
Rosa Amor del Olmo
En una de las páginas más audaces de la literatura barroca, Sor Juana Inés de la Cruz convirtió el espacio doméstico al que se relegaba a las mujeres en un lugar de experimentación filosófica. Entre huevos, azúcar, aceite y almíbar descubrió que el conocimiento no pertenece en exclusiva a universidades, púlpitos o bibliotecas: pertenece a quien sabe mirar.
La escena es tan insólita que conserva intacta su capacidad de provocación: Aristóteles inclinado sobre unos fogones, observando unas costillas, comprobando la reacción de un huevo en el aceite y tomando notas mientras hierve el almíbar. No parece una imagen propia de la historia de la filosofía, y precisamente por eso Sor Juana Inés de la Cruz la imaginó. «Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito», afirmó con esa mezcla de cortesía, ironía y desafío que convierte la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz en uno de los textos intelectuales más extraordinarios de la lengua española.
La frase suele citarse como una ocurrencia ingeniosa, una pequeña rebelión de la monja sabia contra la misoginia de su tiempo. Pero encierra una teoría completa sobre el conocimiento. Sor Juana no se limita a sostener que las mujeres son capaces de pensar aunque estén destinadas a las labores domésticas. Su argumento es más radical: ciertas formas de conocimiento sólo pueden adquirirse mediante la experiencia concreta, la observación de la materia y el contacto con actividades que la cultura considerada superior había despreciado. Aristóteles habría escrito más no porque la cocina fuese una distracción agradable, sino porque su filosofía habría sido distinta y más rica si hubiese atendido a aquello que sucedía delante de sus ojos mientras se preparaba la comida.
La reflexión aparece en un momento decisivo de su vida. En 1690, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó la crítica teológica que Sor Juana había escrito contra un sermón del jesuita António Vieira. El texto apareció con el título de Carta Atenagórica y acompañado por una carta firmada bajo el seudónimo femenino de Sor Filotea de la Cruz. El obispo elogiaba el talento de la religiosa, pero le recomendaba apartarse de las letras profanas y dirigir su inteligencia hacia asuntos espirituales. Sor Juana respondió el 1 de marzo de 1691 mediante una extensa defensa autobiográfica de su vocación intelectual, de su derecho a estudiar y de la legitimidad de que una mujer interviniera en los debates de su tiempo.

La Respuesta no es una protesta frontal escrita desde una libertad inexistente. Sor Juana pertenecía a una estructura religiosa jerarquizada, había profesado votos de obediencia y se dirigía a un obispo que, aunque ocultara su identidad bajo un nombre femenino, conservaba toda la autoridad de su cargo. Por eso su escritura avanza mediante desplazamientos, reverencias y dobles sentidos. Aparenta disminuirse para poder hablar; se declara ignorante mientras despliega una cultura deslumbrante; agradece la corrección mientras demuestra que quien la corrige ha interpretado de forma interesada las Escrituras. La crítica ha explicado este procedimiento como una estrategia capaz de combinar la aceptación aparente del lugar asignado con la resistencia intelectual.
Desde niña, el conocimiento había sido para Juana Inés una forma de apetito. Cuenta que aprendió a leer a escondidas, siguiendo a una hermana mayor a la escuela; que rogó a su madre que la enviase a la Universidad de México vestida de hombre; que leyó cuanto encontró en la biblioteca de su abuelo; y que llegó a cortarse el cabello como castigo cuando no aprendía una materia en el plazo que se había impuesto. Entró en religión, entre otras razones, porque deseaba evitar el matrimonio y conservar la mayor libertad posible para estudiar. La vida conventual no eliminó las obligaciones ni los conflictos, pero le proporcionó una celda, libros, correspondencia intelectual y un espacio relativo de autonomía que difícilmente habría tenido como mujer casada.
