Galdós y ‘La fiera’, el texto

Rosa Amor del Olmo

España…por algo es patria de Guzmán el bueno, que dejó degollar a su hijo ante los muros de Tarifa. Algunas almas sentimentales dirán de fijo que el recurso es demasiado brutal; pero en presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio del corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, s no queremos arrojarnos todos a los puercos.

Ángel Ganivet, 1896.

La Fiera[1]

Drama en tres actos por Benito Pérez Galdós

Estrenóse en el Teatro de la Comedia la noche del 23 de Diciembre de 1896

Personajes Actores

Susana, Baronesa de Celia, sobrina del Marqués de Tremp                    Srta. Cobeña

Doña Monsa, Marquesa de Tremp                                                      Srta. Cancio

Doña Saturna, hermana del Marqués                                                   Sra. Fernández

Berenguer                                                                               Sr. Thuillier

Don Juan, hijo del Marqués de Tremp, jefe de realistas y Gobernador

de la plaza                                                                               Sr. Cuevas

San Valerio                                                                              Sr. Vallés

Fabricio                                                                                  Sr. Valentín

Donaire                                                                                  Sr. Balaguer

El Marqués de Tremp, Regente                                                 Sr. Altarriba

Magín, soldado realista                                                             Sr. Moreno

Castell, oficial realista                                                               Sr. Claria

Bonald, oficial realista                                                              Sr. Ruiz Tatay

Blasa, criada                                                                            Srta. Palma

La acción en Urgel, 1822


[1] Tercera edición correspondiente a 1920.

Dos catastrofes –Trafalgar y Cuba- jalonaron el comienzo y fin del siglo XIX español, el ocaso del viejo imperio. Un dilatado período de luchas entre liberales y conservadores, la descomposición de ambas fuerzas en el siglo XX, el sentimiento de frustración y la irrupción de nuevos sectores políticios llevarían al país a la República. Las elecciones de abril de 1931 mostrarán la tendencia antimonárquica de las grandes ciudades lo que decide a Alfonso XIII a exiliarese. Los españoles -24 millones- aún o han realizado su reforma agraria y apenas conocen la revolución industrial. En mayo se inicia la quema de conventos y Alcalá Zamora proclama el estado de guerra, mientras Azañoa comienza sus reformas militares. En diciembre se establece la nueva Constitución, inspirada en la de Weimar. En agosto de 1932 ve con indiferencia la sublevación de Sanjurjo, típico pronunciamiento. Por promover desórdenes en Cataluña, Azaña deporta a Guinea a numerosos anarquistas. En septiembre se aprueban el Estatuto Catalán –concesión  a la pequeña burguesía de la región- y la ley agraria –que regirá hasta 1934 sin satisfacer a nadie-.

Un año crucial es el de ¡933, arriba con la represión de Casas Viejas. Fomentada por todos la división horizontal entre provincias y vertical entre las clases, el volumen de jorandas perdidas por huelgas fue en ese año tres veces superior a l de 1931 y diez veces mayor que el de 1928. en septiembre, sólo de la CNT había en las cárceles 9000 presos. La impopularidad del gobierno, y la abstención de los anarquistas, trajeron consigo en voviembre la derrota del socialismo y la izquierda republicana, y la victoria de las derechas agrupadas en torno a la nueva CEDA. Al bieneio  demagógico, sucede el “negro” o reaccionario. Lerroux forma un gobierno radiccal, pero dependiendo de los votos de la CEDA, cuyo jefe Gil Robles, actúa solo como ministro de la Guerra.

En 1934, y a partir de la sublevación anarquista en Aragón, se desata la violencia sobre el país. El gobierno se opone a la reforma agraria de Giménez Fernández y a la discal Chapaprieta. Abril trae el gobierno de otro radical, Samper.en octubre, los socialistas desencadenan la huelga general en toda España. Companys proclama por su cuenta el estat Català, y se alzan los mineros asturianos.

Dos escándalos –el de l estraperlo y el Nombela- rompen en 1935 la alianza entre radicales y CEDA. A Lerrous le sucede Capaprieta. El mismo año, 14 familias de grandes propietarios que tenían 383.063 hectáreas. Diciembre ve a Portela como jefe de gobierno. En enero de 1936se disuelven las Cortes y se anuncian elecciones. El 16 de febrero, el Frente Popular, surgido de pacto de enero, vence a las desunidas derechas y al centro. Azaña asume el poder. Las cárceles cambian de presos políticos, mientras los obreros promueven las huelgas y los patronos el paro. Azaña prolonga el estado de alarma. Aunque la Constitución abolió la pena de muerte y renunció a la guerra, de febrero a junio caen sobre las calles 269 muertos y 1.287 heridos con 113 huelgas en el escenario.

