
Recogidas y comentadas por Rosa Amor del Olmo
La correspondencia de España
¡Abrid las ventanas! ¡Que entren por ellas los rayos del sol del genio y el aire sano de la libertad! Para los que nos culpamos de propio abatimiento a este pueblo desgraciado, sino a reducidos grupos favorecidos durante años y años por la fortuna y por el poder, ¡qué espectáculo tan hermoso, tan consolador; qué confirmación más patente de nuestro optimismo acaba de darnos el público del teatro Español, aplaudiendo frenéticamente a Electra y a su autor, obligando a éste a salir a escena cada cinco minutos desde el final del tercer acto hasta el del quinto y último: apiñándose y aglomerándose en el saloncillo, en el teatro, en la calle del Príncipe. Acompañado al escritor ilustre ala salida, tributándole incesantes aclamaciones de entusiasmo, que duran todavía en las calles ahora mismo, cuando he podido romper las filas y venirme a escribir a más de las dos de la madrugada!
En los actos primero y segundo, algunos dudaban o atribuían a la noción del drama una languidez que no era de Electra, sino de los electricistas (quiero decir de los actores); pero cuando Galdós junta al hombre con la mujer en el acto tercero, ya se rindieron casi todos los espectadores, y en el acto cuarto, en que Matilde Moreno se reveló como verdadera actriz, ya el entusiasmo parecía unánime.
Ya en el quinto acto, cuando el imán del arte se unió en el público el despertar del amor a la libertad, la ovación a Galdós, la ovación fue superior a toda ponderación; en la vida fui testigo de otro éxito tan grande, tan delirante, tan estruendoso.
No; Galdós no ataca a la religión, como algunos pensaron, ni ése es el camino. ¡Qué había de atacar con dureza alas ideas de nadie, un liberal tan probado y tan sincero! Amar la libertad es respetar a todos!
No se trata siquiera de un drama de intención política, se trata, sencillamente, de una maravillosa obra de arte, de un drama humano, natural, hondo, sincero, tan genial como Un crítico incipiente, tan sencillo como las personas decentes y como Consuelo con tanto brío y tanta pasión como Juan José.
El J’accuse de Galdós sólo alcanza a aquellos zurcidores de voluntades, cegados por el fanatismo religioso como podrán serlo por el fanatismo político, o por otro cualquiera, que ensalzan a Dios con sus palabras, mientras con sus hechos dijérase que se proponen negarle, y que tratan de violentar ala naturaleza, de desterrar de la vida y del mundo a la juventud, de llenar los claustro, no con aquellas almas que a Dios son llevadas por vocación irresistible, sino con vírgenes prematuramente robadas de hogares que pudieran fundarse con sus amores y llenarse de luz de aurora con sus hijos, como si los conventos no tuvieran por misión única el recogimiento y la plegaria del espíritu libre, como si la naturaleza y la juventud y las ansiadas de vida pudieran recluirse y dominarse como se pone un freno al caballo o un dique al agua.
Esto es lo más hermoso que veo en Electra: la protesta y la rebelión de la juventud contra toda la tiranía que trate de oprimirla y sujetarla.
Electra, hija de una mujer liviana, es recogida a la muerte de su madre por sus tíos, los cuales, dominados por el fanático Pantoja, en vez de protectores se vuelven verdugos. Es Electra una niña alegre y traviesa. Con sus mimos y juegos nos descubre hasta lo más íntimo de de alma infantil, y en el primer acto vemos ya los albores de la mujer, que va despertando, no por las tonterías de los muñecos vivos de sus novios callejeros, sino al calor protector y afectuoso de su primo Máximo, viudo y con hijos, hombre entregado a la ciencia, electricista afamado, joven, sabio, fuerte, rico: el macho, en fin.
Pantoja, uno de los causantes de la difunta madre de Electra y que busca en arrepentimiento hosco y triste el lavar de sus culpas, se propone no parar hasta llevar al convento a la que cree su hija (también Cuesta, otro de los amantes, la tiene por suya, que la habilidad del autor ha sabido hacer más trascendental el drama no diciéndolo todo rudamente, sino dejando que el espectador entrevea y adivine), y mientras el fanatismo de Pantoja trata de ganarse la voluntad de la víctima, la chiquilla, que en el primer acto ya era mujer, ha cogido a uno de los niños de Máximo para reemplazar a su muñeca, y en el dulce y noble primer presentimiento de la maternidad, sueña y vive cuando cae el telón y termina el acto segundo.
En el tercero, Galdós ha venido a justificar una vez más la luminosa observación de Meredith, precisamente cuando trataba de la comedia española, de que donde están los sexos más separados es donde más hambrientos se vuelven el uno y del otro.
Electra comprende a Máximo; es el rayo de luz que él necesitaba en la oscuridad de su ciencia, es su complemento, su compañera predestinada por Dios, la mitad de su vida.
¡Qué escena de amor, de pasión, de fuego!…
-¿Una muchacha soltera en casa de un hombre que vive solo? –decían algunos-. No es lógico, ni natural, ni fácilmente comprensible. ¡ah, pajarracos ansiosos de clavar el pico y las garras de vuestra envidia en la carne palpitante de la creación genial!
No olvidéis que Electra no tiene madre; que los que la cuidan, educan y protegen, la cuidan, educan y protegen mal: que en ella hay algún algo de niño, y que todos los niños se van con quien les acaricia, y que todas las mujeres enamoradas se van también, como encuentre ocasión y tiempo, y mimbres, con el afortunado mortal que las enamora.
-¡pero y él?. –se me dirá—es es un sabio, un inventor, un ser aparte del vulgo, por encima de los convencionalismos y de las rutinas. Además, ¿qué va hacer con Electra, si en otro lado la maltratan? ¿abandonarla?
Aquí de Sagasti, ciando le censuraban pro admitir a los posibilitas. ¿Qué voy a hacer yo, decía el buen D. Práxedes, si se empeñan en darme su benevolencia? ¿Voy a recibirles a tiros?
Aparte de que ambas casas dan al mismo jardín, y la familia entera, a la cual pertenecen Electra y Máximo, hace vida común.
También en el taller de Máximo se desliza el fanático y trata otra vez de hacer presa. Máximo, como todo hombre honrado haría en su caso, ampara a la víctima, y como si se propusiera justificar aún más la lógica del autor, descubre su amor y se descubre su amor y se dan los amantes mutua palabra de casamiento, mientras la noche y la fábrica de luz eléctrica lo llena todo de claridad, de “dia eterno”, como inspiradamente dice don Benito por boca de Electra.
Pantoja no desespera. Inconscientemente apela a la infamia y transmite a Electra su duda de que ella y Máximo sean hijos de las mismas entrañas maternales. La razón de la pobre mujer desvaría. Como loca se interna por el jardín, invocando a la memoria de su madre.

No podía faltar la escena violenta entre Máximo y Pantoja. ¡Y qué escena! ¿Cómo ensalzaría bastante? Galdós ha llegado en ella a lo más alto en intenso del drama. Cuando Electra es llevada al convento, en febril delirio, el entusiasmo del público tocó en el colmo. Galdós, a mi juicio, no produjo nunca página alguna más verdadera, más apasionada, más de genio. Es un acto perfecto, legítima gloria de la literatura española y colosal acierto del dramaturgo.
Ya en el convento Electra y dudando de Máximo, la desesperación de este no reconoce límites y su protesta vigorosa, ardiente, varonil, amenazadora y terrible contra los conventos, contra Pantoja, contra todas las tiranías en injusticias de la tierra, produjo un alboroto que duró más de diez minutos, interrumpiendo la representación, asociándose casi todos los espectadores en un grito formidable y atronador al Yo acuso de Galdós y teniendo que abandonar el teatro algunos Pantojas que pugnaban débilmente por salir a la defensa de su semejante.
El drama termina en el convento (magnífica decoración que valió a Amalio salir a escena) y allí se aparece a Electra la sombra de su madre, para abrirle los ojos y para volverla a la razón y a la vida, para decirle que la santidad no se alcanza sólo en el retiro de los claustros, en la deserción del mundo y en la plegaria austera, sino también, y acaso más aún, en los brazos del hombre amado, fundando una familia y un hogar, rodeada y cuidadosa la madre de…(dejemos que lo diga el propio dramaturgo). “de los hijos del hombre, que alegra la vida”.
Máximo arranca a Electra del poder de Pantoja, y el drama termina con magistral sobriedad sin que falte, ni sobre palabra alguna. Paréceme el drama de Galdós el modelo más acabado del teatro español moderno, y me recordaba lo que dicente, gran docto en la materia presenta como requisito indispensable de los moderno dramas, “acción verdad, pasión verdad, caracteres verdad”.
Los actos primero y segundo constituyen una soberbia exposición; conocemos a fondo a los personajes, seguimos tratándoles, asistimos a todo el proceso de sus sentimientos, a la formación del modo de ser de Máximo y de Electra en la vida.
