
Mª Ángeles Varela Olea, Universidad CEU San Pablo (Madrid)
El estreno hace un siglo de Celia en los infiernos supuso un importante acontecimiento artístico, si bien también supuso un hecho de gran relevancia política y social que ocupó portadas de los periódicos. Con anterioridad, Galdós ya había conseguido congregar multitudes y sacudir la astenia política de sus contemporáneos. Así había sucedido con Electra, hacía más de una década. Sin embargo, pocas veces una obra literaria española tendrá la amplia y variada repercusión que estas dos obras dramáticas tuvieron, significando al autor y a sus seguidores en una posición crítica que, por otra parte, Galdós nunca había abandonado.
Como obra de un genio inconformista, la extensa obra galdosiana no es unívocamente realista, costumbrista, modernista, regeneracionista o romántica, sino que, lógicamente, en ella confluyen rasgos variados de la tradición a que pertenece, influencias contemporáneas nacionales y foráneas, e innovaciones propias. Pero desde el punto de vista de la actitud meramente política, Galdós es heredero de una posición crítica ilustrada precisamente nacida de su patriotismo. Galdós detecta el mal, lo consigna literariamente y lo incluye en sus novelas y dramas, que describen el atraso agrícola, mayorazgos retrógrados, caciques feudales, la lentitud administrativa, la perversidad de los intereses económicos, o la necesidad de reformas educativas. Estas serán notas características de toda la obra galdosiana: su atención a los males nacionales, detalladamente descritos en un ilustrado análisis de fondo, artísticamente incorporados a la narración. Galdós hereda de la crítica ilustrada el tono reflexivo que combate la falsedad y error de nuestro sistema, y como aquellos, busca en el pasado histórico el origen del mal actualmente persistente, y también como aquellos, deposita buena parte de su fe en el progreso de la humanidad en la benéfica labor de la educación.
Con un peso y prioridad importante en las llamadas novelas de tesis, dicho contenido nunca desaparecerá de las novelas contemporáneas posteriores, acrecentándose y convirtiéndose en prioridad nuevamente en los últimos textos, novelas y dramas regeneracionistas.
Si bien, la realidad política contemporánea defraudará a Galdós. Sus varias incursiones políticas -como liberal, como Repúblicano y finalmente como reformista- sitúan la crítica final de obras y discursos galdosianos en el utopismo ensoñador. A esta etapa pertenece Celia en los infiernos (1913). En estas últimas obras, el escritor da prioridad al contenido regeneracionista; a la crítica de la situación nacional. Pero el anciano escritor que ha vivido la experiencia política en primera línea desea mantenerse en el optimismo del resultado, por lo que su obra alcanza el plano de la quimera romántica. Decepcionado de partidos, banderías, intrigas y hasta de la voluble y fácil de engañar voluntad popular, confía en que la razón acabará por triunfar… pero ya no se atreve a indicar de dónde provendrá tal regeneración. Así, adherido sentimentalmente al romanticismo del deseo frustrado -larga e intensamente anhelado-, sus últimos textos posibilitan esa España ideal en lo irracional: a través de cataclismos regeneradores, encantamientos mágicos, sortilegios y hechizos o, como en Celia, en la concreción individual del idealismo humanitarista. Pero los personajes de la obra advierten que la caridad no resuelve el problema social.[2] El ejemplo de la mujer de firme voluntad que sirve de instrumento divino en la reparación del injusto reparto de bienes es únicamente un consuelo pasajero, no la solución general y definitiva al problema. Al poco de escribir esta obra, Galdós describirá a un personaje que opta por la «misteriosa ley de la Sinrazón», como consecuencia de que Razón y Verdad le hayan llevado al desastre. En La razón de la sinrazón (1915), España es el Imperio de la Sinrazón, «terreno en que, medran los tontos, se enriquecen los audaces, y todo va al revés de lo que ordenan las antiguas pragmáticas del Padre Universal[3]».
Como vemos, la actitud política galdosiana parte de una crítica de carácter ilustrado y reformista, para acabar combinándola con finales efectistas de naturaleza simbólica y romántica. Un peculiar pragmatismo, enteramente racional, capaz de enumerar prosaicos males nacionales, que curiosamente se sostiene, no ya en la confianza en la razón, sino en una fe romántica en el advenimiento de un tiempo regenerado. Lo cual literariamente se traduce en el fuerte simbolismo de estos últimos textos. Aquí, en Celia en los infiernos, son símbolos evidentesla «trapería» en que todo vuelve a cobrar uso, excepto las sedas superficiales; los «infiernos» del modo de vida de las clases pobres; la rica Celia redentora de menesterosos, que es «la gran obrera» encarnando la mano de Dios, la Justicia y la Voluntad; su guía entre la miseria, consejero y «padre» de nombre Pastor, etc. Son personajes-símbolo del gusto romántico para una crítica ilustrada.
La crítica política en la obra galdosiana
La obra de nuestro autor reproduce con la magnitud que ninguna otra lo hace un periodo histórico especialmente interesante para el conocimiento de la España actual. Es en vida del autor cuando se discuten los principios básicos de nuestra política: muchos dilemas de entonces son los modernos; muchos males señalados, los mismos tristemente al día. Y es así porque la obra galdosiana reproduce la progresiva toma de conciencia de los españoles, anticipando el descubrimiento de una «España real» que yace oculta tras las falacias de esa otra «España oficial». Aquella falsedad de la España que creíamos tener y ser, quedó patente en acontecimientos finiseculares como el Desastre del 98, que, entre otras cosas, reveló nuestra pequeñez y atraso en el concierto europeo, pero a nosotros nos golpeó con la desoladora idea de que España no era ya un Imperio. Para esas fechas, Galdós llevaba décadas advirtiéndolo; de ahí que los regeneracionistas citen y reproduzcan a finales de siglo numerosos fragmentos de obras muy anteriores en que se nos advertía aquella dolorosa verdad.
Inicialmente, Galdós se convertirá en precursor de los noventaiochistas, a quien acuden en busca de derroteros artísticos y políticos. Así será por esa clarividencia para el juicio del presente nacional que es también una búsqueda en el pasado del origen y modo en que se engendraron.
Ya entre sus primeras obras dramáticas sin estrenar nos encontramos Un joven de provecho, en que la trama amorosa sirve para recrear la perversión del sistema político contemporáneo: la suciedad de un sistema que airea las vidas privadas para vencer a los adversarios políticos, los amigos envidiosos, los intereses económicos de los representantes, el parasitismo que rodea al poder, ministerios a los que se accede por escándalos privados, seducciones amorosas que persiguen la obtención de cargos… El jovencísimo estudiante canario había comenzado muy tempranamente pintando un cuadro político poco agradable.

Caricatura del compañero y amigo de Galdós de partido Melquiades Álvarez aparecida el 23 de octubre de 1913 en España Nueva. Bajo ella se lee:
«Se reforma toda clase de objetos por viejos y usados que estén. Especialidad en dar brillos y lustres».
Los artículos de Galdós para La Nación (entre 1865 y 1868) dan muestras de ese mismo espíritu crítico, especialmente duro con los neocatólicos, quienes creen que la decadencia española se inició al apartarnos del Evangelio Su constante inquina contra ellos se basa en lo numerosos que eran entonces los partidos que fundamentados en la religión decían defenderla políticamente, queriendo convertirse en únicos representantes de lo atemporal en lo temporal. Como entonces escribía el joven, algunos lo «somos» sin pregonarlo tanto, y sobre todo, sin politizarlo. Pero el escritor dará muestras de saber separar la generalización del caso concreto, capaz de admirar el idealismo incluso de quienes profesan ideales ajenos al propio. Es posible leer en sus artículos diatribas contra los que llama «energúmenos del ultramontanismo» e hipócritas «escondidos bajo sotanas», a la vez que alaba al diputado carlista Cándido Nocedal, por quien llegó a manifestar su simpatía y de quien admiraba lo poético e idealista de sus planes políticos o su capacidad para plantear soluciones al problema económico[4].
