
Observatorio Galdós-Negrín
La publicación de «El clericalismo» en El Pueblo, el 11 de abril de 1901, pertenece a uno de esos momentos en que la palabra de Galdós desborda los límites de la literatura y entra de lleno en la contienda pública. Desde el estreno de Electra en el Teatro Español de Madrid, el 30 de enero, el escritor había quedado situado en el centro de una controversia que enlazaba teatro, religión y política. La discusión sobre el drama se prolongaba en los periódicos y en los actos públicos: sus interpretaciones enfrentadas convertían la obra en una ocasión para debatir la autoridad eclesiástica y la libertad de conciencia.
Conviene establecer, sin embargo, la naturaleza del texto que aquí se reproduce. «El clericalismo» no constituye una colaboración autónoma cuya primera publicación corresponda al diario valenciano. Su breve presentación editorial lo identifica como fragmento de «La España de hoy», escrito para la Neue Freie Presse de Viena. La versión alemana apareció el 7 de abril de 1901 con el título «Die Krankheit Spaniens»; el texto español se publicó en el Heraldo de Madrid el día 9. Dos días después, El Pueblo seleccionaba este pasaje y lo ofrecía con un encabezamiento que concentraba la atención del lector en su argumento político y religioso. La secuencia permite apreciar la rápida circulación internacional y nacional de una intervención galdosiana.
En Valencia, la reproducción adquiría una resonancia particular. Como ha documentado Emilio Sales Dasí, el arzobispo había fechado el 9 de abril una circular que prohibía a los católicos la lectura de El Pueblo. No cabe deducir de esa coincidencia que el fragmento fuese seleccionado expresamente como respuesta; sí permite situarlo en un conflicto inmediato entre autoridad religiosa y prensa republicana. En aquella misma primera página figuraba también «El lujo», de Vicente Blasco Ibáñez. La proximidad material de ambos textos resulta significativa para estudiar el espacio periodístico compartido por los dos escritores.
La correspondencia con Joaquín Costa aporta otra clave. El 28 de marzo de 1901, mientras preparaba el artículo destinado a Viena, Galdós reconocía que algunas ideas del estudio de Costa sobre el caciquismo le habían servido para su trabajo sobre el clericalismo. Esta declaración invita a leer el escrito más allá de una polémica exclusivamente religiosa: en su elaboración confluyen la crítica de la influencia eclesiástica y la reflexión sobre las deficiencias de la vida política española. La dificultad del asunto, que el propio Galdós confesaba en aquella carta, desaconseja reducir el artículo a una reacción apresurada ante el éxito de Electra.

El fragmento desarrolla su argumento mediante una interpretación combativa del siglo XIX. Desde los antecedentes del absolutismo hasta las guerras carlistas, Galdós examina la persistencia de un poder que considera insuficientemente desarmado por las victorias liberales. Su juicio no debe confundirse con una exposición historiográfica neutral: selecciona acontecimientos, distribuye responsabilidades y los incorpora a una acusación política. Pero tampoco se limita a glorificar uno de los bandos. La condena de Fernando VII y de don Carlos contrasta con el reconocimiento de la grandeza, las virtudes y el heroísmo de los pueblos que combatieron por ambos ideales. La dignidad de los sacrificados no garantiza, para Galdós, la legitimidad moral de quienes exigieron su sacrificio.
La palabra decisiva es «sofocada». Una guerra puede darse por terminada sin que desaparezcan las condiciones que permitirán su repetición. Sobre esa diferencia entre la derrota militar y la continuidad del poder se construye el núcleo del artículo. El liberalismo habría cometido el error de conformarse con convenios y victorias parciales, dejando intacta la influencia del aliado eclesiástico del carlismo. De ahí la transformación del razonamiento histórico en una escena fantástica: el enemigo vencido vuelve a levantarse porque un encantador reúne sus miembros y le administra el bálsamo de Fierabrás. La referencia cervantina no desempeña una función ornamental. Hace visible, mediante una imagen de resurrección grotesca, la supervivencia política que Galdós denuncia.

La violencia de las metáforas no debe atenuarse. El texto habla de abrir en canal al monstruo y de romper la cabeza del nigromante; su lenguaje participa de una retórica de combate. Ahora bien, el propio desarrollo del pasaje traslada la acción reclamada al terreno de las leyes y a la subordinación del clero al poder civil. Tampoco es prescindible la salvedad «sin ofensa del dogma religioso ni de las creencias». Dentro de esta argumentación, el blanco del ataque es la intervención política de una autoridad religiosa que, a juicio del escritor, incumple su ministerio cristiano al sostener la discordia. Esa distinción pertenece al texto y debe preservarse frente a las lecturas que lo conviertan en una impugnación indiferenciada de toda experiencia religiosa.
Reeditar estas columnas permite, por tanto, atender simultáneamente a su pensamiento y a su forma. El historiador del conflicto, el polemista y el novelista actúan aquí en una misma voz: las guerras civiles se interpretan como herencia no resuelta, la crítica política se convierte en narración y el imaginario literario da cuerpo a un diagnóstico del presente. No se ofrece un inédito, sino un testimonio periodístico cuya lectura devuelve al texto su lugar de intervención. En El Pueblo, la pregunta galdosiana adquiere una urgencia concreta: qué valor tiene haber derrotado al absolutismo si no se han deshecho los mecanismos que le permiten regresar.
El clericalismo
Benito Pérez Galdós
El Pueblo. Diario republicano de Valencia, 11 de abril de 1901, p. 1, cols. 1–2.
Nota de edición. Se reproduce íntegramente la pieza aparecida en El Pueblo, que constituye un fragmento de un artículo más extenso. Se actualiza la acentuación y se eliminan los guiones impuestos por los finales de línea, conservando el léxico y la distribución de los párrafos. La presentación de la redacción se distingue del texto firmado por Galdós. Para la lectura se han utilizado el facsímil de BIVALDI y las reproducciones ampliadas publicadas por Emilio Sales Dasí.
Presentación de la redacción de El Pueblo
Fragmento del notable artículo de Pérez Galdós, «La España de hoy», publicado en la «Nueva Prensa Libre» de Viena:
Texto de Galdós

