
José Peña González, Catedrático Emérito, Derecho ConstitucionalUniversidad San Pablo-CEU
El siglo XIX español reclama para su perfecto conocimiento una visión integral del mismo que comprenda no solo sus textos constitucionales, las grandes obras artísticas y literarias que le enmarcaron, sino muy especialmente la apoyatura en dos de sus principales protagonistas: D. Juan Valera y D. Benito Pérez Galdós.
El primero no es solamente el máximo representante de lo que se ha venido en llamar la novela psicológica española, sino un destacado historiador, glorioso continuador de la monumental obra de Modesto Lafuente y autor de uno de los fondos epistolograficos más importantes de España, actualmente recogidos en su mayoría, aunque no en su totalidad, por la Editorial Castalia, en 8 volúmenes editados por el Profesor Leonardo Romero Tobar y su equipo de colaboradores.
D. Benito es el notario novelesco de un siglo XIX del que conoce bien la segunda parte y sin embargo escribe sobre la primera en su serie de los Episodios Nacionales, gracias a la información facilitada por su padre, el coronel del ejército D. Sebastián Pérez, quien había participado en la Guerra de la Independencia, más las noticias adquiridas durante su barzoneo madrileño en contacto con taifas y soguillas, que le van informando de los sucesos transmitidos por tradición oral. Hay que tener en cuenta que ambos- tanto Valera como Pérez Galdós- son casi contemporáneos. El egabrense nacido el 1824 gana en 18 años al canario que viene al mundo en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843.
El joven Benito tiene una imaginación desbordante y una extraordinaria memoria visual que le permite ir acumulando datos en el disco duro de su cabeza. Llega a Madrid el año 1862, aunque algún autor lo retrasa al 63 con el objeto de matricularse en la casi recién inaugurada Universidad Central instalada el año 1837, y como consecuencia de la desamOrtízación de Mendizábal, en el antiguo Noviciado de los Jesuitas en la calle ancha de San Bernardo.
En sus 76 años de vida Pérez Galdós se encuadra entre la Constitución de 1837 y la canovista de 1876. En medio la del 45, la nonnata, la de 1869 y el proyecto Repúblicano federal de 1873. Bajo la del 37, la primera gran constitución progresista española, va a producirse en España la toma del poder económico por la burguesía que se aprovecha de la desamOrtízación para enriquecerse. Tras lo que Menéndez Pelayo llama “el gran latrocinio” a la Iglesia y clero secular y regular de España, la incipiente burguesía dará paso a la Constitución moderada del 45. Progresistas para alcanzar la propiedad, moderados para conservarla. Hay cierta unanimidad, tras los estudios de Francisco Tomás y Valiente de la necesidad de la puesta en el mercado inmobiliario, agrícola y urbano, de las propiedades eclesiásticas para consolidar en nuestra patria la revolución liberal y junto a ella el movimiento constitucional. Posiblemente D. Benigno Cordero, el personaje de Los Apostólicos, fiel reflejo del burgués español , mezcla perfecta del antiguo pechero y el hijodalgo, al estilo del que Diez del Corral llamara “quijotes secularizados”. Junto a ellos el simpar Torquemada, prestamista de la arruinada nobleza y D. Baldomero Santacruz, fiel retrato de una mesocracia enriquecida que al final serian los grandes beneficiarios de la Restauración. Luís Ángel Rojo[2] en su discurso de ingreso como numerario en la Española puso de relieve la penetrante mirada galdosiana al describir como la alta burguesia asumía los valores de la nobleza, mientras esta, acuciada por sus estrechases económicas, abatía su orgullo de clase.
Su arribada a la “heroica y coronada villa” tiene lugar bajo la vigencia, aunque ya muy deteriorada, de la Constitución que abriría la llamada Década moderada, en la que los grandes inversores europeos, especialmente franceses y belgas toman posiciones en el mercado español al amparo de una muy liberal Ley de Minas que permite el establecimiento de una incipiente industria en la cornisa cantábrica (País Vasco y Asturias) y en la costa andaluza (Málaga principalmente).Lo mismo cabe decir de la liberalización del mercado financiero y la ley de ferrocarriles. Los nombres de Rothschild, Bauer, Lapeire, etc. se integran pronto en la alta sociedad española y daría lugar a lo que Carr llama “la sociedad opulenta” referida a la España de la Década Moderada.