Las apreciaciones del joven estudiante Galdós respecto a la situación económica española vuelven a resultar actuales: El país –escribe- está en bancarrota. La pobreza no es ya una cuestión individual, sino que ha adquirido una extensión nacional. Por ello, recuerda la frase calderoniana «hombre pobre todo es trazas» para hablar de los intentos gubernamentales para hallar remedio financiero que restaure la economía española. En tiempos de censura, Galdós lamenta en tono humorístico la inexistencia de una mano redentora que se pase, palco por palco del teatro Real, despojando de lujos a insignes próceres del país. Pero como este medio es imposible, al ministro «de los proyectos» le queda el recurso de la cesantía[5].
El asunto económico será uno de los más tratados en las crónicas políticas de este periodo. Un mes después aún escribe que en este país, el dinero parece haber obedecido a la ley de la evaporación espontánea. La solución al problema económico que propone el ministro es la reducción de sueldos, así que, como alquimista, habrá de diluir, fundir y precipitar a los empleados públicos. Por eso llama «proyecto químico analítico» a los planes económicos del Gobierno. Y en el mismo tono satírico transcribe la conversación entre un título de la Deuda y un billete del Banco de España. Cuando tan sólo quede una moneda en todo el país, su poseedor será tenido por el hombre más importante: deberá enterrarla bajo el piso de su cueva, esconderlo en cajas de hierro y defender su posesión con perros dispuestos a devorar a quienes se aproximen.

En los artículos de juventud de Galdós se manifiestan muy tempranamente su fobia parlamentaria y su desprecio por la vida política española y sus viciosas costumbres. En un artículo de 1865 aparecido en La Nación hace una crítica llena de ese humor abultador de rasgos grotescos, caricatura de estilo larresco de nuestros habladores parlamentarios. Nuestro Estado político es comparable al Estado que rige un estanque de ranas: inicialmente manso, hasta que todas las ranas acaban por croar sin que a ninguna de ellas pueda entendérsela:
[…] habréis notado que una rana, más atrevida que las demás, una que tal vez sea presidente de la república, presidente del Consejo de ministros, dictador, primer cónsul o favorito, da la voz de alerta, pronuncia un hurra de alegría a que contesta otra desde el extremo opuesto del estanque, pronunciado tal vez por el lugarteniente del imperio, por el ministro de la Gobernación, el gran chambelán o el guarda-sellos del reino. Después, una tercera voz parece contestar a las anteriores, y a la cuarta no se hace esperar mucho tiempo, sucediendo más que aprisa una multitud de vocecillas desentonadas que parecen interpelarse, contestar, darse los buenos días […], desembuchar un secreto, lanzar una pulla, proferir una queja, soltar una carcajada, gruñir una represión, preguntar cómo está el tiempo, murmurar del vecino o hablar… por hablar[6].
En esa idea se mantendrá siempre Galdós, aunque él mismo acabe por intervenir en la vida política. En el mismo año en que era presidente de la Conjunción Repúblicano-Socialista, en 1909, escribió una de sus novelas más regeneracionistas y críticas con la política española: la fábula El caballero encantado. En ella se narra el periplo correccional de su protagonista, quien, precisamente, ha de superar una «cura de silencio» como última etapa de su regeneración. Para ello, el protagonista Tarsis es transformado en pez y confinado en una redoma, de la que saldrá, según le dice otro balbuciente pez:
Si poniendo un punto en tu boca demuestras haber ganado borla de doctor en la Facultad del Buen Callar… A esta triste morada vienen los que por hablar demasiado ahogaron en océanos de palabras la voluntad y el pensamiento de la vida hispánica. Casi todos los que ves aquí son oradores. Hablaron mucho y no hicieron nada[7].
Galdós será observador de pocas palabras, atento a anotar sus impresiones y las experiencias de los personajes vivos en que basará sus obras. Él mismo hablará tempranamente de que nuestra literatura tiene una tendencia desaforada al idealismo, cuyo error más evidente es que prefiere imaginar a observar, y sin embargo, escribirá, la novela ha de sustentarse en la realidad.
En la misma época de juventud en que sus contribuciones periodísticas hacían crítica del Parlamentarismo y de nuestros políticos, se produjo la famosa noche de San Daniel, tantas veces relatada y traída a colación para explicar la gran relevancia que tendrá en nuestro escritor[8]. En sus Memorias de un desmemoriado, en Prim, el Episodio Nacional en que se recoge ese abril de 1865, y en Fortunata y Jacinta hará mención de la participación estudiantil y popular en la protesta ante el cese de Castelar y el del rector de la Central, Montalbán, a causa de los artículos del primero en que se discutía la legitimidad de la reina para «regalar» el Patrimonio Real.
El inicio de Fortunata y Jacinta presenta a unos personajes vivísimos, propios, claramente basados en experiencias del propio escritor durante sus años estudiantiles: el protagonista Santa Cruz huido en la grada más lejana a la del profesor y semioculto por la capa, las charlas ajenas a la lección de los malos estudiantes o esos «míticos» huevos llevados «(no sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica)» para freírlos durante la explicación. Todos esos detalles estudiantiles, que parecen sacados del presente, y debieron de ser vivencias autobiográficas de quienes «metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de San Daniel». Los chillidos salvajes, las bofetadas y las consecuencias de participar en aquel acontecimiento histórico, por el cual, el protagonista de la novela queda ya retratado como un mal estudiante sin mucha sustancia que se mete en líos de los que sus bienintencionados padres habrán de sacarlo. ¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño[9].
El estudiante Galdós ha vivido un Madrid en que los españoles ya tienen conciencia política. Sus primeras obras de tesis reflejarán cómo había ido germinándose esa opinión pública, así como la eterna pugna nacional entre absolutismo y liberalismo. Eso es La Fontana de Oro (1870), la novela que recrea lugar y época en que «el pueblo ha dejado de ser espectador pasivo». En el prólogo de la novela explica su interés por recrear la crisis de 1820-1823, pues quiere subrayar la semejanza política y social con la época presente, porque fue entonces cuando el pueblo comenzó a manifestarse a diario. El Madrid de aquella época era foro de legislación y cátedra de enseñanza. «Entonces (1821) una democracia nacida en los trastornos de la revolución y alzamiento nacional fundaba el moderno criterio político, que en cincuenta años se ha ido difícilmente elaborando»[10]. En clubs, cafés, tertulias… la juventud desempeñó nobles esfuerzos por formar y educar la opinión que hasta entonces no existía.

Anticipando su papel político atemperador, Galdós pinta ya entonces cómo la escisión en el interior de los partidos es fuerza desaprovechada que les roba posibilidades de triunfo. De esa división entre liberales se aprovechará Fernando VII, «el monstruo más execrable» y «todo lo malo»[11]. El monarca es el responsable de una lucha de cincuenta años, su herencia actual: rastro de miseria que no ha terminado aún entre nosotros[12].
El asunto de las primeras novelas es precisamente el político. El audaz. Historia de un radical de antaño (1871), publicada en la Revista de España, vuelve al pasado histórico -ahora al año 1804-, para retratar al liberalismo exaltado. Si en la anterior novela leíamos un panorama un tanto hiperbólico de curas licenciosos, monjas crueles y beatas malísimas, en esta novela Galdós modera ligeramente su propia perspectiva para crear a un radical exagerado, que él mismo caracteriza por su «bestial y ridículo ateísmo, odio al clero y a la nobleza»[13]. Es la actitud fanática, no sus ideales, lo que le alejan de este adorador de la Revolución francesa, de quien el narrador apostillará en algunos aspectos que «el tiempo ha venido a darle la razón»[14].