Debo consignar los caracteres singulares del ultramontanismo español, para que se comprenda mejor su poder y la enormidad de los esfuerzos que habrá que emplear contra tal enemigo. Fuerte es, principalmente en España, el brazo clerical, por su carácter histórico, y acerca de esto conviene recordar fechas y sucesos del pasado siglo. Aunque los orígenes del absolutismo con bandera religiosa deban ser buscados en la política de los primeros soberanos de la Casa de Austria y en las guerras promovidas por estos contra la Reforma y la Herejía, hasta el primer tercio del siglo XIX no aparece el formidable partido con organización militar y política, disputando el solio español a la hija de Fernando VII.
La espantosa guerra dinástica entre las dos legitimidades desde 1833 hasta 1840, fue de las más encarnizadas y sangrientas. Unos y otros desgarraron cruelmente la nación y la hicieron trizas. No pueden ser leídas sin horror las páginas de aquella trágica historia, que nos ofrece el sacrificio de una raza ante ideales que no merecían tan grande holocausto y ante personas que no valían, ni con mucho, la sangre derramada. No menos odioso que su hermano, D. Carlos no supo implantar con la guerra un absolutismo práctico, como tampoco Fernando establecerlo en la paz. Fueron cada cual en su esfera y en su tiempo dos seres de siniestra memoria, que parecían instrumento de las iras celestiales, algo como ejecutores de una divina venganza contra nuestro desgraciado país. Creyérase que España, dejada de la mano del verdadero Dios, caía en poder de deidades maléficas, infernales. En los pueblos que por uno y otro ideal combatieron, hubo grandeza, virtudes, heroísmo. En los que personificaron la contienda no se ve más que orgullo, fanatismo, sequedad de corazón y una incapacidad absoluta para regir soldados y pueblos. Durante el reinado de Isabel, el carlismo repitió su tentativa, pretendiendo ser el único representante de la verdad religiosa, y una nueva guerra organizada ensangrentó los días del período revolucionario, del reinado de D. Amadeo de Saboya y de la Restauración, hasta que fue sofocada por el joven rey Alfonso XII.
Digo que fue sofocada, porque el carlismo no ha sido nunca destruido de un modo eficaz, y este es el error del país liberal en todo el siglo precedente, pues siempre puso fin a las campañas facciosas por medio de esfuerzos parciales y por convenios, arreglos y componendas. Lleva siempre la causa carlista tras sí a un poderoso encantador, el fanatismo eclesiástico, el cual no le abandona en sus caídas ni en sus más desastrosos vencimientos; va de continuo en pos de él, y si le encuentra roto en dos pedazos, le recoge cuidadosamente, uniendo las partes separadas; le da a beber el bálsamo de Fierabrás, y ya está el hombre resucitado y dispuesto a batallar de nuevo.
No debió la Libertad contentarse con abrir en canal al monstruo; debió cerrar inmediatamente contra el nigromántico portador de la alcuza del bálsamo y romper esta en la cabeza del mismo, siguiendo luego sus golpes hasta romper también la cabeza con los restos de la alcuza. Debió el país liberal no contentarse con la victoria, mejor o peor amañada en el campo de batalla, sino continuarla en el terreno de las leyes, atando corto al amigo y aliado del faccioso que, faltando a su ministerio cristiano, ha mantenido en tiempo de paz el fuego de la guerra, mal tapado con la legalidad; debió el país liberal, sin ofensa del dogma religioso ni de las creencias, sujetar al clero, meterle en sus iglesias y en su disciplina, obligándole para siempre al respeto del Poder civil.
Las debilidades del liberalismo, motivadas en un excesivo temor a la autoridad romana, las estamos pagando ahora, y henos en pleno siglo XX con el mal en aterrador aumento, la muchedumbre eclesiástica cada día más dominadora y absorbente, el carlismo amenazando con nuevas tentativas. ¡Triste situación la de España por no decidirse a poner mano varonil en este conflicto, afrontando las amenazas del absolutismo con el firme propósito de tenerlo a raya, que medios le sobran para ello, y de enterrar definitivamente ese espantable muerto en forma tal que sea su resurrección imposible!
B. Pérez Galdós.
Referencias para acompañar la reedición
Fuente hemerográfica: Pérez Galdós, Benito. «El clericalismo» [fragmento de «La España de hoy»]. El Pueblo. Diario republicano de Valencia, 11 de abril de 1901, p. 1, cols. 1–2. Ejemplar digitalizado en BIVALDI, Biblioteca Valenciana Digital.
Historia del texto y correspondencia: Blanquat, Josette. «Au temps d’“Electra” (documents galdosiens)». Bulletin Hispanique, 68, núms. 3–4, 1966, pp. 253–308; y Cheyne, G. J. G. «From Galdós to Costa in 1901». Anales Galdosianos, III, 1968, pp. 95–98.
Contexto valenciano y reproducción de las columnas: Sales Dasí, Emilio. «Galdós en el horizonte epistolar de Blasco Ibáñez (I)» y «Galdós en el horizonte epistolar de Blasco Ibáñez (y II)». Entreletras, 16 y 20 de junio de 2020. Estos trabajos ya señalaron la presencia del fragmento en El Pueblo y deben reconocerse en la nota de procedencia de la reedición.

