El presidente Alcalá Zamora es sustituido en abril por Azaña, y pasa a formar gobierno Casares Quiroga. Con ello se instaura el gobierno más débil –según dicen historiadores- en la hora más crítica. Prieto vaticina que la clase media va hacia el fascismo. Las filas de falange y el marxismo crecen rápidamente. Muere Calvo Solelo. Derechas e izquierdas se arremangan la camisa, y la sociedad española, consumida por la anarquia, se encamina hacie el 18 de julio.

Las críticas

La Correspondencia de España

Si el mérito de los dramas dependiera de los aplausos, de las palmadas y de los bravos de la noche del estreno, habría que afirmar rotundamente que la última obra escénica del insigne autor de los Episodios Nacionales era lo más perfecto del género y superior a otras anteriores que alcanzaron éxitos menos ruidosos.

Anoche se aplaudió sin tasa, con entusiasmo, con frenesí. Las llamadas a escena, después de los dos últimos actos, fueron innumerables. La amistad de los unos, el cariño ferviente que muchos profesan al Sr. Pérez Galdós, y el respeto que a todos con tanta justicia y títulos indiscutibles emrece, contribuyeron a tributarle una ovación completa, capaz de desvanecer a cualquiera otro que no tuviese su buen sentido y discreta perspicacia.

Hay otra razón -¿por qué no decirlo?- que defiende el Sr. Pérez Galdós de las agresiones intemperantes que a veces suele tener el público hasta con los ingenios más peregrinos. Sus devotos –y los tiene en gran número y apasionados- han dividido a los críticos y a los espectadores por una original y estretégica clasificación en dos bandos; el de la gente entendida y el de los majaderos.

En este último van incluidos todos aquellos que no se admiran o que no gustan de cuanto piensa, escribe y saca a luz el eximio novelista. Esta consideración, como en el famoso Retablo de las maravillas, pone espanto en toda concurrencia que en algo se tiene, temerosa de caer en el terrible dictado y desdeñoso anatema, si no lo aplaude todo.

A pesar de esto y de que nos incluyan en la perrera literaria desteniada a los no idólatras, debemos a la verdad y a los lectores, respecto a la obra, una declaración muy parecida a la que se atribuye al inolvidable Ventura de la Vega cuando a las altas horas de la noche reunió a toda su familia y servidumbre para manifestarse en reserva y bajo secreto de confesión que le aburría soberanamente el divino Dante.

A nuestro parecer, el sentido común fue anoche majadero; y creemos que si la mercancia no hubiera llevado la bandera gloriosa del nombre que ostentaba, no habría llegado en paz al puerco del acto tercero.

Precisamente a autores de tan indisputable renombre y de talento tan singular como el Sr. Galdós puede hablárseles sin ambajes; ya porque, de otro modo cuando se le elogia dudaría el público de la sinceridad; ya porque, cuando el autor se siente enojado, sabe contestar sin morderse la lengua, y lo agradecen las letras.

El drama de ayer es una verdadera y colosal equivocación; que cuando los grandes hombres se equivocan no se equivocan no se equivocan a medias. La acción tiene por base principal los amores entre un joven y una doncella, cada uno de los cuales pertenece a familias separadas entre sí por odios, crímenes y sangrientas venganzas.

Es el eterno asunto de los Capuletos y Montescos, los Ravenswood y los Ashton y tantos otros amores contrariados por la lucha encarnizada entre las familias.

Al reproducir este asunto, después de Shakespeare y Walter Scott, se necesita una inspiración suprema y hallar la novedad en algo que no sea la misma pasión amorosa atormentada por el conflicto de los odios.

El señor Galdós creyó encontrar esto en la parte histórica y en el contraste que ofrece el fanatismo político en sus dos aspectos de absolutista y liberal. Trazó algo a modo de un simbolismo, personificado en esa fiera fanática en los comuneros del reinado de Fernando VII y los apostólicos de la regencia de la Seo de Urgel. Unos y otros no vacilan en llegar al crimen y valerse de las armas más reprobadas para el triunfo de sus causas respectivas.

