La dimensión simbólica en la configuración del personaje novelesco en ‘Fortunata y Jacinta’. Fortunata, el gran personaje, la magnitud del pueblo

Ángela Martín del Burgo, Doctora en Filología y  profesora de lengua castellana y literatura

Un modo indirecto de decir

“Hay momentos en la vida de los pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma mía”. Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta   (capítulo V, Parte Primera).

Es en el capítulo V de la Primera parte de Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas, titulado Viaje de novios, donde aparece evocada por vez primera el gran personaje de la novela: Fortunata. Por cierto, que el título de este capítulo casi coincide con el de la segunda novela publicada por Dª Emilia Pardo Bazán con anterioridad, en 1881, Un viaje de novios [1]. Y decimos con anterioridad, porque la publicación de “Fortunata y Jacinta” data de seis años después, de 1887. En Un viaje de novios la autora intenta una renovación en el género. En el prefacio que antecede  a la misma, proclama que la novela “ha dejado de ser obra de mero entretenimiento, modo de engañar gratamente unas cuantas horas, ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero, al cabo, estudio. Dedúcese de aquí una consecuencia que a muchos sorprenderá: a saber, que no son menos necesarias al novelista que las galas de la fantasía, la observación y el análisis (…) La novela es traslado de la vida, y lo único que el autor pone en ella, es su modo peculiar de ver las cosas reales”.[2] Aunque las Observaciones sobre la novela contemporánea en España[3] de Galdós, de las que hablaremos después, sean anteriores a la publicación de la novela de Pardo Bazán, de 1870. Que Fortunata y Jacinta sea una recreación artística de la vida y un estudio social, psicológico e histórico de primer orden, al tiempo que una novela deliciosa y entretenida, y una gran novela, la mejor novela del siglo XIX, pensamos nosotros, es algo que no debe ponerse en cuestión. Lo es, asimismo, y asombroso por su donaire y maestría,  el citado capítulo V de la primera parte. En dicho viaje Juanito Santa Cruz, el ocioso burgués seductor,  le narra a quien ya es su mujer, Jacinta, su conquista pretérita.Ynos ayuda a nuestra argumentación y a erigir nuestro punto de vista las palabras que utiliza. “¡Pobre pueblo!”, exclama. “Hay momentos en la vida de los pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma mía”. Confusión que vuelve  a repetir poco después: “Hay momentos en la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres,…”Esa doble confusión, en boca del Delfín, de la palabra pueblo en lugar del vocablo hombre, dos veces pronunciada, no es involuntaria por parte de nuestro autor. Es la voz del propio Galdós la que se trasluce en ellas, pues muy semejantes a las palabras de Juanito Santa Cruz serán las del narrador en la segunda parte de la obra, como veremos más adelante.

Y es que Galdós de lo que está hablando en su novela es precisamente del pueblo, de los pueblos, de su trayectoria o etapas históricas, de sus clases sociales…[4]. Pero es en esos diálogos de Juanito Santa Cruz con Jacinta del capítulo V de la Primera Parte, diálogos con mucho de monólogo por parte del Delfín, donde podemos apreciar, explícitamente, la configuración del personaje novelesco. Vemos cómo estos personajes tienen en su origen, en su génesis, una dimensión simbólica, una proyección universal, que les hará posteriormente tomar cuerpo y serán individualizados, adquiriendo rasgos concretos y plásticos, realistas. De modo que no se trata, exclusivamente, como se comenta, de un referente socio-histórico añadido como telón de fondo, ni que se pase, alternativamente, de lo público a lo privado, o de lo privado  a lo público, sino que lo público y lo privado están fundidos en la novela y ello desde el comienzo con la naturaleza o conformación, precisamente, de los personajes, así como también con la disposición de la historia argumental de la novela. Ello es causa además y redundará en la grandeza y singularidad de la obra que comentamos.

La base, pues, repetimos, en la configuración del personaje galdosiano es este procedimiento de simbolización, que le permitirá la caracterización social,  al cual se añadirá rasgos físicos y datos individuales, realistas, pero sin dañar el arquetipo originario. Otras veces en la génesis del personaje habrá un recuerdo o bien, un homenaje literario; ya sea el autor Cervantes o Dostoievski. Pedro Ortíz-Armengol, por ejemplo, hallará equivalencias y paralelismos entre Maximiliano Rubín y Raskolnikoff, así como entre Ido del Sagrario y Marmeladok[5]; personajes ambos– Rasklnikoff y Marmeladok – pertenecientes a Crimen y Castigo de Dostoievski.

