La Biblioteca Obrera de Buenos Aires en los inicios del XX

Eduardo Montagut

Adolfo Posada publicó en el número del primero de septiembre de 1912 de la revista española Vida Socialista un artículo sobre el socialismo y la cultura en Argentina, dedicando mucha atención a la cuestión de las bibliotecas obreras, que queremos rescatar en este apunte.

Adolfo Posada (1860-1944), como bien sabemos, fue un fundamental jurista asturiano, sociólogo, escritor y uno de los principales regeneracionistas. En 1910, pensionado por la Junta para la Ampliación de Estudios, emprendió un viaje por los países del Cono Sur.

Para Posada el proletariado, especialmente el de Buenos Aires, tenía una fe ciega en el valor de la cultura, que era compartida por los “directores de la política socialista”.

En ese contexto, la obra de las bibliotecas, instaladas en la mayoría de los Centros socialistas, tenía su importancia. Posada había visitado algunas de estas bibliotecas socialistas y una “interesante biblioteca obrera”. El Partido Socialista tenía trece bibliotecas seccionales en la capital, con 12.460 libros, 732 folletos y 185 revistas según una estadística de 1901. En provincias se contaba con otras catorce bibliotecas, con 7.638 libros y 547 folletos, para la misma fecha.

La biblioteca más importante entre las de este tipo popular era la Biblioteca Obrera, de Buenos Aires. Se fundó en 1897, y estaba instalada en el piso alto de la Casa de las Sociedades Obreras de la calle de México. Posada recordaba la visita que había realizado a dicha biblioteca después el ataque que padecieron los Círculos obreros en la noche del 14 de mayo de 1910. Allí habló con el encargado, el Sr. Lanzola, que le informó de que, efectivamente, la biblioteca se había puesto en marcha el 2 de septiembre de 1897, utilizándose los elementos reunidos del entonces llamado Centro Socialista de Estudios. Sus socios habían resuelto en aquella fecha transformar el citado Centro en una institución que contribuyese al progreso intelectual de los trabajadores.

La Biblioteca se regía por unos estatutos, según los cuales tenía por objeto favorecer y contribuir a la ilustración de los trabajadores, para lo cual mantenía una sala de lectura y prestaba libros para ser leídos en el domicilio de los lectores, siempre y cuando cumpliesen con los requisitos que exigía el reglamento, y aceptasen las condiciones del mismo. El número de socios estaba entre cien y ciento cincuenta. En la sala de la Biblioteca la lectura era gratuita y el servicio funcionaba entre las ocho y las diez de la noche. El número de asistentes estaba entre tres y cuatro mil anuales.

La Biblioteca estuvo cerrada en 1904 y 1905 durante varios meses por la suspensión de garantías constitucionales. Por otra parte, los años 1908 y 1909 fueron de crisis económica, afectando mucho a los trabajadores, y provocando un descenso del número de lectores.

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