Juan Negrín: la primera etapa de un científico que acabó gobernando en guerra

Rosa Amor del Olmo

Juan Negrín López (1892–1956) fue un médico fisiólogo y político español, conocido por ser Presidente del Gobierno de la II República durante la Guerra Civil (1937–1939). Antes de llegar a liderar un Estado en guerra, Negrín vivió una “primera etapa” decisiva como científico: investigador en fisiología, constructor de instituciones académicas y socialista tardío con mentalidad de laboratorio.

Cuando se evoca a Juan Negrín suele aparecer la imagen del último jefe de gobierno republicano en plena Guerra Civil: la guerra total, las alianzas imposibles, la decisión de resistir. Pero esa figura pública —hombre duro, pragmático y a menudo solitario en el mando— nace de una primera etapa mucho menos conocida. Se trata del médico-fisiólogo y organizador universitario que llegó tarde a la política, con una formación científica rigurosa y una mentalidad de laboratorio (datos, logística, disciplina, resultados). En este artículo se recorre esa “primera etapa” de Negrín en tres planos: formación científica, consolidación académica y entrada en la vida política hasta 1936, año en que estalla la Guerra Civil y su carrera da un giro hacia la gestión del Estado en guerra.

Un canario en Europa: formación y cultura científica

Juan Negrín nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1892, en el seno de una familia acomodada. Con solo 14 años terminó el bachillerato en Tenerife y, en 1906, su padre decidió enviarlo a continuar sus estudios a Alemania. Ingresó en la Universidad de Kiel y luego en la de Leipzig, atraído por el prestigio de su Instituto de Fisiología dirigido por el célebre Ewald Hering. Aquella elección no fue casual: en vísperas de la Primera Guerra Mundial la ciencia alemana era puntera a nivel mundial, un imán para jóvenes talentos de todo el mundo. Negrín comenzó la carrera de Medicina con 15 años y, extraordinariamente, se doctoró en 1912 con solo 20 años. Durante su etapa en Leipzig se formó bajo la tutela del fisiólogo Theodor von Brücke, llegó a trabajar como asistente en el Instituto de Fisiología, y complementó su formación con estudios de Química que casi completó. En esos años publicó sus primeros trabajos científicos (algunos junto a von Brücke) sobre la actividad de las glándulas suprarrenales y su relación con el sistema nervioso central. Aquellas investigaciones iniciales serían más adelante el núcleo de su tesis doctoral española. Además de técnicas de vanguardia, Negrín absorbió en Alemania una cultura científica moderna: respeto al método experimental, aprecio por las instituciones (laboratorios, bibliotecas, equipos) y la visión de la ciencia como una empresa colectiva e internacional.

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 marcó el fin de su estancia alemana. Con sus maestros movilizados al frente, Negrín asumió encargos docentes en Leipzig, pero en 1915 decidió regresar a España, rechazando incluso una oferta para habilitarse como Privatdozent (profesor privado) en la universidad alemana. En noviembre de 1915 volvió a Las Palmas junto a su joven familia (se había casado en 1914 con María Fidelman, pianista de origen ruso). Antes de partir, Negrín ya dominaba varios idiomas —alemán, francés, inglés— e incluso realizó traducciones científicas (vertió al alemán un tratado sobre la anafilaxia de Charles Richet). Esa formación cosmopolita y polímata sería una de sus señas de identidad. En suma, el salto temprano a Europa definió su manera de entender el mundo: Negrín volvió a España con un bagaje científico excepcional para la época y convencido del valor del rigor y la cooperación internacional en la ciencia.

Madrid: Cajal, la Residencia de Estudiantes y la construcción de una escuela

De regreso a España, Juan Negrín se integró rápidamente en el epicentro de la renovación científica del país. A comienzos de 1916, el Nobel Santiago Ramón y Cajal, entonces presidente de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), le ofreció dirigir un recién creado Laboratorio de Fisiología General en Madrid. Este laboratorio, instalado en el sótano de la Residencia de Estudiantes, nació prácticamente a la medida de Negrín: Cajal impulsó su creación consciente de la importancia de la fisiología para las ciencias biomédicas y valorando la sólida formación experimental que Negrín traía de Leipzig. La elección del canario se debió tanto a su experiencia alemana (en uno de los centros líderes de la fisiología internacional) como a sus contactos con la escuela fisiológica catalana de Augusto Pi i Sunyer. El nuevo laboratorio madrileño –apodado “el transatlántico” por su gran tamaño y equipamiento– se convirtió en 1916 en un espacio pionero para la fisiología experimental en España. Allí Negrín comenzó impartiendo cursos prácticos de fisiología a estudiantes de Medicina, al tiempo que continuaba sus propias investigaciones sobre las suprarrenales y el sistema nervioso. En paralelo, Negrín solicitó a la JAE una beca para ampliar estudios en Estados Unidos, pero finalmente optó por quedarse en Madrid para desarrollar el laboratorio que Cajal ponía bajo su cargo.

