
Rosa Amor del Olmo
Cuando hoy pensamos en Hansel y Gretel, casi siempre aparece en nuestra imaginación una escena dulce y colorida: dos niños caminando por el bosque, una casa de caramelo, paredes de galleta, ventanas de azúcar y una bruja malvada escondida tras una apariencia amable. Sin embargo, esa imagen tan popular ha suavizado mucho la dureza original del cuento. Antes de la casa comestible, antes de la bruja y antes del horno, hay una realidad mucho más terrible: dos niños son abandonados por sus propios padres porque en la casa ya no queda comida. Ese es el verdadero corazón del relato. Hansel y Gretel no empieza como una fantasía infantil, sino como una historia de hambre.
Hansel y Gretel son hijos de un pobre leñador que vive junto a un gran bosque. La familia atraviesa una miseria extrema. El pan escasea, la comida no alcanza y los adultos empiezan a ver a los niños no solo como hijos, sino como bocas imposibles de alimentar. Una noche, mientras los pequeños están acostados, escuchan la conversación de sus padres. La mujer del leñador propone llevarlos al bosque y abandonarlos allí. El padre duda, se resiste, sufre, pero finalmente cede.
Hansel, que ha escuchado todo, no se deja vencer por el miedo. Sale en secreto de la casa y llena sus bolsillos de pequeñas piedras blancas. Al día siguiente, cuando los padres llevan a los niños al interior del bosque, Hansel va dejando caer las piedras por el camino. Los adultos encienden un fuego, les dicen a los niños que esperen y se marchan. Hansel y Gretel quedan solos entre los árboles, pero cuando llega la noche, la luna ilumina las piedras blancas. Gracias a ese rastro, los hermanos encuentran el camino de vuelta.
El regreso de los niños no soluciona nada. La pobreza continúa. En la casa vuelve a faltar el pan. La mujer insiste en abandonarlos otra vez, pero en esta ocasión Hansel no puede salir a recoger piedras porque la puerta está cerrada. Solo le queda un trozo de pan. Durante el camino al bosque, lo va desmigando para marcar la ruta de regreso. Pero el pan no es piedra. El pan pertenece al reino del hambre, de lo frágil, de lo devorable. Los pájaros se comen las migas y, cuando los niños intentan volver, ya no encuentran señal alguna. Están perdidos.
Este detalle es uno de los más poderosos del cuento. La primera vez, la piedra salva. La segunda, el pan desaparece. En una historia gobernada por el hambre, incluso el camino de regreso puede ser devorado.
Los niños caminan durante días. Están agotados, hambrientos, asustados. Entonces encuentran una casa maravillosa hecha de pan, pastel y azúcar. En muchas versiones modernas se habla de una casa de jengibre o de caramelo, pero en la versión de los Grimm la imagen es más directa: una vivienda hecha de alimentos básicos y dulces, una fantasía absoluta para dos niños que vienen de una casa sin pan. La casa no es solo una tentación: es la respuesta exacta a su necesidad. Es refugio y alimento al mismo tiempo. Hansel y Gretel empiezan a comer la casa. Entonces aparece una anciana aparentemente bondadosa. Les habla con dulzura, los invita a entrar, les ofrece comida y camas limpias. Los niños creen haber encontrado salvación. Pero la anciana es una bruja. Su casa no es un hogar, sino una trampa. No la ha construido por generosidad, sino para atraer niños hambrientos. Sabe que la necesidad vuelve vulnerable a cualquiera, y más todavía a un niño perdido.
La bruja encierra a Hansel en una jaula para engordarlo y obliga a Gretel a trabajar como criada. Cada día le pide al niño que saque un dedo para comprobar si ha ganado peso, pero Hansel la engaña mostrándole un huesecillo. Como la bruja ve mal, cree que sigue flaco y espera. Finalmente pierde la paciencia y decide comérselo de todos modos. Ordena calentar el horno y le pide a Gretel que se acerque para comprobar si está listo.
Entonces sucede la inversión decisiva del cuento. Gretel, que hasta ese momento parecía la hermana más indefensa, comprende el peligro y finge no saber cómo mirar dentro del horno. La bruja, impaciente, se inclina para enseñarle. En ese instante, Gretel la empuja dentro y cierra la puerta. La bruja muere quemada en el mismo horno donde pretendía matar a los niños.
