El taxista que no leía a Luis Rosales

Juan Antonio Tirado

El poeta Luis Rosales tenía cara de mula granaína y una mueca bañada en alcohol amargo y fatalismo resignado. Dijo en verso: “Yo que no me equivoqué nunca sino en las cosas que más quería”, sentencia tan afortunada como trágica. Tal vez toda existencia sea un sucederse de yerros en lo que de verdad importa. “Me gusta recordar que he nacido en Granada”, escribió. Sí, en 1910. Ese mismo año nacía en Orihuela Miguel Hernández. Luis Rosales, perdedor de las guerras que ganó, “señor de idiomas” lo llamó Neruda, es uno de los más grandes poetas españoles en un siglo rebosante de magníficos poetas. Profundo y taciturno, amargo, sereno, callado a gritos, andaluz raro, venía de los clásicos: de Manrique, de Garcilaso, para acabar hermanado con los del 27: Cernuda, Alberti, Dámaso; en diálogo permanente con don Antonio Machado. Con Lorca se le fue mucho más que un amigo. El asesinato en el Barranco de Viznar de Federico es una sombra, no una mancha, que pone una raya de congoja, con frecuencia barnizada de infamia, en su chaqueta grande de hombre triste.

Murió un sábado cualquiera de principios de los noventa. Yo trabajaba entonces en los informativos de Radio Nacional de España, que dirigía Alfredo Urdaci, y fui a cubrir la información en el tanatorio del Hospital Puerta de Hierrode Madrid; pedí un taxi para que me llevara de la Casa de la Radio a la clínica.

– Buenos días. Por favor, al Hospital Puerta de Hierro – le indiqué al taxista.

– Así que va usted a lo del poeta…

– Sí, sí…

– Hombre, ya era hora de que todos los periódicos de Madrid trajeran en portada a un poeta.

Así comenzó nuestra conversación. El taxista estaba al cabo de la calle del fallecimiento de Rosales, no por mero seguimiento periodístico, sino en virtud de su pasión lectora. “Ahora estoy leyendo esto” – dijo, y me mostró Las memorias de Adriano; para cuando lo terminara tenía pensado engancharse a la poesía de Eliot.

– Este señor que ha muerto (no lo citaba por el nombre, no sé si por alguna superstición o porque lo tenía por gafe), es bueno, ¿verdad?

– Sí, a mí me parece un gran poeta.

– Yo prefiero a Rilke. Otro que me interesa bastante es Pessoa, por lo triste, ¿sabe usted? A mí la literatura alegre me parece una estafa.

– ¿Y españoles?

– También los leo, por ejemplo, Calderón es cosa fina, mucho más de llorar que Lope, que era un listo. De los modernos, el que más me gusta es Delibes; de todas formas, será una manía mía, pero no hay literatura como la traducida. Y si es rusa, mejor. Mire usted, para escribir no hay idiomas como el ruso, o el alemán; el español está más pensao para el cante y las tabernas.

– Ya.  Supongo que habrá leído El Quijote.

– Sí, claro, pero si quiere que le diga mi verdad, con el Quijote me pasa una cosa rara y es que me gustan mucho los parlamentos de Sancho, pero me aburren los de don Quijote, será que Sancho es más pueblo, pero ya le digo que si al libro se le cortara una parte ganaría mucho.

– O sea, que se llamaría El Sancho.

 -Sí, sí, El Sancho. No se me había ocurrido pensarlo.

Así discurrió aquel delicioso y surrealista viaje funeral. Le dije adiós al filosófico conductor y me di una vuelta rápida por el velatorio para hacer una crónica de urgencia. ¡Qué solo se había quedado Rosales, el poeta de la resurrección, el amor y el olvido, el hombre de la casa ya apagada!

            Anoté el nombre y el teléfono del taxista letraherido por si tenía ocasión de entrevistarlo en la radio en alguna ocasión. Debe andar perdido en alguna agenda analógica. Me gusta hablar con los taxistas. Durante nueve años yo entraba viernes y sábados a las tres de la madrugada y concluía mi tarea a las tres de la tarde, en Radio Nacional, como dije más arriba. De mi casa de entonces, en la Prospe,hasta Prado del Rey hay un buen trayecto que me permitía entablar conversación con el taxista que me llevaba esa noche. Más de una vez repetía con un conductor e incluso con alguno llegué a tener una gran confianza, que no se traducía en amistad, pero que hacía el recorrido muy grato. Como soy curioso, y hasta casi un punto impertinente, conseguía que los taxistas me contaran historias sugerentes de sus vidas y sus viajes.

El taxista literario más interesante lo encontré no en el coche sino en una librería de viejo. Me llamó la atención que un chaval treintañero estaba preguntando al dueño del establecimiento por media docena de libros de Umbral muy poco conocidos en la vasta bibliografía de ese escritor. De manera que al salir le llamé y le pregunté por su pasión umbraliana, compartida por mí. Me dijo que él prácticamente solo leía a Umbral, que se había aficionado a este escritor y dedicaba las horas que le quedaban libres cada día para leer o releer alguno de sus muchas obras u otras que trataban sobre él. También tenía cierta afición a Benet y a Javier Marías, y le gustó A sangre fría, de Truman Capote, pero eran, en todo caso, lecturas laterales. Dejó el taxi aparcado y nos fuimos caminando desde la calle Fernán González, en Goya, donde está la librería a mi casa de ahora en la plaza de Olavide. Tres kilómetros durante los que hablamos con fruición sobre Umbral. Luego se volvió en metro para seguir con sus labores de taxista. Y yo me anoté el teléfono, este sí, en la agenda del móvil. Miguel, así se llamaba, tampoco leía a Luis Rosales.

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