
Félix Recio, Profesor titular en la UCM y Psicoanalista
La relación entre el arte o la literatura y el psicoanálisis no debe de ser metadiscursiva, no se trata de que este tome a estos como sus objetos, pues, según Lacan “ el arte ( y la literatura) nos precede y nos desbroza el camino”. Se trata de entender aquello que la mirada distante del artista ha situado, de construir la teoría psicoanálitica no solo a través del testimonio de los pacientes, sino, también, por medio de otros relatos o discursos, dado que el psicoanálisis es un “work in progress”. Freud, encontró en la literatura un punto de apoyo, bastaría recordar la lectura que este hace de la tragedia de Sófocles extrayendo un universal edípico o lo que Lacan dice, en su lectura pormenorizada de Antígona, sobre el deseo puro y la belleza.
El presente artículo trata de abordar, en algunos textos de Pérez Galdós, elementos sobre la mujer y lo real, es solo el inicio de un proyecto, pues otras novelas y obras teatrales esperan ser releídas con la detención que requieren.
Una forma de abordar las novelas de Galdós desde el psicoanálisis, puede ser a través de los tres registros lacanianos: lo simbólico, lo imaginario y lo real, dado que estos tres registros estructuran la realidad y por lo tanto la ficción.
Lo simbólico, en Lacan, no hace referencia a un campo codificado de símbolos, partiendo de Saussure y de Levi-Strauss lo simbólico remite al significante, a las diferencias no marcadas, a la separación, a la identidad, a la reciprocidad, al reconocimiento, a los límites, en suma, a la función del padre como garante de la ley edipica, es decir, al intercambio y a la exogamia.
El mundo de Galdós, sus personajes y la sociedad en la que viven, es un mundo donde lo simbólico no está bien instalado. En la España de la Restauración, la alternancia política es alternancia de lo mismo, pues Canovas o Sagasta son la expresión de una diferencia indiferente, donde la diferencia y la identidad se borran en la mismidad, lo Otro se difumina, al no estar preservado por lo simbólico, bajo el orden de lo Mismo. La España corrupta y clientelar de Galdós expresa un déficit simbólico que hacen del autor nuestro contemporáneo, pues contemporánea es la endogamia que en nuestros días puede aparecer a través de las puertas giratorias o en la no separación de poderes. Galdós en sus novelas señala los fallos de lo simbólico, en lo social, Villamil ( Miau) al cesar institucionalmente, formará parte de lo Otro no reconocido, pero también en lo familiar, pues en el declinar de la función paterna la transgresión al orden simbólico es constante.

Lo incestuoso es un elemento reiterativo en la obra de Galdós, algunos ejemplos. Relimpio ( La desheredada), padrino de Isidora, enamorado de ella se convierte en su sombra y se pone a su servicio. Sueña que se bate en duelo de honor con Pez y otros amantes de Isidora y que a todos mata sacándoles hasta la última gota de su sangre. Relimpio dirá “ te quiero más que a mis hijas porque te quiero de dos maneras, como padre y como……..bueno, yo ya me entiendo”.
Francoise Heritier, en sus estudios sobre el incesto, señala un “incesto de segundo grado”, este, a diferencia del incesto en el sentido tradicional que anula la identidad propia de la filiación, borra la diferencia generacional en una mezcla de edades que socialmente se considera que deben mantenerse separadas. Si el incesto hace referencia a la prohibición, el incesto de “segundo grado” remite a la prescripción.
Este seria el caso de Relimpio, más allá de que de forma imaginaria se nombre como padre, otro tanto ocurre con Don Lope (Tristana) “padre” y “marido”, pasa de lo uno a lo otro, mezclando ambas figuras. No obstante, a diferencia de Relimpio, Don Lope no se queda en lo enunciativo, sino que pasa al acto, personaje donde a su incorformismo, respecto a normas instituidas, se añade una tonalidad perversa. Si lo simbólico instala la ley y la castración, poniendo un límite al goce, lo imaginario tratará de eludir el límite y obtener así un goce real.
Un aspecto de lo imaginario hace referencia, no únicamente a la imaginación, sino a la manera de semantizar y a sus sustituciones metafóricas: “padrino”, “padre”, “marido”, “como……yo me entiendo” modalidades de forzar la ley simbólica de forma imaginaria con el objeto de obtener un goce: fantaseado en Relimpio o en acto en Don Lope. La realidad, ya sea fantaseada o actuada, no es igual a lo real, pues esta remite a la articulación de los tres planos, donde lo simbólico y lo imaginario es el campo de la significación, mientras que lo real lo es del cuerpo, del goce y la pulsión. Leer desde el psicoanálisis los textos de Galdós, implica señalar el goce real en sus sujetos de ficción, como a través de los textos se configuran los cuerpos, cuerpos sexuados masculinos y femeninos.