El joven canario se hospeda en una pensión barata de la calle del Olivo, hoy Mesonero Romanos, en compañía de sus paisanos Nicolás Estevanez a quien calificaría como “el águila de las guerrillas” en su episodio sobre Amadeo I, junto a Fernando León y Castillo, futuro marqués de Muni y Las Palmas, personaje que jugaría un importante papel político durante la Restauración.

Asiste al esplendor económico del reinado de Isabel II compatible con el caciquismo imperante en el ámbito político que daría lugar a uno de los momentos de corrupción más graves de su tiempo. Se da cuenta que este desarrollo económico corre paralelo a la descomposición política del Régimen que resulta imparable. Como he escrito en otro lugar el 20 de febrero de 1865 se presenta en el Congreso un proyecto de ley, por sugerencia de Isabel II, en virtud del cual la Reina accede a la venta del Patrimonio real, reservándose para ella y a título personal el 25 por ciento del importe de la venta. Narváez se deshizo en elogios hacia la Reina por su “desprendimiento” y generosidad. D. Emilio Castelar publicó en su órgano de prensa, La Democracia, su conocido artículo “El rasgo”, denunciando esta operación y acusando a la Reina de pretender un despojo de los bienes de la nación. El gobierno reacciona separando a Castelar de la catedra, así como al Rector de la Central, profesor Montalbán que es sustituido por el marqués de Zafra. Por solidaridad con ambos también dimiten Morayta y Salmerón. La respuesta no se hace esperar. Los estudiantes y gran parte del claustro se solidarizan con los destituidos y, del día 9 a la 10 de abril, se producen una serie de incidentes que se conocen como “los sucesos de la noche de San Daniel”. En el ambiente hay “ruido de charrascas” en certera expresión de Galdós.
La represión es muy fuerte y cae el Gobierno Narváez. La discusión en el seno del Consejo de Ministros alcanzó cotas inimaginables hasta el punto que el ministro de Fomento, Antonio Alcalá Galiano, el famoso protagonista de la Fontana de Oro, primera novela del escritor canario y en opinión de Lopez Morillas “la primera novela española moderna”, tras una confrontación con Gonzalez Bravo, , el inventor de las llamadas “cuerdas de Leganés”, a la sazón Ministro de la Gobernación y director de la represión de la noche de San Gil, cae gravemente enfermo y muere. Isabel II llama al General O`Donnell para formar gobierno.
Galdós testigo cualificado de la situación y más tarde fiel fedatario de la misma, acaba describiendo la situación política del país en las palabras postreras de Narváez en el episodio La de los tristes destinos: “Esto se acabó. Dejo a España entre dos juanes (Pezuela y Prim). Entre la reacción y la libertad”. De D. Antonio Alcalá Galiano dejará Galdós un retrato imperecedero: “Era tan feo y tan elocuente como Mirabeau- escribe en la Fontana– . Su figura, bien poco académica, y su cara no semejante a la de Antínoo, se embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las cuales se vuelven feas desde que abren la boca”.
Galdós sabe de todo esto porque ya está “haciendo la tribuna”, es decir crónica política y parlamentaria, iniciándose en los diarios La Nación y El Debate. Asiduo visitante de El Ateneo madrileño en su sede de la calle la Montera en el mismo edificio que alberga la Academia de Legislación y Jurisprudencia. Allí conoce y trata a Castelar, Silvela, Morayta, Ríos Rosas, Narváez, Gonzalez Bravo, Pereda, Canovas del Castillo, Valera, Menéndez Pelayo etc. Asiduo contertulio de los cafés madrileños como El Café Inglés, La Iberia, el Levante, el Suizo, el Lepanto o el Café del Príncipe, que reproducían con “fidelidad arqueológica” el viejo café Lorencini, sitio de encuentro de masones, comuneros, anilleros y libertarios, y en los que se discutía de todo lo humano y divino y se arreglaba el mundo en general y España en particular mientras se degustaba un carajillo. Los últimos pisos del Real sabrán de su presencia como gran aficionado a la música.
Comenta la sublevación del General Prim en el llamado Pronunciamiento de Villarejo el 2 de enero de 1866, contra el Gobierno O`Donnell, que logra controlar la situación. Pero seis meses más tarde tendrá lugar la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil, el día 22 de junio. Esta es violentamente reprimida y ahogada en sangre, fusilando en juicio sumarísimo, en las afueras de la puerta de Alcalá, junto a las tapias de la antigua plaza de toros de Madrid a 66 personas. Un joven mozalbete canario que ha venido a alborotar el cotarro de las letras dará buena cuenta de todo ello El autor directo de la represión al mando de sus tropas fue el general Serrano Domínguez, uno de los “bonitos del Reino”, y poco más tarde figura clave en la llamada Revolución Gloriosa. Su “heroica” actuación le valió el Toisón de Oro. Pérez Galdós denomino la represión del cuartel de San Gil como “un fusilamiento en frio y en serie”.