Joaquín Gimeno Casalduero ha analizado,la caracterización plástica del personaje en la obra de Pérez Galdós.[6] Pues cuando el novelista pasa del tipo al personaje, nos dice, la caracterización del héroe realista ha de ser reconocible, identificable. Así cuando Jacinta ve a El Pitusín, el primero, el falso, el narrador dice: “Jacinta había visto ojos lindos, pero como aquellos no los había visto nunca. Eran como los del Niño Dios pintado por Murillo”. Pero esto no desdice la génesis inicial de los personajes, que como decimos tiene una gran carga simbólica.

Pensamos, pues, que lo público y lo privado están fundidos, precisamente por medio de este procedimiento de simbolización, implícito en la génesis de los personajes, y presente en la trama hasta el final con la muerte de Fortunata.

Veamos cómo cuenta Isabel Cordero de Arnáiz, madre de Jacinta, el nacimiento de cuatro de sus hijos, ejemplo de esta fusión entre lo público y lo privado, asociándolo a fechas célebres del reinado de Isabel II:

Mi primer hijo – decía – nació cuando vino la tropa carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la traída de aguas.

Hasta en su muerte, se dice más tarde, la persiguen las fechas célebres como la habían perseguido en sus partos, “cual si la historia la rondara deseando tener algo que ver con ella”. Y es que “Isabel Cordero y D. Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia”. Y es que, efectivamente, como subraya la anterior comparación, la historia la está rondando y tiene mucho que ver con ella.

De Don Baldomero, padre de Juanito Santa Cruz, se nos dice que para que el progreso pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, fue preciso que todo Madrid se transformase; así como que lo progresista no quitaba en él lo autoritario y, entre paréntesis, agrega el narrador: “emblema de los tiempos”.

Galdós nos habla pocas páginas después de la clase media, aquella para la que o desde la que, inicialmente, pensaba escribir, retratando sus costumbres, tomando este término no en el sentido del costumbrismo tradicional, sino tal y como Balzac lo emplea en La Comedia Humana (Léase el Avant-propos de Balzac a La Comédie Humaine). De la clase media nos dice en Observaciones sobre la novela contemporánea en España, en 1870, diecisiete años antes de la publicación de Fortunata y Jacinta, que es la más olvidada de nuestros novelistas, y es el gran modelo, la fuente inagotable; que es hoy la base del orden social; que asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía de las naciones, y en ella está el hombre del siglo XIX con sus virtudes y sus vicios, su noble e insaciable aspiración, su afán de reformas y su actividad pasmosa; que “La novela moderna de costumbres ha de ser la expresión de cuanto bueno y malo hay en el fondo de esa clase”; y, por último, que “La grande aspiración del arte literario de nuestro tiempo es dar forma a todo esto”. [7]

Pues bien, trazando los ascendientes y progenitores de Juanito Santa Cruz, nos dice el narrador que era la época en que la clase media entraba de lleno en el ejercicio de sus funciones. Fundando – manifiesta con humor – el imperio de la levita. Claro es que – añade – la levita es el símbolo. Símbolo y procedimientos de simbolización de que tanto gusta nuestro autor. No obstante, encuentra lo más interesante en tal imperio en el vestir de las señoras; y añade que es origen de energías poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan grandes hechos. A continuación, apela la atención del lector, del narratorio o lector implícito en la obra, y escribe:

Pensad un poco en lo que representan, en lo que valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda la máquina política y administrativa, la deuda pública y los ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el parlamentarismo socialista…

Es decir, que entre los pliegues de las telas de moda, símbolo de la vida privada, se encuentra todo el organismo mesocrático, emblema de la vida pública. La vida privada se entreteje pues, explícitamente, con los lazos de la vida pública; como que una y otra, fundidas y entrelazadas, no son sino una y la misma en la obra que comentamos.

Nuevo ejemplo de simbolización sería la caracterización de la personalidad de Doña Lupe, tía de Maximiliano, a través de un símbolo, de un signo externo: la falta de uno de los pechos por amputación a consecuencia de un tumor cirroso. Este signo externo no representa sino el corazón de la tal dama, pues había en ella dos personas distintas: la mujer y la prestamista.

