Ernestina de Champourcin y el oficio de traducir

Amanda Franco Macedo

La poeta ante la página ajena

Sus poemas llevan su nombre. Muchas de las páginas que tradujo, en cambio, han circulado durante décadas bajo el nombre de otros autores. La trayectoria de Ernestina de Champourcin permite entrar en ese territorio discreto de la literatura donde una voz trabaja para que otra pueda ser escuchada.

En 2024, el Fondo de Cultura Económica publicó una edición de El aire y los sueños, de Gaston Bachelard. En la cubierta figura, como es natural, el nombre del filósofo francés. La ficha bibliográfica guarda otro: el de Ernestina de Champourcin, responsable de la traducción. La traductora había muerto veinticinco años antes, pero su castellano continuaba llegando a las librerías. (Fondo de Cultura Económica)

Hay algo revelador en esa supervivencia. Una traducción puede acompañar a varias generaciones de lectores y, sin embargo, la persona que eligió cada verbo, resolvió cada ambigüedad y sostuvo el ritmo de cada frase permanece casi siempre fuera de foco. No está ausente: se encuentra en todas las páginas. Pero ocupa una forma de presencia que rara vez reclama el primer plano.

Ernestina no llegó a las lenguas extranjeras por una urgencia tardía. En una entrevista concedida al final de su vida recordó: «Yo aprendí a leer en francés, en inglés y en español». Empezó leyendo en francés, la lengua vinculada a la rama paterna de su familia, y sus primeros cuentos y versos fueron escritos también en francés. Solo después decidió que, si quería construir una obra literaria española, escribiría en castellano. Ese gesto juvenil ya contiene una pregunta que volvería a acompañarla: ¿qué lengua convierte una experiencia en literatura? Para la poeta, elegir el español significó escoger la materia de su propia voz. Para la traductora, en cambio, el desafío consistiría en abrir esa misma lengua a experiencias concebidas por otros.

El exilio modificó de manera decisiva la función de aquel aprendizaje. Champourcin vivió en México desde 1939 hasta 1972. Allí trabajó como traductora para el Fondo de Cultura Económica y para editoriales como Centauro y Herrero. Las lenguas de su infancia se transformaron en profesión, en disciplina cotidiana y en una forma concreta de participar en la vida cultural del país que la acogía. Su trabajo no quedó limitado a la mesa y al texto impreso. También ejerció la interpretación en congresos y conferencias internacionales. En 1948 participó en la fundación de la Asociación del Personal Técnico para Conferencias Internacionales y, durante dos años, ocupó la jefatura del Departamento de Traducción al Español del Comité Olímpico de México. La escritora que meditaba lentamente sobre una palabra debía ser capaz, en esas ocasiones, de escuchar, decidir y hablar casi al mismo tiempo.

La interpretación oral dejaba pocos rastros. Terminaba una conferencia y la voz se desvanecía. La traducción de libros, en cambio, conservó una huella material: una línea en los créditos, una mención en un catálogo, una frase española que podía seguir reimprimiéndose mucho después. Gracias a esas huellas es posible contemplar hoy una dimensión de Champourcin que no se reduce a la biografía de una poeta exiliada. Fue también una profesional del lenguaje, acostumbrada a cambiar de registro, de materia y de interlocutor.

Los libros de Bachelard ofrecen un buen lugar para observar esa continuidad. El Fondo de Cultura Económica mantiene en circulación El aire y los sueños con la traducción de Champourcin. En 2020 publicó además una edición de La poética del espacio que conserva su nombre como traductora e incorpora la revisión de Miguel Ángel Palma Benítez. La sencilla fórmula de los créditos —autor, traductora, revisor— contiene una pequeña historia de transmisión: un pensamiento nacido en francés, una versión castellana elaborada en el siglo XX y una lectura posterior que la revisa sin borrar su punto de partida.

Bachelard no escribía una filosofía indiferente al lenguaje. En sus páginas, el concepto convive con la imagen poética; el aire, la casa, el sueño o el movimiento no son simples asuntos que puedan trasladarse mediante equivalencias mecánicas. Traducirlo obliga a sostener a la vez la precisión de la idea y la capacidad evocadora de la frase. Que ese trabajo recayera en una poeta resulta especialmente significativo: Champourcin conocía desde dentro el peso de una imagen y sabía que una palabra no vale solo por lo que designa, sino también por las asociaciones que despierta.

No podemos convertir esa afinidad en una teoría de su método sin comparar de manera detenida los originales y sus versiones. Sí podemos reconocer, no obstante, lo que revela el encargo: una editorial especializada confió a Champourcin la tarea de hacer legible en español una prosa situada en la frontera entre el pensamiento y la poesía. El resultado no quedó encerrado en su momento histórico. Sigue formando parte de la manera en que muchos lectores hispanohablantes acceden a Bachelard.

