
Eduardo Montagut
La visita a la exposición sobre Mengs en el Museo del Prado ha sido una fuente de estímulos que no podía imaginar antes de adentrarme en la misma. Aún reconociendo la importancia, el valor y legado artístico del pintor, tan vinculado, además, al arte en la España ilustrada, uno siempre ha sido poco neoclásico, más amigo del color que del dibujo, más barroco y rococó, más veneciano, en suma. Pero la mañana de la visita a la exposición me ha fascinado y fruto de esta sensación se me ha ocurrido escribir algunos apuntes para motivar para que los lectores se acerquen al Prado.
El primero de ellos tiene que ver con dos mujeres alejadas muchos siglos, Semíramis, la reina asiria, a la que dedicó Calderón de la Barca una fascinante obra, La hija del aire, que dirigió Lluís Pascual y protagonizó Ana Belén y que este adolescente pudo disfrutar en el Centro Dramático Nacional allá por 1981, y que fue el primer momento en que tuve noticia de esa princesa casi mítica. Y la otra mujer es una princesa prusiana, casada con el margrave de Brandenburgo-Bayreuth, Guillermina de Prusia, después de que su madre no hubiera podido casarla con el príncipe de Gales.

Y las unió, precisamente, Anton Raphael Mengs con el lienzo titulado Semíramis recibe la noticia de la sublevación de Babilonia, y pintado en 1755, la primera obra de historia antigua del pintor y, por lo tanto, fundamental en el afianzamiento de la estética neoclásica.
¿Y por qué pintó a Semíramis? Porque Guillermina estaba muy interesada en este personaje femenino con inmenso poder, y que en el siglo XVIII se convirtió en una especie de modelo o símbolo de la gobernante ideal por su virtud, su inteligencia, su prudencia y su desinterés siempre a favor de su Estado, aunque también debió ser un poco lujuriosa y estar un poco obsesionada con el poder. En todo caso, ¿nos encontraríamos ante una versión femenina del despotismo ilustrado? Ahí lo dejo.
Precisamente en el cuadro que pintó Mengs se ve esa idea de una reina siempre “de servicio”, siempre “al pie del cañón”. En la escena, Semíramis se encuentra con unas sirvientas que la están acicalando, y en ese momento aparece un mensajero con la noticia del levantamiento de Babilonia. Mengs capta justo ese momento en el que ella va a dejar de hacer su toilette para aprestarse a tomar decisiones. Para ahondar más en esa idea de la reina diligente, una leyenda nos cuenta que, al parecer, no se arregló el cabello hasta que consiguió la victoria.
Guillermina estaba entusiasmada con esta reina. Ella misma escribió un libreto basado en la tragedia de Voltaire, Sémiramis (1748) y mandó representar en la Ópera de Bayreuth la ópera Semiramide en 1753.
Y el cuadro fue, precisamente, un encargo que hizo Guillermina y su esposo Federico III por quinientos escudos romanos. Seguramente, fue ella quien sugirió el tema concreto.
Estamos ante un cuadro que glorifica el poder real femenino. El matrimonio lo dispuso en la sala de audiencias del margrave en el Palacio Nuevo de Bayreuth, haciendo pareja con otra reina fundamental de la Antigüedad, y que no podía ser otra que Cleopatra, en un lienzo de Pompeo Batoni titulado Cleopatra muestra a Octavio el busto de César.
Les animo a que investiguen sobre Semíramis, pero, sobre todo, sobre Guillermina, esa princesa prusiana, hermana de Federico el Grande, que constituye uno de los ejemplos excelsos de mujeres de la realeza del siglo XVIII tan apasionadas por el arte, como bien ya saben por el caso de Isabel de Farnesio, o un poco después por María Carolina de Nápoles, aunque hay más.
No será este el último trabajo que dediquemos a esta exposición.
Para la redacción de este artículo nos ha sido de gran ayuda el magnífico catálogo de la exposición.