La escena es brutal, pero tiene una lógica simbólica perfecta. El horno es el lugar donde se hace el pan, es decir, el centro de la alimentación doméstica. Sin embargo, en la casa de la bruja se convierte en instrumento de muerte. La cocina, que debería representar cuidado, se transforma en amenaza. Gretel salva a su hermano invirtiendo esa violencia: la devoradora termina devorada por su propia trampa.
Después de la muerte de la bruja, los niños encuentran perlas y piedras preciosas en la casa. Este final puede parecer extraño, pero encaja muy bien con el sentido profundo del cuento. La historia empezó con una familia arruinada, sin pan, sin recursos, incapaz de sostener a sus hijos. Termina con los niños regresando a casa con un tesoro. La pobreza que abrió la tragedia queda resuelta por aquello que los hermanos conquistan tras atravesar el bosque, la casa falsa, el cautiverio y la amenaza de ser devorados.
En la versión final de los Grimm, los niños cruzan una masa de agua ayudados por un pato blanco antes de regresar al hogar. Este detalle fue añadido en las revisiones posteriores y funciona como un símbolo de paso: Hansel y Gretel ya no son los mismos niños que fueron abandonados. Han atravesado un territorio de muerte y vuelven transformados. Al llegar, descubren que la mujer que los había enviado al bosque ha muerto. El padre los recibe con alegría, y gracias al tesoro todos pueden vivir sin hambre. El cuento fue recogido por Jacob y Wilhelm Grimm y publicado por primera vez en 1812 dentro de Kinder- und Hausmärchen, traducido habitualmente como Cuentos de la infancia y del hogar. La versión más conocida procede de la edición definitiva de 1857, pero los Grimm no dejaron sus cuentos intactos: los revisaron durante décadas, modificando estilo, escenas y matices morales. Jack Zipes recuerda que la primera edición de 1812-1815 era muy distinta de la edición final de 1857, y que los hermanos publicaron siete ediciones con numerosos cambios en contenido y estilo.
Los Grimm no inventaron Hansel y Gretel desde cero. Lo recogieron de la tradición oral alemana, aunque la fuente exacta no está del todo clara. Ellos señalaron que procedía de “varias historias de Hesse”, pero una nota manuscrita en su ejemplar personal indica que Henriette Dorothea Wild, conocida como Dortchen Wild, aportó en 1813 la famosa respuesta de los niños a la bruja: “El viento, el viento, el niño celestial”. Dortchen Wild acabaría casándose con Wilhelm Grimm en 1825, y es probable que el cuento completo llegara a los hermanos a través del entorno de la familia Wild. Este dato es importante porque nos recuerda que los cuentos de los Grimm no son simples invenciones literarias. Son relatos recogidos, reescritos y fijados por escrito a partir de una tradición anterior. Durante mucho tiempo pasaron de boca en boca, cambiando con cada narrador, adaptándose a cada región y conservando miedos muy antiguos. Los Grimm actuaron como recopiladores, editores y mediadores culturales. Querían preservar relatos que consideraban parte de la memoria popular alemana, aunque después los pulieron y los adaptaron a una sensibilidad cada vez más familiar y moralizante.
Uno de los cambios más reveladores afecta a la figura de la madre. En la versión manuscrita de 1810 y en la primera edición impresa de 1812, la mujer del leñador es claramente la madre de Hansel y Gretel. No es una madrastra. Es su madre. La transformación en madrastra aparece más tarde, especialmente a partir de la cuarta edición, en 1840. Este cambio suaviza mucho la violencia del cuento: resulta menos insoportable pensar que quien abandona a los niños es una madrastra cruel que aceptar que la propia madre pueda tomar esa decisión. Ahí se ve cómo los cuentos se modifican para adaptarse a la moral de cada época. Una madre que entrega a sus hijos al bosque por hambre introduce una crítica social demasiado dura: la pobreza puede romper incluso el vínculo más sagrado. La madrastra, en cambio, desplaza la culpa hacia una figura exterior, casi intrusa, típica de muchos cuentos tradicionales. La familia queda parcialmente protegida: el mal ya no nace exactamente del corazón materno, sino de una mujer que ocupa el lugar de la madre sin serlo del todo.