En medio de aquella lucha de ciegos furores aparece la figura del protagonista; mozo simpático, cuya ansia de venganza vence el amor. Pero el tal héroe carece de relieve dramático. Su carácter consiste en no tenerlo y falta sin cesar a todos sus compromisos y a todos sus juramentos, siendo traidor ante los unos y ante los otros.

Para que el simbolismo resulte completo el enamorado acaba por matar a los representantes principales de ambos bandos, y manifiesta que debe irse pronto, porque esos muertos resucitan. Resulta de esta mezcla de las dos acciones, la amorosa y la política, que esta última es la principal, con lo que hay gran monotonía y falta de interés en la obra. Se reanima la atención en las escenas apasionadas, pero no puede menos de languidecer ante los otros cuadros entre los personajes de una vulgaridad e insignificancia absolutas, alguno de los cuales, como el del general, cae con frecuencia en lo cómico y caricaturesco.

¿Qué hace, si no, en los tres últimos actos aquella fiera humana, sino maldecir, tener un humor endemoniado, rabiar y patalear y amenazar con comerse el mundo y no preocuparse siquiera de la defensa de la plaza, procuranso solventar sus cuestiones personales mientras el enemgo ha salvado las murallas y se entra por las calles?

También extraña que aquel hombre valeroso y caballeresco, después de tener pactado un duelo con su rival, le ceda el turno a un maestro de armas para ver si lo escabecha.

¿Y qué decir de aquella prisión donde están cuatro reos de muerte, traidores, traidores convictos, y en la que entran señoas y caballeros como Pedro por su casa. Y la solución que da el regente al conflicto, le hacen un acto de escarmiento y no compromete mucho por si vienen los liberales, para lo cual no halla otro medio que fusilar al pobre Balaguer?

Realmente estas incongruencias se acumulan en el acto tercero: los dos anteriores todavía tienen mucha mayor defensa, y en el primero, sobre todo, hay una escena admirable y encantadora entre los dos enamorados. En ella resalta el genio del señor Galdós como en sus mejores obras; pero es sólo un rayo de luz en noche oscura. Los honores de la representación corresponden por completo a la señorita Cobeña. Estuvo superior a todo encomio: gracia, intención, apasionamiento, altivez, ternura, nobleza, todo lo reflejó maravillosamente en su acento, en su actitud y en sus ademanes. Fue aplaudidísima.

El señro Thuillier estuvo muy bien, prestando mucha vida al difícil personaje que interpretaba. El señor Vaklés hecho un verdadero maestro. Tiene el talento, raro en el teatro, de crear tipos y de dar a cada uno su carácter especial. El general que hizo el señor Cuevas no convenció a andie. Todos los demás actores cumplieron bien y señaladamente el señor Balaguer, haciendo un gracioso también algo difícil.

La obra estuvo muy bien vestida; todos los trajes eran de época y muy vistosos. Un efecto hubo, aunque de carácter individual, que, sin duda, no sepodía prever en los ensayos. Al mediar el acto tercero entraba apresuradamente por el pasillo de las butacas nuestro querido compañero el señor marqués de Valdeiglesias, director de La Época, cuando en la escena dice un persoanje:

-¡Que vienen los liberales!

El marqués se detuvo un momento sobrecogido, mirando a derecha e izquierda para ver de donde venían. Después advirtió que era cosa de comedia y se sentó muy tranquilo. Anónimo.

La guerra ocupa un lugar central en la obra de Benito Pérez Galdós. No podía ser de otra manera en un escritor que convirtió el convulso siglo XIX español en materia literaria. Los Episodios nacionales, formados por cuarenta y seis novelas escritas entre 1873 y 1912, recorren la historia española desde Trafalgar y la Guerra de la Independencia hasta las guerras carlistas, las revoluciones liberales y la Restauración. Sin embargo, Galdós no se limita a reconstruir batallas, pronunciamientos y cambios de gobierno: introduce a personajes ficticios dentro de los acontecimientos históricos para mostrar cómo la violencia política altera la existencia cotidiana de personas concretas.

Por eso, la guerra galdosiana no es únicamente un espectáculo militar ni una ocasión para celebrar el heroísmo. Es también una enfermedad histórica que divide familias, destruye comunidades y convierte las convicciones políticas en justificaciones del crimen. Galdós escribe desde una posición liberal y progresista, pero su liberalismo no le impide reconocer defectos y virtudes entre quienes militan en campos contrarios. Su propósito no consiste en borrar las diferencias ideológicas, sino en mostrar que cualquier causa puede degradarse cuando el fanatismo sustituye a la razón y la victoria se considera más importante que la vida humana.

