Un Galdós inesperado: naturaleza, sport y regeneración en «El campo»

Rosa Amor del Olmo y José Luis Fraguas Amor

Introducción

Entre los textos de Benito Pérez Galdós que han quedado fuera del itinerario habitual de lectura ocupa un lugar singular «El campo», publicado en Madrid el 1 de diciembre de 1876, en el primer número de la revista El Campo. Agricultura, Jardinería y Sport. Firmado sencillamente «B. Pérez Galdós», el artículo abría una publicación que aspiraba a difundir conocimientos sobre agricultura, jardinería, caza, pesca, cría de animales, construcciones rurales y ejercicios al aire libre. No se trata, por tanto, de un texto inédito, sino de una pieza poco frecuentada del periodismo galdosiano, apenas incorporada a la imagen canónica del novelista y merecedora de una nueva lectura.

El título puede inducir a pensar en una divagación paisajística o en una defensa sentimental de la vida rural. Nada más lejos de la verdadera intención del escritor. Galdós no contempla el campo como refugio bucólico ni como escenario apartado de la historia. Lo considera una cuestión económica, educativa, higiénica y moral; un espacio en el que España puede ensayar nuevas formas de actividad y corregir algunos de los hábitos que dificultan su modernización. El artículo comienza, de hecho, lejos de huertos y jardines: comienza con una reflexión sobre el carácter nacional, la inestabilidad política, el pesimismo colectivo y la arraigada tendencia de los españoles a desacreditarse a sí mismos.

Galdós rechaza la caricatura de una España incapacitada para el trabajo productivo, condenada a los discursos brillantes, las aventuras imposibles, la empleomanía, la improvisación y las disputas políticas. No niega la existencia de viejos defectos, pero se resiste a interpretarlos como una fatalidad racial. Frente a quienes presentan el carácter español como una esencia inmutable, sostiene que el carácter puede modificarse, que las ideas circulan de un país a otro y que el saber moderno penetra incluso en las regiones más apartadas, despierta nuevas aptitudes, transforma las costumbres y arranca preocupaciones antiguas. La regeneración, por tanto, no depende de un milagro, sino de la educación, del conocimiento y de la creación de nuevas prácticas sociales.

Esta confianza resulta especialmente significativa en un texto de 1876. Más de veinte años antes de que la crisis de 1898 convirtiera la regeneración de España en uno de los grandes asuntos del debate intelectual, Galdós emplea ya la expresión «regeneración completa» y la relaciona con el abandono de las controversias estériles, el desarrollo de la agricultura, la implantación de industrias y la orientación de la inteligencia hacia las llamadas «artes útiles». No conviene convertir por ello al novelista en regeneracionista antes del regeneracionismo ni atribuirle retrospectivamente un programa político que todavía no existía como tal. Sí puede afirmarse que el artículo adelanta algunas de las preocupaciones que recorrerán la reflexión española de finales de siglo: la distancia entre retórica y acción, la necesidad de aumentar la riqueza productiva, el atraso técnico, la educación práctica y la transformación de las costumbres.

Uno de los conceptos más sugerentes del texto es el que Galdós denomina «programa del reposo». La expresión no equivale a pasividad ni a resignación. Después de años de discordias, revoluciones y guerras, el reposo aparece como la estabilidad necesaria para que la sociedad abandone la agitación improductiva y pueda dirigir sus energías hacia el trabajo. El escritor contrapone así dos formas de actividad: la que se consume en discursos, intrigas y enfrentamientos, y la que deja frutos duraderos en la agricultura, la industria, la educación y la mejora material del territorio. El campo se convierte en el lugar simbólico y real donde esa segunda actividad puede desarrollarse.

Pero Galdós añade algo que desborda el discurso estrictamente económico. La agricultura es fundamental, «madre de todas las riquezas y de todos los progresos», aunque por sí sola no basta. Junto al trabajo productivo debe desarrollarse una relación nueva con la naturaleza, vinculada al descanso activo, al ejercicio corporal y a la reparación del desgaste causado por la vida urbana. Para nombrar esa esfera de actividades recurre a una palabra inglesa todavía necesitada de explicación: sport. La define como un conjunto de ejercicios nobles y ocupaciones entretenidas practicadas fuera de la ciudad, capaces de restaurar el cuerpo y ensanchar el espíritu.

