Ocho peñas bajo la sombra del Sol

Canarias corrige su himno para reconocer a La Graciosa y, pocos días después, las ocho islas se preparan para contemplar juntas el eclipse

Rosa Amor del Olmo

Canarias ha necesitado una ley para corregir un número y un eclipse para convertirlo en paisaje. El 7 de agosto, el Boletín Oficial del Estado publicó la reforma que sustituye en el himno autonómico las antiguas «siete peñas» por «ocho peñas». Cinco días después, el archipiélago levantará ocho Atalayas Cósmicas, una en cada isla, para contemplar cómo la Luna irá cubriendo el disco solar hasta alcanzar, en algunos puntos de Canarias, una ocultación del setenta y siete por ciento.

A veces la burocracia, sin proponérselo, compone poesía.

La coincidencia no altera el curso de los astros ni convierte una modificación legislativa en acontecimiento cósmico. Pero produce una imagen difícil de ignorar: ocho islas nombradas por fin en su canción común y ocho territorios reunidos bajo una misma sombra. En la plaza del Puerto de Caleta de Sebo, La Graciosa estará donde durante demasiado tiempo no estuvo: contada, nombrada y situada en el mismo plano simbólico que las demás.

Conviene precisar las fechas porque también en ellas se esconde una pequeña historia. La modificación fue aprobada por unanimidad por el Parlamento de Canarias el 26 de mayo de 2026, se publicó al día siguiente en el Boletín Oficial de Canarias y entró en vigor el 28 de mayo. Su aparición en el BOE el 7 de agosto no inaugura, por tanto, la vigencia de la ley, pero sí la incorpora al registro estatal justo cuando Canarias se dispone a mirar al cielo. La casualidad ha querido que el reconocimiento escrito de la octava isla y la contemplación colectiva del eclipse aparezcan casi juntos ante la opinión pública.

Una palabra que modifica el mapa

Los territorios no existen solamente en la geografía. Existen también en las palabras con las que se los enumera, en las canciones que los representan, en los mapas escolares, en los discursos institucionales y en la memoria que una comunidad transmite de una generación a otra. Ser nombrado no resuelve los problemas materiales, pero no serlo produce una forma silenciosa de desaparición.

Durante años, Canarias continuó cantándose como un archipiélago repartido en siete peñas, incluso después de que la reforma del Estatuto de Autonomía de 2018 reconociera a La Graciosa como isla. La realidad jurídica había cambiado, pero la letra permanecía detenida en la antigua aritmética. La octava isla existía en el mar, en la vida de sus habitantes, en la mirada de quienes llegaban a Caleta de Sebo y en la conciencia de los canarios; sin embargo, seguía ausente de uno de los principales símbolos oficiales del archipiélago.

No se trataba de escribir un nuevo himno ni de abrir otra interminable guerra estética. Bastaba cambiar una palabra: siete por ocho. El tercer verso pasaba así de «Repartido en siete peñas» a «Repartido en ocho peñas». El resto de la letra, la melodía, la armonización y los usos institucionales permanecían intactos. La propia ley define la reforma como «estrictamente simbólica y técnico-jurídica». Y, sin embargo, pocas cosas son solamente simbólicas cuando afectan a la manera en que una sociedad se imagina a sí misma.

Los símbolos tienen una doble condición. Pueden parecer accesorios frente a la vivienda, el transporte, la sanidad, el empleo o las comunicaciones; pero también determinan quién aparece dentro del relato colectivo y quién queda condenado a sus márgenes. Una comunidad empieza a reconocer una injusticia cuando aprende a pronunciar correctamente el nombre de quien había dejado fuera.

El himno de Canarias tiene, además, una historia singular. En 2003 se escogió como base musical el Arrorró de los Cantos Canarios de Teobaldo Power y Lugo-Viña, una melodía hondamente arraigada en la memoria del archipiélago. No deja de resultar hermoso que una canción de cuna terminara convertida en emblema colectivo: Canarias no se representa mediante una marcha militar ni mediante un estrépito de victorias, sino a través de una música nacida para mecer, proteger y acompañar el sueño.

La letra tuvo una gestación más accidentada. El concurso público convocado para encontrarla fue declarado desierto y la Mesa del Parlamento encargó entonces una propuesta a Benito Cabrera. El texto fue aceptado unánimemente por la Mesa y por los portavoces de los grupos parlamentarios. Así nació esa combinación de almendro, volcán, salitre, lava, historia, futuro y esperanza que desde entonces intenta condensar en unos pocos versos la identidad de un territorio mucho más complejo de lo que permite cualquier canción oficial.

