Los «asturianos»: Palacio Valdés y Alas Clarín, por Pérez Galdós

Armando Palacio Valdés, autor de Riverita, es ya muy conocido en América, para que sea preciso trazar su historia literaria. Sus novelas son El señorito Octavio, Marta y María, El idilio de un enfermo, José, y la que arriba he citado, que es la última. De las obras primeras de este escritor, prefiero a todas Marta y María, que encierra grandes bellezas, hermosos caracteres y es la historia sencilla y patética de una de esas luchas elementales de la sociedad humana, pleito secular que nunca se acaba y problema que nunca se resuelve. El idilio de un enfermo es cuadro más pequeño, quizás más poético que el de Marta y María. Aquí, el novelista asturiano principia a dar a conocer su aspiración artística, que es la sencillez, o sea, alcanzar grandes efectos por los medios más elementales. Tal es el arte supremo, y las dificultades que esto entraña son tan grandes, que aquí viene bien aquello de “el intentarlo sólo es heroísmo”.

En El idilio y en José hay páginas felicísimas en que el narrador ha sabido expresar una escena con los elementos más sencillos, y conmueve profundamente al lector con su relato en que la llaneza se combina con la sinceridad. Esta tendencia clásica es ya sistemática en Palacio Valdés, y hace bien en persistir en ella. Riverita es una pintura de la vida común, en que el autor ha huido escrupulosamente de los efectos dramáticos, de despertar el interés por medio de la curiosidad. Todo cuanto ahí pasa es tan corriente que no parece digno de ser contado. Y sin embargo, los lectores de un gusto refinado saborean estas páginas llenas de ingenua verdad. Hay que tener en cuenta que lo que más vive en literatura es lo que se inspira en la naturaleza humana con independencia de todos los artificios que el arte o la moda imponen a los escritores.

Por la tenacidad con que sigue esta tendencia, tallando sus obras con el buril del escultor y buscando siempre la pureza de la línea sin cuidarse de accidentes, ocupa Palacio Valdés un puesto principalísimo entre la juventud de nuestros días, y sus obras serán discutidas y por lo discutidas, muy estimadas. También se ha distinguido por notables trabajos de crítica, ensayos y bosquejos en que a la agudeza del juicio se une la pureza y elegancia de la dicción.

 Leopoldo Alas es también asturiano; ha escrito mucho, distinguiéndose por su vena satírica, y por la dureza y mordacidad de sus críticas literarias. Como escritor satírico no tiene igual. Es un verdadero Quevedo, manantial inagotable de gracias, donaires y agudezas. El don de ver como nadie la parte débil de las obras, y de exagerarla y ponerla en caricatura, le ha creado muchos enemigos; pero estos le van perdonando a medida que le conocen de cerca y aprecian la bondad de su carácter. También él se ha amansado de algún tiempo a esta parte, y ya no es tan acerbo y despiadado en sus juicios. Como crítico es apasionado; tiene sus preferencias. Hay autores a quienes fustiga siempre sin compasión, y otros a quienes elogia en todas las ocasiones. Posee una erudición colosal, y su clarísimo talento lo abarca todo, desde la creación artística hasta los temas didácticos más difíciles.  El señorito Octavio se publicó en 1881, Marta y María y El idilio de un enfermo en 1883, José en 1885, Riverita en 1886.

La frase es casi un tópico de la literatura heroica. Su facilidad para escribir es prodigiosa. Como novelista, se dio a conocer con La regenta, obra llena de encantos, y en la cual hay caracteres admirables, pinturas felicísimas y un ambiente de verdad que causa maravilla. Con el seudónimo de Clarín ha dado a la prensa esa multitud de artículos breves llenos de sal y mostaza, en los cuales embiste fieramente a los autores que le desagradan. Estos trabajos tan chispeantes y cáusticos le han valido no pocos disgustos, y por ellos es aborrecido o temido de muchos. Lo más selecto de estos artículos se ha publicado en dos tomos que se titulan Solos de Clarín y Sermón perdido.

El carácter impetuoso de su autor, y la viveza de su temperamento hacen de él un batallador literario. Siempre está en la brecha y no pierde ocasión de mostrar sus simpatías o antipatías, que son siempre violentas. La última obra que ha dado al público Clarín es un tomo de cuentos titulado Pipá.

El primer cuento de la colección, que es el que da nombre al tomo, y el último “Zurita”, son verdaderas maravillas de gracia o ingenio. El flexible talento de Alas descuella en todo lo que emprende. Es catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo, y parece mentira que el mismo hombre que explica las leyes de Justiniano escriba los Paliques del Madrid Cómico.

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