En ese tono propio de la novela de tesis, la capital es lugar «donde la corrupción era general y crónica». En España es habitual la compra de destinos y la venta de la justicia, la economía se pierde en los privilegios, mayorazgos, diezmos, el injusto reparto de la tierra que beneficiando a unos pocos, mantiene a los colonos hambrientos… La monarquía de Carlos IV posibilita todo este modo de gobernar, en un tiempo marcado por las conspiraciones y un clero temeroso de la desamortízación.
La ceguera fanática del protagonista revolucionario lo lleva a aceptar la conspiración, siendo suficiente para ello el que sea una negación de las leyes, costumbres y personas que rigen España. Pero Muriel, el protagonista, es también un idealista que da pie a Galdós en el capítulo XXIV a exponer «El primer programa del liberalismo»: anticipando su propia actitud de 1913, en aras de la consecución de los objetivos políticos, su personaje se muestra transaccionista con la monarquía de Fernando VII, defiende la abolición del Santo Oficio, la desamOrtízación completa, la extinción de señoríos, diezmos y otros tributos, y respecto a la labor de las Cortes, habrá de iniciar reformas de mayorazgos, un nuevo Derecho Penal y Civil y garantizar la soberanía nacional. El narrador retrata a un exaltado defensor de ideales que comparte, pero cuyo fanatismo dará al traste con ellos.
Muchos de estos asuntos reaparecerán en novelas posteriores, pero será Doña Perfecta (1876) aquella que mejor encarna el sucio juego político que tiene su eje en el caciquismo. En ella vemos la falsedad del sistema de representación política en las provincias que, como Orbajosa, se resisten a la modernización. El feudalismo caciquil es «el resultado de la exaltación religiosa, cuando ésta, en vez de nutrirse de la conciencia y de la verdad revelada en principios tan sencillos como hermosos, busca su savia en fórmulas estrechas que sólo obedecen a intereses eclesiásticos.[15]» De esa perversión política de la religiosidad pura, escribe, escapan los corazones puros. Tal pureza será la de Gloria, la protagonista de la novela del mismo nombre (1876-7), en la que Galdós insistirá nuevamente en pintar ese desolador cuadro social carente de un sentido moral puro y de una religiosidad sencilla y desnuda de superstición[16] Así, pues, la protagonista será víctima precisamente de esa práctica social de lo religioso que ella misma había calificado como «alambicada», hasta el grado de haber desvirtuado un poco la idea religiosa, dejándose seducir demasiado por los símbolos. Nuevamente en el escenario rural de una villa pesquera, Galdós retrata esa falsedad política de las elecciones, los sobornos, la más ruda coacción del cura de Ficóbriga, en tanto que el Dr. Sendeño, al contrario que éste, tiene creencias no superficiales, rutinarias y endebles, como –se nos dice- las de la mayor parte de los católicos españoles, sino profundas y fijas[17].
Aunque no es nuestra intención hacer un recorrido exhaustivo por el tratamiento que recibe la política en todas las obras galdosianas, queda claro que el juego parlamentario es retratado como un sistema falso, caro, inmoral y pernicioso. También será así en la considerada última de sus novelas de tesis, La familia de León Roch (1878) donde nuevamente se ataca el desigual reparto de las riquezas nacionales -tema de Celia en los infiernos-, y cómo la fortuna de unos pocos está hecha con «la rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público», lo cual, dice, es causa de la bancarrota nacional[18].
La novela pinta una sociedad actualísima: Todo el mundo habla mal de los políticos, del gobierno, de los empleados… pero, donde todo es malo, no es posible escoger; lo cual tiene como consecuencia una actitud acomodaticia. Se reconoce el mal, pero no se hace nada contra el desorden social, salvo hablar de él y evadirse con distracciones como el juego. Esta nueva faceta del mal político es de la que el siglo XX vivirá sus consecuencias. El mal político ha derivado en males económicos, sociales, morales y espirituales.
Cada vez más rotundo en su juicio social devenido de nuestro estado político, Galdós habla de una caquexia nacional: una debilidad y astenia causada por lo que define como perversión moral originada en el medio social, que contagia constantemente a los españoles quienes estamos inmersos en un venenoso ambiente de farsa y escándalo[19].
No es de extrañar el simbolismo de la oposición existente entre los protagonistas y rivales por una mujer de Lo prohibido (1884-85). En tanto que el amante, José Mª, es diputado cunero, el marido, Pepe Carrillo, es un idealista que aunque poco ve de la realidad doméstica, es clarividente en lo nacional, firme defensor de la aproximación de la Democracia a la Monarquía, y fundador de un periódico con tal objetivo. Carrillo diagnostica con talento las lepras de nuestra nación y sus remedios, inspirados en el sistema inglés (del que también eran partidarios, entre otros amigos de Galdós, Albareda y Gumersindo de Azcárate[20], autor del conocido El self-goverment y la monarquía doctrinaria, de 1877). Frente a este Pepe, senador que se debe al país, defensor de una política reformista que promueve la enseñanza, los gimnasios en los colegios, la cuestión agrícola, la necesidad de bancos agrícolas o la supresión de la lotería y los toros, político, se nos dice, consagrado al bien ajeno, y por ello, «otroísta», Carrillo es egoísta.
Todas estas novelas se centran en desvelarnos las falsedades del sistema político español, presentan la lucha contra diferentes tipos de tiranos (ya sean reyes absolutistas o caciques rurales). En siguientes novelas (Marianela, La desheredada, Tormento, La de Bringas, Fortunata…) Galdós volverá a pintar ese telón de fondo, pero centrándose esencialmente en la injusticia social. La desheredada, por ejemplo, está dedicada a los maestros, puesto que Galdós es consciente de la imprescindible labor educativa para acabar con estas lacras. En ella leeremos de esos males sociales derivados de la corrupción política como el expedienteo, el favoritismo, la recomendación… como escribe quien lleva años denunciándolas sin verlas curar, «lepras» tan familiares en nuestra sociedad que «ya ni siquiera se rasca, porque ya no le escuece»[21]. Todo esto sucede sin que percibamos que estamos nutriendo un sistema insostenible. Con ironía narradora, creemos que «Todo va bien, admirablemente bien…»[22].
Las novelas contemporáneas, no centradas ya en la falsedad del sistema político, retratan cómo el mal se ha asentado en nuestra sociedad hasta el grado de que no lo reconocemos como tal. Los españoles no nos daremos cuenta hasta pasado el tiempo de que en este periodo de la Restauración se estaba incubando la «inmensa gusanera» de males que en pleno siglo XX afloran por todos lados. Desde la perspectiva del año 1912 en que escribe Cánovas esta época será la de los «tiempos bobos», años en los que la inercia presidía todo, en que no se avanzó política ni socialmente; años de «ociosidad» y laxitud enfermiza»[23]. Pero lo peor de esa inercia sostenida por su apariencia pacífica era el estar abonando la putrefacción actual. Un año antes de Celia en los infiernos, el turno pacífico de liberales y conservadores le parecía falso bipartidismo, pues todos los políticos, escribe, pertenecen a dos bandos igualmente dinásticos y estériles «sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático». Esa es la lección con que termina este Episodio Nacional: como diceel personaje simbólico de la Madre, hemos llamado «paz» a lo que en realidad fue «consunción y acabamiento».