Su saber no se reducía a la literatura o la teología. En la Respuesta enumera lógica, retórica, física, aritmética, geometría, arquitectura, historia, derecho, música y astronomía. No las concibe como disciplinas aisladas, sino como peldaños de una misma escalera. Para entender las Escrituras era necesario comprender sus números, sus figuras retóricas, sus edificios, sus referencias históricas, sus proporciones musicales y sus fenómenos naturales. Frente a la división entre ciencia sagrada y conocimiento profano que le proponía su interlocutor, Sor Juana defendió la continuidad de todos los saberes. Nada resultaba inútil para una inteligencia capaz de establecer relaciones.
Aquí entra la cocina. Sor Juana recuerda los «secretos naturales» que descubría mientras guisaba. Observó que el huevo se unía y endurecía al freírse en grasa, mientras se deshacía en el almíbar; que una pequeña cantidad de agua impregnada por una fruta ácida podía impedir que el azúcar cristalizara; y que la yema y la clara, procedentes de un mismo huevo, reaccionaban de manera diferente y no siempre podían utilizarse juntas. No ofrece recetas: describe comportamientos de la materia. Compara condiciones, registra transformaciones y extrae consecuencias.
Sería anacrónico convertirla sin más en una química moderna. Sor Juana pensaba dentro del horizonte intelectual del siglo XVII, dialogaba con Aristóteles, la escolástica, la teología y las ciencias de su época. Pero tampoco debemos reducir aquellas observaciones a una curiosidad doméstica. Su procedimiento posee una dimensión inequívocamente empírica: mira, compara, comprueba y se pregunta por qué una misma sustancia actúa de manera diferente según el medio en que se encuentra. La cocina es para ella una escuela de causalidad. Lo importante no es únicamente qué es una cosa, sino qué le ocurre al entrar en contacto con otra, bajo determinada temperatura y en unas condiciones precisas.
Esta atención a las relaciones resulta profundamente sorjuanina. Un huevo no posee una conducta única: se transforma de manera distinta en aceite y en azúcar. La yema y la clara proceden de una misma unidad, pero sus propiedades divergen. Una cantidad mínima de acidez modifica el comportamiento de todo un almíbar. La materia desmiente las categorías demasiado rígidas. Aquello que parecía idéntico revela diferencias internas; lo que parecía insignificante altera el conjunto. También la sociedad colonial pretendía que el sexo determinara de una vez y para siempre la capacidad intelectual de una persona. Sor Juana respondió, de modo semejante, que el talento no debía juzgarse por la envoltura, sino por sus operaciones.
La cocina se convierte así en una refutación material del prejuicio. Los hombres podían reservarse las universidades, las cátedras, las controversias públicas y los púlpitos. Las mujeres permanecían en las casas, los conventos y los espacios del trabajo cotidiano. La respuesta más previsible habría consistido en exigir que se permitiera a las mujeres abandonar la cocina para acceder a los lugares donde se producía el verdadero conocimiento. Sor Juana reclama ese acceso, pero realiza al mismo tiempo una operación más profunda: niega que el verdadero conocimiento se produzca únicamente fuera de la cocina.
La pregunta «¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina?» está construida como una falsa aceptación de la inferioridad. En apariencia, Sor Juana repite el tópico: las mujeres sólo entienden de tareas domésticas. Pero inmediatamente transforma la expresión despectiva en una categoría intelectual. Si en la cocina pueden estudiarse el calor, las mezclas, la consistencia, la acidez y la transformación de los cuerpos, entonces las llamadas «filosofías de cocina» son filosofía verdadera. El desprecio no estaba en el objeto, sino en la mirada de quienes habían decidido que una actividad desempeñada por mujeres carecía de dignidad teórica. La ironía sorjuanina devuelve la acusación a sus autores: quizá no sea la cocina la que posee poco pensamiento, sino la filosofía oficial la que ha observado demasiado poco.
La aparición de Aristóteles en la frase final lleva el argumento a su máxima intensidad. Sor Juana no elige a un sabio cualquiera, sino al filósofo que representaba durante siglos una de las autoridades fundamentales para comprender la naturaleza, la lógica y la organización del conocimiento. Tampoco lo rechaza. Había leído y utilizado categorías aristotélicas. Lo que hace es imaginar las limitaciones de un pensamiento que no pasó por determinadas experiencias. Aristóteles podía haber escrito más porque incluso el mayor de los filósofos ignoraba aquello que una mujer advertía al preparar la cena.