“La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho, por amputación a consecuencia del tumor cirroso de que padeció en vida de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne; la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que le doliese”. Este signo externo representa, como hemos dicho más arriba, el corazón de la tal dama. Y así lo dice el narrador: “lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese determinaba el predominio de tal o cual mitad”.

Para esa dimensión simbólica en la caracterización de los personajes acentúa Galdós, sobre todo en los masculinos, la función social que representan. En el capítulo X de la Primera parte, titulado Más escenas de la vida íntima, describiendo la cena de Navidad, leemos: “Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases sociales. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, de la aristocracia antigua.(…) Por otro lado nos encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de Ruíz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento. Aparisi, el Municipio, Joaquín Pez, el Foro, y Federico Ruíz representaba muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de paño fino, ¿qué representaba?”,pregunta el narrador. Aquí tenemos que recordar el fragmento anterior en el que hemos hablado de la levita como símbolo de la clase media; pues bien, el narrador agrega: “El comercio antiguo, (…) quizás la religión de nuestros mayores, por ser hombre tan sinceramente piadoso”. [8]

Si acudimos a la introducción y a la explicación que Joaquín Casalduero hace de Marianela, novela publicada por Galdós en 1878, leemos que “Galdós no ve el proceso de la vida humana respecto al individuo, sino respecto a la especie, a la sociedad, y lo estudia según las ideas de Augusto Comte” [9]. Del mismo modo, consideramos que en Fortunata y Jacinta Galdós analiza la vida humana y sus personajes en cuanto miembros y representantes de una sociedad, la madrileña y española entre los años 1869 y 1876[10], pero no, según nos dice también Casalduero, exclusivamente respecto del individuo.              

Indicios paradigmáticos e indicios sintagmáticos

Si acudimos  a la obra de Tzvetan Todorov titulada Simbolismo e interpretación, leemos que: “Un texto, o un discurso, se hace simbólico desde el momento en que, mediante un trabajo de interpretación, le descubrimos un sentido indirecto”[11]. Este sentido indirecto lo hemos apreciado más arriba en la doble confusión en las palabras del Delfín. Dos veces ha mencionado la palabra pueblo en lugar del vocablo hombre, pero al buen intérprete esa confusión, deliberada por parte del autor, será altamente significativa, pues en ella ha brotado el sentido de la obra, y ha surgido, como no podía ser de otra manera, del propio lenguaje.

Este sentido indirecto resultará, pues, y en primer lugar, de la dimensión simbólica de los personajes, y esto, como hemos dicho más arriba, aún individualizados y recreados hasta el exceso.

A partir de ahí, Todorov nos habla de dos tipos de indicios: sintagmáticos y paradigmáticos; indicios que son tales porque nos remiten a una forma determinada de lectura. Los dos podemos apreciarlo en la novela que nos ocupa:

Es así como se constata que a lo largo de la historia de la exégesis, se ha intentado fundamentar la decisión de interpretar, a partir de la presencia de cierto número de indicios propiamente textuales. Estos indicios (hay que dar  a este término el sentido que tiene en la hermenéutica , es decir, verlo como el medio que señala un status textual, induciendo así a una forma determinada de lectura) podrían clasificarse en dos grandes grupos: éstos proceden de la puesta en relación del segmento presente, ya sea con otros enunciados que pertenecen al mismo contexto (indicios sintagmáticos), ya sea con el saber compartido de una comunidad, con su memoria colectiva (indicios paradigmáticos), lo cual – contrariamente  a las apariencias – no nos conduce fuera del texto [12].

El personaje galdosiano, en su trayectoria o evolución, podrá representar o simbolizar momentos o etapas históricos. Serían éstos, según las palabras de Todorov que más arriba acabamos de reproducir, indicios  paradigmáticos.

Ocurre de este modo en los capítulos II, III y V de la Parte Tercera, llamados respectivamente La Restauración vencedora, La Revolución vencida y Otra Restauración, donde hay una identificación del modo de actuar del personaje con el momento histórico aludido.

 Veamos, en primer lugar, el capítulo II de la Parte Tercera, titulado la Restauración vencedora. Alfonso XII entró en Madrid el 14 de enero de 1875 y tiene lugar la llamada Restauración. Los personajes conversan sobre la misma.

D. Baldomero no cesaba de exclamar:

Veremos a ver si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación entra por el aro….