La participación política de Galdós
Durante ese periodo aparentemente pacífico, el propio escritor que en las novelas hacía crítica de la situación, participó en ese falso turno político. Por ello, hay quienes han visto en su participación de entonces una cierta hipocresía de la que es difícil disculparlo sin recordar las varias ocasiones en que relató el modo en que acabó siendo diputado cunero en 1886. Su amigo Ferreras sugirió a Sagasta que «sacara» a Galdós diputado por las Antillas. Así, lo incluyeron telegráficamente en la lista de Puerto Rico, «y un día me encontré con la noticia de que era representante en Cortes con un número enteramente fantástico de votos.» Él mismo, andando el tiempo, reconocerá que «Con estas y otras arbitrariedades llegamos años después a la pérdida de las colonias.[24]» Nuevamente en Cánovas, Galdós refleja las circunstancias autobiográficas que le llevaron a aceptar su candidatura como diputado, haciéndolo cómplice del sistema que criticaba. Sagasta convence al alter ego galdosiano, Tito, de que el medio para terminar con la falsedad política sólo podrá iniciarse desde dentro de ella; sólo de este modo se logrará que la Monarquía represente la voluntad popular. Ante las reticencias del personaje a ser candidato político, el líder del partido lo convence con estas palabras:
Algo hay de verdad en todo lo que usted dice, lo reconozco; pero también afirmo que semejantes males sólo puede remediarlos el Partido Constitucional, maridaje perfecto entre el Poder real y la Soberanía del pueblo… No lo dude usted, amigo Liviano, pues mi partido, en la oposición, está haciendo ya una gran obra política. El porvenir es nuestro. Si usted no lo reconoce todavía, lo reconocerá bien pronto. Yo he de intentar la regeneración de este país. ¿Fracasaré? Allá veremos. Lo que aseguro es que si mis esfuerzos resultan fallidos y sucumbo en la demanda, caeré siempre del lado de la libertad[25].
Según él mismo contaba –y el cunerismo de El caballero encantado reproducirá-, en aquellas sesiones políticas su participación se limitó a contestar con monosílabos afirmativa o negativamente. Sin embargo, Galdós asistía al Congreso a diario, «pero porque me gustaba estar de tertulia con los amigos en el salón de conferencias»[26]. Entre estos amigos, él mismo destacaba a Gumersindo de Azcárate que, como él, se sentó en el Congreso por primera vez en aquella ocasión. En cualquier caso, esta experiencia será de una gran utilidad al escritor, quien se mostrará sorprendido de la gran «escuela» que supondrá el espectáculo al que allí asiste[27].
Este Galdós ya era el de Fortunata y Jacinta, el que en la década de 1890 retomaría su vocación inicial por el teatro, estrenando apoteósicamente obras como Realidad, La de San Quintín, Electra o El abuelo, y también con gran éxito, La loca de la casa, Doña Perfecta, Pedro Minio, Sor Simona o Celia en los infiernos[28].
Durante esa década, el escritor rechazó varias ofertas políticas, excusando con frecuencia que su labor debía limitarse a lo literario, palestra desde la cual ser observador crítico. Ciertamente, el estreno en 1901 de Electra fue un acontecimiento no sólo artístico, sino político. Como quedó de manifiesto en la revista del mismo nombre, que aprovechaba el movimiento surgido con el estreno galdosiano, los jóvenes noventaiochistas le piden que sea su maestro y guía intelectual. Pero Galdós vuelve a renegar de tal papel[29], y también rechazará nuevamente la posibilidad de ser diputado. En el mismo año, Joaquín Costa promueve desde el Ateneo su popular Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España. Los intelectuales españoles de variada índole profesional e ideológica se reúnen periódicamente para exponer su dictamen que, luego, el de Barbastro resumirá y editará: España no es libre, fue inútil la revolución del 68; la falsedad de nuestro sistema se refleja en todas nuestras instituciones[30]. Costa subraya lo expuesto aquel año: la inexistencia real del Parlamento, la inexistencia práctica de partidos políticos, la inexistencia de una Monarquía, la pasividad del pueblo, nuestro inveterado feudalismo… Críticas muy conocidas para los lectores galdosianos, resumidas y analizadas en el volumen costista que Galdós reconocerá haber usado en su artículo del mismo año «La España de hoy». En el mismo volumen, se recoge la intervención de Melquiades Álvarez[31], quien lleva esa acusación de inexistencia y falsedad a la educación española: no existen ni escuelas ni alumnos ni profesores, pues lo que tenemos son fábricas de bachilleres. Costa insiste por carta al escritor de lo importante que sería que literariamente hiciese uso de estas situaciones, especialmente aptas para el teatro; como efectivamente Galdós hará.
Empero, hasta 1906, Galdós se mantiene al margen de la política activa. Y así será hasta que, muertos Ferreras y Sagasta, muerta con ellos su fe en el partido liberal, ante la polémica que suscitan la ley de Asociaciones y la también problemática ley de Jurisdicciones, ante su sempiterna convicción de que religión y política no han de mezclarse, y ante un recrudecimiento del militarismo, se incline hacia el Repúblicanismo con motivo de la campaña pidiendo la abolición de la pena de muerte. El apoyo constante a las publicaciones y estrenos galdosianos por parte de la prensa Repúblicana será acicate para que el escritor vuelva a comprometerse públicamente con el sistema político. En 1906 el antiguo amigo de Galdós, el periodista, Luis Morote, era ya diputado Repúblicano. El País y España Nueva recogerán las adhesiones de distintas personalidades de la vida social y política española a su campaña pidiendo la abolición de la pena de muerte.
La prensa recoge con frecuencia las intervenciones en este sentido realizadas durante mítines Repúblicanos. A finales del mismo noviembre en que se inició la campaña, se incluirá la carta de Galdós enviada al mitin del día anterior y en la que pide la abolición de una pena que se ha declarado resueltamente ineficaz.[32] Unos meses después, tras varios intentos fallidos, en una tercera visita de Demófilo, periodista y miembro de la Junta Municipal Repúblicana, se obtuvo finalmente respuesta afirmativa de Galdós, quien aceptó ser diputado Repúblicano «movido de un sentimiento» actualmente «considerado como ridícula antigualla: el patriotismo»[33].
Su participación política será bastante atípica, pero en ningún caso debe minimizarse una tarea en que se ocupará diariamente durante este periodo de tiempo. La labor política y literaria se confunden; novelas y dramas retoman temas de índole política, en tanto que sus discursos no evitan menciones a nuestra tradición literaria poco habituales en actos de esta índole. El escritor dedica las mañanas a escribir, y pasa las tardes en el Congreso; nuevamente –reconoce-, invirtiendo más tiempo en las interesantes tertulias que allí se forman que en las sesiones públicas. Entre sus actuaciones, cabe destacar que participará en la campaña contra Maura, luchará políticamente contra la ley de terrorismo y la campaña de Marruecos, y además, criticará las irregularidades de las comisiones que se desvelan en aquellos años.
En 1909 se convierte en Presidente de la Conjunción Repúblicano Socialista, aunando fuerzas de viejos correligionarios como Melquiades Álvarez y Gumersindo de Azcárate, o nuevos como Pablo Iglesias. Galdós se muestra posibilista: «no hablemos de doctrinas ni procedimientos, porque ahora el programa es único: se trata de traer la república». Además, negando su romanticismo, lo afirma al declarar su fe en el pueblo, eso sí, renegando del revolucionarismo de los radicales y volviendo a una postura crítica, pero pacífica, de índole ilustrada: «no es romanticismo, es fe en el pueblo, que ya se ha cansado de soportar tanta vergüenza y tanta expoliación». Las revoluciones son peligrosas y sus efectos, poco duraderos, se trata de una «revolución en las conciencias»[34].
Las disensiones entre los Repúblicanos y los socialistas serán frecuentes, por lo que Galdós deberá ejercer con frecuencia de mediador. En 1910, por ejemplo, la aproximación de ciertos sectores de su partido a la monarquía y la polémica que aquello suscitó se acallarán momentáneamente con el abrazo público en el Frontón Central de M. Álvarez y de P. Iglesias.