En diferentes obras hay padres que no encarnan la función paterna. Tomás Rufete, padre de Isidora, abandona su lugar, pues falsifica unos papeles para que sus hijos, Isidora y su hermano, aparezcan como hijos de una marquesa y puedan recibir una herencia. Rufete y su mujer habrían recibido a sus propios hijos en adopción como si fueran hijos de esta y de eso daría fe los papeles que Rufete falsifica. Isidora acabará describiendo a su padre como “hombre desordenado, de insaciables apetitos y devorado por la envidia”.
Relimpio, Don Lope o Rufete son tres muestras diferentes de la deflación paterna, diferentes vías imaginarias para burlar la ley simbólica. Tres ejemplos donde no se puede sostener la ley que asegura el intercambio y la exogamia.
Rufete y Pantoja (Electra) tienen varios puntos en común, padre el primero y ofreciéndose, a la joven Electra, como padrino el segundo, comparten la mentira para obtener sus fines, personajes sin escrúpulos mienten modificando la línea de filiación. A Rufete le mueve la ambición y el dinero, a Pantoja “la pureza” que necesita su integrismo. Este personaje inventará una relación incestuosa entre Electra y su amado, con el fin de separar a la pareja y que ella se consagre a una “pureza” que le redima. La función paterna está para posibilitar el acceso de los hijos al deseo, cosa que no ocurre en lo anteriormente descrito, padre y padrino que en lugar de ocupar su lugar están en su propio goce. El goce de Rufete “su ambición desmedida” conducirá a Isidora no al deseo, sino a una reivindicación insensata; el goce de Pantoja su integrismo, igualmente, desmedido buscará el abandono del deseo y la mortificación de Electra. Solo al final de la obra la mentira incestuosa de Pantoja se disipará, Electra recuperará la ilusión y su posición deseante dado que Eleuteria, su madre ya fallecida, aparecerá espectralmente para deshacer el enredo. Es interesante señalar que la aparición del espectro materno es la respuesta que obtiene Electra a partir de su invocación. Electra invoca a la ley que permite el deseo, ley que prohíbe el incesto y da lugar a la exogamia. El sujeto deseante necesita la ley, de ahí su invocación. En Electra es el espectro de la madre lo que funciona como función paterna, puestas las cosas en su lugar Electra podrá volver a su relación de pareja
Al igual que en la obra de Balzac, en Galdós es importante el tema del dinero. El dinero. no solo apunta a un real del goce, a las satisfacciones que puede permitir a su poseedor, es también expresión imaginaria de pertenecer a una clase, a un mundo de distinción pues es signo de éxito social. El dinero, en las novelas de Galdós, es un objeto de deseo perseguido, objeto que aparece de forma recurrente junto a ciertas pasiones imaginarias: la envidia ( La desheredada), la apariencia (Miau, Misericordia), la codicia (Tristana). El dinero es objeto de deseo pues tenerlo asegura un goce fálico, más allá del uso que se le dé. Hay goce en el gasto, en su valor como signo de distinción y, también, en su mera acumulación ( Torquemada).
El goce fálico, siendo el Falo un significante hipotético que obturaría de forma imaginaria la falta constitutiva del sujeto, no remite únicamente al dinero, hay en los personajes de Galdós otras respuestas a esa falta constitutiva. Es la satisfacción, el goce es satisfacción, obtenida a través de los ideales: Don Lope y el valor dado a la amistad por encima del dinero, venderá una pequeña casa en Toledo para socorrer a su amigo, el padre de Tristana. Villamil, espera un reconocimiento que nunca llega, su insistencia en ser reconocido es lo que sostiene, de forma idealizada, a la propia institución que le ignora, hasta el final cuando todo caiga. El pobre Villamil es un ejemplo de “la conciencia desdichada” hegeliana. Tristana, enamorada y su idealización del amor y el arte. Nina (Misericordia) y el ideal de servicio a su señora. Celia (Celia en los infiernos) y el ideal, pues el dinero estará al servicio de la justicia social.
Las novelas de Galdós, podrían subtitularse “Malestares en la cultura en el siglo XIX”, parafraseando a Freud, pues es el goce del Otro o el propio lo que cercena los ideales, cuando no habita directamente en ellos.
Para Lacan, “la mujer no existe” , es decir, no hay un universal de la mujer, no hay un único significante que la represente, pues cada una tendrá que encontrar su manera de serlo. La afirmación de Lacan hace eco con lo que dice Maria Zambrano sobre las mujeres de Galdós: “las mujeres múltiples y diversas; las mujeres reales y distintas” y también, refiriéndose a la Nina de Misericordia “Nina, impar…..única”. Abordaré algunos ejemplos de figuras femeninas desde lo real del goce, un goce “no todo fálico”.