El presentimiento de la maternidad, de jugar a una escena rebosante de delicadeza y de ternura. En el acto tercero, entramos con toda nuestra simpatía en la afectuosa fraternidad de Máximo y de Electra que nos recuerda cómo fue pasando de fraternidad a amor el mutuo cariños entre solita y Salvador Monsalud.
El acto cuarto es de pasión, está lleno de trágica grandeza, es incomparable. Para buscar algo semejante habría que remontarse a la muerte de Patricio Sarmiento, donde Galdós pintó magistralmente otro fanatismo.
Las habilidades del autor, interrumpiendo las escenas apenas pueden comenzar a languidecer, son frecuentes, y una de ellas, la entrada de Gil en el tercer acto, fue premiada con aplauso unánime.
Y en el acto quinto, tan generoso y tan levantado, la aparición de la sombra y todo el ambiente de ensueño y de algo sobrenatural, lo ha presentado Galdós haciendo gala como raras veces, de su prodigiosa fantasía y demostrando que hay en él, además de un gran novelista y de un gran dramaturgo experimentado, un poeta de primera fuerza.
La palabra de la sombra convence. Es en vano que las circunstancias, que no pudieron apartar a Glora de Daniel Morton, se obstinen ahora en separar a Electra de Máximo.
También éstos se casarán y no tardarán en tener le primer hijo, hijo de la juventud y de la ciencia, de la belleza y de la verdad.
Lo que el autor no nos dice esta vez es si se llamará Jesús.
Caramanchel.
La Correspondencia de España
El estreno de Electra en el Español
No complazco hoy a los lectores contándoles el asunto de la obra; debe verse, no leerse; un hecho presenciado, impresiona; leído, distraer; y da vida reconcentrado en un escenario; una catástrofe para un elemento social que hasta ha vivido impune, pero que, a partir de hoy, morirá sufriendo.
Electra, es una obra en cinco actos, que por el solo hecho de haber surgido de la pluma de Pérez Galdós es eminentemente literaria, muy teatral. En Electra hay caracteres, lucha de pasiones, ¡lucha inmensa! Tesis, ambiente, vida, teatro, todo; hay símbolos hermosos, hay ideas que describen un personaje y personajes que encarnan una idea. Don salvador es la Reacción, Máximo la Libertad, Electra la lucha. ¡Reacción! ¡Libertad! ¡Lucha! Tres palabras que se unen, en abrazo mortal que ahoga, que se aproximan con un beso que muerde, que se cogen a zarpazos, y Galdós hace vivir esas palabras, las hace vivir y pelear y sucumbe en el torneo la Reacción ¿y cómo no? La lucha y la Libertad son dos cuerpos de una misma arma y surgen triunfantes, elevándose sobre todos y abrazando al mundo cariñosamente.
Galdós ha tenido el talento de ser oportuno; esclavizados por la reacción que nos sujetaba por el cuello, manifestados por el clericalismo, Galdós ha sido el héroe legendario que ha cortado las ligaduras, que ha iniciado la Libertad; Electra ha sido el primer grito lanzado al aire; ahora todos debemos corearlo: ¡Viva….!
Electra, para el clericalismo, para el jesuitismo –asqueante y canallesco, que a fuerza de astucias rastreras, embaucando a la mujer para lograr por esta el triunfo sobe el marido amansando oro robado a sus víctimas para comprar conciencias, hipotecar almas y absorber vidas-; Electra ha sido para ese monstruo un latigazo en pleno rostro, un tiro en el cerebro, una puñalada en el corazón, una hoguera que lo abrasa. Ahora ¡aventemos las cenizas!
-¡Libertad! Es el grito del oprimido, y todos gritaban anoche: “¡Viva la Libertad!”. Se respiraba ambiente de nueva vida; saturábanse los pulmones enfermos por el humo de los incensarios y el tufo de la cera, de oxígeno, mucho oxígeno: ¡La Libertad!
Anoche la juventud se entusiasmó, las mujeres y los viejos atemorizáronse; con ellos los neus, los Luises, los hipócritas, los jesuítas, ¡los débiles! La juventud, es decir, el vigor, la fuerza, la fuerza física y la intelectual, se exaltaba; la sangre efervescía en sus venas de la generación robusta y todos los nervios vibraron a impulsos del entusiasmo.
La evolución abre a nuestro país nuevos horizontes; nos regeneramos; seremos fuertes, no nos humillará ningún extranjero; España será la España poderosa de la antigüedad, esa España que sólo conocemos como una fábula: la Patria aventurera de Hernán Cortés y la intelectual de Cervantes…y Pérez Galdós.
¡Libertad, bendita seas!…
La representación de la obra se interrumpió durante mucho tiempo para que se desbordase el entusiasmo; el público de pie, agitaba los sombreros y enronquecía gritando:
-¡Viva la Libertad!
-¡Muera los neos!
-¡Muera el clericalismo!
Y por qué a quien dijo que desde un palco protestaron unos luises, quiso un grupo de jóvenes llegar hasta los clericales y matarlos a mordiscos.
El éxito de Electra fue inmenso, las salidas a escena no pudieron contarse y la ovación delirante, frenética, entusiasta, duró mucho tiempo, no estaba aún satisfecho el público y al salir Galdós del teatro un grupo de más de mil personas lo acompañó hasta su casa en imponente manifestación.
Cuando el autor de Electra, emocionado, desde la ventana de su casa, despidió a los que le acompañaban, éstos se disolvieron pacíficamente; llevaban en el alma la dulce impresión de los grandes acontecimientos; el frío de la noche no consiguió templar la sangre que hervía.
De todos los labios brotó La Marsellesa.
Abelardo Fernández-Arias.
El Día
Es indiscutible la autoridad que se conquista en buena lid mirando al sol cara a cara y comprendiendo, en el miso haz luminoso al admirador y al admirado. La reputación merecida es algo así como el sabor de la creencia. El paladar de la convicción le sirve de tablilla telefónica que hace vibrar las placas sensibles encerradas en los aparatos auriculares del alma.
Pérez Galdós es una institución literaria. Románticos y modernistas; intelectuales y rutinarios; jóvenes y viejos; principiantes y acabantes; flemáticos y epilépticos; desesperados y satisfechos, pantagruélicos y ayunadores…Todos rinden culto, con la convicción que tiene su germen en las noches aspiraciones del espíritu o con la doblegadura impuesta por el yugo de la superioridad, al mérito que ni se abarragana con la adulación, ni se prostituye en el lupanar de la bajeza, confieso que tiembla mi mano cuando mis dedos oprimen la pluma que ha de trazar sobre las cuartillas caracteres escritos que, combinados caprichosamente, representen un juicio crítico acerca de una obra que lleva la firma del ilustre autor de Doña Perfecta, de la Familia de León Roch y de Episodios Nacionales.
En ocasión como la presente, el crítico, el revistero, el cronista de teatro, debe evitar que puedan confundirle con el envidioso que arroja escupitajos de tinta sobre el pedestal que sirve de base a la estatua del genio. El aplauso cuando es un homenaje que se tributa al verdadero talento, se parece a las enfermedades contagiosas. El que aplaude, lleva mucho adelantado para ser aplaudido. La fidelidad en el arte, es como el fenómeno que se realiza cuando los rayos solares pasan a través de los cristales convexos. Las leyes de la refracción luminosa favorecen la condensación de la belleza, y la obra artística puede convertirse en semillero para la cosecha del porvenir. ¡Qué mayor gloria para el hombre, hecho de barro amasado con tinieblas, que servir de ladrillo para la construcción de esa torre colosal que representa la eternidad de los siglos!
El triunfo alcanzado anoche por Pérez Galdós con su hermoso y colosal atrevimiento dramático que lleva el nombre de Electra no puede ser descrito en forma que aparezca como una aproximación de la realidad. El ilustre literato que es hoy una legítima gloria nacional, h ahecho más por la causa de la libertad y del progreso en una sola noche, que toda una generación durante un cuarto de siglo de esfuerzos inútiles. Las tinieblas de la mentira lícita y se han rasgado de una vez ante fiat lux pronunciado con voz potente por una voluntad indomable. Sobre la la planicie inmensa de hielo que representaba el prolongado indiferentísimo, ha dejado caer Pérez Galdós una flecha de luz, oro y fuego. El calor, la claridad, la vida. Se ha fundido el hielo de repente, y la masa congelada se ha trocado en torrente impetuoso que representa una fuerza formidable en el paralelogramo social, se llamará de hoy más: esperanza regeneradora. ¡Bendita una y mil veces esa voz que habla desde lo alto del Calvario de nuestras desdichas!