Los siguientes años consolidaron la doble faceta de Negrín como docente universitario e investigador. En 1919 convalidó en España su título alemán de medicina y al año siguiente presentó una tesis doctoral para la Universidad de Madrid titulada «El tono vascular y el mecanismo de la acción vasotónica del esplácnico». En 1922, apenas con 30 años, obtuvo por oposición la cátedra de Fisiología de la Universidad Central de Madrid (cubriendo la vacante del célebre José Gómez Ocaña). Desde esa posición, Negrín impulsó la creación de una auténtica escuela española de fisiología. Combinando las clases teóricas y prácticas en la Facultad de Medicina con la investigación en el laboratorio de la Residencia de Estudiantes, reunió y formó a un grupo brillante de jóvenes científicos. Se preocupó de dotar al laboratorio de infraestructura moderna: aparatos, suministros y una biblioteca científica excepcional –se dice que era la única en España donde se podía consultar regularmente la literatura internacional del momento–. El propio Negrín diseñó o perfeccionó instrumental de laboratorio, construído luego en el Instituto Torres Quevedo: inventó por ejemplo el estalmógrafo y el miógrafo, dispositivos que automatizaban la medición de constantes fisiológicas y mejoraban la reproducibilidad de los experimentos. En sus primeros años, la escuela de Negrín concentró sus trabajos en temas metabólicos y neuroendocrinos (glucosa, adrenalina, sistema simpático, etc.), obteniendo resultados de interés sobre la relación entre la adrenalina sanguínea y la glucosuria, y la función reguladora del sistema nervioso vegetativo en esa interacción. Negrín también fomentó una mentalidad abierta y colaborativa: bajo su dirección el laboratorio recibía conferencias de científicos extranjeros invitados (entre 1922 y 1924 pasaron por allí especialistas de Berlín, Berna, etc.) y algunos de sus discípulos continuaron formándose en centros del extranjero. Entre los alumnos y colaboradores formados a su sombra destacan nombres que luego brillarían con luz propia en la ciencia: el bioquímico Severo Ochoa (futuro Nobel), el fisiólogo Francisco Grande Covián, José García-Valdecasas, José Domingo Hernández Guerra, Juan José Barcia, entre otros. Aquellos jóvenes científicos recuerdan a Negrín como un líder exigente y organizado: “La escuela que comenzó a crear don Juan Negrín […] pudo constituir el inicio de una tradición científica biomédica en España […]. Cuando ingresé en ese grupo en 1924, […] todos desarrollaban temas de investigación señalados y dirigidos por don Juan y preparaban sus oposiciones a cátedra”, evocaría años después uno de ellos. En pocas palabras, antes de administrar un Estado en guerra, Negrín aprendió a administrar —en miniatura— un instituto científico: con personal, materiales, financiación, redes internacionales, estándares de rigor y reconocimiento académico.

Gestión universitaria y cultura institucional

El perfil de Negrín no quedó encerrado en el laboratorio. A lo largo de los años 20 asumió también crecientes responsabilidades en la gestión académica y la vida institucional de la universidad. En 1922, el mismo año en que obtuvo su cátedra, fue nombrado secretario de la Facultad de Medicina de la Universidad Central. Desde ese cargo se ocupó de tareas administrativas, organización de personal, planes de estudio y gestión presupuestaria de la facultad. Negrín destacó por su diligencia y capacidad para el trabajo metódico, ganándose fama de hombre efectivo tras bastidores más que de figura retórica. Además, participó activamente en proyectos de modernización universitaria: integró la Junta de Construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid, el ambicioso campus científico que se planificaba entonces, llegando a ser secretario de dicha Junta en 1931f. Este dato, que podría parecer menor, anticipa una constante de su posterior actuación pública: Negrín era un hombre de procedimientos y estructuras, alguien que creía en la importancia de las instituciones y de las cadenas de mando claras. En contraste con otros líderes políticos de verbo fogoso, su estilo era técnico y organizativo. Aquella experiencia gestionando aulas, laboratorios, presupuestos y obras le curtió en una cultura de aparato administrativo que luego trasladaría a la política nacional. No es casual que muchos testimonios lo describan como un “político de bata blanca”, más cercano al talante de un gerente o director de operaciones que al de un tribuno ideológico. Desde sus años universitarios, Negrín mostró un temperamento orientado a la eficacia: para él, las reformas pasaban menos por grandes discursos y más por diseñar organismos eficientes capaces de producir resultados.