El año 1867 visita por primera vez París acompañado por su sobrino José Hurtado de Mendoza para asistir a la Exposición Universal. Allí conoce la obra de Balzac y Dickens, entra en contacto con la novelística rusa e inicia la redacción de su primera novela- La Fontana de Oro– que se publicará en Madrid el año 1871. A su regreso a España decide abandonar los estudios de la carrera de Derecho, que habían justificado su llegada a la península, aunque parece que tampoco fue ajena una cierta aventura sentimental con una prima suya. Ya está madurándose el futuro gran novelista, el hombre que va a encarnar en sus personajes, individualmente considerados el prototipo de la honradez cívica frente a la perfidia moral de la sociedad en su conjunto. Posiblemente aquí está el germen de ese “humanismo popular” que el maestro Jover situaba en el escritor canario.
La Gloriosa, el experimento del sexenio democrático en gran parte protagonizado por la conjunción de los militares españoles que González Bravo- el antaño Ibrahim Clarete de El Guirigay- ha desterrado, tras la publicación en el Diario La Nueva Iberia en julio de 1868 de un artículo titulado “La ultima palabra”, a los generales Serrano Domínguez, Dulce, Zabala, Serrano Bedoya, Caballero de Rodas y Fernandez de Córdoba. Estos unidos a los llamado Demócratas de Cátedra, daría paso al grito de “España con honra” a la revuelta de Cádiz, encabezada por Prim y Topete.
El 1869, “año de los federales” ya tenemos el clima mental necesario para el triunfo de la revolución. En esta época han visto la luz algunos de los artículos políticos más importantes de la prensa española de todos los tiempos. El “Meditemos” de Lorenzana en El Diario Español y “La ultima palabra”, ya mencionado, de Carátula en La Nueva Iberia, junto al ya comentado “El Rasgo” de Castelar en La Democracia, pasan de mano en mano y muchas veces son repetidos de memoria por una sociedad con un alto nivel de analfabetismo, pero donde se da el caso de sociedades políticas y clubs de opinión en los que tienen lugar lecturas colectivas.
Galdós define el 1869 en “La España trágica” con una frase genial por lo sintética y acertada: “año de acciones difusas y oratoria sinfónica”, en clara referencia a la excelencia de los diputados de las Constituyentes que en opinión de uno de sus personajes afirma que “en estas Cortes hay una suma de inteligencia que no encontraremos en ningún otro momento de la historia de España, de este siglo”, y me permito afirmar que de ninguno. Lo más parecido serían las Constituyentes de 1931, que acogen bajo su seno una amplia representación de la llamada por Juan Marichal “Generación de 1914”.
Sus retratos del Padre Antonio Maria Claret, el famoso “Padre Clarinete”, de Novaliches “el general de la Reina” o Girgenti, tras el desastre de Alcolea, la descripción de Isabel II, “flamenca de carnes y respingos”, esa “señora imposible” de la que habla Adelardo Lopez de Ayala, la eterna pugna entre “clerófobos y clerofilos”, la “empleomanía presupuestivora” de las incipientes clases medias, van a desembocar en la búsqueda de “una querencia del orden que anhela el abrigo de las ideas conservadoras” , lo que desembocara en la sustitución de la “dinastía fugitiva” que sale para París desde Lequeitio pensando “que tenía mas raíces en este pueblo” en labios de Isabel II, mujer de trono y de tronío. En todos los escritos galdosianos se percibe una gran simpatía y magnífica opinión sobre las dotes políticas del general Prim, Galdós acierta cuando escribe que “siempre es más fácil echar a un rey que instaurar una dinastía” y los hechos le darían la razón. Topete recibe en Cartagena a un rey que no ha votado en las Cortes Constituyentes y que ha llegado a España acompañado por los diputados que el pueblo de Madrid ha calificado de “cabestros” al ser designados por las Cortes para traer al ruedo ibérico al hijo del Rey Galantuomo. Por cierto en ese viaje a bordo del Numancia asisten destacadas personalidades de la brillante nomina de parlamentarios de las Cortes del 69, entre ellos Don Juan Valera y al regreso encuentra la muerte en Pisa, el gran Pascual Madoz.