Por algo se ha llamado al teatro el “Gólgota de la idea”. En la escena del teatro Español redimiéndose anoche toda una raza de oprobio que le envilecía. Brilló la luz divina de la inteligencia redentora y la iniquidad y la superstición huyeron maltrechas y despavoridas. ¡Levántate y anda!—ha dicho una autoridad intelectual a un pueblo que dormía y el movimiento para la reconquista de la dignidad se ha iniciado. Dícese que el primer paso es el que más cuesta los honores del triunfo otorgados anoche a Pérez Galdós por el todo Madrid, exento de frivolidades y bajezas, representa el paso gigante que parecía un sueño y es hoy una realidad…¡Adelante!.
Sigo creyendo que no deben llevarse a las columnas del periódico los argumentos de las obras nuevas que se representan en los teatros. El público desea conservar esa ilusión que le permite no amenguar en nada la intensidad de las emociones, y el revistero teatral está obligado (así lo entiendo y no censuro a los que en mi opinión no comparten) a decir tan sólo cuál es la tendencia de la obra estrenada.
Electra es un drama simbólico en el que se pone de manifiesto la lucha entre la libertad y la reacción; entre el adelanto y las supersticiones absurdas; entre la verdad y la mentira; entre el mal disfrazado con el ropaje del bien, y la bondad humana que intenta romper las mallas de la suprema injusticia.
En los actos primero y segundo se plantea la acción con una sobriedad y precisión admirables. El acto tercero es el trazo de unión que separa la intensidad filosófica de la intensidad dramática. En el acto cuarto se plantea el problema con una maestría maravillosa, y en el acto final, Pérez Galdós lleva al público a la cumbre de un Sinaí moderno para que presencie allí el hermoso espectáculo de la proclamación de la verdad, acompañada de los relámpagos de la inspiración y del fragor del trueno, que sirve de acompañamiento al himno de la libertad y del progreso.
Lo que ocurrió al terminar el acto cuarto y en el cuadro primero del quinto, quedará impreso para siempre en la memoria de cuantos presenciaron aquella potente y avasalladora oleada de frenesí y de entusiasmo.
Cuando el ingeniero Máximo, refiriéndose al personaje que representa la hipocresía, la aberración, la maldad y el fanatismo exclama: ¡”hay que matarle”! resonó en la sala una exaltación indescriptible. Y cuando momentos después dice aquél hablando del convento donde se consuma la iniquidad que le arrebata la dicha, “hay que pegar fuego a esto”, los espectadores pusiéronse de pie, las señoras agitaban los pañuelos, el ruido que se produjo era ensordecedor y durante un cuarto de hora aplaudían todas las manos, abríanse todas las válvulas del pensamiento, y Pérez Galdós era aclamado como el portaestandarte de un ejército libertador decidido a pisotear las vergüenzas del ayer con las aspiraciones sublimes del mañana.
Hablemos ahora de la ejecución de la obra. Todos los actores y actrices encargados de los principales papeles, esmeráronse en cumplir su cometido. El conjunto resultó, algo más que aceptable, la señorita Moreno tuvo momentos muy felices y en algunas escenas conquistó grandes aplausos, alcanzando una ovación en el acto cuarto que, como queda dicho, es tan grandioso, que puede codearse con cualquiera de los mejores de Shakespeare. Muy bien la señora Badillo y acertadas las demás actrices.
De los actores distinguióse, en primer término, el señor Fuentes, que dio gran relieve al papel de Máximo y los señores Valero, Sala Julián y Altarriba. La empresa ha puesto la obra en escena con lujo extraordinario. Las cinco decoraciones pintadas por Amalio Fernández son de primer orden; pero sobresalen para el efecto escénico, la del cuarto acto y la del último cuadro. En todos los detalles han demostrado el actual empresario del Español y el director artístico que deseaban colocar la obra de Pérez Galdós en un marco digno de su valor artístico.
La ovación tributada al insigne Maestro no satisfizo a sus entusiasmados admiradores, y cuando se terminó la representación, más de quinientas personas, de las que como suele decirse gastan ropa negra, acompañaron a Pérez Galdós hasta su casa, la manifestación que recorrió las principales calles de Madrid a las dos de la madrugada del treinta y uno de enero de mil novecientos uno tiene una significación muy grande y que no deben echar en saco roto los que se empeñan en creer que el pueblo español es un numeroso rebaño de borregos de Pamergo.
Al ver este nuevo giro que tomas las cosas, será preciso creer en la resurrección de la carne y en algo más que, por creerlo muerto, hacía perder todo género de consoladoras esperanzas. Pérez Galdós con su talento maravilloso, con su autoridad indiscutible, acaba de marcar a la nueva generación el camino de la dignidad y del decoro. Ante los restos de nuestras pasadas glorias ha pronunciado na oración parecida a la que dijo Marco Antonio ante el cadáver del César. Recibía mi cariñoso saludo el patriota esclarecido que ha arrojado en la atmósfera irrespirable que nos rodea la primera bocanada de oxígeno.
Missteriosa.
Heraldo de Madrid
El triunfo de Electra, triunfo colosal, espontáneo, ardoroso, vibrante, no es sólo un éxito artístico, incomparable homenaje rendido a una inteligencia soberana y genial; no es sólo fruto de la emoción estética, la más pura de todas las emociones que puedan conmover el alma humana; es algo más que eso: es un movimiento de renovación, social y política, es un clamor salido del fondo de la conciencia pública, que sintiendo la asfixia creciente de la reacción invasora, pide luz, aire, libertad; reclama su derecho de vida en las condiciones modernas, civilizadas, europeas; es eso: ¡Resurrección!
Galdós el gran obrero solitario, el que encarna en esta raza la virtud más difícil de todas, bajo nuestro cielo y con nuestro sol, la virtud de la paciencia, el esfuerzo perenne de la voluntad, la lucha heroica contra la indiferencia general; silencioso trabajador, que con manos heroicas hace la revolución el la novela y prepara la del teatro, fue anoche aclamado, vitoreado, levantado sobre el pavés, por la élite intelectual de la capital de España. En su honor deliraron de entusiasmo en el estreno de Electra espíritus notables, esclarecidos, que no se conmueven fácilmente, que no suelen salir nunca del diapasón normal de sus impresiones. En su honor han escrito periodistas y dramaturgos frases de merecido elogio, que hoy recoge El País. En su honor, mañana la España liberal entera aplaudirá, formando un coro universal de alabanzas.
Y es que Galdós, el gran Galdós, expresaba anoche, con vehemencia y exaltación propias del Arte, los sentimientos y las preocupaciones que agitan, no sólo a los jóvenes y a los intelectuales y a los liberales, sino a una gran masa social que, a toda hora y en todas partes, sin estrépito ni bocina, por modestia o por rubor, declara que no podemos continuar así, constituyendo una excepción en el mundo, sometidos a una influencia cuyos tentáculos todo lo avasallan y a todos lagos llegan, desde el gobierno al hogar.
La batalla del clericalismo, anunciada desde la tribuna parlamentaria, se libró anoche en el teatro, produciendo un entusiasmo delirante. Hay una España que no se resigna a vivir en la máquina pneumática del obscurantismo; el aire tiene microbios que pueden envenenar la sangre, pero sin respirar no se vive; la libertad de la ciencia, la libertad de la cátedra, la libertad de la Prensa, determinan un ambiente en el que no escasean los errores, injusticias, obscenidades; pero sin esas libertades, la voluntad desfallece, la inteligencia se nubla, el corazón se apaga. El jurisconsulto, el gobernante, han de trazar los límites jurídicos y han de recoger las inspiraciones de la prudencia para una obra en la que el artista está obligado a que vibre la pasión y a que centelle la ira.
Los clericales, los ultramontanos, captan las conciencias, amenazan las honras, absorben la riqueza, perturban los hogares, entristecen la vida, desvían la juventud, muestran el amor de la familia como pecado, enseñan a la mujer que su enemigo es el hombre, en negación nefanda de la naturaleza; corrompen la moral, elevando la mentira a sistema de conducta social; proclaman el principio siniestro de que el fin justifica los medios; dirigen al Gobierno por los senderos de la coacción y de la fuerza, arrojan en nuestro suelo ensangrentado las semillas de la guerra civil; hacen de España la terrible excepción de Europa, la dolorosa excepción negra.
Y si contra eso, en protesta de eso, se levantan en dramas como Electra gritos de guerra, frases furiosas de batalla, no entiéndase que ese es un impulso provocador a violencias y demasías, a luchas de religión, a movimientos desordenados de las masas, que por ley de su vida tiende a tonarse la justicia por sus manos y a hacer una que sea sonada. No. Si el Arte le toca mostrar con relieves salientes el estado del alma de un hombre de bien, que se ve atropellado en sus mejores efectos, pero en las tremendas mallas de la araña de la calumnia y de la mentira, y por eso grita y ruge, dirigiéndose al jesuita, ¡Hay que matarlo! Y refiriéndose al convento, ante el temor de que sus puertas no se rindan a las leyes del amor, “hay que prender fuego a esta casa”; no se debe deducir de ahí que tales deban ser los procedimientos jurídicos de gobierno de los inspectores de la conciencia pública en España. La Ciencia reclama sus derechos, la libertad pide sus fueros, precisamente para evitar la desdicha de que a unfanatismo no se responda con otro fanatismo, a una intransigencia con otra intransigencia, a la coacción solapada con la fuerza brutal.