Un socialista tardío: ingreso en el PSOE y primer recorrido político

A diferencia de otros dirigentes de la época, Juan Negrín no provenía del activismo político juvenil ni del sindicalismo de base. Su incorporación a la política fue relativamente tardía y atípica: ingresó en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1929, rondando los 37 años de edad. Lo hizo durante la Dictadura de Primo de Rivera, en la semiclandestinidad, apadrinado por el líder socialista Indalecio Prieto, con cuya facción centrista simpatizaba. Negrín llegaba al socialismo no desde el obrerismo sino desde la élite intelectual: un profesional de prestigio que, tras labrarse una carrera científica brillante, decide “bajarse al barro” de la política con la aspiración de aportar su capacidad técnica al servicio público. Como él mismo abandonó prácticamente sus labores investigadoras al afiliarse al PSOE, queda claro que asumió esa militancia con plena dedicación y un alto sentido de responsabilidad.

Con la llegada de la Segunda República en 1931, Negrín inició su trayectoria institucional como diputado. Fue elegido diputado a Cortes por su isla natal (Las Palmas de Gran Canaria) en las elecciones de junio de 1931, y revalidó el escaño en 1933 (ese bienio por Madrid capital) y de nuevo en febrero de 1936, otra vez por Las Palmas. En el Parlamento, Negrín encajó naturalmente en labores acordes con su perfil técnico. Destacó en temas económico-financieros: presidió la Comisión de Hacienda de las Cortes Constituyentes, donde participaba en complejos debates presupuestarios. También actuó como representante internacional de la República en foros como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Unión Interparlamentaria, reflejando su dominio de idiomas y contactos en Europa. Durante los gobiernos republicanos de 1931-1933, Negrín mantuvo un segundo plano relativamente discreto, centrado en estudiar problemas de abastecimiento, finanzas públicas, reformas sanitarias y educativas, es decir, áreas donde podía contribuir su experiencia gestora. Sus compañeros lo veían como un “político técnico”, más ocupado en la intendencia y la solución de problemas prácticos que en las luchas ideológicas. En esos años previos a la guerra, Negrín apoyó a Indalecio Prieto dentro del PSOE en pugnas internas frente al ala más izquierdista de Largo Caballero, alineándose con posturas socialdemócratas moderadas. Paradójicamente, el científico que había forjado su carrera entre laboratorios y aulas pasaba a ser valorado en política por su capacidad para entender balances, suministros y relaciones internacionales. Esta etapa configuró su imagen como un cerebro frío, capaz de traducir el lenguaje de la administración al de la acción política concreta.

1936: del laboratorio a la Hacienda de guerra (punto de inflexión)

El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 supuso un giro radical en la vida de Negrín, marcando el fin de su “primera etapa”. Con el país fracturado y en armas, el profesor y científico se transforma en hombre de Estado. En septiembre de 1936, el jefe de gobierno republicano Francisco Largo Caballero lo nombró ministro de Hacienda en un gabinete de urgencia para la guerra. Negrín, que hasta entonces no había gestionado más que laboratorios y comisiones parlamentarias, asumió la titánica tarea de sostener económicamente el esfuerzo bélico de la República. Desde el Ministerio de Hacienda se convirtió en el arquitecto financiero y logístico de un Estado asediado: organizó la economía de guerra, centralizó los suministros, creó estructuras para controlar precios y abastecimientos, y buscó desesperadamente recursos para comprar armamento y alimentos en el extranjerof.