Yo no sé lo que sucederá dentro de veinte, dentro de cincuenta años. En la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes de revolución y de paz. En ciertos periodos  todos deseamos que haya mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo que seremos hasta que se afeiten las ranas.

Y el narrador comenta del Delfín: “Verificábase en él lo que don Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito que si fuera la mujer de otro”. Pues: “El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y regular del orden, sino el hastío de la revolución”.

Y es que el matrimonio del Delfín, como la historia de España, estaba jalonado de restauraciones vencedoras y vencidas, de huidas y retornos a su esposa.

Francisco Caudet dirá que Galdós “muestra una y otra vez ser proclive a echar mano, para la anécdota privada-novelesca, de palabras que tienen un contenido referencial público-histórico”.[13] Pero tal y como nosotros lo estamos interpretando, no será, exclusivamente, la utilización de palabras que tienen un contenido referencial público-histórico para la anécdota privada-novelesca, sino que tales personajes, siguiendo con su dimensión simbólica, serán representativos, en ese momento concreto de la novela, de la época de la Restauración. Serán personajes que llevarán en su germen la caracterización de una época histórica. Pudiendo hacer una ecuación o una identificación entre el personaje y la época histórica. Personaje = época histórica. A = B. Lo cual nos lleva a un procedimiento metafórico de designación.

Otras veces, lo que designará o representará algún personaje serán ciudades en la historia. Así, en el diálogo entre Aurora, la de Fenelón, y Fortunata hablando de Moreno Isla, dice aquélla:

Lo que a él le enciende el amor es la resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero, al fin, ella se ha rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también… ¡Ah! Las señas son mortales.

Las señas, es decir, los signos, ya sean indicios o símbolos.

¿Y no está implícito en el título, Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas, el título de la novela inglesa, Historia de dos ciudades, de Dickens, a quien sabemos que Galdós leía como a uno de sus escritores preferidos?

En cambio, en la actitud, el comportamiento y el lenguaje de Fortunata habría que ver indicios sintagmáticos, puesto que proceden de la puesta en relación del segmento presente con otros enunciados que pertenecen al mismo contexto; es decir, con la actitud, el comportamiento y el lenguaje de la burguesía, a la que pertenece la mayor parte de los personajes con los que se relaciona.

Así, por ejemplo:

A Fortunata la repugnaba la moral despótica de Doña Lupe, en la cual entreveía más soberbia que rectitud, o una rectitud adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada más. Tenía su idea  y para nada necesitaba de consejos ni de la protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas, rectilíneas, iba  a ellas disparada como proyectil que sale del cañón”.

Por ello Fortunata dirá:

¡Lo que es el mundo! Razón tenía D. Evaristo. Hay dos sociedades, la que se ve y la que está escondida”. Y luego: “¡Qué humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le da la gana.

Cuando Juanito Santa Cruz le habla de convenciones sociales – mejor dicho, de conveniencias sociales – y de sentido moral “No se puede uno sustraer a los principios. Las conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene el garrotazo, y hay que bajar la cabeza”), ella pensará: “¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?”.

Frente a las convenciones, o conveniencias, y la moral  burguesa, que es la de la mayor parte de los personajes, exceptuando a Fortunata (y a sus compañeras de Las Micaelas), así como a Maximiliano (no en balde su destino final será el manicomio de Leganés), aquella defenderá el amor, la fuerza del querer, la sinceridad, la ley de la naturaleza… “Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que rectifica las leyes, derogando las que se le oponen” Hablando de sí, dirá: “Todo por querer más de lo que es debido, por querer como una leona”. “Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la boca”, expresará cuando está embarazada por segunda vez del Delfín. “Esto que yo tengo aquí entre mí, no es humo, no. ¡Qué contenta estoy!…Los curas y los abogados, ¡mala peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale… Yo digo que sí vale; es mi idea”. Idea de la que no se arrepentirá cuando se lo pidan en trance de muerte. “Ahora recuerdo – manifiesta Guillermina – que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es preciso arrojarla y pisotearla; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando no hay hijos, no vale… y de que usted, por tenerlos, era la verdadera esposa de…”Pero la Pitusa “no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al ataque con más brío y pasión”. En otras ocasiones se la califica de anarquista, “anarquista que arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra”. Feijoo dirá de ella: “Y lo más raro era que después de tanto manosear hayan quedado intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo, y la constancia en el amor a uno solo…”.  Pues ahí tenemos la gran configuración del personaje de Fortunata, el gran logro de Galdós, la magnitud del pueblo.