Pero la versión más antigua es más terrible precisamente porque es más real. En situaciones extremas, el hambre descompone la estructura familiar. Convierte el amor en cálculo, el hogar en amenaza y el pan en una cuestión de supervivencia. Hansel y Gretel no habla solo de una bruja. Habla de una familia que se quiebra cuando la comida desaparece. Por eso suele relacionarse el cuento con antiguas memorias europeas de hambruna. No sería prudente afirmar que nació directamente de un hecho histórico concreto, como si pudiéramos fechar su origen con exactitud. Los cuentos populares no nacen así. Se forman lentamente, por acumulación de motivos, imágenes, miedos y experiencias repetidas. Pero sí parece claro que Hansel y Gretel conserva la huella de un mundo donde la escasez de alimentos podía llevar a decisiones desesperadas.
Durante siglos, Europa sufrió hambrunas periódicas. Una de las más devastadoras fue la Gran Hambruna de 1315-1322, vinculada a tres años de malas cosechas entre 1315 y 1317 y a una peste bovina posterior entre 1319 y 1321. El Cambridge Group for the History of Population and Social Structure señala que aquella crisis pudo causar la muerte de alrededor del diez por ciento de la población inglesa, con proporciones similares en zonas de Francia y del norte y este de Europa. Ese contexto ayuda a comprender la crudeza del relato. En épocas de hambre, abandonar niños no era solo un motivo de cuento: era una posibilidad trágica dentro de sociedades sin seguridad alimentaria, sin anticoncepción eficaz, sin sistemas públicos de protección y con altísima mortalidad infantil. El bosque se convierte entonces en el lugar donde se deja aquello que la casa ya no puede sostener.
El bosque de Hansel y Gretel no es un paisaje decorativo. Es una frontera. Representa el exterior absoluto: lo que queda fuera de la casa, de la comunidad, del alimento y de la ley familiar. En la imaginación popular europea, el bosque era el territorio de los animales, los ladrones, los ogros, las brujas y los espíritus. Entrar en él equivalía a abandonar el orden humano. Ser dejado allí significaba quedar expulsado del mundo. La casa de la bruja es el reverso monstruoso de la casa familiar. Al principio del cuento, la casa de los padres ya no puede alimentar a los niños. En el bosque, aparece otra casa que parece ofrecer comida infinita. Pero esa abundancia también es falsa. La primera casa abandona porque no tiene pan; la segunda casa ofrece pan para poder devorar. Ambas están marcadas por una relación perversa con la comida.
Esta duplicación es esencial. La madre o madrastra y la bruja funcionan casi como dos caras de una misma amenaza. Una expulsa a los niños porque hay demasiada hambre; la otra los acoge para comérselos. Una los entrega al bosque; la otra los encierra en la casa. En ambos casos, el peligro procede de figuras adultas que deberían proteger y alimentar, pero que terminan destruyendo.
Por eso Hansel y Gretel es mucho más oscuro que una simple advertencia contra desconocidos. El primer peligro no está fuera, sino dentro del hogar. Los niños no se pierden porque sean desobedientes ni porque hayan salido a explorar por capricho. Son abandonados por quienes tenían que cuidarlos. La bruja llega después. La primera traición ocurre en casa.
El cuento pertenece al tipo folclórico ATU 327A, una clasificación internacional de relatos en la que aparecen niños abandonados o perdidos que caen en manos de una bruja, ogro o figura caníbal y logran escapar mediante astucia. El episodio de quemar a la bruja en su propio horno también está clasificado como motivo tradicional. Además, existen relatos emparentados, como Ninnillo y Nennella en El Pentamerón de Giambattista Basile, o Pulgarcito de Charles Perrault, donde también aparecen el abandono, el rastro en el camino, el hambre y la amenaza de ser devorado. Esta familia de cuentos muestra que Hansel y Gretel no es una rareza aislada. Forma parte de una tradición europea más amplia sobre niños vulnerables obligados a sobrevivir cuando los adultos fallan. La infancia, en estos relatos, no aparece como un territorio protegido e inocente, sino como una etapa expuesta a la violencia, a la pérdida y a la necesidad de desarrollar inteligencia para no morir. Hansel y Gretel sobreviven porque aprenden a observar. Hansel escucha la conversación nocturna y recoge piedras. Luego usa migas de pan. Más tarde engaña a la bruja con un hueso. Gretel, por su parte, comprende el peligro del horno y actúa en el momento exacto. Ninguno de los dos vence por fuerza física. Vencen por atención, memoria, engaño defensivo y rapidez mental.