No se trata de afirmar que las mujeres poseen por naturaleza una forma de conocimiento diferente. La diferencia procede de la distribución social de las experiencias. Quien nunca cocina desconoce ciertos procesos no porque su sexo se lo impida, sino porque una organización jerárquica del trabajo lo ha mantenido lejos de ellos. Sor Juana muestra que toda teoría depende también de aquello que se ha tenido ocasión de observar. La exclusión de las mujeres no empobrece únicamente a las mujeres excluidas: empobrece el conocimiento común, porque deja fuera experiencias, preguntas y modos de relación con el mundo.
La cocina sorjuanina no debe idealizarse. No era necesariamente un lugar de libertad para las mujeres que trabajaban en ella, muchas veces sometidas a obligaciones, jerarquías y labores agotadoras. Convertirla retrospectivamente en un espacio emancipador borraría esa realidad. La fuerza de Sor Juana reside precisamente en que no necesita fingir que el encierro es libertad. Hace algo más difícil: utiliza el lugar limitado que le han asignado para demostrar la arbitrariedad de los límites. No afirma que las mujeres deban permanecer entre fogones porque allí también pueden pensar; demuestra que ni siquiera entre fogones es posible impedirles pensar.
La relación entre cocina y escritura va aún más lejos. Cocinar consiste en transformar materiales mediante una forma, un orden y una proporción. Los ingredientes no se yuxtaponen sin más: deben combinarse de acuerdo con sus propiedades, en una secuencia determinada y con una medida adecuada. Algo semejante ocurre en la poesía barroca de Sor Juana. Su escritura reúne teología, mitología, música, ciencia, experiencia personal e ironía; modifica esos materiales y produce con ellos una estructura nueva. Diversos estudios han señalado la fecundidad de las analogías entre composición culinaria y creación poética en su obra.
El buen sazón, como el buen poema, no depende únicamente de reunir elementos valiosos. Exige conocer qué puede unirse, qué debe permanecer separado, cuánto tiempo necesita cada transformación y qué mínima variación puede arruinar o perfeccionar el resultado. El poeta, como quien cocina, trabaja con sustancias heredadas: palabras ya utilizadas, ritmos, mitos, doctrinas y géneros. Su originalidad consiste en alterar las proporciones y conseguir que lo conocido produzca un efecto imprevisto. Sor Juana practicó esta operación con extraordinaria conciencia. Recibió la tradición culta europea y la hizo responder a una inteligencia nacida en la Nueva España, situada en un cuerpo femenino y obligada a negociar constantemente con el poder.
La cocina es también el reverso terrestre de Primero sueño, el gran poema en el que la inteligencia intenta abarcar el universo. En él, el entendimiento asciende, contempla la inmensidad de lo existente y termina reconociendo los límites de su capacidad. En la Respuesta, por el contrario, la mente desciende hacia los objetos más próximos: el huevo, el azúcar, la manteca, el agua de una fruta. Ambas direcciones pertenecen a un mismo impulso. Sor Juana quiere comprender tanto la arquitectura del cosmos como la transformación de una sustancia humilde. La totalidad puede buscarse en el cielo, pero también en una cazuela.
Esa continuidad entre lo sublime y lo cotidiano desmonta otra jerarquía. El pensamiento no comienza solamente ante los grandes misterios. Puede nacer de una dificultad práctica, una contradicción pequeña o un cambio de textura. La mirada filosófica no depende de la nobleza previa del objeto, sino de la intensidad de la pregunta. Esta es una de las razones por las que Sor Juana continúa siendo moderna: no porque anticipase exactamente nuestras ciencias, sino porque comprendió que el conocimiento puede surgir allí donde una persona se niega a pasar distraída.