Fortunata, el gran personaje, la dimensión del pueblo

La novedad y logro de la novela radica en la creación de un nuevo personaje, que no pertenece ni a la burguesía ni a la clase media, como era usual en la novela realista; se trata, claro está, de Fortunata. Y Fortunata será la mujer del pueblo, lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque, como dice Juanito Sta. Cruz en la primera parte, y corrobora el narrador en la segunda, cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo:

-¡Pueblo!, eso es – observó Juan con un poquito de pedantería -; en otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Y poco más adelante:

Nada, enteramente primitiva – pensaba el Delfín -; el bloqueo del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja perder por refinarlos demasiado.

Palabras en las que, pese a estar pronunciadas por Juanito, un personaje negativo, entreoímos la voz del propio Galdós, prestando su aquiescencia, pues en la segunda parte las repite muy semejantes el narrador:

Así era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la cantera contiene el mármol, materia de la forma. El pueblo posee las verdades grandes y en bloque, y a él acude la civilización conforme se le van gastando las menudas, de que vive.

Había afirmado esto el narrador tras las palabras de Guillermina, la santa, la rata eclesiástica: Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin labrar”.

Pero ahí tenemos la gran configuración del personaje de Fortunata, el gran logro de Galdós. Una joven sin apellidos, a la que, como dice Francisco Caudet, responsable de la edición que leemos, no podía conceder todavía nuestro autor un especio novelesco en la parte primera de su novela; al tiempo que añade que  Galdós empezó escribiendo en esta novela sobre y desde la burguesía y acabó escribiendo contra ella.[14] Del mismo modo, Víctor Fuentes dirá también que desde Fortunata y Jacinta Galdós empieza  a tratar el tema del antagonismo social desde una perspectiva favorable a las clases populares[15].

Las cartas, escritos y discursos de Galdós que Víctor Fuentes recoge en el título aludido son admirables, admirables por su estilo y admirables por su contenido exacto de verdad; por su admiración e identificación con la vida común del pueblo; por su patriotismo; y, por último, por ese elogio a la Villa ilustre de Madrid – “porque en ella tuvimos nuestra cuna intelectual”[16] – , escenario que recorre con amor en tantas de sus novelas y, especialmente, en ésta que nos ocupa. Veamos fragmentos como el siguiente:

Lo primero es que de mi amor entrañable al pueblo de Madrid dan testimonio treinta y cinco años de trato espiritual con este noble vecindario. No necesito decir cuánto me enorgullece ostentar un lazo de parentesco ideal con el estado llano matritense, en quien, desde principios del pasado siglo, se vincularon el sentimiento liberal y la función directiva: lazo de parentesco también con las muchedumbres desvalidas y trabajadoras. La acción de éstas se ha manifestado en la Historia, como acreditan páginas inmortales; se manifiesta siempre en la vida común del pueblo, como atestiguan su tenaz lucha por la existencia y su constancia en el sufrimiento”.[17]

Y éste otro:

Madrid, castillo famoso de hospitalidad, centro y resumen de la vida nacional y abierta cátedra de todas las ideas, aspiraciones y fantasías de los españoles, archivo del donaire, índice de la Historia Contemporánea en su variada serie de períodos normales y revoluciones, posee además la virtud más preciada en el orden político, la tolerancia, dulce amiga del progreso y la libertad. Madrid es nuestra metrópolis intelectual, geográfica y política”.[18]

Cita Ortíz-Armengol de la biografía de Berkowitz sobre nuestro autor los escrúpulos y resistencias que debió de mencionar Galdós antes de aceptar el cargo de diputado. Nos dice aquél que “Sagasta conocía muchas cosas de la juventud del escritor, incluso su destreza en fabricar pajaritas de papel, de las que tanto se celebraron en los cafés, y que Sagasta estuvo capcioso y hábil para acabar de convencerle, a todo lo cual el escritor contestó con una cortés conformidad y criticando la política tal como se hacía en España, ajeno a principios morales y a conceptos filosóficos, a lo cual Sagasta contestó medio en serio, medio en broma”.[19] De cuya cita nos interesa  a nosotros, muy especialmente, esa crítica de Galdós a la política tal y como se hacía en España – o se hace -, de la cual estaban desterrados los principios morales y los conceptos filosóficos, siendo éstos, por el contrario, los que nuestro autor enarbola como única bandera, posesionándose a favor de la vida común del pueblo, de su tenaz lucha por la existencia – Baroja, quien compartirá ese amor por el pueblo de Madrid y la clase trabajadora, al tiempo que mostrará un común interés por la recreación artística del mismo, hablará después de La lucha por la vida – y de su sufrimiento. Es así que el problema social es tema principal del libro que nos ocupa. “¡Qué desigualdades!” – dice Jacinta, “desflorando sin saberlo el problema social (puntualiza el narrador) -. Unos tantos y otros tan poco. Falta equilibrio. Y el mundo parece que se cae”. “La falta de educación es para el pobre una desventura mayor que la pobreza”, piensa la esposa del Delfín cuando regresa de sus excursiones “a las miserables zahúrdas donde viven los pobres de la Inclusa y Hospital”.