La permanencia de esas traducciones permite corregir una idea demasiado simple: la de que traducir fue para Champourcin únicamente una solución económica impuesta por el destierro. La necesidad material existió y no debe embellecerse. Traducir ocupaba horas que ella podía haber dedicado a sus poemas. Pero un oficio sostenido durante décadas no se explica solo por la urgencia. Exigía competencia, resistencia intelectual, capacidad de investigación y una disposición constante para escuchar una voz distinta de la propia.

Esa escucha adquiere otro matiz cuando la página ajena pertenece también a una poeta. En 1946, la editorial mexicana Centauro publicó Obra escogida, de Emily Dickinson, con traducción atribuida a Ernestina de Champourcin y Juan José Domenchina. Juan Ramón Jiménez había incluido años antes algunas versiones de Dickinson, pero aquel volumen fue la primera antología independiente de su poesía publicada en español.

El libro encierra una paradoja. Domenchina, responsable del prólogo, el apunte biográfico y la nota bibliográfica, manifestó una evidente desconfianza hacia Dickinson. La traducción, sin embargo, permitió que sus poemas hablaran por sí mismos ante los lectores. Rosa García Gutiérrez ha destacado el papel decisivo de Champourcin en la aparición del volumen y ha leído aquella edición como una escena en la que convivían, de manera incómoda, la resistencia crítica hacia una autora y la voluntad de hacerla circular.

No hace falta imaginar una identificación perfecta entre Dickinson y Champourcin para comprender la intensidad de aquel encuentro. Traducir poesía obliga a decidir dónde respira un verso, cuánto silencio cabe entre dos imágenes y qué parte de una ambigüedad debe permanecer abierta. Quien traduce no puede limitarse a explicar el poema: tiene que reconstruir las condiciones para que vuelva a ocurrir en otra lengua.

En ese sentido, la experiencia de Champourcin ante Dickinson fue distinta de la que exigía un tratado o una obra de ciencias sociales, pero no enteramente ajena. En todos los casos debía practicar una forma rigurosa de hospitalidad: recibir un pensamiento que no era suyo, conocer sus reglas y encontrarle un lugar en castellano sin apropiárselo por completo. La traducción profesional y la traducción poética pertenecían a un mismo oficio de atención, aunque plantearan riesgos y libertades diferentes.

También por eso resulta insuficiente presentar esta actividad como un apéndice de su poesía. No porque todas sus versiones deban incorporarse sin más a su obra literaria, sino porque traducir configuró buena parte de su vida intelectual. Le permitió trabajar en el entramado editorial del exilio, intervenir en la circulación de ideas y participar en conversaciones culturales que atravesaban Europa y América. Su nombre podía aparecer en caracteres pequeños, pero sus decisiones entraban en el cuerpo mismo de los libros. La página de créditos es, quizá, el mejor lugar para comenzar a recuperar esa historia. Obliga a leer de otro modo. Cuando abrimos El aire y los sueños no leemos solo a un filósofo francés trasladado de manera abstracta al español: leemos también las soluciones de una mujer que había aprendido a habitar tres lenguas desde niña, que hizo del castellano su voz poética y que después lo puso durante años al servicio de voces ajenas.

Ernestina de Champourcin escribió sus poemas con la responsabilidad de quien busca una palabra propia. Tradujo con una responsabilidad distinta y no menor: la de no hacer desaparecer al otro mientras le ofrecía una nueva vida verbal. Su firma permanece retirada de la cubierta, pero continúa actuando cada vez que uno de aquellos libros vuelve a abrirse.

Durante décadas, Champourcin condujo hacia el español las palabras de otros. El camino inverso comienza cuando sus propios poemas abandonan el castellano y quedan, a su vez, en manos de quienes deben prestarle otra lengua.


Fuentes principales

La entrevista «Ernestina de Champourcin o el misterio de la poesía», publicada por Nueva Revista en 1997, proporciona el testimonio directo sobre su educación en francés, inglés y español y sobre su trabajo posterior como traductora e intérprete. (Nueva Revista)

La ficha de la Enciclopedia de la Literatura en México documenta su residencia mexicana, su colaboración con el Fondo de Cultura Económica, Centauro y Herrero, y su actividad en la interpretación de conferencias. (Enciclopedia de la Literatura en México)

Las fichas editoriales del Fondo de Cultura Económica permiten comprobar la vigencia de sus versiones de El aire y los sueños y La poética del espacio. (Fondo de Cultura Económica)

Rosa García Gutiérrez, «Emily Dickinson revisitada: primeras lecturas y versiones en español», estudia la historia y las contradicciones de la Obra escogida publicada en México en 1946. (Biblioteca Menéndez Pelayo)

Julio César Santoyo, «El “otro” quehacer (olvidado): Ernestina Michels de Champourcin, traductora», constituye el inventario bibliográfico pionero de sus traducciones. Se incorpora como antecedente imprescindible, aunque la estructura, el argumento y el recorrido narrativo de esta pieza son independientes de su estudio.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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