Y repárese que el autor no invoca contra el clericalismo las reivindicaciones de un positivismo materialista, ni siquiera del racionalismo. No; Galdós evoca al Dios de los cristianos; al Dios de la verdad, que es todo amor y paz y dulzura, al Dios que instituyó sobre la tierra la más grande y sublime moral que conocieron los siglos, al Dios que sienta a su diestra a los pobres, a los miserables, a los afligidos, al Dios que es la eterna justicia. Y para templar los furores del hombre, para impedir la catástrofe, una alucinación de la conciencia, un milagro del amor filial hace surgir en el claustro el fantasma de su madre, que revela a Electra, cómo puede amar a Máximo y servir a Dios amándole y merecer su gracia. En el terrible cuerpo a cuerpo con la reacción, con el espíritu negro de la calumnia, el hombre de ciencia se puede olvidad un momento de sus deberes, de la vida de razón que es su vida, para lanzar aquellos rugidos de fiera; pero luego se restablece toda ley y todo derecho, al desenlazarse el drama por los caminos de la más estricta justicia.
Piénsese por un instante en el estado del alma del hermano de aquella doncella, arrancada a su hogar y a su madre por una seducción interesada, cual ocurrió en litigio reciente, visto ante los Tribunales de Madrid, y respóndase si ese estado de violencia no se deberá explicar en quien sufre tales amarguras. Pero al lado de él, templándolo, se levantaba la voz severa del jurisconsulto, que pedía su derecho, nada más que su derecho, invocando la aplicación de las leyes, y si no se quiere que prevalezca lo primero y se empuje a la sociedad por otros caminos que no sena los jurídicos, no se desatiendan, por Dios, las peticiones en justicia; gobiérnese por la libertad, no sea el Estado prisionero de guerra de un enorme Pantoja.
Desvaríos, exageraciones, fanatismos, violencias del anticlericalismo, afirma la Época, que nos tienen perturbados y a punto de provocar grandes conflictos. Reprobable y sensible sería que se llegase a ese extremo; pero la culpa, la responsabilidad, digámoslo muy alto, no incumbiría, no sería obra de los sentimientos liberales del país, constituiría el fruto lógico, necesario, de la política reaccionaria, que nos hace remontar tristemente el curso de la Historia y nos hace volver a los tiempos en que, al grito de somatén de las masas absolutistas, responde el pueblo de España, el pueblo de las Cortes y de los Concejos, el pueblo que se alzó en rebeldía en Aragón al querer introducir la Inquisición en su suelo, el pueblo que derrama su sangre en todo el siglo por la Constitución, el pueblo que se bate por el ideal de la libertad, el pueblo que hace revoluciones para negar, a quienquiera que sea, el derecho y la razón con que se quiere extinguirlo después de haberlo mutilado y de haber hundido en el mar su gloriosa historia.
¡Resurrección! España, que se creía muerta, respira como Electra. España, que parecía no responder a ningún llamamiento del deber después de la derrota, vive y alienta cuando se toca a su libertad. España, a quien se le señalaba en Europa como a manera de vertedero donde van a parar las aguas pútridas que expulsa la comunidad civilizada, se dispone a obrar por sí misma la labor de higienizar y sanear su alma y su cuerpo. España, que languidecía anémica, se recobra y se levanta y enseña sus puños a la reacción clerical. España aún tiene tribuna parlamentaria, aún tiene teatro, aún tiene novela, aún tiene Arte, aún tiene prensa.
Y todo, incluso la batalla por la fuerza, que siempre condenaremos, y a la cual ojalá, Dios, no lleguemos nunca, es preferible al marasmo, al desmayo, a al asfixia en que parecía vivir la patria, y que merecía ¡Oh tristeza!, que nos dijeran en el Extranjero que tomábamos muy filosóficamente el desastre. No, no toma con filosofía, ni con resignación, ni con mansedumbre el pueblo hispano el agravio de sus infortunios. Lo que le faltaba es una bandera, es un ideal, es un lema de batalla para contarse, para sumarse todos los elementos de renovación y de progreso de la España nueva. Y ya lo tiene; se lo han dado hecho reaccionarios clericales, ultramontanos, que ni siquiera han tenido el instinto de esconderse después de la catástrofe, y se ciernen sobre el cuerpo palpitante de la nación sin ventura.
Y no hay, no, otra salvación para España que el que no se encierra en ese espíritu liberal que resucita. Si España ha de culminar siendo nación, no puede eliminarse del derecho y de la vida de los pueblos de Europa, extendiendo hasta los Pirineos una prolongación de Magreb. Si España, dentro de sus condiciones modestas, honradas, de un mediano pasar, a modo de Bélgica o Suiza, ha de merecer el respeto de los poderosos, lo logrará a condición de que para su existencia sienten aquí las ideas y las costumbres de tolerancia y de libertad de la comunidad de la comunidad europea civilizada. Si España ha de proseguir llamándose España, es impulsada por ese grito de resurrexit que resonó anoche en el teatro de Lope y de Calderón, en aquel teatro que representó siempre, en todos los momentos de su historia, la protesta contra el ahogo de sus viriles energías. ¡Glorioso teatro, por el cual vivimos todavía en el mundo, por el cual se nos respeta y admira, al cual tuvieron que ir a beber su inspiración los grandes genios del arte humano! ¡Glorioso teatro, que, con Don Quijote, un loco también, un loco de ideas, no morirán nunca, y por los siglos de los siglos proclamarán el poder soberano de la belleza en el planeta!¡Glorioso teatro, al que Galdós añade un timbre de honor con el triunfo de Electra! ¡Glorioso teatro, espejo de nuestra alma, que puede morir, pero no se rinde!
Ese ha sido eternamente el poder del Arte. Con el Renacimiento se señala la conclusión de la Edad Media, y al calor de Grecia, que revive de sus cenizas, nace todo un pensamiento nuevo, toda una filosofía, todo un derecho, toda una política, todo un modo de ser del alma humana que vuelve al santo culto de la naturaleza. Y andando los tiempos, cuando el sistema feudal, cuando el régimen antiguo, son batidos al empuje de la Enclopedia, del brazo de los grandes pensadores van los grandes artistas que prepararán la revolución. Y se introduce una lengua nueva, que llega a las arideces de la Ciencia con un Bufón, y se destruye la concepción clásica con las audacias de un Beaumarchais, que da a sus comedias el carácter de una parodia, de una burla sangrienta de la sociedad; y si la filosofía de un Rousseau, dogma de la revolución, se populariza, no es por su Contrato Social, que es para pocos, sino por su Emilio, que es para todos; y los sostenes, las columnas más firmes del derecho divino del Trono y de la Iglesia, ríen a carcajadas con las farsas de un Fígaro y las donosuras de un Cándido.
Y después, ¿qué ha sido Goethe, ¿qué ha sido Víctor Hugo, qué son, modernamente, los Zola y los Tolstoi? Son luchadores, brazos de la revolución artística que prepara la revolución política. Son solitarios, como Galdós, que conciben ellos, allá en su sentido, la Humanidad de mañana, disecando la Humanidad de hoy. Reciben las impresiones del ambiente social y, reproduciéndolas con emoción artística, empujan a los pueblos a que, viendo retratadas sus aspiraciones y sus ansias, traten de ponerlas en práctica, de incorporarlas en la realidad.
Y hay romanticismo a comienzos de siglo, porque la revolución política exige que a la escena se lleven a las luchas de la vida pública por la libertad y por la constitución moderna. Y cuando lograda ésta, escrita en las leyes, se pretende destruirla o es preciso continuar la revolución hasta sus límites lógicos, viene los naturalistas, con su fotografía de la vida, a promover la atención de los Gobiernos en los problemas sociales. Y si, por fin, por obra de la reacción que resurge potente, se intenta dar un salto atrás en nuestra historia, aparece el Arte, recogiendo todas las escuelas anteriores, armonizando el alma ideal de los románticos, poetas de la vida, con el alma positiva de los naturalistas científicos y sociólogos de nuestra época, dándoles cuerpo y existencia por poderosos símbolos como el del grito de Electra al rechazar el llamamiento del claustro y seguir las voces de su deber, de su amor por los niños. ¡Son los Hijos de Hombre que alegran la vida! ¡Grito que es un canto, un himno a la Naturaleza, un sano regreso a las fuentes de la vida!