Fortunata representará simbólicamente al pueblo, es la mujer del pueblo, y su actitud, lenguaje e ideología resulta, como hemos visto al hablar de los indicios sintagmáticos, de la puesta en relación, y confrontación, con la actitud, lenguaje e ideología de la burguesía, a la que pertenece la mayor parte de los personajes con los que se relaciona. De tal modo, cuando se habla de ella, se seguirá hablando del pueblo:

El pueblo es muy inocente –expresa el Delfín -, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas… La engañé, le garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego….

Al final de la primera parte, tras el reencuentro de Fortunata y Juanito Santa Cruz, ya casada Fortunata con Maximiliano Rubín, habiendo dejado atrás la experiencia de Las Micaelas, aquella dirá que ella misma es pueblo:

-Estás ahora mucho mejor que antes – le dice El Delfín.

-¡Ah! No – repuso ella con cierta coquetería -. ¿Lo dices porque me he civilizado algo? ¡Quiá! No lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el lazo y me cogiste”.

Y Juanito responderá:

“-¡Pueblo!, eso es – observó Juan con un poquito de pedantería -; en otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo”.

Y poco más adelante:

“Nada, enteramente primitiva – pensaba el Delfín -; el bloqueo del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja perder por refinarlos demasiado”.

Al final de la obra, Galdós, con el procedimiento de simbolización acostumbrado en él, revestirá de una capa espiritual la historia de Fortunata. “En ella,  desde el portal hasta lo más alto de la escalera de piedra, veía pintada en la que había sido y sería la última casa de Fortunata, la casa de la Cava su infancia, con todos sus episodios y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasión y Muerte de Cristo. Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el cuatro entresuelo y después el segundo tenían ese revestimiento de una capa espiritual que es propio de los lugares consagrados por la religión o por la vida”.

Cervantes y Galdós. La muerte de Don Quijote y la muerte de Fortunata.

No deja de sentirse en la obra la presencia de don Miguel de Cervantes. Ya sea en algunas ocasiones en la remembranza de su estilo; en  hechos estructurales, en otras; o bien, finalmente, en la muerte de Fortunata, en la que no deja de estar presente la muerte de don Quijote.

Tres veces sale don Quijote de su aldea y tres veces regresa a ella. Del mismo modo, la aventura amorosa de Fortunata con el Delfín tiene lugar en tres lances o episodios distintos y sucesivos. “Algunas, quizás, tenían conocimiento de aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión”.

Cervantes no deja de estar presente en expresiones como las siguientes:

“Estos enormes disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara, persistieron cando estaba parada y atónita delante del portal de los de Santa Cruz”. Refiérese Galdós a Fortunata; así como en las dos citas siguientes a Maximiliano: “Tendré que pasar las noches de claro en claro”. “Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu, directamente emanada de la esencia divina”.Cuando el narrador habla de Juan Pablo Rubín, al nombrarle gobernador, escribe “en el gobierno de su ínsula”.  Fortunata dice para sí de su marido: “¡Díos mío! Pero ¿este hombre está cuerdo, o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi vida le he oído…?”  Y en cuanto a Jacinta con respecto a su marido: “¿Creía Jacinta aquellas cosas, o aparentaba creerlas  como Sancho las bolas que Don Quijote le contó de la cueva de Montesinos?”.