Isidora o la actuación fantasmática y el estrago
Isidora vive en la creencia de sus orígenes aristocráticos, dado que su padre Tomás Rufete en su impostura falsificó unos documentos, haciendo creer a Isidora y a su hermano que tienen ese origen, se afanará en ser reconocida como nieta de una marquesa y entrar en ese mundo soñado; Mariano, su hermano, lo que le anima es “tener dinero”, pues es algo que le han quitado , se lo deben.
Galdós, deja muy bien perfilado el fantasma de Isadora a partir de su creencia en el engaño del padre, identificada al significante “noble”, expondrá los dos lados propios del fantasma: “ ser noble o ser una cualquiera”, o heredera o desheredada y si es esto último , “una cualquiera”. El fantasma es una certeza subjetiva que el sujeto tiene en relación al Otro, los dos lados hacen referencia a dos respuestas posibles.
Empeñarse en hacer valer unos papeles falsificados que a la postre se demuestran falsos, es seguir un destino funesto, sin salida. Lacan, decía “la herencia del padre es su pecado”. Heredar los papeles falsos del padre , creer en ellos, tiene como consecuencia que tanto Isadora como su hermano acaben como reos de la justicia. Curiosamente, Mariano es apodado “Pecado”, pecado que, siguiendo a Lacan, es transmitido de padres a hijos. “Noble” es el significante al que Isadora se aferra y el que marcará su destino. El choque con la realidad es un golpe definitivo a su Ideal del yo y a su yo ideal, a sus identificaciones imaginarias. La identificación fantasmatica de pertenecer a la aristocracia le daba un valor fálico, pues “la miseria es plebeya y yo soy noble”. Noble pero no reconocida como tal, por otro que goza en no reconocerla “Dios me persigue, me ha declarado la guerra”. El fantasma de Isidora tiene como reverso “ser una cualquiera” lugar al que le empuja ese goce del Otro y que Isadora acabará actuando.
Ser una cualquiera es un destino que ya se vislumbra en sus sueños y pesadillas: tres sueños:
- Riquín, el hijo que Isadora ha tenido con su amante, Joaquin Pez, la mata de un tiro y los chicos la arrastran por las calles con gran befa y algazara de la multitud que grita “la marquesa”, “la marquesa”.
- Riquín en forma de esqueleto reía y hablaba, ella temblaba de espanto al oir sus palabras, que no entendía
- Joaquín Pez, aparecía ebrio de felicidad y champán, mientras ella era una sombra andrajosa, todos reían, ella también pero de hambre
Muerta y arrastrada, temblar de espanto, sombra andrajosa, la marquesa como burla. Isadora se coloca en sus sueños en la otra cara del fantasma, desmentido en la realidad el significante “noble”, su destino será “ser una cualquiera”. Más allá de sus sueños, hacia el final de la novela, Isadora convertirá ese goce en algo no meramente soñado, sino actuado, pues pasará a dedicarse a la prostitución: “yo me fui ¿te enteras? yo me he muerto” “salió efectivamente veloz, con paso de suicida” para despeñarse “en el voraginoso laberinto de las calles”
Conviene recordar que Isidora renuncia a las diversas ayudas que se le ofrecen, Relimpio quiere ayudarla, también Miquis, un pretendiente, ella las desecha. La prostitución es como un cumplimiento de su destino, no ajeno a una cierta denuncia del Otro, donde el Otro del fantasma la ha conducido. El Otro queda cuestionado en la actuación de Isidora.
Lacan, considera que una mujer es el síntoma para un hombre, pues el hombre goza de su propio inconsciente a través del cuerpo de ella. En cambio, un hombre puede ser un estrago para una mujer. El amante de Isidora, Joaquín Pez es un estrago para ella, no solo en sus desencuentros en la trama de la novela, también en los sueños, “ebrio de felicidad” él y ella “sombra andrajosa, que ríe de hambre”. En los otros sueños aparece Riquín que puede ser tomado como subrogado, de su propio padre Joaquín Pez, pues lo propio del sueño es la condensación y el desplazamiento
Nina o el Otro goce
Para María Zambrano dos verdades confluyen en Nina (Misericordia): la verdad de la vida y la verdad de su ser. La verdad de la vida hace referencia al dinero que recoge Nina, en su mendicidad, para mantener la vida de su señora. Sobre la verdad del ser de Nina, dice María Zambrano. “hay aquellos que se consumen por ser, Nina ni se consume, ni siquiera se afana por ser. Es lo contrario, es consumida hasta en su ser, y hasta a costa de su ser”; servir a su señora “era la verdad, la verdad de su vida….servirla y por ello lo dan todo y la dignidad, ni siquiera tienen que darla pues ha quedado tan lejos, tan bajo”.