Poco después de llegar el duque de Aosta, que adopta el nombre de Amadeo I, se estrena en Madrid en el teatro Calderón, un sainete cómico burlesco titulado Macarronis I y simultáneamente Mariano Fernández estrena Los polvos de la madre Celestina con veladas referencias a la nueva dinastía.
La aristocracia española organizará un acto contra la Reina Victoria de la Cisterna, esposa de Amadeo, quien ha manifestado su deseo de pasear en calesa por el Prado y Recoletos tocada con la clásica mantilla española. A su vez el apellido de la reina se presta a múltiples bromas, en ocasiones de pésimo gusto. Los nobles españoles organizan una caravana de compañía integrada por las criadas y fámulas de sus casas disfrazadas con mantilla, haciéndolas pasar por damas de la aristocracia. “Las damas alfonsinas y católico idees” en galdosiana expresión aprovechan cualquier motivo para desairar a quien no reconocen como su reina.
Como es sabido Amadeo acabó harto de los españoles y marcha de nuevo a Italia, vía Lisboa. Muchos de sus súbditos no llegaron a entender la “llaneza democrática” de la que hacia gala. En Madrid encontró el grato consuelo de una hija del gran Mariano José de Larra a la que visitaba en un hotelito del extrarradio capitalino que años mas tarde llevaría el nombre de Paseo de la Castellana. Al final solo contó con la lealtad de Dragonetti y Díaz Morrea que no pudieron compensarle de la orfandad en que le sumió la aristocracia española encabezada por el marques de Vedar, fundador y presidente del Veloz Club, circulo Alfonsino del que salían todas las maledicencias contra el rey italiano. El rey sorprende a todos con el “jicarazo” de su renuncia al trono de España. “El chico de los saboyas”, como era llamado por los alfonsinos españoles, abandona feliz y contento el trono de los Borbones. Tras un reinado de 2 años y 39 días se proclama la República. Esa noche la aprueban las Cortes por 258 votos contra 32.
Galdós escribe en su Amadeo I con gran ironía que “la burguesía enfautada y la aristocracia enloquecida” ponen luminarias en los balcones para celebrar la República o quizá la esperada Restauración, mientras los Repúblicanos históricos tiene sus casas apagadas.
D. Benito señala con frecuencia que en España el tema de la forma de gobierno es “cuestión batallona” y a ello dedica espléndidas páginas en La España sin Rey al tratar de la proclamación de la I República el día 11 de febrero de 1873, exactamente cuatro años más tarde de otro 11 de febrero de 1869 en que se abren las Cortes Constituyentes de la Gloriosa. Hace retratos admirables en rápidas pinceladas que revelan su categoría de escritor. La oratoria de García Ruiz quien llamaba “monserga” a la Santísima Trinidad, la habilidad parlamentaria del “rubiales de Antequera”, es decir Romero Robledo, digno sucesor en los tejemanejes caciquiles y electorales de Posada Herrera, y gran rival del “pollo de Cameros”, es decir D. Práxedes Mateo Sagasta, el federalismo de Suñer y Capdevila quien presumía de “ser ateo gracias a Dios y Repúblicano por obra de Isabel II”, las luchas entre los partidarios de la restauración borbónica y los carlistas, “la dinastía de la pretensión” como los denomina Galdós, las faenas del Cura de Alcabón, trabucaire, guerrillero y carlistón.
Las Cortes que preside Orense, el marques de Albayda, “honrado patriarca de la intransigencia” empiezan a preparar el proyecto Repúblicano de 1873, con el que España se estrena como República Federal. Curiosamente uno de los participantes habla de las “Autonosuyas”, expresión que recuerda denominaciones muy cercanas en el tiempo. Las conspiraciones contra la República se suceden casi con la misma frecuencia que los cambios en el Ejecutivo. Del 11 de febrero de 1873 al 3 de enero de 1874 se suceden 4 presidentes: Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar. Los cuatro respetables intelectuales que rechazan la violencia. El último entregaría el poder al General Serrano, después de reclamar una República con mucha infantería, mucha caballería y sobre todo mucha guardia civil Cuatro presidentes y una República errática. Curiosamente este ciclo del sexenio lo cierra el mismo que lo había abierto en septiembre del 69: el general Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre y regente del Reino desde la expulsión de Isabel II hasta la llegada de Amadeo.