El episodio más célebre y controvertido de aquella gestión fue el llamado “Oro de Moscú”. Bajo iniciativa de Negrín, y con aprobación confidencial del gobierno, en otoño de 1936 se procedió a trasladar casi tres cuartas partes de las reservas de oro del Banco de España fuera del alcance de los sublevados. En total se enviaron 510 toneladas de oro (el 72,6% de las reservas nacionales) a la Unión Soviética a finales de octubre de 1936, mientras otra parte del tesoro (unas 193 toneladas) se remitió a Francia (el llamado “Oro de París”). El objetivo de Negrín con esta arriesgada operación era doble: por un lado, poner el oro a salvo de caer en manos franquistas; por otro, utilizarlo para pagar las armas, municiones y víveres que urgían al ejército republicano. La decisión, mantenida en secreto en su momento, desató con el tiempo un intenso debate historiográfico y político. Durante la Guerra Fría, la propaganda franquista y anticomunista la usó como sinónimo de expolio y sumisión a Moscú. En décadas recientes, historiadores como Ángel Viñas o Enrique Moradiellos han defendido que el envío del oro fue, dadas las circunstancias, la única opción real para sostener la República ante la no-intervención de las democracias occidentales. Otros, como el anarquista Francisco Olaya, lo han considerado un error fatal que hipotecó la causa republicana. En cualquier caso, Negrín asumió la responsabilidad de esa medida extrema convencido de que sin recursos materiales, la resistencia sería imposible. Este momento marca simbólicamente el final de su primera etapa: el científico ilustrado da paso al estratega de la supervivencia nacional. A partir de 1937, ya como Presidente del Gobierno tras la dimisión de Largo Caballero, Negrín personificará la resistencia republicana “hasta el límite” –su lema “resistir es vencer” condensa esa determinación. Pero comprenderemos mejor al Negrín de la guerra si conocemos al Negrín anterior, el hombre formado entre matraces y bibliotecas.

Cierre: por qué importa esa primera etapa

El Negrín de la guerra no se entiende sin el Negrín científico que le precede. Sus años de formación y trabajo en la ciencia imprimieron en él hábitos y valores que luego trasladó directamente a la arena política. De su “primera vida” en laboratorios y aulas, Negrín aprendió al menos tres lecciones clave:

  • El culto al instrumento: sin medios ni instituciones adecuadas no hay resultados. Negrín veneraba los aparatos, las estructuras y los equipos de trabajo. Así como dotó a su laboratorio de herramientas modernas y personal preparado, como gobernante confió en organizar aparatos administrativos eficientes (ministerios, servicios de inteligencia, cadenas de mando) para lograr objetivos concretos. Creía firmemente que la política, al igual que la ciencia, requiere instrumentos operativos sólidos más que grandilocuencia.
  • La lógica del suministro: sin recursos, la moral es retórica. El fisiólogo sabía que un organismo vive de nutrientes; del mismo modo, un país en guerra vive de pertrechos. Negrín aplicó una mentalidad de intendencia: asegurar víveres, combustible, armamento y financiación era para él tan importante como las estrategias militares o los discursos. Esta idea, arraigada en su experiencia manejando presupuestos de laboratorio y buscando fondos para la JAE, lo convirtió en un gestor incansable de aprovisionamientos durante la contienda.
  • La mentalidad internacional: la ciencia que Negrín mamó en Europa era una empresa sin fronteras, y así entendió también la política de su tiempo. Habituado a leer en varios idiomas, a colaborar con colegas extranjeros y a moverse en congresos internacionales, concibió la causa de la República Española dentro de un marco global. Sabía que el destino de España estaba entrelazado con el de Europa. Por eso, como político, cultivó alianzas externas y confió en que la suerte de la República dependería de la evolución de la situación mundial (no en vano esperaba que el estallido de una guerra europea –que efectivamente llegaría en 1939– volteara a favor de España la correlación de fuerzas).

En conclusión, la primera etapa de Juan Negrín importa porque forjó el carácter y las competencias del hombre que luego, en medio del caos de la Guerra Civil, intentó aplicar un orden racional. Paradójicamente, Negrín fue capaz de impulsar la modernidad científica en un país atrasado, pero le tocó gobernar en el contexto más antimoderno imaginable: una guerra fratricida. Entre ambos mundos —el laboratorio y el frente— se dibuja la figura compleja de un canario que creyó que, incluso en el desorden y la tragedia, la realidad podía (y debía) organizarse. Su legado nos recuerda que la técnica y la inteligencia también cuentan en la política, y que tras los grandes acontecimientos históricos a menudo hay trayectorias personales llenas de conocimiento, rigor y visión de futuro. Juan Negrín López, en suma, fue el científico que el destino convirtió en gobernante, llevando la bata del investigador bajo el uniforme del estadista.

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