El cuento tiene así una estructura de iniciación. Los niños salen de la casa, atraviesan el bosque, entran en la casa de la muerte, vencen a la devoradora y regresan con un tesoro. Es el viaje clásico de pérdida y transformación. Pero aquí no hay caballeros, armas ni reinos lejanos. Hay pan, miedo, migas, sueño, hambre y un horno. La aventura heroica está reducida a su forma más elemental: sobrevivir. También llama la atención la importancia del alimento como símbolo. El pan aparece desde el inicio: falta pan en la casa, Hansel usa pan para marcar el camino, los pájaros devoran ese pan, la casa está hecha de pan y dulces, la bruja alimenta a Hansel para comérselo, y el horno donde debería cocerse el alimento se convierte en amenaza. Todo el cuento gira alrededor de una pregunta básica: ¿quién come y quién es comido?
Esa pregunta es brutal, pero muy antigua. En épocas de hambre extrema, la frontera entre alimento, cuerpo y violencia se vuelve inquietante. La bruja caníbal representa el punto máximo de esa inversión: el adulto que debería alimentar al niño quiere alimentarse de él. Es una imagen terrorífica, pero eficaz. El cuento convierte en monstruo una angustia social real: que la escasez destruya el pacto básico de cuidado entre generaciones. También hay en el relato una desconfianza hacia la apariencia. La casa deliciosa es una trampa. La anciana amable es una asesina. La abundancia repentina es sospechosa. El cuento advierte que no todo lo que satisface un deseo es bueno. A veces lo que parece salvación se construye precisamente para capturar al desesperado.
Aquí se esconde una de las grandes enseñanzas de Hansel y Gretel: el hambre no solo debilita el cuerpo; también altera el juicio. Quien necesita desesperadamente algo puede caer con más facilidad en manos de quien le ofrece exactamente eso. La bruja no atrae a los niños con violencia, sino con comida. No los captura por la fuerza al principio, sino por medio de su carencia. La casa comestible es, por tanto, una imagen perfecta de la tentación. Ofrece satisfacción inmediata, pero esconde destrucción. Parece generosa, pero es depredadora. Tiene forma de hogar, pero funciona como una boca. Los niños creen que están comiendo la casa, cuando en realidad la casa está a punto de comérselos a ellos.
El final feliz no borra la dureza del cuento. La muerte de la bruja y el regreso al hogar no eliminan el hecho fundamental: Hansel y Gretel han descubierto que el mundo adulto puede ser peligroso. Incluso el padre, aunque aparece como una figura débil y arrepentida, no logra impedir el abandono. Su amor no basta porque carece de voluntad o de fuerza moral. Esa debilidad también forma parte del drama.
En muchas lecturas modernas se tiende a culpar solo a la madrastra y absolver al padre. Pero el cuento es más complejo. El padre sufre, sí, pero acepta. No desea abandonar a sus hijos, pero lo hace. Representa una forma de fracaso pasivo: el adulto que sabe que algo es injusto, pero no lo impide. Por eso su alegría final no borra del todo su responsabilidad.
La muerte de la madre o madrastra al final tiene un valor simbólico. Cuando la bruja muere en el horno, también desaparece la mujer que había querido abandonar a los niños. Como si ambas figuras estuvieran conectadas: la expulsora y la devoradora, la que niega alimento y la que convierte al niño en alimento. El cuento restaura el hogar solo cuando esas figuras desaparecen.

Hay además un detalle interesante sobre la falsa “historia real” de Hansel y Gretel. En 1963, el escritor alemán Hans Traxler publicó Die Wahrheit über Hänsel und Gretel —La verdad sobre Hansel y Gretel—, un libro que fingía demostrar que el cuento se basaba en un crimen real cometido por dos hermanos panaderos contra una mujer llamada Katharina Schraderin para robarle una receta de pan de jengibre. La historia tuvo gran repercusión, pero era una elaborada falsificación literaria; Traxler había construido una broma con fotografías, supuestos documentos y falsas pruebas arqueológicas.