La llegada de la Restauración lleva implícita la vuelta al trono de España de los Borbones en la persona de Alfonso XII, una vez conseguida, tras arduos esfuerzos, la renuncia de Isabel II. Galdós sigue atentamente los pasos de la historia de la mano de su musa Clío “una señora muy callejera” en opinión de Tito el protagonista del episodio galdosiano de la I República. Galdós se acomoda al régimen de “calma chica” que impone Cánovas del Castillo, la llamada “fantasmagoría” tan criticada por Ortega. Sigue publicando, sufriendo problemas judiciales y económicas con sus editores, en avatares sentimentales, algunos de los cuales se recogen en sus Memorias de un desmemoriado, soltero impenitente con hija natural reconocida, habida con Lorenza Cobián, amigo de los amores mercenarios, trabajador infatigable, voraz lector, académico de la RAE desde 1897 año de su ingreso con un discurso que es el mejor compendio de su tarea literaria: “La sociedad española como materia novelable” contestándole su amigo Menéndez Pelayo que junto con Pereda, a quien daría respuesta cuando ingresa en la Española, integra el trio de la Montaña con reiteradas estancias en San Quintín, su residencia santanderina , reiteradamente visitada por la Condesa de Pardo Bazán.
El autor de una de las obras más leídas de la literatura española: Los Episodios Nacionales, larga serie de acontecimientos españoles relatados con extraordinaria fluidez que inicia en 1873 en un repaso histórico de primera magnitud, dejando inconclusa la quinta serie con la llegada al trono de Alfonso XII. El intelectual comprometido y crítico con la política y con la Iglesia. En la primera llega incluso a tener acta parlamentaria de diputado al Congreso por Puerto Rico, encasillado en las huestes sagastinas el año 1885 de forma puramente testimonial. El 1907 consigue escaño por Madrid, quien ha sido considerado como “Doctor en madrileñismo” aunque nacido en el barrio canario de La Vegueta y comparable solamente con el madrileñísimo Fénix de los Ingenios. Esta incursión en el campo de minas de la política que culmina con la presidencia ex aequo con Pablo Iglesias de la Conjunción Repúblicano-Socialista en 1909, y la acusación de anticlerical fomentada por lo que llamaba “avutardas catolicoides”, de manera especial tras el estreno de Electra en 1901, influyeron muy negativamente para la concesión del Premio Nobel de Literatura para el que suena como candidato el año 1912. A la Academia sueca se remitieron escritos, algunos con membrete oficial, rechazando la concesión. Los últimos años de su vida ha perdido el pulso por los grandes temas españoles. No tengo constancia de su percepción de la gran crisis del año 1917 de importancia capital en la vida de nuestra patria. Prácticamente ciego muere en Madrid el día 4 de enero de 1920.
Como punto final señalar que estamos ante una de las más poderosas figuras de la literatura española no solo contemporánea sino de todos los tiempos. Soledad Miranda llega a escribir que Galdós es la última transformación de la literatura picaresca española y que en el fondo de su obra late un profundo misticismo. Para Marañón el escritor canario al que conoce a fondo en tertulias familiares en la Montaña es un hombre profundamente religioso y ello es perceptible en su obra Ángel Guerra, y para Ricardo Gullón en Nazarín es visible la comparación con Jesús. Seria un atrevimiento por mi parte tratar del Galdós creador genial de la literatura española en presencia de tan distinguidos ponentes, limitándome a terminar como empezaba mi intervención. Hablando del Galdós notariesco de la España de su tiempo. Del escritor que con su pluma lleva a cabo una “rehumanizacion” de la historia al uso, o una historia humanizada, poniendo en circulación y representando mejor que nadie el concepto de “humanismo popular” que impregna y recoge la esencia del llamado “espíritu de los sesenta”, la gran y original aportación hispánica a la cultura del siglo XIX.
Madrid, febrero 2013
[1] El presente texto recoge casi literalmente la conferencia inaugural pronunciada en el Seminario “De la Historia a la Sociología: Galdós 100 años después” organizado por el Instituto de Humanidades Angel Ayala de Fundación CEU-San Pablo , celebrado en el Aula Isidoro Martin del Colegio Mayor San Pablo, el día 13 de febrero de 2013, en el que también participaron las profesoras Dª Ángeles Varela (CEU) y Dª Rosa Amor del Olmo (Université Catholique d`Angers) junto al catedrático D. Germán Gullón (Universidad de Ámsterdam)
[2] Discurso publicado en el número 1 de Isidora Revista de Estudios Galdosianos.

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