Este uso temprano de sport tiene un interés que supera la curiosidad léxica. Galdós no entiende el deporte únicamente como competición ni como espectáculo, sino como una cultura del aire libre. Cazar, pescar, caminar, cuidar animales, cultivar plantas o trabajar en un pequeño huerto aparecen integrados en una misma pedagogía de la actividad. El descanso verdadero no consiste en la absoluta inacción, sino en variar de ocupación y recuperar, mediante el contacto con la naturaleza, el equilibrio perdido en el «comercio social». El campo adquiere de este modo una función higiénica y también moral: respirar aire libre, ejercitar el cuerpo y medir las fuerzas humanas con las de la naturaleza predispondría, según Galdós, a los buenos pensamientos e incluso a las buenas acciones.

El texto conserva, al mismo tiempo, los prejuicios sociales de su época. Galdós señala que los placeres campestres y las excursiones venatorias habían sido patrimonio casi exclusivo de aristócratas y propietarios de cotos y fincas; reprocha a la clase media su apego al laberinto urbano y juzga con extrema dureza las diversiones dominicales del pueblo. Su referencia a las «soeces merendonas y borracheras» responde a una mirada paternalista que identifica la educación popular con la disciplina de las costumbres. No conviene borrar ni suavizar este aspecto. El interés del artículo reside también en sus tensiones: propone extender los beneficios de la vida al aire libre más allá de las élites, pero lo hace desde una jerarquía moral y social característicamente decimonónica.

Tampoco estamos ante una condena absoluta de la ciudad ni ante una nostalgia por un mundo rural incontaminado. El campo descrito por Galdós presenta aridez, inseguridad, dificultades de acceso y atraso. No es un paraíso perdido, sino un territorio que necesita intervención. Y esa transformación, afirma, no brotará espontáneamente de las llanuras secas: debe partir de las ciudades, de quienes poseen conocimientos, medios económicos y capacidad de iniciativa. La crítica se dirige especialmente contra las clases acomodadas que pasan las horas discutiendo en los cafés sobre sucesos triviales mientras esperan que aparezcan por sí solos oasis, huertos, fuentes, granjas y praderas.

Madrid ocupa en esta reflexión un lugar central. Galdós describe una capital encerrada en su caserío antiguo e insalubre, pero observa también cómo sus habitantes comienzan a romper las tapias que separaban la villa del descampado y a levantar barriadas suburbanas con jardines, huertos y viviendas inundadas de luz. La escena tiene un valor casi urbanístico. Ciudad y campo no aparecen como realidades enemigas, sino como espacios que deben corregirse mutuamente: la ciudad aporta conocimientos, inversión y movimiento; el campo proporciona aire, ejercicio, productividad y una relación más saludable con el entorno. El ideal no consiste en abandonar Madrid, sino en abrirlo, sanearlo y hacer penetrar la naturaleza en su crecimiento.

En su parte final, «El campo» revela con claridad su carácter de artículo programático. Galdós enumera las materias de las que se ocupará la revista: desde la cría del caballo hasta el cuidado de los pájaros; desde la apicultura y la sericultura hasta el cultivo de plantas indígenas y exóticas; desde las herramientas agrícolas hasta las construcciones rurales, los parques, los jardines y las fincas de recreo. La publicación no pretende limitarse a España, sino establecer comparaciones con otros países, mostrar las materias en que el país se encuentra rezagado y señalar aquellas en las que puede alcanzar ventajas. Incluso anuncia un servicio de consultas para responder a las preguntas prácticas de sus lectores. El artículo no sólo reflexiona: diseña una comunidad de conocimiento y propone una prensa especializada capaz de intervenir en la realidad.

Algunos pasajes requieren hoy una lectura históricamente consciente. La referencia a las «posesiones ultramarinas» sitúa el texto dentro del horizonte colonial español de 1876. También el reparto implícito de funciones sociales, las alusiones a las clases populares y la identificación de determinadas prácticas con la moralidad pertenecen inequívocamente a su tiempo. Sería tan impropio convertir a Galdós en un ecologista contemporáneo como reducir el artículo a una rareza conservadora. Lo verdaderamente interesante es observar cómo conviven en estas páginas la confianza liberal en el progreso, el paternalismo social, la admiración por el saber moderno, la defensa del trabajo útil y una sensibilidad muy temprana hacia los efectos físicos y espirituales de la vida urbana.