Este episodio moderno demuestra algo muy revelador: seguimos queriendo encontrar “el caso real” detrás de los cuentos. Nos fascina pensar que hubo una bruja verdadera, una casa verdadera, unos niños verdaderos. Pero el origen de un cuento popular suele ser más profundo que un expediente concreto. No nace de un solo suceso, sino de una experiencia colectiva repetida durante generaciones.
La verdad de Hansel y Gretel no está en que haya ocurrido exactamente así. Su verdad está en que habla de cosas que sí ocurrieron muchas veces: hambre, pobreza, miedo, abandono, niños expuestos a la violencia, mujeres convertidas en figuras monstruosas por la imaginación social, bosques como espacios de desaparición y familias rotas por la necesidad. Por eso el cuento ha sobrevivido tanto tiempo. Porque bajo su envoltorio fantástico toca una angustia universal: ¿qué pasa cuando el hogar deja de ser seguro? ¿Qué ocurre cuando quienes deberían cuidarnos no pueden o no quieren hacerlo? ¿Cómo sobrevive un niño cuando el mundo adulto se vuelve hostil?
La respuesta del cuento es dura, pero poderosa: se sobrevive mirando, escuchando, recordando y actuando. Hansel y Gretel no son salvados por un príncipe ni por un hada. Se salvan entre ellos. La fraternidad es su primer refugio. Cuando la casa familiar fracasa, el vínculo entre hermanos se convierte en la verdadera casa.
Ese es quizá el aspecto más conmovedor del relato. Los niños atraviesan el bosque juntos. Se consuelan, se protegen, se esperan. Hansel intenta salvar a Gretel con las piedras y las migas. Gretel salva a Hansel empujando a la bruja al horno. Cada uno tiene su momento de lucidez. El cuento no pertenece solo a Hansel ni solo a Gretel: pertenece a la alianza entre ambos. La versión moderna ha convertido Hansel y Gretel en una historia de dulces, canciones y decorados navideños. Pero su raíz es mucho más áspera. Es un cuento nacido del hambre, del miedo a no poder alimentar a los hijos y de la sospecha de que, en tiempos extremos, la civilización puede deshacerse muy deprisa.
La casa de azúcar no es el centro del cuento, sino su máscara más brillante. Debajo de ella está el bosque. Debajo del bosque está el hambre. Debajo del hambre está el abandono. Y debajo de todo eso está la pregunta más terrible: cuánto puede resistir el amor cuando falta el pan. Quizá por eso Hansel y Gretel sigue inquietando. Porque no habla solo de una bruja antigua, sino de una amenaza que puede adoptar muchas formas. Habla de la falsa abundancia, de los adultos que fallan, de los niños que aprenden demasiado pronto a defenderse y de la necesidad de encontrar camino cuando las migas han desaparecido.
Al final, los hermanos regresan con piedras preciosas, pero el verdadero tesoro no son las joyas. El verdadero tesoro es haber aprendido a distinguir la casa del hogar, la dulzura de la trampa, la comida del cebo y el miedo de la inteligencia. El cuento termina felizmente, sí, pero no porque el mundo sea bueno, sino porque los niños han aprendido a sobrevivir en un mundo que no siempre lo es.
Hansel y Gretel no nació solo para entretener a los niños. Nació para recordar una verdad incómoda: cuando el hambre entra en una casa, puede convertir el amor en cálculo y la familia en peligro. Pero también recuerda otra cosa: incluso en el bosque más oscuro, incluso cuando el camino de vuelta ha sido devorado, la inteligencia, la unión y el valor pueden abrir una salida.
Bibliografía breve para poner al final
Jacob y Wilhelm Grimm, Hansel and Gretel, en Kinder- und Hausmärchen, edición final de 1857, traducción y notas de D. L. Ashliman.
D. L. Ashliman, “Hansel and Gretel: A comparison of the versions of 1812 and 1857”.
D. L. Ashliman, “Hansel and Gretel, and other folktales about abandoned children”.
Jack Zipes, “The Forgotten Tales of the Brothers Grimm”, The Public Domain Review.
Cambridge Group for the History of Population and Social Structure, “Hansel and Gretel”, University of Cambridge.
Sarah Laskow, “How a Literary Prank Convinced Germany That ‘Hansel and Gretel’ Was Real”, Atlas Obscura.

