Pero donde más nos conmueve esta presencia es en la muerte de Fortunata. ¿Pues cómo, efectivamente, interpretar el final de la novela, la muerte de Fortunata y su legado, el entregar el hijo de sus entrañas a Jacinta, a la casa, sino como una recreación y un recuerdo de la novela de Cervantes, y en ésta, de la muerte de Don Quijote? Pues así como D. Quijote al morir reniega de su locura y acepta la triste realidad de sus convecinos; Fortunata morirá entregando el hijo de sus entrañas a la burguesía, dado que, como ella misma dice, negándose en parte, es el hijo de la casa, de la casa de D. Baldomero II y Barbarita, y de sus hijos, el Delfín y Jacinta, y al mismo tiempo, según el procedimiento de simbolización que hemos ido señalando, de la burguesía española, adinerada y tradicionalista, del final del siglo XIX. Pero, del mismo modo que en la novela de Cervantes, no es esto lo que la lectura de Fortunata y Jacinta nos viene  a decir.

La gran lección que nos da Galdós en Fortunata y Jacinta, y a través de su gran personaje, de Fortunata, es que hay que regresar al pueblo, que el pueblo posee las grandes verdades, las verdades elementales y sinceras, y a él hay que acudir cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, o las merma por refinarlas demasiado.


[1] Emilia Pardo Bazán: Un viaje de novios, edición de Mariano Baquero Goyanes. Barcelona Editorial Labor, , 1971, 278 páginas. Entre Galdós y Pardo Bazán se estableció una red de influencias mutuas a raíz de su relación amorosa. Carmen Bravo Villasante en su estudio sobra la vida y obra de Doña Emilia ha analizado (e incluido también) la correspondencia amorosa con Pérez Galdós. Vida y obra de Emilia Pardo Bazán. Correspondencia amorosa con Pérez Galdós, Madrid, Novelas y Cuentos, 1973, pp.. 142-157). Y Benito Varela Jácome, en su edición de La Tribuna, cita las entrevistas de los dos autores en Madrid, la coincidencia en la quinta santanderina de San Quintín, las excursiones al valle de Carriedo y las cuevas de Altamira. Pardo Bazán puso a Galdós en relación con la literatura rusa y, en concreto, con Dostoievski, y de tal influencia nosotros reseñamos la excelente novela Miau. Pedro Ortíz-Armengol en su Vida de Galdós nos dice de Dª Emilia que “Admira a Galdós, a Pereda, a Alarcón y lo dice así en el prefacio a su novela Un viaje de novios, que es del año 81, el año en el que aquel publica La desheredada”; que “La Pardo Bazán no había regalado, probablemente, sus dos primeras novelas a Galdós, pues los ejemplares de ellas que tenía en su biblioteca no están dedicados por doña Emilia, pero las del año 85 sí lo están, así como otras en años sucesivos” Barcelona, Editorial Crítica, , 2000, pág. 268.

[2] Ibídem., pp. 58 y 59.

[3] Benito Pérez Galdós: Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870). En Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas, edición de Francisco Caudet. Madrid, Editorial Cátedra. Letras Hispánicas. 2002. “No ha  aparecido aún en España la gran novela de costumbres, la obra vasta y compleja que ha de venir necesariamente como expresión artística de aquella vida”, pág. 19.

[4] No compartimos, por tanto, interpretaciones como la de Blanco Aguinaga. “Se diría, pues, que, según nos remite constantemente a la Historia, el narrador pretende subrayar lo privado, oponiendo al parecer lo individual a lo social o colectivo. Así, la Historia sería solo – según tanto se ha dicho de Galdós –un “contexto”, un “trasfondo” dado dentro del cual, o frente al cual, ocurre lo que de verdad importa: el desarrollo de vidas particulares, de problemas y pasiones “universales” y “eternos”. Lo central, por lo tanto, aquello que nos daría la clave de la lectura correcta de de Fortunata y Jacinta, sería, por ejemplo, el tema del amor-pasión, o el ansia de maternidad, o la cuestión de la “índole” de cada uno, la oposición de tipos, etc. Grande es, pues, la tentación de adentrarse por esa vía, de ir quitándole Historia  a nuestra novela con el máximo rigor lógico. Tal vez se piense que así, en efecto, llegaremos a descubrir cuál es su verdadera estructura profunda”. Blanco Aguinaga, C.: “Entrar por el aro: restauración del “orden” y educación de Fortunata”, pág. 58, en La historia y el texto literario. Tres novelas de Galdós. Madrid, Editorial Nuestra Cultura, 1978.