La recuperación de «El campo» amplía, por último, nuestra visión del escritor. El gran novelista de Madrid aparece aquí pensando la ciudad desde sus límites y el campo desde las necesidades de la modernidad. El observador que convirtió las calles, los cafés, los comercios y las viviendas de la capital en materia narrativa comprende también que una nación no se transforma sólo mediante leyes y discursos. Se transforma modificando sus hábitos, difundiendo conocimientos, creando riqueza, educando el cuerpo y aprendiendo a relacionarse de otra manera con el territorio.

Leído casi siglo y medio después, el artículo conserva una sorprendente capacidad de interpelación. La saturación urbana, el valor del ejercicio al aire libre, la necesidad de cuidar el territorio, el desequilibrio entre actividad política y trabajo productivo o la persistencia del pesimismo nacional continúan siendo cuestiones reconocibles. Pero su importancia no depende de que adivinara nuestros problemas. Depende de que permite escuchar a un Galdós menos conocido: no sólo narrador y cronista, sino periodista que confía en la transformación de la sociedad y que, ante la tentación de declarar irremediables los males de España, responde con una idea sencilla y poderosa: el carácter, como el paisaje, puede modificarse.

Publicamos nuevamente «El campo» respetando su redacción y sus singularidades históricas. Su rescate devuelve a la obra periodística galdosiana una pieza reveladora y nos recuerda que, para Galdós, la regeneración nacional podía comenzar lejos de las grandes proclamas: en una caminata, un jardín, una escuela práctica, una pequeña industria o una tierra cultivada con inteligencia.

Referencia de la publicación original: Benito Pérez Galdós, «El campo», El Campo. Agricultura, Jardinería y Sport, Madrid, 1 de diciembre de 1876.

Leer ‘El campo’

El estado actual de la cultura en España y el innegable desarrollo del bienestar general, realizado paulatinamente a pesar de las discordias, guerras y calamidades de diverso género, han de llevar el pensamiento y las aficiones de los españoles por corrientes muy distintas de las que han traído hasta ahora. Es necesario reconocerlo así, cerrando los oídos a las declamaciones del criterio pesimista, que diariamente pregona la incapacidad absoluta de los españoles para otra cosa que para una infecunda agitación política que consume la vida sin fruto, y convierte en instrumentos de ruina cualidades preciosísimas del espíritu, como son la agudeza de ingenio, la elocuencia y la fantasía.

Maldita raza la nuestra si fuera verdad que no servimos más que para hacer bellos discursos y soñar imposibles aventuras; para imaginar ingeniosos medios que imposibiliten la acción de los Gobiernos y atacar con chistes las reputaciones; para cantar en prosa y verso las perfecciones del ideal pasado, y fomentar, con el desprecio a las artes útiles, la pobreza y la holgazanería. No: el observador imparcial no puede admitir en absoluto esta opinión. Hasta se puede asegurar que los españoles no son ni han sido nunca tan haraganes, tan soñadores, tan petulantes como han querido ellos mismos pintarse; hasta se podría admitir la idea de que el afán de los empleos no es tan general ni tan desaforado como decimos a todas horas para desacreditarnos a nosotros mismos. Y si la observación histórica nos muestra en cuadro alarmante nuestros tradicionales hábitos de mendigos, pretendientes, pedigüeños, aventureros en la guerra y en la paz, por el anhelo de conquistar países para dejarlos perder, y de hacer grandes fortunas brevemente y con poco trabajo; si esto resulta cierto como un axioma y claro como la luz del día, consiste, al decir de muchos, más que en una predestinación castiza, en la falta de fuentes de riqueza, en inconvenientes del suelo y del cielo, en mil obstáculos que no es de esta ocasión examinar, porque todo el mundo los sabe.

Puede afirmarse también que esos obstáculos son hijos del carácter: es verdad; pero también es evidente que el carácter se modifica y que las trasmigraciones de las ideas llevan a un país las que le hacen falta, llenando antiguos vacíos, arrancando preocupaciones, mudando costumbres, despertando aptitudes nuevas, todo por obra del prodigioso saber moderno, de ese gran conquistador, que en las partes más escondidas penetra y hasta las regiones más oscuras se abre paso con su luminosa espada.