Su defensa de las mujeres no termina en la reivindicación individual. En la Respuesta construye una genealogía de mujeres sabias: recuerda figuras bíblicas, sibilas, reinas, filósofas, escritoras, maestras y santas. Menciona a Minerva, Aspasia, Hipatia y muchas otras para probar que la inteligencia femenina no constituye una excepción monstruosa, sino una tradición deliberadamente olvidada. Después imagina una organización concreta de la enseñanza: mujeres mayores y cultas que eduquen a las jóvenes, transmitiendo el conocimiento de unas a otras. Lamenta que, por falta de «ancianas doctas», muchas niñas sean condenadas a la ignorancia o dependan necesariamente de maestros varones.
La propuesta resulta extraordinaria porque no pide simplemente que se tolere a alguna mujer excepcional. Reclama una cadena de transmisión. Una mujer que aprende puede enseñar a otra; la discípula podrá convertirse a su vez en maestra. El saber femenino dejaría así de depender del permiso ocasional de un padre, un confesor, un obispo o un protector. Sor Juana imagina una comunidad intelectual capaz de reproducirse. La cocina, donde las labores y las recetas pasaban tradicionalmente de unas mujeres a otras, ofrece de nuevo el modelo de una enseñanza que podía extenderse también a la lectura, la escritura y las ciencias.
No hace falta adjudicarle sin matices una identidad feminista contemporánea para reconocer el alcance de esta intervención. Sor Juana argumenta dentro de las categorías religiosas y sociales de su tiempo; acepta algunas limitaciones que hoy consideraríamos inadmisibles y reserva ciertas actividades a mujeres virtuosas y especialmente capacitadas. Pero el núcleo de su razonamiento es inequívoco: el sexo no garantiza la inteligencia masculina ni invalida la femenina. Hay hombres que, por el mero hecho de serlo, se creen sabios sin serlo, y mujeres capaces de estudiar, escribir y enseñar con autoridad.
La actualidad de sus «filosofías de cocina» reside también en que todavía jerarquizamos los saberes según el lugar y la persona que los produce. Concedemos mayor prestigio al conocimiento expresado en una institución que al aprendido mediante la experiencia; a la teoría que al cuidado; al laboratorio oficial que al trabajo doméstico; al tratado firmado que a la práctica transmitida sin nombre. Muchas actividades imprescindibles han sido consideradas menores porque las realizaban mujeres, criadas, cocineras, cuidadoras o comunidades alejadas de las instituciones académicas. Sor Juana nos obliga a preguntar cuántos conocimientos han quedado fuera de la historia porque quienes los poseían no podían publicarlos, firmarlos o presentarlos ante un tribunal autorizado.
Su frase sobre Aristóteles no pretende expulsar al filósofo de la biblioteca, sino llevarlo a la cocina. No busca reemplazar una autoridad masculina por una superioridad femenina, sino ampliar la experiencia desde la que se piensa. El verdadero saber, parece decirnos, necesita libros y cuerpos, abstracción y materia, tradición y observación. Necesita cátedras, pero también fogones.
Quizá por eso la imagen conserva tanta fuerza. Aristóteles guisando no es una broma contra la filosofía, sino una invitación a completarla. Sor Juana sabía que la inteligencia no deja de actuar cuando se cierra un libro. Continúa ante una llama, en la resistencia del azúcar, en la separación de una clara, en el cambio producido por una gota de agua ácida. Allí donde otros veían una tarea rutinaria de mujeres, ella descubrió preguntas sobre la naturaleza.
No pudo entrar en la Universidad vestida de hombre, como había deseado de niña. Hizo algo más duradero: convirtió su celda, sus lecturas, el sueño y hasta la cocina en una universidad sin puertas. Y desde aquel espacio que debía limitarla formuló una de las objeciones más brillantes a la historia oficial del conocimiento: tal vez los grandes sabios habrían sabido todavía más si hubiesen participado en las experiencias que dejaron en manos de las mujeres.
Bibliografía básica
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Perelmuter, Rosa, Los límites de la femineidad en Sor Juana Inés de la Cruz: estrategias retóricas y recepción literaria, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2004.

























