La hora de la luz

Francisco Massó Cantarero

El estilo de vida de cualquier ciudadano es su manera de ser político. Cada uno, con nuestras costumbres, miedos, aspiraciones, virtudes y vicios constituimos la “polis”, la ciudadanía que configura una idiosincrasia, un espíritu colectivo que caracteriza a la sociedad a la que pertenecemos y nos pertenece.

Cuando se ha ido el Papa, las multitudes se han diluido, la euforia se ha apagado y apenas quedan, dispersas por los museos, procesiones de gentes fascinadas por la belleza, en tránsito hacia las vacaciones.  Al Arte, tras la emoción estética, le pasa como al Papa con el bullicio, no da pie a la reflexión. 

La reflexión exige silencio, amor a la soledad, deambular por senderos perdidos que, sin saber a dónde llevan, permiten llegar a conclusiones fértiles, provisionales, pero fecundas, tal como hacia Nietzsche en sus interminables caminatas.

Ante los problemas que nos afectan no cabe la resignación, que es una actitud sin esperanza ni alientos para el cambio; tampoco procede  la fuga, que es un no querer enterarse, un llamarse andanas, que no deja de ser cobardía frente a los retos.

Necesitamos optimismo combativo del que puede venir la regeneración. Cada uno en nuestra esfera de competencia, ejerciendo las atribuciones que tenemos asignadas y las que podemos copar en buena lid. Todos tenemos el deber de iluminar la situación y elegir opciones. Empezando por reflexionar.

Por  arte de birlibirloque, seguro que por no hacer bien el trabajo, tuvimos un apagón mayúsculo hace algo más de un año. Fue un fracaso colectivo, un espasmo para toda la sociedad que costó muertes y miles de millones en pérdidas materiales. No debió ser mucho el dolor, porque nadie ha asumido su responsabilidad, esmerándose en culpar a otro, en lugar de reflexionar.

El apagón también fue un símbolo: cuando se va la luz, hay que recurrir a la candela, o al candil. Es una regresión. Sin energía, no funcionan los instrumentos con los que hacemos la vida habitual en el siglo XXI y volvemos al XIX, o antes, al túnel del tiempo, donde las tinieblas nos obligan a ir a tientas y actuar a ciegas.

Imagen de Maria Teresa Martínez 

El apagón eléctrico significó el apagón de la verdad deslumbrada por la pos-verdad, el revisionismo de los relatos acomodados a intereses espurios, para mejor engañar a los demás. Para comprobar la confusión que es capaz de crear la pos-verdad basta con darse una vuelta por los debates de las emisoras de radio o televisión, o incluso por el Congreso de los Diputados. ¿Con qué quedarse ante semejante panorama de contradicciones y antinomias?.

Naturalmente, sin la verdad, la razón queda dañada en su funcionalidad. No podemos razonar con sensatez apoyándonos en mentiras, medias verdades, restricciones mentales y eufemismos para tapar vergüenzas. Con esos instrumentos, el razonamiento sólo sirve para alejarnos aún más de la realidad y desembocar en una suerte de locura colectiva, un estar sin ton, ni son. Es decir, no podremos fiarnos ni de nosotros mismos, de nuestra propia cordura. Pero, este es otro asunto.

¿Sólo cabe armarse de paciencia y esperar la emergencia de la verdad en los juzgados y que la luz aparezca dentro de indefinidos años, cuando ya no sirva para aclarar el presente?.

Es ocioso recordar que un juicio, todo juicio, es una postrimería que llega cuando ya nada tiene remedio. Al margen del juicio judicial, siempre sentenciador,  está la indagación, la búsqueda de puntos de apoyo, los hechos,  su análisis fenomenológico, hasta encontrar la significación de los mismos (Husserl, el eidos) y poder así establecer hipótesis explicativas. Para esta función, no necesitamos juristas. Cada ciudadano puede hacer su reflexión, su análisis fenomenológico, aunque sólo deduzca aprendizaje. No es escasa la cosecha.