En abril de 1912 se forma, aún dentro del partido, el Bloque Reformista, entre los quienes se haya G. de Azcárate. Galdós envía una carta que El Liberal y España Nueva recogerán, y será leída en el banquete en honor de su cabecilla, Melquiades Álvarez. En ella, el escritor saluda el nacimiento de la nueva agrupación e insiste en la hermandad de todos sus integrantes. En adelante, volverá a intervenir en numerosas ocasiones para subrayar esa unión, hasta que él mismo se vea en la obligación de salir de la conjunción.
Los problemas de vista del escritor agravan la situación, limitándolo en su papel conciliador. La prensa nos informa de una reunión en aquel año en casa del escritor con la que se pretende limar esos enfrentamientos internos. Sin embargo, a pesar de celebrarse en su casa, Galdós, sometido al tratamiento preliminar de su operación de vista, ha de quedarse a oscuras en la habitación próxima a dicho encuentro. Pero en julio de 1912, Galdós ha recuperado la vista e incluso da muestras de carácter y claridad a la hora de afrontar la dirección del Teatro Español: «Allí hay que hacer algo; no hay más remedio». Enumera los autores que habrán de representarse (Benavente, Quintero y otros), además de resucitar nuestros clásicos. «Creo que por el Español andan unos señores del Ayuntamiento que, con el mejor deseo del mundo, se meten en todo y todo lo malogran.» El enchufismo político se deja notar hasta en el nombramiento de la aguadora del teatro[35].
Significación política de Celia en los infiernos
La obra se escribe y estrena en un año políticamente complejo, particularmente para Galdós, quien además, tiene otras circunstancias bastante graves en su vida: su vista, su situación económica y personal, los problemas en el Teatro Español, el reciente rechazo para el Nobel… En los meses anteriores al estreno de Celia en los infiernos -en diciembre de 1913-, persisten las mencionadas disensiones entre socialistas y ciertos sectores del Repúblicanismo, que el escritor tratará de suavizar hasta que sea ya del todo imposible. Será este un año especialmente crítico en lo político, cuyo conocimiento ayuda a una interpretación correcta de la obra literaria.
Como se oía con frecuencia en los mítines de la Conjunción Repúblicano Socialista, uno de los motivos principales de esta unión política de fuerzas dispares era la condena a la política maurista. Cuando Maura anuncia su retirada política, la Conjunción lo celebra con un mitin en la Casa del Pueblo. Preside el acto del 1 de enero Galdós, cuyas «elocuentísimas cuartillas» -leídas por Nougués-, serán muy aplaudidas. Otros miembros de la Conjunción más vehementes, como R. Soriano, llegan al paroxismo afirmando que se trata del día más feliz de su vida. También interviene P. Iglesias para celebrar la retirada de Maura, que interpreta como un triunfo de la voluntad popular. La intervención del reformista Melquiades Álvarez, muy ovacionado por los presentes, se centra nuevamente en elogiar al Rey por su actitud frente a Maura, relatando algunas «humillaciones» que, decía, había inflingido el Sr. Maura a S.M.[36]. Estas frecuentes alabanzas del bloque reformista al Monarca, así como su tono conciliador y sus llamadas a la paz y al orden, contrastan con la actitud de los más radicales del mismo partido.
Con la retirada de Maura, no sólo desaparecía el enemigo político común, sino que algunos sectores de la Conjunción empezaban a valorar muy positivamente la participación del Rey en ello. Los motivos de unión entre los conjuncionistas eran cada vez menores.
El Manifiesto del 13 de enero, firmado entre otros por Galdós, explica lo importante que ha sido ese enemigo común para mantener unidos a los Repúblicanos y socialistas[37]. Al día siguiente (14-I-1913), la noticia de que los Repúblicanos son invitados al Palacio aparece en toda la prensa nacional y hasta tiene eco en la extranjera. Dada la errónea interpretación de esta visita, y su ulterior trascendencia habremos de detenernos a analizarla.
El reciente asesinato de Canalejas (el 12-XI-1912) había creado una crisis gubernamental que se extendía a su propio partido, propiciando una disgregación entre los liberales. Por otro lado, habían llegado al límite el obstruccionismo antimaurista y las difíciles relaciones de Alfonso XIII con el líder conservador. El Rey había decidido mantener conversaciones con representantes de diferentes sectores y partidos, entre ellos con Repúblicanos, en lo que se denominó la jornada histórica del 14 de enero. El Imparcial, El Liberal, La Correspondencia de España, El País o España Nueva recogerán la noticia que La Época denominará «azcaratada»: Gumersindo de Azcárate, presidente del Instituto de Reformas Sociales, conversará durante hora y media con el Rey sobre cuestiones sociales, con mucha detención, de África, de la situación de España en América y del Ejército. El País reproducirá muy pormenorizadamente el contenido de la conversación y la impresión que en el correligionario de Galdós causó el monarca: muy avanzado en reformas sociales, muy tolerante en cuestión religiosa y muy orientado en sentido liberal en materia de enseñanza. Todos los periódicos, con unas u otras palabras, señalan que, además, Azcárate juzga al Rey muy simpático e ilustrado.[38] Asimismo, otros Repúblicanos de prestigio como Cossío y Ramón y Cajal fueron recibidos el mismo día, en sendas entrevistas, declarando a la prensa elogios sobre Alfonso XIII semejantes a los de Azcárate.
Incluso Le Temps comentará «la inmensa trascendencia» de las referidas visitas, añadiendo con manifiesto deseo de emulación que «En las Monarquías latinas se nota un eclecticismo que nuestra República no ha sabido imitar todavía»[39].
En cambio, las declaraciones de Pablo Iglesias vuelven a desmarcarse del posibilismo de reformistas como Azcárate. Iglesias aplaude las visitas, interpretándolas como muestra de la condenación que supone a la política de Maura, pero también declara que si el monarca lo hubiese invitado a él, se habría negado a acudir, entre otras razones, porque habría sido una deslealtad con los suyos[40].
En febrero, una comida de «reformistas» volverá a mostrar la aproximación de este sector de la Conjunción al Monarca: sin dejar por ello manifestarse Repúblicano, M. Álvarez elogia nuevamente la actuación del Rey. Con motivo del fallido atentado anarquista contra Alfonso XIII, Azcárate entre otros, lo felicitará. Aunque estos gestos no signifiquen que el reformismo haya pasado a ser monárquico, evidencian una actitud posibilista que el socialismo de Iglesias y otros sectores del Repúblicanismo no comparten.
En el Congreso, M. Álvarez llega a afirmar que aceptaría servir al régimen monárquico bajo ciertas condiciones. A sus declaraciones se suman al día siguiente las de Azcárate elogiando al Rey. El día 6 de junio Burell pide aclaraciones en el Congreso y habla de «verdadera disidencia[41]».
La crisis manifiesta obliga a que el Comité de la Conjunción se reúna durante cuatro horas para debatir la compatibilidad de la política reformista con el Repúblicanismo (10 de junio). En tanto que la mayoría juzga esta política «contraria a los fines de la Conjunción», Galdós, Azcárate, Zulueta y Miró (quien acude además en representación de M. Álvarez) declaran lo contrario y que por ello «se han creído obligados a retirarse»[42]. Así se deshace la Conjunción y los reformistas se constituirán en minoría independiente.
Acabado el peligro del maurismo, los reformistas han ido aproximándose cada vez más al liberalismo. Sólo dos días después, el 12 de junio, Azcárate y M. Álvarez se reúnen con el sucesor de Canalejas, Romanones, para expresarle que «colaborarán» con el Gobierno «desde fuera», «siempre que su orientación sea sinceramente democrática»[43].
