partit Català Proletari y del Partido Comunista de Cataluña. Estas Juventudes Catalanas se relacionaron con las ya creadas Juventudes Socialistas Unificadas o JSU, de ámbito estatal, y donde habían confluido las Juventudes Socialistas y las Juventudes Comunistas. En el comité ejecutivo de las JSUC se integró una mujer, la socialista Josefina Casals.
Las mujeres de las Juventudes tuvieron una gran presencia durante la Guerra en Barcelona, aún siendo muy jóvenes, casi adolescentes. Conocidos fueron sus desfiles con sus blusas azules y corbatas rojas. Al estallar la guerra se comprometieron en el combate y en las cuestiones políticas, pero, además, su labor en la retaguardia fue fundamental en la atención de los niños en guarderías, en la confección de ropa, sin olvidar su formación militar y la política con clases y conferencias de marxismo. Entre las más destacadas estarían, Lina Òdena, Isabel Vicente, Soledad Real, Laia Berenguer, Margarita Abril, María Salvo (“Cionin”) o Teresa Pàmies, que terminaría siendo una imprescindible periodista y escritora en las dos lenguas hasta el siglo XXI.

Entre los fundadores del PSUC, organización política que nacería en estrecha relación con las Juventudes, habría muchas mujeres, algunas de ellas de gran importancia posteriormente. Allí estaría Neus Català, pero también Antònia Cervera y Dolors Piera. Con el tiempo en la dirección del PSUC estarían Piera, Pàmies, Isabel Azuara, Carme Julià, Eloína Malasechavarría, y Caridad Mercader.
Las mujeres comunistas reclamaron más presencia y eso permitió que fueran asumiendo mayores responsabilidades en el Partido y en las Juventudes, y en la presencia pública. Tuvieron que luchar contra prejuicios de género que también estaban asentados en las organizaciones de izquierda.
Las actividades en las que se terminarían centrando las mujeres comunistas fuer la del trabajo en los talleres para confeccionar ropa para los soldados. También organizaron envíos de cartas, ropa, material, prensa y libros hacia el frente, apadrinaron soldados y cuidaron a los niños en las guarderías. Por otro lado, siguieron formándose en lo político y también en lo militar.
Cuando arreciaron los bombardeos sobre la ciudad, las mujeres comunistas se movilizaron, como ocurrió después del bombardeo del crucero italiano “Eugenio di Saboya” en febrero de 1937, organizando una impresionante manifestación de luto. Eso ocurría el día 13, cinco días después se congregaron en la Plaza de Cataluña para marchar hacia la Generalitat pidiendo que hubiera una leva obligatoria y hasta se ofrecieron para prepararse para sustituir a los que fueran movilizados. Entre los días 13 y 14 de marzo de ese mismo año tuvo lugar la primera Conferencia de Mujeres del PSUC.
Por su parte, el POUM fue otra de las organizaciones marxistas con presencia femenina. En este sentido, habría que recordar a Teresa Rebull, que trabajó como enfermera, y tuvo un evidente protagonismo en las Jornadas de Mayo de 1937, por lo que sería detenida y encarcelada. Era una joven de 20 años que no delató a sus compañeros. Logró escapar al caer Barcelona, viviendo en la clandestinidad para luego luchar en la resistencia francesa, y en los años sesenta desarrollar una intensa carrera musical dentro de la Nova Cançó.
En el ámbito anarcosindicalista fundamental fue la organización feminista “Mujeres Libres”. Ciertamente, el anarquismo había defendido siempre la igualdad de género, y así se manifestó siempre en la CNT, pero muchas anarquistas consideraron que era necesario contar con una organización propia porque no se terminaban de tomar en serio sus demandas. Así pues, en 1936, la médica Amparo Poch y Gascón, la poeta y sindicalista, Lucía Sánchez Saornil y la abogada Mercedes Comaposada, que era hija de un histórico líder socialista catalán, Josep Comaposada, fundaron la revista “Mujeres Libres”, portavoz de la Federación de Mujeres Libres, en pro de la liberación de la mujer obrera. La educación fue una de las grandes preocupaciones de las anarquistas porque era un medio claro para conquistar los derechos de las trabajadoras. En este sentido, destacaron las agrupaciones de Mujeres Libres de Madrid y el Grupo Cultural Femenino de Barcelona, que se fusionarían en la Agrupación de Mujeres Libres.
El 20 de agosto de 1937 tuvo lugar el primer congreso de Mujeres Libres en Valencia, donde se establecieron sus planteamientos, considerándose como el cuarto brazo del movimiento libertario. La Federación creció muy rápidamente porque en octubre de 1938 contaba con más de veinte mil integrantes. La revista estaba hecha exclusivamente por mujeres, y donde solamente pudo trabajar como ilustrador y maquetista Baltasar Lobo.
En la capital catalana la Agrupación creó comedores colectivos, realizó cursos de alfabetización, enfermería y puericultura y se empeñó en ayudar al Madrid sitiado. Es más, creó una escuela de chóferes para mujeres para los servicios de sanidad, además de impartir cursos para formar a las mujeres como conductoras de tranvías. Por fin, se fundó la Casa de la dona treballadora.
Pero no sólo la educación y la formación fue una preocupación de las Mujeres Libres, sino también la lucha contra la prostitución, organizando una campaña para la reinserción de las prostitutas en los “liberatorios de prostitución”. Las anarquistas se empeñaron en erradicar esta lacra y se enfrentaron a muchos compañeros anarcosindicalistas que visitaban los burdeles.
