En Electra, lo repetimos, hay más que el triunfo artístico: es el señalamiento de una nueva época, es el empuje avasallador de la libertad, es la musa que circula a través de las páginas más gloriosas de los anales de España, ¡es nuestra resurrección!
El drama
I
Ante un acontecimiento como el de anoche, que reúne en sí dos caracteres perfectamente definidos, el literario y el social; ante una representación escénica que, escapando al terreno del Arte, penetra en la entraña, en la médula de la vida contemporánea, llamando a los corazones, pero despertando también las conciencias, hiriendo el sentimiento, pero solicitando a la razón con clamores de combate, parece como que se impone a la pluma des escritor no el análisis estrecho de una obra dramática o la crónica de un estreno solemne, sino un exámen amplio, imparcial, sereno, de las circunstancias en que esa obra se ha producido, del medio en que se ha incubado, del impulso que la lleva al proscenio.
Pero esto no es suficiente todavía. Es preciso, es indispensable, considerar el drama de Galdós, no como una manifestación aislada del ingenio peregrino que le dio espíritu y forma, la vida del arte, sino como el áureo eslabón de una cadena que el artífice empezó a forjar hace más de treinta años en el yunque de la vida nacional, en el seno de una sociedad porque parecía rehacerse, más que rehacerse, formarse, al calor de las reivindicaciones filosóficas, de las revoluciones políticas, de las grandes expansiones democráticas.
Si se para la atención en ello, este procedimiento crítico, este engranaje, esta unidad amplia, general, que prescinde de las unidades parciales para abracar de una mirada todo el conjunto de una obra social y literaria, no es aplicable solamente al juicio crítico de esta Electra de Galdós, que ha hecho crujir bajo el peso de sus ideas la vieja escena del Español agobiada por la pesadumbre de la retórica. No; para toda la obra galdosiana se impone el mismo procedimiento: hay que medirla como se mediría la labor de un Balzac; hay que considerarla como parte de un todo, como producto de una idea fundamental, compleja; como prolongación intelectual de toda una edificación ideológica, cuyos firmes cimientos abrió la piqueta de nuestro gran autor hace más de seis lustros.
Sí; no puede decirse que Galdós comienza la lucha, sino que vuelve a ella. Y hay en esta lucha algo que entristece. Conforta el ánimo el espectáculo de los bríos juveniles con que Galdós requiere sus armas; entristece ver que las recoge en nombre de una decepción, de un desengaño. Porque este hombre excepcional, este obrero silencioso, que, como ha dicho un crítico ilustre, sin ser historiador de profesión, ha reunido el más copioso archivo de documentos sobre la oral de España del siglo XIX, y sin aparato científico ha pensado por cuenta propia sobre las más arduas materias en que puede ejercitarse la especulación humana; Galdós, que desde el 85 al 79 escribió la epopeya de nuestra nacionalidad, que reflejando el movimiento filosófico de España, del 68 al 80 crea la novela social contemporánea, combatiendo la humana hipocresía en León Roch, lanzando en Gloria sus anatemas contra la intransigencia religiosa, trazando en Doña Perfecta el cuadro sombrío del fanatismo y de las luchas civiles que desgarraban la patria, se detiene en su camino al comenzar la penúltima década del siglo, y creyendo -¡espejismo de un espíritu honrado!- que la fiera de la reacción está dominada y vencida, cree llegado el momento de exclamar: “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” y de separar sus facultades creadoras del campo yermo de las batallas religiosas.
Entonces es cuando inicia, con Fortunata y Jacinta, la tercera serie de sus novelas entonces es cuando de nuevo vuelve amorosamente la mirada a la clase media y a los desheredados de la vida, retratándose con un humorismo sano, con una alegría candorosa; por la amplitud y el realismo de sus cuadros, emula a Balzac; “por la atención que concede a lo pequeño y a lo humilde”, se parece a Dickens; por la melancolía y la piedad, recuerda a Mogol. Se le ve respirar a pulmón lleno fuera de la atmósfera letal del fanatismo; se le ve olvidad, confiado, las amenazas de la mano muerta. Sus libros “son de una inapreciable valor sociológico, -dice Menéndez Pelayo-; tienen, sobre todo, un hondo sentido de caridad humana”. Así llega, sin concederse un alto en el camino, a las páginas admirables de Nazarín y de Misericordia.
Pero bruscamente va a avanzar de nuevo la ola negra; percibe el estruendo de la invasión farisaica, presentando de nuevo batalla a instituciones y organismos; tiene la clara percepción del retroceso, del salto atrás en las tinieblas, y este trabajador infatigable, que de tal manera se ha ganado el derecho al reposo, torna al combate mientras la juventud vacila ante el peligro.
Por eso dije que Galdós vuelve a la lucha en nombre de un desengaño. Desengaño muy doloroso, sin duda, para el hombre que, al traspasar todavía no hace cinco años los umbrales de la Academia y al hablar de las disgregaciones sociales y políticas de organismos que habían llegado casi hasta nosotros fuertes, potentes, parecía alegrarse de esta falta de cohesión, siquiera fuera porque también desaparecía con ellos el fanatismo compacto que ligaba en estrecho las masas del personal.
De este retroceso, de este salto atrás, de este desengaño, ha nacido Electra.
II
Presentaré paralelamente expresando más que comentando, la acción del drama, las ideas, los personajes. El argumento de Electra es de los que deben ser relatados precisamente porque el enredo es lo de menos, aunque parezca paradójica la afirmación. Es una obra en la cual el interés de las peripecias resulta muy trivial, si se atiende al fondo, al nervio de la producción misma. Despójese a otras composiciones dramáticas de la novedad, de las sorpresas, y no quedará nada. Hágase lo miso con Electra, y quedará todo. En un suntuoso palacio de Madrid viven los señores de García Yuste; matrimonio sin hijos, ambos en los linderos de la vejez, inmensamente ricos y sin más preocupaciones que colocar santamente un capital, de continúo acrecido, que se les viene a las manos son solicitarlo, sin esforzarse en su aumento, en suma, como una bendición de Dios. Doña Evaristo es una excelente señora que va dejando libre de todo obstáculo el camino del cielo, sembrando de buenas obras. Su caridad no es la de un San Francisco de Asís, no pone sus manos blancas y ociosas en la miseria humana, pero lleva al dedillo la contabilidad de su sobras pías. Rige patronatos, sostiene conventos, favorece con sus millones la vida en clausura. Su marido, don Urbano, es el tipo perfecto de maniquí conyugal. Piensa con el cerebro de su mujer. En el fondo, es un pobre diablo que se atreve a manumitirse, y se resigna a ganar el cielo.
Electra viene a turbar la monotonía de este hogar helado, yerto, metódico, como un balance de millones. Esta chicuela revoltosa, esta mariposilla de alas de oro, que llena con sus risas el palacio de los señores de Yuste es uno de esos seres en cuya frente ha puesto el egoísmo humano un estigma. Electra es sobrina de la señora de Yuste; hija de una prima hermana de Doña Evaristo, de una desdichada mujer, cuya vida amorosa y libre fue, en tiempos pasados, oprobio de la respetable familia. La madre de Electra murió en el claustro, olvidada del mundo y salvada, por el arrepentimiento, para Dios. Doña Evaristo, después de pensarlo mucho, se decide a recoger a Electra, a poner a prueba su alma, siempre con la desconfianza de que retoñen en la hija, como una herencia de maldición, las lacerías y las corrupciones de la madre. La pobre niña vive bajo aquella mirada recelosa en acecho de maldades, y, sin embargo, ella es inocente y pura como la inocencia misma. La Señora de Yuste lo reconoce a veces. Pero como Electra es traviesa, juguetona, deliciosamente voluntariosa, Doña Evaristo suele sobresaltarse, creyendo ver en los alegres destellos de sus ojos terribles llamaradas infernales.
Pero esta Doña Evarista no es, en realidad, ni mala ni buena; es el tipo vulgar de la beata sociable. La vida de Electra quizá no llegara a ofrecer las convulsiones del drama sin la presencia, casi constante, en el palacio de los Yuste de un señor Pantoja; el hombre negro de la creación galdosiana, que, en nombre de unos derechos ignorados por Electra, impone a ésta una tutuela penosa una esclavitud que subleva el alma de la huérfana. Y todo ello en nombre de un cariño profundo, intenso, egoísta; de un desbordamiento de amor que Electra no comprende. El público, sí, porque adivina que Pantoja es, o cree ser, el padre la niña.