Veintitrés años después, la corrección de una sola palabra ha obligado a mirar de nuevo la letra. Y quizá eso sea lo mejor que puede sucederle a un símbolo: que deje de repetirse mecánicamente y vuelva a ser escuchado. Al cambiar siete por ocho no se modifica únicamente una cifra. Se reconoce que la identidad no permanece inmóvil, que los emblemas también deben responder a la realidad y que ninguna tradición merece conservarse intacta cuando su inercia excluye a una parte del territorio que pretende representar.

La Graciosa es una isla de pequeñas dimensiones, pero su ausencia en el himno era enorme. Porque las omisiones no se miden por kilómetros cuadrados. A veces un lugar reducido revela mejor que ningún otro las contradicciones de una comunidad. Durante décadas estuvo ahí, perfectamente visible frente al norte de Lanzarote, y al mismo tiempo fue tratada como si su existencia necesitara una nota aclaratoria.

Ahora entra en la canción. Entra mediante una palabra mínima y decisiva. No altera la música, pero cambia el sujeto que la canta.

El eclipse que también podrá escucharse

El 12 de agosto, pocos días después de la publicación estatal de la reforma, Canarias vivirá otro ejercicio colectivo de reconocimiento, esta vez dirigido hacia el cielo. El eclipse será parcial en el archipiélago, aunque la ocultación del Sol podrá alcanzar el setenta y siete por ciento. Para seguirlo, el Gobierno de Canarias y el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología han organizado ocho Atalayas Cósmicas, distribuidas deliberadamente por las ocho islas.

Los puntos de observación se situarán en la plaza del Puerto de Caleta de Sebo, en La Graciosa; el paseo marítimo de La Santa, en Lanzarote; el castillo de El Tostón, en Fuerteventura; Tejeda, en Gran Canaria; Playa de San Juan, en Tenerife; Valle Gran Rey, en La Gomera; Tazacorte, en La Palma, y La Maceta, en El Hierro. Habrá divulgadores científicos, actividades explicativas y gafas homologadas para contemplar el fenómeno sin poner en riesgo la vista.

La distribución importa. No se ha colocado una gran atalaya central a la que las demás islas deban mirar desde lejos. Se han dispuesto ocho puntos, uno por territorio. La ciencia adopta así, quizá sin pretenderlo, una forma política: no existe un único centro autorizado para contemplar el universo. Cada isla tendrá su lugar frente al Sol.

En Caleta de Sebo, la escena poseerá una intensidad especial. Mientras la luz disminuya sobre el puerto, La Graciosa podrá contemplar un fenómeno común desde su propia atalaya y bajo el nuevo verso que ya la incluye. Durante unos minutos, la octava peña no será un añadido administrativo ni una explicación entre paréntesis. Será uno de los ocho lugares desde los que Canarias se asoma al cosmos.

Pero la dimensión más hermosa del proyecto no se encuentra únicamente en la geografía. El eclipse también podrá escucharse.

La colaboración entre la ONCE, el Museo Elder y el proyecto Eclipse Inclusivo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas permitirá que las personas ciegas o con discapacidad visual sigan la evolución del fenómeno mediante dispositivos LightSound. Estos aparatos reciben la intensidad de la luz y la transforman en sonido. A medida que la Luna cubre el Sol y cambia la luminosidad, cambia también la señal sonora. La sombra deja de ser únicamente una imagen y se convierte en una experiencia audible.

El Instituto de Ciencias del Espacio del CSIC, con ayuda de personas voluntarias, ha construido alrededor de un centenar de estos dispositivos para prestarlos gratuitamente a organizadores de actos de observación. El proyecto no se limita a la discapacidad visual: busca una experiencia multisensorial capaz de incorporar también a personas con discapacidad auditiva, colectivos vulnerables y personas refugiadas.

Hay algo profundamente civilizado en esa decisión. La ciencia solo es verdaderamente pública cuando nadie queda excluido de ella. No basta con anunciar que un acontecimiento pertenece a todos si se organiza de manera que algunos ciudadanos únicamente puedan asistir como espectadores de la emoción ajena. La inclusión comienza cuando se modifica la experiencia para que cada persona pueda vivirla con sus propios sentidos.

El eclipse audible contiene, además, una lección que va más allá de la accesibilidad. Nos recuerda que ver no es la única manera de conocer. El universo también se escucha, se calcula, se mide, se narra y se siente. La oscuridad puede traducirse en sonido; una variación luminosa puede convertirse en frecuencia; la ciencia puede encontrar un lenguaje distinto cuando el lenguaje habitual deja a alguien fuera.