Ahora bien: ¿se modifica el carácter, se aceptan aquí nuevas ideas, se despiertan disposiciones nuevas, se reconocen y abominan vicios antiguos? Indudablemente sí, aunque la obra va despacio, tan despacio que algunos no la ven. Es preciso estar ciego de espíritu para no ver en la sociedad española una aspiración ardiente a ensanchar la esfera de su actividad. Esto lo dicen los libros, la prensa, las costumbres, lo dice la misma política que en medio de sus agitaciones deja entrever el afán de llegar a la estabilidad, y en el fondo de las diversas aspiraciones que se disputan una fórmula, aparece claro y patente el gran programa de nuestros días, que es el programa del reposo.

Con un solo dato se comprueban estas aseveraciones, y es que durante un período de discordias y guerras haya prosperado, aunque en grado pequeño, la Agricultura, adoptando procedimientos nuevos; que hayan logrado aclimatarse y aún florecer pequeñas y grandes industrias, y finalmente, que sin paz y con bancarrota, con el hundimiento de muchos peculios particulares y el constante engrosar de los impuestos, haya aumentado la general riqueza.

La idea de que la atención nacional se fije en los trabajos del campo y en la Agricultura, madre de todas las riquezas y de todos los progresos, se ha generalizado de tal modo inspirando tantas argumentaciones y planes tan varios, que no ha podido menos de traducirse en hechos, en ensayos que un día serán fecundos, y en prolijas disposiciones oficiales, algunas de las cuales, si no todas, pueden ser provechosas. Para que nada falte, esta idea ha creado órganos exclusivos, y hoy son muchas las publicaciones que luchan por difundir el amor al trabajo agrícola, a las labores del campo, y a las ocupaciones más útiles y placenteras de la vida, enseñándolas científica y prácticamente. En nuestro sentir esto es mucho, es la parte principal en la grande obra de una regeneración completa; pero no basta.

Saliendo de nuestra rutinaria existencia urbana, llena de agitaciones estériles, hallamos una esfera de acción que se relaciona más con las costumbres que con la ciencia; que reúne todos los encantos de la vida de la naturaleza, sin exigir un molesto alejamiento de la sociedad y de sus agradables pasatiempos; que proporciona al hombre faenas deliciosas, sin las zozobras del trabajo obligatorio e inunda el ánimo de placentera dicha. Diríjese más al recreo que a la utilidad, sin renunciar a ésta, porque útil es el ejercicio corporal respirando los puros y libres aires del campo, y utilísima la expansión del espíritu que en presencia de la naturaleza, y midiendo con la de ésta su poderosa fuerza, se halla más dispuesto a los buenos pensamientos y aún a las buenas acciones. Esta esfera de acción, que no tiene en nuestro idioma voz peculiar que la caracterice, es lo que los ingleses llaman sport, un conjunto de nobles ejercicios y de ocupaciones entretenidas fuera de las ciudades, cuyo tumulto y agitación destruirían los organismos más robustos, si un instinto poderoso no impulsara al hombre a buscar en la naturaleza reparación cumplida a las fatigas que el comercio social ocasiona.

En España los placeres del campo y las excursiones venatorias han sido exclusivamente ocupación predilecta de los grandes señores y poseedores de cotos, fincas, granjas y casas de recreo; la clase media ha mostrado siempre poca afición a apartarse del laberinto de las ciudades, y el pueblo, ávido de descanso, incapaz de comprender que éste consiste principalmente en la variación de la actividad, ha buscado un solaz pasajero en las soeces merendonas y borracheras de los domingos, tan deplorables para el alma como para el cuerpo.

Para justificar tales costumbres, se dice que el campo en la mayor parte de las localidades de nuestro país es triste por su aridez, inseguro por la falta de policía rural, poco accesible a causa de las distancias, y antipático a causa de la silvestre rudeza de nuestros campesinos. Algo de esto pasa; pero aparte de que existen regiones deliciosas aún en el centro de una y otra Castilla, el campo no adquirirá los atractivos que se echan de menos en él mientras no parta de las egoístas ciudades el movimiento que ha de regenerarlo. Es necedad creer que de las vastas llanuras secas van a brotar espontáneamente oasis, vergeles, deliciosos huertos, fuentes cristalinas, granjas, sotos y praderas, mientras la gente que se llama superior y que posee entendimiento y riquezas charla en los cafés, febrilmente ocupada de un suceso trivial, de una personalidad insignificante, o del escándalo que está en moda.