Galdós aborda una Nina donde confluye una verdad objetiva que es la verdad de la vida, mendicidad y necesidad de dinero y una verdad subjetiva que se expresa como voluntad de servir de la protagonista. Maria Zambrano interpreta esta última, como una forma de desposesión, de ser en su propio desasimiento, en un des-ser que se produce “cuando no se depende de sí mismo, de ese concepto de sí del que hace la propia estimación, cuando no se está bajo la fascinación de la quimera en el que se objetiva lo inconmensurable del anhelo”.
Lacan, dirá de la mujer que aunque puede participar del goce fálico, su goce puede ir más allá de este y aparecer como otro goce, goce donde la mujer se nadifica. El goce fálico tiene que ver con la significación, satisfacción obtenida por el dinero que se consigue, satisfacción por servir a un ideal, servir a la señora……El otro goce, en cambio, es nadificante, fuera de la significación, aparece como fuera de sentido. La interpretación que hace María Zambrano de Nina anuda su voluntad de servir con el desposeimiento de su ser, hace eco, con el Otro goce lacaniano.
El goce fálico, el obtenido por medio del dinero y del ideal del servicio hace barrera o límite para que Nina no se precipite en una nadificación absoluta, en un puro desposeimiento de su ser. Cuando el goce fálico falta, cuando solo hay Otro goce entonces tenemos figuras como Lol V Stein, la protagonista de la célebre novela de Marguerite Duras.
Tristana o las ilusiones perdidas / Celia o el discurso histérico
En Tristana se produce una metamorfosis pues pasa de idealizar el arte y el amor a las “ilusiones perdidas”, a la vida acomodada y mediocre que tendrá con Don Lope. Metamorfosis que se produce al ver frustrada su demanda de amor, frustración que tendrá como compensación un reavivar la pulsión e instalarse en el goce. Vidas paralelas son las de Eugenia Grandet, de Balzac y la de Tristana, de Galdós, el amor no satisfecho de ambas, es sustituido por la codicia, a los fracasos del amor le siguen las uniones con hombres de más edad y con dinero .Galdós, comentará este final de Tristana con Don Lope, escribiendo “quizá fueron felices”. Pues el deseo y el amor no siempre aseguran la felicidad a diferencia de la “felicidad” que procura el goce.
Celia ( Celia en los infiernos) es una clara encarnación del discurso histérico. En este discurso el sujeto se dirige a un Otro al que sostiene, Otro que puede proveer o al que hay que dar. Celia, joven heredera de una gran fortuna dirá: “o no me casaré o me casaré con un pobre” .Celia tiene el ideal de la justicia social y piensa que el uso del dinero, que ella tiene, puede contribuir a ese ideal, le sugerirá a Germán un empleado suyos lo interesante que puede ser casarse con una mujer rica y poder cumplir sus sueños, pero a Germán le interesa otra mujer. Celia no solo corre “tras un ideal”, de la justicia social, pues si encontrara a Germán, que ha desaparecido “yo lo sacaría de su ignominia, purificándole y redimiéndole”. La posición de Celia es la de la mujer que tiene y puede dar, la que se dirige a un hombre que no tiene y ella puede sostener, buscando hacerse un lugar en el otro, por medio de lo que tiene. “o no me caso o me caso con un pobre”, esta modalidad histérica se conjuga con el ideal de la justicia “me tengo por una mujer de ideas altas y generosas”. Al final Celia se hará con una trapería, metáfora perfecta de sostener al hombre castrado y de contribuir a la justicia social. Redimir al hombre y a la sociedad, dirá de la trapería “he venido a los infiernos y no me retiraré sin ver …como los despojos se transforman, y las cosas muertas resucitan”.
Bibliografía
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Pérez Galdós “Obras Completas” Aguilar Obras Eternas. Seis volúmenes Madrid 1950
Pérez Galdós “Bárbara, Casandra y Celia en los infiernos” edición de Rosa Amor del Olmo. Cátedra 2006
Pérez Galdós “La de San Quintin, Electra” edición Luis F .Díaz Larios, Cátedra 2002
Soler, Colette “lo que Lacan dijo de las mujeres” Paidós, Argentina 2006
Soler, Colette “La maldición sobre el sexo” Ediciones Manantial, Argentina 2000
Zambrano, María “La España de Galdós” Endymión 2002