En este contexto político Galdós comienza a escribir Celia en los infiernos. El escritor viajará como otros años a Santander a pasar aquel verano, que dedica a dictar la obra a su secretario, Pablo Nougués, De ahí la peculiar resonancia política que tuvo el efímero encuentro en Santander del escritor con los reyes el 4 de agosto. Al día siguiente, la prensa publicó que había saludado al rey desde su mirador y que don Alfonso y Victoria Eugenia le habían correspondido sonrientes. La tarde del mismo día, el conde Romanones y el jefe del Cuarto Militar del Rey pasaron a verlo y a transmitirle lo mucho que el Rey celebraba el saludo[44]. Lo que fue un encuentro casual, había adquirido una considerable relevancia política. Pero aún, antes del estreno de la obra en el Español en el mes de diciembre, el otoño se presentaba políticamente muy caldeado.
Según informa la prensa, a finales del verano, en ese mismo agosto, habían comenzado los preparativos para presentar a Melquiadez Álvarez como candidato del nuevo Partido Reformista: circulares, sueltos en la prensa, contacto con amigos… Cuando el 23 octubre se celebra el banquete en el Palace en su honor, Galdós envía una carta alabando a su líder y hablando de abandonar la vida política para dedicarse únicamente a la literaria[45]; aunque como veremos, después no lo haga. Los dos mil comensales reunidos en el banquete volverán a oír alabanzas al Rey por parte de Azcárate, quien ha vuelto a Palacio con motivo de la recepción en honor del Presidente de la República Francesa. M. Álvarez insiste en que desde enero de este 1913 se ha iniciado una metamorfosis en la política nacional en la que ha sido decisiva la energía de S. M.: «La forma de gobierno es accidental y transitoria […] Si la Monarquía no es obstáculo para estos ideales, nosotros gobernaremos con la Monarquía, porque tenemos el interés supremo del bien público[46]».
En el mismo discurso M. Álvarez reconoce la afinidad de su partido con el liberal, si bien, éste «ha pecado tanto» que no quiere identificarse con él. Tras lo cual, vuelve a manifestar su admiración por el Rey como primer guardián de la Constitución.
La prensa Repúblicano-socialista verterá todo tipo de descalificaciones y burlas sobre los integrantes del nuevo partido. Se consideran traidores, vendidos a la Monarquía. Su líder no puede ya llamarse Repúblicano ni socialista, y no creen que: «después de haber lamido los zapatos charolados de los palaciegos quiera que sus antiguos correligionarios le escupan en la cara.[47]» El cronista del encuentro para España Nueva habla de la traición de los integrantes del nuevo partido, lamentando que se les haya unido alguien de talento cuyo nombre no revela, pero que probablemente es una referencia a la adhesión epistolar de Galdós: «¡qué dolor que entre ellos forme, engañado, un hombre de altísima mentalidad y noble espíritu!». El idealismo de Galdós y su tono siempre conciliatorio habían logrado mantener el aprecio de este sector. En cambio, M. Álvarez y otros como Azcárate serán ridiculizados y caricaturizados.
Queda poco más de un mes para que se estrene Celia en los infiernos. Dos semanas después del banquete, el 8 de noviembre, La Época informa sucintamente de que han dado comienzo los ensayos de la comedia de Galdós[48]. La obra está rodeada de la polémica en torno al derrotero liberal del reformismo y la ruptura con los Repúblicanos y socialistas de la antigua Conjunción. El día antes del estreno de Celia, aún leemos en primera plana de España Nueva las habituales críticas a M. Álvarez y la alusión al «reblandecimiento cerebral» de Gumersindo de Azcárate[49].
El estreno de Celia el 9 de diciembre será apoteósico[50]. El mismo Rodrigo Soriano que permanece en la Conjunción abandonada por el escritor lleva el periódico que en portada pormenoriza el estreno y pide homenajes para el maestro. La foto de la multitud en la Carrera de San Jerónimo ovacionando al maestro evidencia que no hay exageración. El estreno ha sido un gran éxito. Galdós está viejo, débil, cansado y casi ciego, busca a tientas sobre el escenario a los actores que le alargan la mano para que salude. Pero mentalmente se mantiene brillante, «sin más luz que la de su inteligencia»[51]. Él mismo cuenta que la idea de la obra surgió en primavera y fue lentamente dictada durante el verano. Cuando regresó a Madrid se encontró disuelta la Compañía de Matilde Moreno que iba a representarla, por lo que entregó la obra a la que Nieves Suárez acababa de formar. Galdós personalmente había acompañado al escenógrafo al Rastro para que pintase la decoración de la trapería tomándola del natural, una Casa francesa que aún existía, situada como el resto de la obra en el ambiente que conoció al escribir Misericordia. Los ensayos habían durado bastante, casi todo noviembre. Y la noche anterior al estreno, los nervios habían impedido dormir al escritor.
Desde el saloncillo del teatro espera nervioso la acogida de la obra, pero ya al final del primer acto «estalla una ovación entusiasta». Las actrices corren en busca del autor y lo llevan al escenario, donde se alza muchas veces la cortina y «los aplausos resuenan cada vez más nutridos». La obra proseguirá representándose con éxito creciente.
Todos se apresuran a abrazar y felicitar al maestro «se respira allí el ambiente de los triunfos grandes, de época». Y se forma una «manifestación imponente» pues el público que lo aguardaba a la salida, en la plaza de Santa Ana, lo acoge con gritos de «¡Viva Galdós! ¡Viva el genio español!». Por la calle del Príncipe, aún parte del público sigue al coche del autor que se marcha a casa, hasta que en la Puerta del Sol, el caballo se pone al trote y la manifestación se disuelva, «por fuerza mayor, no sin que un grupo de admiradores siga corriendo al coche, sin cesar en sus vivas de entusiasmo al maestro.»

La obra tiene un contenido eminentemente político. El asunto central es el desequilibro social actual y cómo éste ha de desaparecer para que tengamos justicia en la tierra[52]. Una aristócrata rica actuará para remediar esa injusta situación, primero, como acto de caridad, y luego, estableciendo una serie de medidas justas. Un argumento lleno de fe en una transformación económica y social iniciada desde «los cielos» del título. De ahí la trascendencia política de que a la representación acudiese Alfonso XIII.
Un mes después del estreno, el 7 de enero, se efectúa la 31 representación de Celia en beneficio del escritor. Todas las localidades estaban ocupadas por distinguida concurrencia, muchos de ellos, políticos como Azcárate, Romanones, el Presidente del Consejo, el Sr. Dato, o el ministro de la Gobernación, Sánchez Guerra. Los reyes D. Alfonso y Dña. Victoria asistieron a la representación desde el Palco Real junto con los Príncipes de Battenberg. En el entreacto, se vio en dicho palco a Galdós en animada charla con SS. MM. El periodista y político F. Soldevilla escribirá: «En resumen: la cosa estaba preparada para acentuar la aproximación de tan importantes elementos a la Monarquía; por eso asistió al acto el Sr. Azcárate.[53]» Los pormenores de la conversación serán también recogidos por la prensa. En esta ocasión, terminada la representación, a las puertas del teatro se ovacionó a los reyes.
En la obra, la millonaria Celia abandona el cielo de sus privilegios para ir a los infiernos de los pobres. Comprará la fábrica, dará una pensión a Infinito, costeará un viaje por el extranjero al joven obrero político, establecerá pensiones, dará beneficios a los trabajadores… La prensa ideológicamente afín destaca la visión social que en ella se desarrolla, cómo existen dos clases diferentes de seres y cómo es necesario equilibrar la sociedad. El remedio no debería hallarse en la caridad, sino en la Justicia; idea que la obra repite y de la que la prensa se hace eco.
