Gertrudis Gómez de Avellaneda: escribir como quien desobedece

Rosa Amor del Olmo

Antes de que la palabra “feminismo” circulara con naturalidad, antes incluso de que la literatura escrita por mujeres encontrara un espacio mínimamente estable, hubo quien escribió como si ya fuera libre.

Gertrudis Gómez de Avellaneda no pidió permiso para hacerlo. Ni para amar, ni para pensar, ni para escribir. Y eso, en el siglo XIX, era dinamita.

Avellaneda irrumpe en el panorama literario con una fuerza que descoloca. Su poesía no es delicada ni ornamental en el sentido domesticado que tantas veces se esperaba de una mujer escritora: es intensa, vehemente, emocionalmente desbordada y, al mismo tiempo, dueña de una conciencia poderosa de sí misma. No escribe desde la modestia impuesta, sino desde una afirmación radical de la voz.

Pero quizá sea en la narrativa donde su gesto se vuelve más perturbador. En Sab, publicada en 1841, plantea una historia que, en apariencia, responde al molde romántico: un amor imposible, un protagonista marcado por su destino, una pasión condenada de antemano. Sin embargo, lo que hace Avellaneda es mucho más que construir una novela sentimental. Utiliza el código romántico para dinamitarlo desde dentro.

Sab, el personaje que da título a la obra, es un esclavo enamorado de una mujer blanca. La tensión narrativa es evidente, pero lo verdaderamente inquietante no está solo en la imposibilidad amorosa, sino en lo que esa imposibilidad revela. Avellaneda establece una analogía incómoda entre la situación del esclavo y la de la mujer en la sociedad patriarcal. Ambos carecen de libertad real. Ambos están sometidos a estructuras que los definen, los limitan y deciden por ellos. Ambos son, de distinta manera, cuerpos administrados por otros.

En una España que todavía sostenía el sistema esclavista en sus colonias, esa comparación no era inocente. Era literaria, sí, pero también política. Y profundamente incómoda.

La propia vida de Avellaneda refuerza esa dimensión de rebeldía. Sus relaciones sentimentales, su negativa a someterse por completo a las convenciones sociales, su afirmación de una identidad propia en un mundo que esperaba de ella docilidad, la convierten en una figura difícil de encajar. No fue la “escritora ejemplar” que la sociedad podía tolerar sin sobresaltos. Fue, más bien, la escritora que desbordaba el modelo.

Y eso tuvo un precio.

Como ocurrirá más tarde con Emilia Pardo Bazán, Gertrudis Gómez de Avellaneda intentó ingresar en la Real Academia Española. No lo consiguió. La razón, una vez más, no tenía que ver con la calidad de su obra, ampliamente reconocida, sino con su condición de mujer. Aquel rechazo no es un simple episodio biográfico. Es el síntoma de un sistema que, incluso cuando admira el talento femenino, se resiste a entregarle poder simbólico.

Leer hoy a Avellaneda es descubrir una voz sorprendentemente contemporánea. Su manera de explorar el deseo, la identidad, la libertad y la conciencia individual rompe con los límites estrechos de su tiempo. No se limita a reproducir los códigos del romanticismo: los fuerza, los tensiona, los lleva hasta un punto en que dejan ver sus contradicciones. Y en esa tensión aparece algo nuevo.

Como en Dos mujeres, otra de sus novelas más significativas, hay en su escritura una conciencia aguda de la posición de la mujer dentro de la sociedad. Avellaneda no presenta el deseo femenino como un adorno narrativo ni como una simple desviación sentimental. Lo convierte en conflicto moral, social y existencial. Sus personajes femeninos no están ahí solo para amar o sufrir: piensan, desean, deciden, se equivocan, se contradicen. Tienen vida interior. Y eso, en su época, también era una forma de insurrección.

La historia literaria ha tendido a domesticar a figuras como Avellaneda, a integrarlas en categorías manejables: romántica, lírica, apasionada, temperamental. Pero basta leerla con atención para advertir que hay algo en ella que se resiste. Una incomodidad, una intensidad, una voluntad de decir más de lo permitido. Avellaneda no escribe dentro del molde. Escribe contra él.

Murió en 1873, pero su obra sigue interpelando porque en ella hay algo que no envejece: la experiencia de quien escribe desde un lugar que no le ha sido concedido y, aun así, lo ocupa. No pide disculpas. No rebaja la voz. No acepta que la libertad sea una concesión ajena.

Gertrudis Gómez de Avellaneda no fue solo una gran escritora del siglo XIX. Fue, en cierto modo, una adelantada del siglo XX. Y quizá por eso, todavía hoy, sigue resultando incómodamente moderna.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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