Esta concepción alcanza una de sus formulaciones más claras en La fiera, drama en tres actos estrenado en el Teatro de la Comedia de Madrid el 23 de diciembre de 1896 y publicado al año siguiente. Galdós sitúa la acción en Urgell en 1822, durante el Trienio Liberal, cuando la Regencia de Urgel se constituyó como una autoridad absolutista rival del Gobierno constitucional y trató de restablecer la soberanía absoluta de Fernando VII. El episodio dramático es imaginario, pero se desarrolla dentro de un contexto histórico real de insurrecciones, guerrillas y enfrentamientos entre liberales y realistas.

La guerra como enfrentamiento entre españoles

Desde el comienzo de La fiera, la guerra aparece como una presencia que lo invade todo. La residencia del marqués de Tremp es al mismo tiempo hogar familiar, centro político y puesto de mando. Allí se reciben noticias sobre muertos, prisioneros y movimientos de tropas mientras los personajes conversan sobre matrimonios, bailes y asuntos domésticos. Esta convivencia entre lo cotidiano y lo bélico muestra cómo la violencia ha dejado de ser una situación excepcional: se ha instalado en el lenguaje, en las relaciones familiares y en la conciencia de los personajes. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

El conflicto enfrenta a los absolutistas de la Regencia, dirigidos militarmente por don Juan, con los liberales que pretenden destruirla. Entre estos últimos se encuentran San Valerio y Fabricio, infiltrados en Urgell bajo una identidad falsa. Junto a ellos llega Berenguer, movido inicialmente por el deseo de vengar los sufrimientos que el absolutista barón de Celis había causado a su familia. Sin embargo, Berenguer descubre que Susana, la mujer a la que ama, es precisamente la hija del hombre contra quien dirige su odio. La guerra política se mezcla así con una cadena de agravios familiares y venganzas heredadas.

Don Juan representa el fanatismo absolutista. Está convencido de que el triunfo de su causa exige rigor, sangre y destrucción. En su razonamiento, la clemencia no constituye una virtud, sino una forma de debilidad que prolongaría la guerra. Galdós muestra así uno de los mecanismos fundamentales de la violencia política: cada atrocidad se justifica como un sacrificio necesario para evitar supuestas atrocidades futuras. Don Juan mata porque cree que matar permitirá terminar antes la lucha; pero ese mismo razonamiento garantiza que la lucha nunca termine. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

Frente a él se encuentra San Valerio, defensor de la causa liberal. Sin embargo, Galdós evita convertirlo en un héroe positivo. San Valerio prepara la destrucción de la Regencia y sostiene que el principio que defiende legitima cualquier procedimiento. Aunque su ideología sea contraria a la de don Juan, su conducta reproduce la misma lógica: ambos consideran sagrada su causa, deshumanizan al enemigo y subordinan la moral a la victoria.

La igualdad que establece Galdós no es necesariamente una igualdad entre absolutismo y liberalismo como doctrinas. El autor mantiene su horizonte liberal. Lo que equipara es el fanatismo de sus defensores cuando ambos convierten las ideas en absolutos y aceptan la destrucción del contrario como instrumento político. Don Juan y San Valerio son adversarios, pero hablan el mismo idioma moral: el de la necesidad, el exterminio y la imposibilidad de retroceder. La crítica ha situado precisamente La fiera entre los dramas galdosianos que defienden la libertad frente a los abusos de la intolerancia y frente a la exaltación fratricida de las llamadas “dos Españas”.

Susana: la piedad como alternativa política

Frente a esos dos mundos aparece Susana, probablemente el personaje que expresa con mayor claridad la propuesta moral de la obra. Educada en Francia y alejada de la atmósfera cerrada de Urgell, contempla con distancia las solemnidades políticas de su familia. Susana no se deja impresionar por uniformes, proclamas ni relatos heroicos. Al recordar las crueldades cometidas por su propio padre, rechaza por igual a los combatientes de las distintas banderas y resume su posición con una frase inequívoca: “No más guerrilleros, no más espadones”.

