Orientaciones pedagógicas de la escuela racionalista por la enseñanza científico-técnica (1912)

Eduardo Montagut

Recurrir periódicamente a Rafael Martínez, uno de los pedagogos socialistas más importantes de nuestro país y todavía no lo suficientemente conocido, es una fuente de inspiración para historiadores, pedagogos y maestros. Nosotros nos acercamos periódicamente a sus escritos. Pero antes de adentrarnos en otro texto suyo sobre orientaciones pedagógicas, publicado en junio de 1912 volvemos a ofrece algunos datos biográficos de este personaje.

Martínez fue un inmigrante en Madrid, que trabajó en distintos oficios, especialmente en los ferrocarriles donde desarrolló muy pronto un gran compromiso sindical y político en el ámbito del socialismo. Participó en la creación de la Sociedad de Obreros del Ferrocarril del Mediodía en 1899, habiendo ingresado unos años antes en la Agrupación Socialista de Madrid. Pero Rafael Martínez tenía también inquietudes educativas, y se puso a estudiar por libre la carrera de Magisterio. Consiguió el título de maestro de primera enseñanza en 1904. En ese momento pudo combinar sus dos compromisos, el socialista y sindical con el educativo, ya que se puso al servicio de la enseñanza de los obreros en la Escuela Laica de su Sociedad Obrera, para luego fundar en 1905 la Escuela Laica Socialista del Centro Obrero de Madrid, que estaba en la calle de Relatores. Siguió participando activamente en la vida organizativa sindical de los ámbitos ferroviario y educativo. Ganó por oposición en 1918 una plaza de maestro en la Escuela Mixta de la Colonia de la Estación de la localidad madrileña de Torrelodones. Allí trabajó hasta 1937, y allí salió elegido concejal en 1931 y 1n 1936. Figura clave del Frente Popular en Torrelodones, terminaría la guerra en Valencia colaborando en las Milicias de la Cultura. Al terminar la contienda sufrió una intensa persecución, y aunque se le conmutó la pena de muerte no pudo vivir mucho más, porque murió de frío y hambre en el penal de Ocaña en 1940.

Para Martínez una de las misiones de los educadores racionalistas consistía en hacer que la escuela moderna colaborase con eficacia en la mejor preparación de la sociedad futura, de la sociedad colectivista, en fin, de la emancipación de la Humanidad. Pero en este escrito se insistía mucho en la vinculación de la reforma educativa en relación con el progreso científico y técnico, y algo menos sobre la emancipación obrera.

La educación que defendía Martínez en este artículo tenía un evidente componente finalista. Había que preparar a los futuros hombres para adaptarse al desarrollo científico de los nuevos medios de producción, de una producción, eso sí, colectiva, que debería aprovechar todas las fuerzas naturales para la satisfacción de la “gran familia humana”.

La escuela racionalista, sostenida por las organizaciones obreras, debía colaborar en el conjunto de aspiraciones del proletariado. Por ello debía desarrollar la inteligencia infantil con el fin de que pudieran aprovechar y perfeccionar los adelantos modernos, en línea con lo que expresábamos más arriba. Era importante potenciar la capacidad inventora de los alumnos.

En este empeño pedagógico respecto a la producción científica y la organización social había que conjurar un peligro que contemplaba Martínez, y que era secular. La educación tradicional y rutinaria propia de la escuela española iba en contra de la celeridad de las invenciones científicas, por lo que los ciudadanos eran unos inadaptados para la ciencia y la técnica. Los españoles terminaban por usar la tecnología porque venía de fuera, de países donde sí habían hecho una transformación de su escuela, siquiera de conformidad con el espíritu de producción capitalista.

De la escuela española habían salido, siempre según nuestro profesor, un sinfín de eminencias en las “ciencias del bien decir, pocas en las ciencias del bien vivir”, debido a la que la enseñanza oficial había sido eminentemente verbalista, con mucha teoría y poca práctica. Hasta en los estudios referentes a artes e industrias se consumía mucho tiempo en la teoría y apenas se invertían momentos en las prácticas.

España, por lo tanto, estaba llena de grandes oradores y buenos abogados, pero aún valorando esto, Martínez opinaba que lo primero era la “riqueza del bien hacer, la riqueza del inventar, del perfeccionar, del producir.

Por todo ello, defendía un cambio radical en la educación del pueblo para ofrecerle una orientación en conformidad con los modernos inventos científicos. Pero, a pesar de esta defensa clara de la enseñanza profesional había también la parte relacionada con la responsabilidad de los proletarios y sus organizaciones a la hora de promover el cambio educativo.

Hemos trabajado con el número 125 del 30 de junio de 1912 de Vida Socialista.

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