Este personaje sombrío es el eje del drama. Disoluto en su juventud, ofrece el tipo exacto de pecador arrepentido, que, al buscar por los caminos de la penitencia ascética el perdón de sus culpas, quisiera convertir el mundo en una lóbrega cueva donde una Humanidad atormentada por el silicio, elevase al cielo sus preces. En aquel prurito de perfección, en aquellos anhelos de convertir en ángel a Electra, a su hija, no parece que entra el amor paternal, desinteresado y puro, no el egoísmo del que se cree condenado y palpa en las eternas tinieblas, buscando una mano que lo conduzca al cielo…
Electra, vive atormentada por este hombre trágico. Cada vez que se le acerca, la niña pliega con espanto sus alas de mariposilla. Pero no es sólo Pantoja el que cree haberle dado la vida. También don Leonardo Cuesta, amigo de los señores de García Yuste, pobre hombre enfermo y bueno, anhela tranquilizar su conciencia cumpliendo con lo que repita deberes de su paternidad.
Suponiendo próximo su fin, anuncia a Electra que a ella irán a parar sus bienes. La niña se sorprende y trata de inquirir. Don Leonardo, como Pantoja, sólo le habla vagamente de deberes…de conciencia…El corazón de Electra se oprime…¡Oh, dios mio!- exclama en un hermoso arranque-; ¡cómo pesan sobre las conciencias ajenas!”. Y en esta frase cruel, dolorosa, que produce una emoción intensa, un sentimiento de repulsión invencible hacia aquellos pecadores cobardes que arrojan sobre su alma pura el lastre negro de sus culpas, en esta protesta resignada y dulce, palpita el espíritu de la extraña creación dramática que el genio de Galdós nos ofrece, siempre profundo, siempre inagotable.
Un rayo de luz ilumina toda la situación final del primer acto. Máximo aparece en escena. Máximo es el trabajo, es la ciencia, es la voluntad honrada, es el bien sin dogmas que parecen recetas, es la inteligencia sana en el cuerpo sano, la vida fecunda, generosa, incontrastable…¿Es un símbolo?¿Es un personaje de carne y hueso? No nos importa. Pantoja y Máximo se encuentran frente a frente. Electra está en medio. Desde ese momento comenzamos a pensar en la lucha y desear ardientemente una victoria. El problema está planteado.
III
El lector me ha de permitir que no me detenga en el relato detallado de los incidentes. Son innecesarios. Claro está que Galdós se vale de una fábula sencillísima para llegar a las soberbias explosiones del acto cuarto y del acto final. Baste una somera indicación. Electra, escudada en su inocencia, con el soberano impudor –permítaseme la impropiedad del vocablo- de una cima serena, transparente, hermosa, rompe ciertas prácticas sociales, ciertos ritos de nuestra vida civilizada; por ejemplo: para huir del asedio de Pantoja, hace escapatoria al laboratorio de Máximo, del mágico prodigioso, inclinado siempre sobre sus crisoles. Allí respira; allí vive; allí nacen sus amores descuidadamente, con espontaneidad de flor sin cultivos allí goza de la alegría del vivir; de lo que llamaría aquel Doctor Pascual, de Zola –con el que tiene Máximo grandes puntos de semejanza- la “exaltación del ser”.
Máximo la asocia a sus inquietudes de hombre de ciencia, a su trabajo, como el Doctor Pascual asociaba a su Clotilde a sus terribles experimentos de realidad. Sí, existe una analogía, un parentesco espiritual entre la creación galdosiana y el libro en que Zola resume la larga serie de los Rougon-Macquart. Ambos grandes escritores entonen un himno soberano a la vida; a la vida como no la podrán comprender nunca los sombríos Pantojas; a la vida eternamente renovada; a la vida que, como dice aquel Rougon, herido de muerte, triunfa de todo; a la vida en que hay mucho mal, pero mezclado con mucho bien; a la vida que, contemplada desde ciertas alturas, sólo inspira una caridad ardiente y una universal indulgencia.
Pero ¿cómo ha de comprender todo esto Pantoja? No; juzgando el alma de Electra por la suya, estrecha y mezquina, donde sólo cabe la moral jesuítica, árdua como un yermo, teme ver malogrado su sueño de redención; se estremece de cólera al observar que la mujer no quiere ser ángel; ve en el sublime impudor de Electra peligros cuya sola sospecha profana aquel corazón sano, aquella voluntad recta que se encamina al bien sin las muletas de un ascetismo intransigente que niega la vida, que es un escarnio a la santa, a la admirable Naturaleza.
Pantoja pretende separar a Máximo y Electra. Llega una escena de gran tensión dramático. El hombre negro parece vencido cuando el telón cae. ¡elige!- dice Máximo. Y Electra elige la vida. Pantoja sale envuelto en las sombras nocturnas. En ese momento se encienden los arcos voltaicos del taller del mágico. “Vámonos, llega la noche” –dice un personaje- ¡no! –grita Electra, ¡es el día!, ¡día eterno para mi!.
Al levantarse el telón de nuevo, el autor nos conduce aun risueño jardín, el jardín del palacio de los García Yuste. Electra corretea entre las flores, a lo lehos resuena el canto de los niños que juegan al corro. La huérfana es feliz. Su matrimonio con Máximo está concertado. Sus tíos se disponen a dar su consentimiento, satisfechos de no tener que dedicarse en lo sucesivo más que a las obras pías. Pero el fanatismo, el egoísmo, mejor dicho, no se resigna a ceder sin dar la última batalla. Pantoja quiere, con toda la tenacidad del hombre que se juzga instrumento de un designio divino, que Electra redima en el claustro, en el mismo claustro donde está enterrada la pecadora, las culpas de sus padres. Es una redención cruel con la que sueña; por conseguirla se hace feroz; pretende que Dios habla por sus labios, y parece que es la maldad humana la que le inspira. El santo toma un aspecto demoníaco. Se revuelve como una fiera acosada, y para vencer no vacila en acudir a la superchería; el fin justifica los medios.
No pudiendo evitar que su hija se case con Máximo, turba de pronto las dulces alegrías de Electra con una revelación terrible: Máximo es su hermano, aquel amor incestuoso es una maldición de Dios. No hay más que un esposo, Cristo, no hay más que un refugio, el claustro. La víctima enloquece; es el pajarito que cae aleteando en las fauces de la serpiente, y cuando todo horizonte se le cierra, cuando la losa fría de aquel secreto cae sobre su alma, Electra inconsciente, desfallecida, cuerpo sin alma, inteligencia sin luz, se arroja en brazos de unas monjas, que se la llevan al convento. De la escena con que el acto termina, de la desesperación de Máximo, de la espantable firmeza con que Pantoja mantiene su obra, hablando de un poder invencible y eterno –poder tenebroso- que no lograría destruir la muerte con que Máximo le amenaza, de todo esto, el cronista renuncia a dar ideas; es preciso ver la representación; es preciso, en la soledad del gabinete, leer el diálogo, en que centellea un generoso espíritu de defensa social, de solidaridad humana, de reivindicación de los fueros de la conciencia.
IV
Pero al llegar a este punto es necesario, es indispensable, asociar ala exposición de la obra el público que la escuchaba. ¡de tal manera e compenetró el auditorio con el autor, con los actores! Cada frase era acogida con un aplauso cerrado, entusiasta, prolongadísimo; cada réplica de Máximo, en su duelo a muerte con Pantoja, hacía vibrar ese gran corazón de que otro autor ilustre, Echegaray, habla en una de sus comedias más celebradas. Galdós no se ha detenido ante los muros conventuales; rompe la clausura, y acosa al monstruo de las cien cabezas en su propia guarida. Pero el monstruo no se deja arrebatar a Electra. En aquellos claustros solitarios se siente más seguro, más poderoso. Máximo comienza a desfallecer, le envenena, le enerva la atmósfera del claustro: le fatiga la lucha con la serpiente.
De pronto, con nuevo calor y brío, toma una resolución suprema. Se llevará a Electra de grado o por la fuerza. “Si no tengo poder bastante –exclama- lo buscaré, lo adquiriré, lo compararé. ¡traeré amigos o cómplices, un escuadrón, un ejército! ¡Renacen en mí los tiempos románticos y las ferocidades del feudalismo!
Galdós ha sabido encontrar de tal suerte la frase justa, ha prescindido tan por completo de la retórica, ha dado a su diálogo una realidad tan intensa, ha sabido recoger con tanta inspiración los sentimientos colectivos, que el aplauso se convirtió muy pronto en un inmenso clamoreo y el clamoroso en tumulto de club. El hervor de la sangre hizo que el público en masa se levantara de sus asientos. La representación quedó interrumpida, y costó bastante trabajo encauzarla.
Así llegamos al cuadro final del acto quinto. Es un cuadro rápido, cuya poética plasticidad impresiona vivamente. La luz pálida y fría de la luna baña el jardín del convento. Electra, acompañada de otra monja, sale de la iglesia. Resuenan a lo lejos las preces de las religiosas. Sor Dorotea, de acuerdo con Máximo y con el marqués de Ronda, trata de convencer a Electra para que abandone el convento. Al principio, nos sorprende un poco esta extraña complicidad; pero la sorpresa se cambia en breve en un nuevo motivo de aplauso. Aquella religiosa es otra víctima de los infinitos Pantojas que nos rodean, Ignoramos su historia, su drama; pero al ver su angustia, al oír el acento de desesperación con que le dije a Electra: ¡Hermana mía! ¡Vuelve al mundo y llévame contigo!, parece como que se apodera de todos los corazones una piedad infinita por aquel nuevo personaje, apenas esbozado, incidental, que el autor trae con mano firme en el lienzo sombrío, bastándole una sola pincelada.