Por ejemplo, la aparición de un joyero con un tesoro millonario, es un hecho, un fenómeno a analizar. Por el lugar donde se encontró el cofre, cabe pensar que no se trata de dijes para alagar la coquetería y hacer resplandecer la belleza de una damisela. El lugar era una oficina, donde se hacen acuerdos, se firman contratos, se establecen convenios, se pergeñan proyectos y se hacen transacciones. Probablemente, las joyas de aquel escenario son herramienta de trabajo, unas mercancías que hacen relación a un negocio: han servido en alguna transacción, o estaban preparadas para hacerlo. Quizás sean un objeto comercial que sirvan, por el valor de tasación que tienen, o el precio de venta al público que pueden tener, como herramienta de intercambio.

El volumen de su valor nos lleva a pensar que tales herramientas intervienen, o han intervenido, en transacciones de gran envergadura, porque algún joyel es de cerca de trescientos mil euros, como valor de tasación…

Paradójicamente, el titular del despacho pontifica que ser socialista, normalmente, es tener poco y estar dispuesto a dar mucho. Unas joyas, cuya tasación es superior a un millón trescientos mil euros como tesoro acumulado, o instrumento de intercambio, no casan con la prédica. Algo no es verdad. O bien el titular del despacho no es socialista, a tenor de su propia definición, porque tenía mucho, sólo allí…, y, salvo mítines, no se sabe que él dé ninguna otra cosa; o bien la definición es un flatus vocis, puro nominalismo,para engatusar a ingenuos;  o bien, dada la presencia del normalmente, el autor de la frase avisa de que está haciendo una restricción mental y que lo suyo es una excepción de la norma; o bien,  se trata de una antinomia, pensando con maldad.

Si el titular del despacho fuera socialista, toda su trayectoria existencial queda en baldío; todo su pasado ha sido una inmensa estafa, porque el socialismo, desde el utópico de Saint Simon, 1848 como poco, Fourrier  y Owen, hasta el  científico de Marx y Engels no  implica acumular bienes para uso comercial y discrecional personal, sino enriquecer la despensa pública para atender al bien común.

Pensando bien, que el titular de la oficina sea un socialista convencido, es la definición la que queda en rastrojo, como un cardo inservible, en pie después de la siega, que mantiene su verdor, en medio del secarral. Es una frase bonita, incluso encantadora y fascinante, pero huera, que denuncia la inconsistencia, o la hipocresía, de quien la dice, cuya conducta obedece a otro paradigma muy diferente.

La restricción mental que denuncia el adverbio normalmente, indica que la conducta del autor es la excepción de la norma, que él, aunque sea socialista, no es de los que tienen poco, ni de los que están dispuestos a dar mucho. Sería un acto de sinceridad, encubierto, eso sí, casi encriptado, sólo accesible a expertos en lingüística.

De ser un gambito nominalista, ha resultado un bumerán que ha sido muy útil para desacreditar al autor o, más bien quitarle la careta. El autor ha utilizado el socialismo como trampantojo, para hacer su agosto con mayor comodidad. De veras, vino a enriquecerse; tiene, que se sepa, dos mansiones en sitios exclusivos y sus hijas, al parecer no emancipadas, gozan de sendos pisos. Son terrenos vírgenes, donde no sabemos qué se podría atesorar en sus paredes y cajas fuertes. Este eidos señalaría que el socialismo vendría a ser la muleta con que los diestros citan al toro del electorado, un engaño para desviar la  fuerza bestial en la lidia de las pos-verdades.

Nos queda la antinomia, que es un mal pensamiento, o lamentablemente, quizás un presentimiento amargo. En este caso, nos encontraríamos ante  una contradicción en los términos. Ser socialista no sería lo que se dice  a continuación, sino cualquier otra cosa. El socialismo científico, que es el que ha sido real, ha demostrado que el proletariado ha seguido esclavizado, mientras la plutocracia del partido nadaba en la abundancia y la chulería, o el genocidio; el utópico, aunque dejó huellas positivas en nuestra sociedad actual, tuvo una apoteosis estrepitosa porque dependía de la buena voluntad.

Quizá fueron papas como León XIII, con su Rerum novarum, o Pío XI con su Quadragesimo anno quienes, con sus reflexiones respectivas, iluminaron el sendero y nos indujeron a no tener miedo y asumir el reto de desenmascarar los engaños. Ellos pontificaron desde otra ideología soteriológica, bien es cierto; pero, no hay mejor cuña que la de la propia madera. Los papas, cuando no convocan multitudes, son luz.

Sin embargo, la luz verdadera es la que ilumina el retrete del alma  (Santa Teresa), allí donde el análisis fenomenológíco nos permite encontrar el eidos.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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