Canarias posee una relación histórica con la astronomía que no necesita ser inventada para la ocasión. El eclipse total de 1959, visible desde territorio español únicamente en las islas, atrajo a científicos de diferentes países y contribuyó a impulsar la creación de un observatorio permanente en Tenerife. El Observatorio del Teide fue inaugurado en 1970 y, cinco años después, se fundó el Instituto de Astrofísica de Canarias mediante un acuerdo entre la Universidad de La Laguna, el CSIC y la entonces Mancomunidad Interinsular de Cabildos de la provincia de Santa Cruz de Tenerife.

Por eso el eclipse de 2026 no llega a un territorio indiferente al cielo. Llega a unas islas cuya altura, limpieza atmosférica y tradición científica las han convertido en uno de los grandes lugares internacionales para la observación astronómica. Pero esta vez el verdadero avance no estará solamente en los telescopios. Estará también en una plaza, junto a un puerto, cuando alguien que no puede ver el oscurecimiento del Sol consiga escucharlo.

El símbolo y la deuda

Sería fácil dejarse arrastrar por la belleza de la coincidencia y terminar aquí, bajo una imagen perfecta de ocho islas unidas por la música, la ciencia y el cielo. Pero los buenos símbolos no deben servir para ocultar la realidad, sino para iluminarla.

La Graciosa ha entrado en el himno, aunque continúa agregada administrativamente a Lanzarote. La modificación legal no le concede una administración insular propia ni altera su situación institucional. La propia ley se ocupa de dejar claro que la reforma no modifica el escudo, la bandera ni la organización territorial. Corrige el símbolo, no la desigualdad material que pueda existir detrás de él.

Eso no resta valor a la reforma. Simplemente impide convertirla en coartada.

Nombrar es importante, pero no suficiente. Ser contado debe significar también ser atendido. Una isla no puede quedar plenamente incorporada al imaginario colectivo y continuar relegada cuando se deciden los servicios, las inversiones, la conectividad, la protección medioambiental o las condiciones de vida de sus habitantes. La identidad no se demuestra únicamente durante los himnos ni en las fotografías del Día de Canarias. Se demuestra en los presupuestos, en los transportes y en la capacidad de garantizar que la distancia no se convierta en abandono.

Canarias conoce bien el peligro de las centralidades. Cada isla puede sentirse periferia respecto de otra; cada municipio puede verse desplazado frente a una capital; cada territorio menor puede comprobar que la palabra unidad se pronuncia con más facilidad de la que se practica. Por eso la corrección del himno debe entenderse como punto de partida y no como llegada. La octava peña ya está en el verso. Ahora debe estar también, sin subordinaciones ni olvidos, en todas las decisiones que afecten al futuro del archipiélago.

El eclipse ofrece una metáfora demasiado precisa para desperdiciarla. La sombra no preguntará qué isla tiene más población, cuál posee mayor peso electoral, cuál concentra las instituciones o cuál aparece con mayor tamaño en los mapas. La disminución de la luz alcanzará a todas. El cielo no reconoce capitales ni periferias. Desde cada atalaya, los asistentes contemplarán el mismo movimiento de la Luna, aunque el paisaje desde el que lo observen sea distinto.

Quizá eso sea un archipiélago: no la negación de las diferencias, sino la posibilidad de compartir algo sin dejar de ser distintos. Ocho tierras separadas por el mar y reunidas por una historia común; ocho formas de mirar el horizonte; ocho memorias que no deben disolverse en una identidad uniforme, sino aprender a convivir dentro de ella.

El himno dice que las islas «juntas soñarán». La frase resulta hermosa, pero contiene una exigencia. Soñar juntas no significa que unas hablen y las demás escuchen; tampoco que las menores sean recordadas únicamente cuando conviene completar una fotografía institucional. Significa construir una comunidad en la que ninguna isla sea tratada como una nota al pie y ningún ciudadano quede fuera del relato.

Durante unos minutos, el 12 de agosto, la misma sombra avanzará sobre el cielo de las ocho islas. En La Graciosa, Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro, miles de personas levantarán la vista. Otras escucharán cómo cambia la luz. Algunas explicarán el fenómeno a sus hijos. Muchas permanecerán en silencio, porque hay acontecimientos ante los que el lenguaje parece demasiado pequeño.

El Sol disminuirá para todas.

Y acaso entonces comprendamos que un archipiélago no es una colección de territorios separados por el mar, sino la obstinación de ocho tierras por reconocerse bajo una misma luz.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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