Pantoja, sobresaltado y receloso, llega en aquellos momentos al jardín, buscando a su hija. Teme traiciones en todas partes. En el templo siguen resonando los piadosos cánticos. El hombre negro se obstina en conducir a Electra al lado de las otras religiosas. La pobre niña, combatida por tan crueles emociones, cae en una especie de desvarío y sigue con atención obstinada el eco monótono de las preces…” Son los ángeles, que te llaman, hija mía”. –exclama Pantoja-, y Electra, en cuyo espíritu la santa Naturaleza, violada y profanada, se revela a caer en la tumba que, en nombre de un Dios todo misericordia, pretenden abrirle, Electra, reclamada por la vida, afirma su derecho a ella con una frase que a mí me parece la mejor de la obra, la síntesis del drama. Confunde los rezos monjiles con los alegres cantos de los niños que juegan al corro, y exclama con soberana valentía: ¡No! ¡No son los ángeles! ¡Son los hijos del hombre que alegran la vida!.
La obra toca a su fin. Sólo la Verdad puede destruir la obra inicua de la serpiente. Y la Verdad es la madre de Electra, cuyo blanco y vigoroso fantasma aparece en el fondo del jardín. “Vuelvo al mundo –le dice a su hija-. Ningún vínculo de sangre te une a Máximo. Dios está en todas partes. También en el mundo se le adora”. Aparece Máximo, Electra cae en sus brazos, y una sola palabra, una sola, pero muy hermosa, pone fin al drama: ¡Resurrección!
Un impulso incontrastable de vida, de humanidad noble y generosa, de claridad ardiente, recorre con osadía vivificante todas las escenas de la creación galdosiana. El concepto sumo y honrado de la existencia palpita en ellas en contraposición a los deliquios místicos, enfermizos, a la concepción ascética, estrecha, mezquina, árida, infecunda. Conocer la vida, amarla, mirarla tal cual debe ser; esa es toda la filosofía que predican dos hombres ilustres colocados en las cimas intelectuales. Zola en Francia, y Galdós en España.
Y ahora, ¿cómo hablar de los mil detalles, de los pensamientos, de las bellezas que avaloran la obra de Galdós? ¿Cómo dar una idea de aquella explosión del instinto de maternidad que conmueve las entrañas de Electra? ¿Cómo elogiar el vigor, la seguridad con que está trazada la figura grande, infernalmente grande de Pantoja? A la crónica le falta espacio. Baste decir que el genio de Galdós sigue triunfando en España por la fuerza creadora de su fecundidad.
Y sólo por la fuerza se triunfa en literatura como en todas partes. Interprete cada cual la frase como mejor le dicte su buen juicio. A mí me bastará añadir que no es de un demagogo. Es…de Menéndez Pelayo.
V
Sobresale entre todos Matilde Moreno. Ha estudiado el drama a conciencia, y se ha identificado con su papel de un modo asombroso. Galdós ha puesto en su tierna y poética Electra una difícil complejidad de sentimientos, matices tan varios, rasgos tan delicados, que bien puede afirmarse que es una de las figuras teatrales más complicadas. La señorita Moreno ha sabido vencer todos los obstáculos, la representación de anoche constituirá en su carrera artística una fecha memorable. No decayó en ninguna escena; logró encontrar la nota de alegría placentera de la infancia; acertó a expresar los indeterminados y fugitivos anhelos de la niña que lleva en su alma el germen de la mujer. Deliciosamente aturdida en los dos primeros actos, supo mostrarse apasionada en el tercero; abatida por los embates del egoísmo y de la maldad humana, en los actos cuarto y quinto. En suma, un éxito.
Fuentes, en el Máximo y Valero, en el Pantoja demostraron una vez más sus excelentes cualidades. Valero tuvo que luchar con su antipático papel, y luchó con gran valentía. No se les aplaudió, ¡qué habíamos de aplaudir al sombrío Pantoja!, pero en esta repulsión, en la actitud agresiva del público, consiste su triunfo.
De los demás intérpretes, unos “contribuyeron al buen conjunto”; de otros, es preferible no hablar. El decorado suntuoso.
Y volviendo a la obra, cerremos esta larga crónica con un asola frase: ¡Honor a Galdós!
López Ballesteros
La obra
Electra, la catarsis dramática
Electra, es sin lugar a dudas uno de los textos que más éxito y controversia creó en el público y en la sociedad, donde el autor desarrollará por completo la presencia de una figura fantástica o sobrenatural. El elemento divino en este caso es la madre de Electra quien aparece primero en su mente y después en la acción del drama en forma de Sombra, que, al igual que en Realidad, resuelve el conflicto catárquico. El caso de Electra, es el de una mujer joven normal que se tornará neurótica o trastornada por la índole particular de la misión que se le impone. Una vez más se repite el esquema que en tantas ocasiones Galdós ha presentado al lector y al espectador: la herencia genética y el medio ambiente. Estos elementos son de vital importancia si se tiene en cuenta que, aunque resquicios realistas o naturalistas, continúan influyendo en la propia caracterización del personaje del drama moderno.
Así pues, en la escena V del acto II, Electra comunica al espectador la presencia en su vida de personas de otro mundo, donde se pone de manifiesto la cierta predisposición que la protagonista tiene para relacionar el sufrimiento y la desgracia heredada (porque no puede olvidar a su madre) con los deseos reprimidos que son básicamente el progreso individual y una vida en común con el hombre que quiere:
ELECTRA.Verá usted, tía: yo tengo una duda, ¿cómo diré? un problema…
EVARISTA.¡Problemas tú!
ELECTRA.Eso, en plural: problemas… porque no es uno solo.
EVARISTA.¡Anda con Dios!
ELECTRA.Y trato de que me los resuelva, con una o con pocas palabras…
EVARISTA.¿Quién?
ELECTRA.(Suspirando) Una persona que no está en este mundo.
EVARISTA.¡Niña!
ELECTRA.Mi madre… No se asombre usted… Mi madre puede decirme… y luego aconsejarme… ¿No cree usted que las personas que están en el otro mundo pueden venir al nuestro? (Gesto de incredulidad de Evarista) ¿Usted no lo cree? Yo, sí. Lo creo porque lo he visto. Yo he visto a mi madre.
EVARISTA.¡Virgen del Carmen, cómo está esa pobre cabeza!
ELECTRA.Cuando yo era una chiquilla de este tamaño…
EVARISTA.¿En las Ursulinas de Bayona?
ELECTRA.Sí…, mi madre se me aparecía.
EVARISTA.En sueños, naturalmente.
ELECTRA.No, no; estando yo tan despierta como estoy ahora. (Deja la muñeca sobre una silla.)
EVARISTA.Electra, mira lo que dices…
ELECTRA.Cuando estaba yo muy triste, muy solita o enferma; cuando alguien me lastimaba dándome a entender mi desairada situación en el mundo, venía mi madre a consolarme. Primero la veía borrosa, desvanecida, confundiéndose con los objetos lejanos, con los próximos. Avanzaba como una claridad…, temblando…, así… Luego no temblaba, tía…, era una forma quieta, quieta, una imagen triste; era mi madre; no podía yo dudarlo. Al principio la veía vestida de gran señora, elegantísima. Llegó un día en que la vi con el traje monjil. Su rostro entre las tocas blancas, su cuerpo cubierto de las estameñas obscuras, tenía una majestad, una belleza que no puede imaginar quien no la vio…
EVARISTA.¡Pobre niña, no delires!…
ELECTRA.Al llegar cerca de mí alargaba sus brazos como si quisiera cogerme. Me hablaba con una voz muy dulce, lejana, escondida…, no sé cómo explicarlo. Yo le preguntaba cosas, y ella me respondía… (Mayor incredulidad de Evarista) Pero ¿usted no lo cree?