[5] Pedro Ortíz-Armengol en su Vida de Galdós, Barcelona, Editorial Crítica, 2000, nos dice: “…al comenzar el año 86, cuando emprende la Parte Segunda, ya aparece el tipo de Maximiliano Rubín, con no pocos rasgos emparentados con los del Raskolnikoff de Dostoievski y, en primer lugar, dedicando su espiritualidad a la salvación amorosa y social de una prostituta, lo que nos lleva a sospechar si Galdós había leído con atención la novela del ruso, si le había impresionado y si había incorporado elementos de ella en Fortunata y Jacinta. O si se le habían incorporado sin él notarlo. Quedan en pie no pocas incógnitas. ¿Conoció la historia de Raskolnikoff a través de doña Emilia, oralmente, o la leyó en versión francesa? ¿Son casuales los paralelismos que se observan entre personajes de ambas novelas, Marmeladok e Ido del Sagrario y otros; la parodia del crimen de Raskolnikoff que aparece a manos de Rubín y la respuesta que ambos episodios representan contra la vieja usurera?” pág. 255.

[6] Joaquín Gimeno Casalduero: “La caracterización plástica del personaje en la obra de Pérez Galdós; del tipo al personaje”. Anales Galdosianos., VII, 1972, pp. 19-25.

[7] Benito Pérez Galdós: Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870). “No ha aparecido aún en España la gran novela de cosumbres, la obra vasta y compleja que ha de venir necesariamente como expresión artística de aquella vida”. En Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas,Edición de Francisco Caudet. Madrid, Editorial Cátedra. Letras Hispánicas. 2002.

[8] Podríamos poner más ejemplos de simbolización: el agua, los botones.., pero escapan al límite de este trabajo. Luego hablaremos del revestimiento espiritual que Galdós dota, al final de la novela, a la historia de Fortunata.

[9] Benito Pérez Galdós: Marianela, Edición de Joaquín Casalduero, Madrid, Editorial Cátedra, Letras Hispánicas. 1994. “Para Comte la humanidad pasa por tres etapas teóricas diferentes y sucesivas, en el sentido de que cada una de ellas ha sido característica de una época dada de la humanidad y ha preparado la siguiente, pero que han existido y aún existen conjuntamente. Esta evolución la ha formulado en la ley de los tres estados. Los tres estados son: el estado teológico, provisional; el metafísico, transitorio; y el positivo, último y definitivo. /…/ La concepción positivista del mundo se debe a la observación y es exacta y orgánica”. Pp. 31 y 32.

[10] Aunque él escribiese la novela entre los años 1885 y 1887, lo cual añade, como también escribe Francisco Caudet, una nueva dimensión temporal.

[11] Tzvetan Todorov: Simbolismo e interpretación, Caracas, Monte Ávila Editores, , 1992, página 19.

[12] Ibídem. Página 30.

[13] Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas, edición de Francisco Caudet, Madrid, Editorial Cátedra, Letras Hispánicas., 2002, 2 vols., página 59.

[14] Ibídem. “Y esto es así porque la realidad  introdujo en esta novela un personaje que, con el paso del tiempo – tiempo histórico y novelesco – alcanzó la categoría de indiscutible protagonista: me refiero, claro está, a Fortunata, una joven sin apellido ni – de ahí que no pudiera concederle Galdós un espacio novelesco todavía en la Parte Primera – historia. En la novela es el personaje que parece más de ficción, más inventado, y, sin embargo, su realidad es tan real como la de la burguesía, cuyo pasado y presente es historiado con toda suerte de detalles. Esta apariencia de ficción que tiene Fortunata será precisamente el revulsivo que llegará a introducir una tensión desmitificadora en la clase media, hasta ahora la materia prima novelística por excelencia”. Pp. 27 y 28.

[15] Víctor Fuentes: Galdós demócrata y Repúblicano: escritos y discursos 1907-1913, Universidad de la Laguna. Colección Viera y Clavijo I. Santa Cruz de Tenerife 1982.

[16] Ibídem,1908. Centenario del Dos de Mayo. Al pueblo de Madrid, página 57.

[17] Ibídem. En 1907. Galdós Repúblicano, página 51.

[18] Ibídem. En 1908. Centenario del Dos de Mayo. Al pueblo de Madrid, pp. 58-59.

[19] Pedro Ortíz-Armengol: Vida de Galdós, Barcelona, Editorial Crítica, 1ª edición en Biblioteca de Bolsillo, 2000, página 240.

Este artículo se publicó en el número 21 de Isidora Revista

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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