Celia abandona el “infierno” al que llegó para sembrar el bien con mano generosa. Allí es donde supo que ni su desprendida caridad vale para acabar con el mal; Leoncio y Ester hacen que conozca la palabra redentora y santa: ¡Justicia![54]
Es evidente que el escritor reconoce el mal social, sabe de iniciativas individuales para remediar las desigualdades, pero es consciente de que esta no es la solución al problema. Más que de «claro socialismo[55]» hay que hablar de claro interés social, pero en dirección política diferente.
Galdós militará en el Partido Reformista, y como tal, será diputado por Gran Canaria ese mismo 1914. De ahí el interés de las palabras de M. Álvarez definiendo el reformismo:
El reformismo no es marxista, porque no cree que el ideal de organización futura sea la forma colectivista, puesto que ciertas modalidades de la propiedad privada responden a sentimientos y necesidades individuales que jamás desaparecerán y que son y serán móviles poderosos, acicates los más fuertes del progreso.
El reformismo tampoco admite que todo el capital sea producto de la explotación de la clase trabajadora. Pero además, confía en la clase media y en la benéfica e imprescindible labor de la educación:
La clase media es, hasta ahora, la más apta y la más capacitada, y en tanto por la obra de la cultura y del progreso no se logre una ascensión del nivel moral y educativo del proletariado, es imposible soñar en el predominio político de los trabajadores[56].
De ahí el viaje de estudios que Celia regala al obrero, para proporcionar ese ascenso moral y educativo al trabajador. Pero como el líder reformista exponía en este mitin, todo ello como defensores de la tranquilidad pública, velando siempre por el orden. El capitalismo no tiene por qué ser siempre explotador:
El capitalismo, seco y egoísta comúnmente, en usted se trueca en virtud sublime, porque sin duda procede usted así mirando al bienestar de las clases trabajadoras[57].
Galdós apela a la responsabilidad de los seres privilegiados, sin ellos, dice Leoncio, no hay más que tinieblas. Pero estos actos no han de ser migajas de caridades aparatosas sin ton ni son, sino actos de justicia dirigidos por un gobierno[58]. Eso oirían el Jefe de Estado y el de Gobierno en enero de 1914.
Y junto a esa fe, vuelve a subrayarse la sosegada crítica ilustrada y la visión romántica en el porvenir de la Humanidad. El personaje del astrólogo Infinito da a la obra ese toque de sobrenaturalidad presente en casi todas las piezas regeneracionistas de Galdós. Él es el antiguo matemático y físico, súmmum del racionalismo que, harto de la irracionalidad del mundo, se ha convertido en un hechicero cabalista. Semejante, como vemos, al político de su siguiente La razón de la sinrazón. Sus «adivinaciones» le proporcionan dinero para sobrevivir, y suavizan las desgracias ajenas; mezcla de pícaro y santo[59]. Infinito, como Tarsis, y otros héroes regeneracionistas de estas obras, anhelan «lo extraordinario y maravilloso como único alivio a su agobiada voluntad y solaz de su abatido entendimiento»[60]. El personaje de Celia, abatido como su autor, muestra esa romántica ansia de infinito: «Ya saben ustedes, y si no lo saben apréndanlo ahora, que lo finito tiende a volar hacia lo infinito cuando se ve en desgracia»[61].
[1] Este trabajo es resultado de la investigación realizada como parte del Proyecto “Retórica y ficción narrativa de la Ilustración a los Romanticismos (en las literaturas española, francesa, inglesa y alemana)”, subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad. REF.: FFI2012-35734.
[2] Pérez Galdós, Celia en los infiernos en Teatro Completo, ed. R. Amor del Olmo, Madrid: Cátedra, 2009, pág. 1425 y pág. 1438.
[3] En Obras Completas., T. VI, ed. F.C. Sainz Robles, Madrid: Aguilar, 1961, pág. 1137.
[4] El 2-1-1868 habla con admiración de la simpatía de Nocedal entre todos los asistentes a su intervención y de sus grandes capacidades. Con el tiempo, aún aumenta la admiración de Galdós por el diputado, quien con asombro propio dice ver en él a un gran jerarca capaz de eficaces y a la vez poéticos planes político-económicos. Cuando más adelante, Nocedal vuelva a defender que la situación crítica del país requiere grandes economías, el escritor ya habla de su notable talento y de sus grandes dotes intelectuales –poco comunes entre el resto de los neos (5-IV-68).
[5] “Folletín. Revista de la Semana”, La Nación, 8-IV-66.
[6] Folletín. Revista de la Semana», La Nación, 5-XI-65.
[7] El caballero encantado, ed. de Rodríguez-Puértolas, Madrid: Cátedra, 1977, pág. 335.
[8] Puede verse al respecto, por ejemplo, el relato de Ortíz Armengol en su Vida de Galdós (Barcelona: Crítica, 1992), así como los varios reflejos literarios que tal acontecimiento tendrá.
[9] Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, Primera Parte, Madrid: Impr. de La Guirnalda, 1887, pág. 7.
[10] Pérez Galdós, La fontana de oro, en Obras Completas, Novelas, T. I, introd. de Federico Carlos Sainz de Robles, Madrid: Aguilar, 1ª ed., 1ª reimp., 1973; pág. 14.
[11] Ibídem., pág. 176.
[12] Ibídem., pág. 177.
[13] Pérez Galdós, El audaz, en , Obras Completas, Novelas, T. I, ed. cit., pág. 238.
[14] Ibídem., pág. 240.
[15] Pérez Galdós, Benito, Doña Perfecta, ed. G. Gullón, Madrid: Espasa, 2011, pág. 330.
[16] Pérez Galdós, Benito, Gloria en OC, T. I, Madrid: Aguilar, 1973, pp. 522-523.
[17] Ibídem, pág. 559.
[18] Pérez Galdós, Benito, La familia de León Roch, en OC, T. I, Madrid: Aguilar, 1973, pág. 787.
[19] Ibídem, pág. 897.
[20] Buen amigo de Galdós, catedrático krausista, de los procedentes de Oviedo, participó en la creación de la ILE y coincidió muy pronto con el escritor en el Congreso. En 1886 ambos serán diputados por primera vez, Galdós cunero liberal y Azcárate, en cambio, del Partido Repúblicano. Después ambos coincidirán en la Conjunción Repúblicano Socialista, para regresar juntos, en el año de Celia en los infiernos, al liberalismo del Partido Reformista.
[21] La desheredada, en OC, Madrid: Aguilar, pág. 1055.
[22] Ibídem, pág. 1086.
[23] Cánovas, Alianza Editorial, 2008. La Madre escribirá:«La paz, hijo mío, es don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo. Pero la paz es un mal si representa la Péreza de una raza, y su incapacidad para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar. Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos desarrollarse en años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte», pág. 98.
[24] Memorias de un desmemoriado, en Recuerdos y Memorias, Tebas: Madrid, 1975, pág. 203.
[25] Cánovas, OO.CC., Episodios Nacionales, T. IV, Madrid: Aguilar, 1976, p. 849. Como sucedió en la vida real con Ferreras, en la ficción literaria fue Vicente Halconero quien actuó como mediador de Sagasta para convencer a Tito Liviano de que se incorporara al partido. Otros rasgos y circunstancias como la penosa ceguera de Tito, sus ocupaciones literarias y periodísticas o, en general, sus opiniones, permiten la identificación del Galdós de aquellos años en que escribe con el personaje, joven e idealista, que protagoniza los últimos Episodios.
[26] «Yo nunca había sentido gran vocación por la política –comenzó diciéndonos D. Benito-; pero sin esperarlo y por obra y gracia de Ferreras, me encontré de pronto con la investidura de representante de la nación (…) Ferreras habló a Sagasta de mí para que me eligiesen diputado. Sagasta hizo suyos los deseos del célebre periodista y, con tal eficaz ayuda, fui elegido diputado a Cortes por el distrito de Guayama (Puerto Rico)». Antón del Olmet, Luis y Arturo García Carraffa, Los grandes españoles. Galdós, ed. cit.; pp. 49-50.