Su actitud no debe confundirse con indiferencia o frivolidad. Susana no afirma que todas las ideas sean idénticas ni que la injusticia deba tolerarse. Lo que rechaza es que las convicciones políticas suspendan las obligaciones morales. Frente a la venganza, propone el perdón; frente a la memoria utilizada para alimentar el odio, defiende la verdad del presente; frente a la separación entre vencedores y vencidos, reclama la piedad hacia el individuo concreto.

En La fiera, la piedad no es una debilidad sentimental, sino una forma de resistencia. Perdonar significa negarse a obedecer la ley no escrita de la guerra civil, según la cual cada generación debe vengar los crímenes de la anterior. Susana se enfrenta a su familia para salvar a Berenguer y llega a asumir como propio el castigo que pueda imponérsele. De este modo, Galdós transforma el amor en una fuerza política: amar a una persona perteneciente al campo enemigo obliga a reconocer su humanidad y rompe la división absoluta entre “nosotros” y “ellos”.

Berenguer experimenta una evolución semejante. Al principio vive dominado por el resentimiento y acepta participar en la conspiración liberal. Pero su relación con Susana despierta su conciencia. Comprende que la venganza no reparará las injusticias sufridas por su familia, sino que añadirá nuevos crímenes a los antiguos. Cuando se aparta de San Valerio, no renuncia necesariamente a sus convicciones liberales: renuncia a considerar que esas convicciones le conceden derecho a matar indiscriminadamente. Su transformación representa la posibilidad de sustraerse a una identidad construida únicamente sobre el agravio heredado.

El significado de “la fiera”

El título de la obra no designa exclusivamente a un personaje. La fiera es el fanatismo político, pero también la dinámica colectiva que convierte a los seres humanos en instrumentos de una causa. Es la violencia que adopta nombres distintos —absolutismo, liberalismo, tradición, revolución, patria o religión— y que, bajo cada uno de ellos, reclama nuevas víctimas.

Susana lo formula cuando se dirige tanto a los jueces absolutistas como a los conspiradores liberales: “Sois un solo monstruo, aunque parezcan muchos”. La frase contiene el núcleo ideológico del drama. El monstruo posee distintas caras porque cambia de bandera, pero conserva la misma estructura: odio al adversario, sacralización de la propia causa y justificación de cualquier medio.

El desenlace lleva esta idea hasta sus últimas consecuencias. Berenguer mata primero a San Valerio y después a don Juan. Al contemplar los dos cadáveres, cree haber destruido a la fiera. Sin embargo, la última respuesta desmiente cualquier final verdaderamente victorioso. Susana propone huir a una región de paz y Berenguer advierte que los muertos “estos resucitan”.

La frase final es profundamente pesimista. La muerte de dos fanáticos no elimina el fanatismo. Otros ocuparán su lugar mientras permanezcan las condiciones que lo alimentan: la memoria vengativa, la intolerancia, la división absoluta de la sociedad y la creencia de que la violencia puede construir un orden definitivo. Berenguer ha vencido físicamente a sus enemigos, pero comprende que ha empleado contra ellos el mismo instrumento que pretendía destruir. Al matar a la fiera, ha entrado durante un instante en su territorio.

Una advertencia contra la repetición de la historia

La fiera permite comprender que la preocupación de Galdós por la guerra no se limita a la reconstrucción del pasado. El escenario histórico de 1822 funciona como un laboratorio desde el que examina un problema persistente de la sociedad española: la tendencia a transformar las diferencias políticas en enfrentamientos irreconciliables. El pasado aparece, por tanto, no como una sucesión cerrada de acontecimientos, sino como una fuerza que puede repetirse si no se comprenden sus mecanismos.

Galdós tampoco ofrece una solución política detallada. Su respuesta es principalmente ética y humanista. La paz comienza cuando el individuo se niega a considerar al adversario como una abstracción; cuando el perdón rompe la transmisión de la venganza; cuando ninguna bandera se sitúa por encima de la dignidad humana; y cuando la moderación deja de confundirse con cobardía.

En este sentido, La fiera es una obra de notable actualidad. Su enseñanza no consiste en afirmar que todas las posiciones políticas sean equivalentes, sino en advertir que cualquier posición puede corromperse al declararse infalible. Galdós contempla la guerra con la mirada del historiador, del novelista y del moralista: conoce la fuerza de las ideas, pero también sabe que las ideas dejan de ser liberadoras cuando exigen sangre para demostrar su verdad. La auténtica fiera no pertenece a un solo ejército. Nace allí donde una sociedad renuncia al diálogo y convierte al contrario en alguien cuya eliminación parece legítima.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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