Por fortuna, los progresos de la cultura, como indicamos al principio, han empezado a modificar las ideas en este punto, y con las ideas las costumbres. Madrid mismo, esta cabeza de la monarquía, que con serlo, más bien parece, por la soledad de su yermo campo, el último término de ella, ofrece un fenómeno singular: el vecindario, aburrido y sofocado dentro de su antiguo caserío insalubre, se echa fuera de él por diversos puntos, rompe las tapias que separaban la villa del desierto, y en su actividad febril, crea preciosos arrabales suburbanos, dotándolos de jardines, poblándolos de preciosas casas inundadas de luz. No sólo alza grandes palacios, sino también humildes moradas, a cuyo aumento y a la frondosidad de los improvisados huertos, deberá Madrid dentro de poco el tener casi en sus mismas calles barriadas que, como la de Monasterio, son una preciosa aldea.

El excesivo apego a la vida de las ciudades no existe ya: la afición a la vida campestre y a los nobles ejercicios y distracciones que proporciona el contacto inmediato de la naturaleza, aumenta de día en día. Para fomentarla, para dirigirla se ha creado este periódico.

Su esfera de acción será extensa; no se circunscribirá a los ejercicios puramente recreativos de la caza y la pesca, sino que abrazará todo lo relativo a aquella parte de la agricultura e industria agrícola que se relaciona con la actividad individual, y que, no siendo explotación en grande escala, ofrece encantos inefables al hombre estudioso y amante de la naturaleza. Se ocupará de la cría de animales útiles, desde los más poderosos, como el caballo, hasta los más delicados, como el pájaro, cuya presencia en muchos domicilios no es menos interesante que la de un individuo de la familia. No olvidará la maravillosa industria de la abeja que libremente vive en los campos, ni al laborioso gusano de seda que trabaja en las ciudades junto a los mismos talleres del hombre. Pondrá especial atención en el cultivo de toda clase de plantas de utilidad y recreo, comprendiendo las indígenas y las exóticas, todo cuanto florece, desde las hierbas más comunes hasta los delicados ejemplares de salón, que para vivir necesitan además del encierro, el cuidado de cariñosas manos. Asimismo se ocupará de esas preciosísimas aves cuya existencia está tan íntimamente asociada a la salud y a la existencia misma del hombre. Tampoco pondrá en olvido las armas, herramientas y utensilios de todas clases, cuyo manejo hacen necesario las diversas ocupaciones comprendidas en esfera tan amplia.

Las construcciones rurales, en especialidad las de fincas de recreo y aclimatación, con parques y jardines, serán objeto en EL CAMPO de preferente estudio. No hay palabras con que encarecer bastante las ventajas que logra un país como el nuestro con esta clase de adelantos, y qué conquista tan preciosa realiza cuando es creada y esmeradamente sostenida, lo que entre nosotros se llama una Posesión. Cada una de estas posesiones es en realidad para España un aumento de territorio. Se publicarán en estas columnas las descripciones de algunas que existen en Castilla y Andalucía, y que son dignas de especial examen por su belleza y los mil atractivos que ofrecen la variada flora en unas, en otras la caza abundante, los ricos productos y esmerado cultivo en casi todas.

No se consagra exclusivamente EL CAMPO a las cosas de España, porque su tarea no será fecunda sin un trabajo comparativo que ponga constantemente de manifiesto para su propio bien la inferioridad de nuestro país en ciertas materias, y que al mismo tiempo haga resaltar aquellas en que es o puede ser fácilmente superior. Ancho campo ofrece la Península toda con su variedad de comarcas, climas y costumbres; más ancho aún, extendiendo la esfera de estudio, como lo hará este periódico, a nuestras posesiones ultramarinas, allí donde la naturaleza es tan espléndida, y donde hay innumerables y preciosísimos asuntos, comprendidos dentro del programa que hemos expuesto.

Para que todo no sea disertar más o menos juiciosamente, y aspirando a que tengan todo el fruto posible sus trabajos, EL CAMPO procurará contestar a cuantas preguntas y consultas se le dirijan sobre asuntos referentes a las materias de que se ocupa.

Noble y fecunda puede ser la empresa que esta publicación acomete, incitándole a ello el estado de nuestro país, y la esperanza de que éste no ha de ser indiferente a la propaganda de un género de conocimientos, experiencias y hechos que reclamaban ha tiempo órgano apropiado a su importancia social. Creerá haber realizado gran parte de su destino si logra interesar a muchos esclarecidos ingenios que apartan con hastío los ojos de estériles contiendas y de las interminables disputas de la ambición.

B. Pérez Galdós.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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