[27] Carta citada por Ortíz-Armengol, Vida de Galdós, Barcelona: Crítica, 1996, p. 408; originalmente aparecida en P. Faus, La sociedad española del s. XIX, Valencia, 1972, pág. 294.
[28] Sainz de Robles habla de éxitos apoteósicos para las primeras y «grandes éxitos» para calificar las segundas citadas. «Éxitos» le parecen Mariucha, El tacaño Salomón y Santa Juana de Castilla, sucesos estimables: Voluntad, La fiera, Zaragoza , etc… (en OC, VI, Madrid: Aguilar, 1961, pp. 503-4. En cualquier caso, es manifiesto que Galdós era considerado por aquel entonces un dramaturgo de éxito).
[29] Sobre la revista y carta galdosiana, así como los acontecimientos que rodearon el estreno, vid. mi El regeneracionismo galdosiano en la prensa, Las Palmas: 2001.
[30] Sobre la influencia costista en la actitud galdosiana, vid. mi Galdós regeneracionista, Madrid: FUE, 2000.
[31] Por entonces, joven diputado por Oviedo inicialmente adscrito al Repúblicanismo de Salmerón y futuro miembro del bloque reformista de la Conjunción presidida por Galdós, de la que se marcharán en el año de Celia en los infiernos para formar el Partido Reformista.
[32] Breve carta, pero muy significativa en la trayectoria política del escritor, y que había permanecido totalmente olvidada hasta su recuperación en El regeneracionismo galdosiano en la prensa. (pp. 351 y ss.)
[33] Carta recogida, entre otros por Olmet y García Carraffa, Los grandes españoles. Vol. I: Galdós, Madrid: Imprenta de «Alrededor del mundo», 1912, Madariaga de la Campa, Pérez Galdós. Biografía santanderina. Cronología, producción literaria y estrenos teatrales en Santander por Celia Valbuena de Madariaga. Prólogo de Joaquín Casalduero. Santander: Institución Cultural de Cantabria. Instituto de Literatura «José María Pereda», 1979;Fuentes, Galdós, demócrata Repúblicano (escritos y discursos 1907-1913), Santa Cruz de Tenerife: Public. del Cabildo Insular de Gran Canaria y de la Universidad de La Laguna, 1982.
[34] Así lo declara en su entrevista a El Bachiller Corchuelo, «Benito Pérez Galdós. Confesiones de su vida y de su obra», Por esos mundos en junio; pp. 790-807, y julio de 1910; pp. 27-56.
[35] Fra-Diávolo, «De la sombra a la luz. Una interviú sin preguntas», España Nueva, 14 de julio de 1912.
[36] Fernando Soldevilla, El año político 1913, Madrid: Impr. de R. F. de Rojas, 1914, pp. 11 y 12. Dendle recogió bastantes noticias de estos acontecimientos en su interesantísimo «Galdós in El año político» (Anales Galdosianos XIX, 1984,pp.87-107) pero con leves imprecisiones o confusiones interpretativas, como sucede también en Fuentes (Galdós, demócrata y Repúblicano, Santa Cruz de Tenerife: Cabildo Insular y Univ. de La Laguna, 1982). En base a estas dos fuentes, se reproduce el mismo problema en la magnífica biografía de Ortíz Armengol. Aunque parezca un matiz, Azcárate, Cossío y Cajal no fueron recibidos juntos por Alfonso XIII, como si se tratase de una comisión Repúblicana, sino que el Monarca quiso entrevistarse con ellos largamente y por separado. La prensa reproduce las conversaciones con cada uno de ellos. Por lo mismo, en estas fuentes no queda claro qué sucedió realmente en el seno de la Conjunción para que acabase disolviéndose, ni la importancia de que Galdós saludase o no al rey aquel verano, o lo hiciese en el estreno de Celia o en la representación en su beneficio.
[37] «Nació la Conjunción Repúblicano socialista al calor de la protesta originada por la política que desarrollaba el partido conservador en el Poder, en la represión de un movimiento popular cuyas manifestaciones revolucionarias habían sido provocadas por el propio Gobierno […]» Ibíd.
[38] Soldevilla, op. cit., pp. 48-51. También declarará a los periodistas: «salgo de aquí tan Repúblicano como entré».
[39] Op. cit., p. 56.
[40] La argumentación y razones de P. Iglesias aparecen recogidas en las pp. 57-8, op. cit.
[41] En el congreso, Julio Burell entregó al Presidente de la Cámara una proposición suplicando al Congreso que «se digne declarar que ha oído con singular complacencia las frases pronunciadas por los Sres. D. Gumersindo Azcárate y D. Melquiades Álvarez en alabanza de Su Majestad el Rey, felicitándose a la vez del alcance y significación que ellas encierran», El año político 1913, ed. cit., pág. 25.
[42] El año político 1913, ed. cit., pág. 272.
[43] Ibídem., p. 281. Como vemos, el encuentro con el líder del liberalismo es posterior, y no anterior, a la disolución de la Conjunción.
[44] Ortíz Armengol recoge lo que prensa y el propio Galdós dijeron al respecto. A Teodosia Gandarias le cuenta que vio pasar fugazmente las figuras de los reyes; a un amigo le escribe algo semejante, que casi no los vio, que cree que ni se descubrió, pero que a su lado, Rubín se quitó el sombrero e hizo muchos aspavientos (pp. 736-7).
[45] «Carta de Galdós» publicada por El Liberal, 23-X-1913 y recogida por Fuentes, op. cit., pp. 112-3.
[46] El año político, op. cit., pág. 438.
[47] Gabaldón, Jesús G., «El traidor de una santa causa. Álvarez no es Repúblicano», España Nueva, 23-X-1913.
[48] «Diversiones públicas», La Época, 8-XI-1913.
[49] «El pueblo y el reformismo», España Nueva, 8-XII-1913.
[50] Sobre Celia, Berenguer, Los estrenos teatrales de Galdós en la crítica de su tiempo, Madrid: Comunidad de Madrid,1988, pp. 425-440.
[51] El Chico del Escenario, «Nuevo triunfo de Galdós”, España Nueva, 10-XII-1913.
[52] Celia en los infiernos, en Teatro Completo, ed. Rosa Amor, Madrid: Cátedra, 2009, pág. 1387.
[53] Palabras de Soldevilla, en El año político 1914, Madrid: Impr. de R. F. de Rojas, 1915, pág. 7 (también en Dendle, «Galdós in El año político», pp. 105-6).
[54] Jesús J. Gabaldón, «El estreno», España Nueva, 10-XII-1913.
[55] Tampoco se entiende el denominado «suave anarquismo» con que Menéndez Onrubia tildaba otras obras de Galdós (Introducción al teatro de Benito Pérez Galdós, Madrid: CSIC, 1983, cit. pág. 77.
[56] Mitin en Albacete del 16 de diciembre de 1913, recogido en El año político 1913, ed. cit., pág. 525.
[57] Celia.., ed. cit., pág. 1438.
[58] Infinito tras describir la miseria de los infiernos exclama: ¡Oh sociedad sin brújula ni gobierno! A esta plebe desvalida no llega la acción de los ricos, que viven allá arriba descuidados de todo lo que no sea su propio interés. Apenas llegan acá migajas de las caridades aparatosas que derraman sin ton ni son las clases pudientes.», Ed. cit, p. 1425.
[59] Así lo llamaba Gabaldón en la crítica citada.
[60] El caballero encantado, ed. cit., pág. 164.
[61] Así contesta Infinito en Celia en los Infiernos, ed. cit., pág.1425.
Este artículo fue publicado en Isidora número 21

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