Al ser presentar así la protagonista, el espectador tiene que meterse en el mismo delirio que ella se encuentra para poder “gozar” del drama que se está planteando. No es lógico ver a una madre muerta, como no parece lógico, intelectualizando el concepto, relacionar el regreso a la primera infancia para poder gozar del amor materno. Galdós así introduce al espectador paulatinamente en un proceso patológico, lo que realmente le funcionó a juzgar el éxito sin precedentes que este drama tuvo en la época. Provoca en el público una catarsis de la emociones, despertando la piedad, el temor o el odio, compartiendo con él cierta neurosis patológica, porque quizá sería exclusivamente desde aquí desde donde se entendería el verdadero conflicto emocional. Para entenderlo el espectador del drama ha de ser un individuo sediento de experiencia al que el asunto del drama le permite la posibilidad de identificarse con la protagonista. El goce en el espectador está conseguido porque en el fondo sabe que sólo tiene una vida, que en el fondo no es la que está sintiendo en ese momento, con lo que su goce depende de una ilusión, la ilusión creada por Galdós desde un personaje, en cierto modo patológico, que implica el subconsciente del espectador, al que le es fácil pensar en esa misma aparición y goce con la madre desaparecida. Escribe Freud:
El sufrimiento psíquico empero, se reconoce particularmente en relación con las circunstancias de las cuales se ha desarrollado; de ahí que el drama requiera una acción de la que dicho sufrimiento emana, y de ahí que comience por presentar esa acción al espectador[1].
El drama de esta forma se convierte en psicológico porque es el alma misma de la protagonista que desequilibrada tiene visiones, la que constituye el campo de una angustiosa y difícil batalla entre la manipulación religiosa de Pantoja, el pasado heredado de su madre, el amor y el progreso, éste en manos de su amante Máximo. Como Electra vive al límite de sus emociones continuamente, no resulta difícil creer el tránsito neurótico al que se va a ver abocada después de la funesta noticia dada por Pantoja, cuando le comunica que su futuro marido es su hermano de sangre.
Es en la escena IX del acto V, la Sombra de Eleuteria, al igual que sucedía en Realidad a modo de elemento catárquico del personaje, resuelve el conflicto de la acción y la trama en el clímax dramático. ¿Resulta creíble este hecho? ¿Es fruto de su imaginación que ve lo que quiere creer a ultranza como salvación? ¿Las visión de su madre es fruto de su estado psíquico inducido al límite y a la locura para adoptar una vida santa?:
LA SOMBRA.Tu madre soy, y a calmar vengo las ansias de tu corazón amante. Mi voz devolverá la paz a tu conciencia. Ningún vínculo de naturaleza te une al que te eligió por esposa. Lo que oíste fue una ficción dictada por el cariño para traerte a nuestra compañía y al sosiego de esta santa casa.
ELECTRA.¡Oh madre, qué consuelo me das!
LA SOMBRA.Te doy la verdad, y con ella fortaleza y esperanza. Acepta, hija mía. Como prueba del temple de tu alma, este reclusión transitoria y no maldigas a quien te ha traído a ella… Si el amor conyugal y los goces de la familia solicitan tu alma, déjate llevar de esa dulce atracción, y no pretendas aquí una santidad que no alcanzarías. Dios está en todas partes… Yo no supe encontrarle fuera de aquí… Búscale en el mundo por senderos mejores que los míos, y… (La Sombra calla y desaparece en el momento en que suena la voz de Máximo)
Los planteamientos que se hace el espectador en este caso no se mueven dentro de la búsqueda de lo creíble o no creíble. La intención es comprometer, implicar e inducir al espectador emocionalmente, y esto se logra en el momento en que el público se agita y se compromete con Máximo en la única idea de matar al opresor de la libertad de conciencia y de pensamiento, porque en el fondo cualquier espectador ha sido manipulado como Electra, y eso pesa en su subconsciente. Como así se expresa en la escena X del acto IV, en el brutal diálogo de Máximo y el supresor Pantoja:
MÁXIMO.(Con ardiente palabra en toda la escena) Alto… Me dice el Marqués que de aquí, después de una larga conversación con usted, salió Electra en ese terrible desvarío.
PANTOJA. (Turbado) Aquí…, cierto…, hablamos… La niña…
MÁXIMO. Mordida fue por el monstruo.
PANTOJA. Tal vez… Pero el monstruo no soy yo. Es un monstruo terrible, que se alimenta de los hechos humanos. Se llama la Historia. (Queriendo marcharse). Adiós.
MÁXIMO. (Le coge fuertemente por un brazo) ¡Quieto, va usted a repetir ahora mismo, ahora mismo, lo que ha dicho a Electra ese monstruo de la Historia para ponerla en gran turbación.
El impulso por tanto del espectador es sin duda el de implicarse con los protagonistas y también con ese enorme peso que todos los españoles han soportado que es la historia viva. La historia del engaño a través de una falsa religión, que tantas vidas ha destruido, de pronto está encima del escenario, bajo el personaje de Pantoja. El público se funde con la historia y el sufrimiento de España en una simbiosis emocional provocada por Galdós.
La acogida de esta incursión en un drama tan peculiar y estruendoso como lo fue Electra en su momento y por qué no decirlo en la actualidad lo sería también, no deja de ser muy interesante para el investigador, sobre todo si pensamos en los porqués que llevaron al autor a resolver así la escena. Es necesario preguntarse por el efecto que sin duda el “fantasma” materno provocaría en los espectadores, introduciendo en escena estas personificaciones. A diferencia de otros referentes, apariciones de brujas, visiones etc, los fantasmas no son seres vivientes, sino apariciones de ultratumba, de forma que convendría saber cuáles eran las creencias del público con respecto a tales apariciones, para entender el sentido que Galdós quería dar al introducirlos en la escena, sobre todo si lo relacionamos con lo clerical, que es el sentido básico de esta obra.
La tradicional doctrina católica sobre el purgatorio proporcionaba una explicación en términos teológicos de las creencias en las ánimas como espíritus purgantes. Así los católicos de la época galdosiana y una gran parte de la población creían, en este sentido, que los fantasmas podían ser espíritus de los difuntos a los que se les había permitido volver del purgatorio por alguna razón especial. En este caso la sombra de la madre de Electra se aparece a su hija con el fin de no dejar que sea por más tiempo engañada por sus manipuladores. Hay que matizar en la idea de que Galdós tenía en este sentido una concepción cristiana del fenómeno. Para los protestantes del momento, por ejemplo, la cuestión se complicaba porque aceptaban las apariciones como algo indudable, de lo que había testimonios en el mundo entero, y su veracidad se basaba en el Antiguo Testamento. Sin embargo, la Reforma descartó la existencia del purgatorio como estadio supraterrenal intermedio, con lo cual los espíritus sólo podían proceder de dos lugares; esto es del cielo y del infierno. La conclusión del protestantismo ortodoxo fue la de considerar a los fantasmas como demonios, a pesar de que en ocasiones se presentaran como ángeles, o de que asumieran la forma de amigos o familiares difuntos, sólo eran formas aparentes del maligno, para dañar física o espiritualmente a los que querían perder. En realidad, las connotaciones que implica la aparición en escena de la madre de Electra, no son en ningún momento negativas, si tenemos en cuenta que viene a revelarle una verdad, a sacar a su hija de la manipulación, aunque esta revelación venga de otro mundo. De esta forma el fantasma no sólo es el instrumento para poner en funcionamiento la trama, la acción, sino también es eje que pone en funcionamiento el verdadero y principal tema de la obra: el destino de Electra en manos de la manipulación eclesiástica. No deja en el fondo de ser cuanto menos curioso el hecho de que el destino cruel tenga que ser resuelto por una quimera, por una aparición, una sombra que viene del otro mundo. Es como si España no tuviera solución en cuanto a la salvación de sus almas, la libertad de cultos y por tanto la libertad de existencia. Para lograr ese sueño, como Electra, tiene que proporcionarle solución y salvación un alma de fuera, porque el individuo no puede luchar contra el monstruo, pues este monstruo es como dice el Marqués: astuto, insidioso y perseverante, como lo eran las cualidades de los eclesiásticos de la época, encargados de manipular las mentes y su educación. Como dice Máximo en la escena V del acto V: “Y este orden social en que vivimos nos envolverá en una red de mentiras y de argucias, y en esa red pereceremos ahogados, sin defensa alguna…, manos y cuello cogidos en las mallas de mil y mil leyes caprichosas, de mil y mil voluntades falaces, aleves, corrompidas”.
Admira, no obstante, que tanto el público como la crítica del momento “pasaran por alto” esta incursión de elementos fantásticos en unos dramas esencialmente realistas, sobre todo en su temática. De lo que no cabe duda es de que en el buen teatro, este tipo de anécdotas quedan suspendidas en el aire cuando irrumpe la fuerza temática de la acción, como es el caso del drama de Electra, del que prácticamente nadie opinó que no fuera un drama realista y alegórico, en un país lleno de tristes realidades y de contrastes simbólicos, a mi juicio, muy difíciles de solventar.
Por ejemplo, como ya he dicho con anterioridad, y a pesar de que no tenemos conocimiento de que Galdós conociera en profundidad la obra de la escritora gallega Concepción Arenal, lo cierto es que existen importantes similitudes con la feminista escritora. Las argumentaciones de Concepción Arenal siempre están relacionadas -al igual que Galdós- con la educación. Los problemas e injusticias sociales que sufre la mujer, siempre están relacionadas con el problema de la ignorancia. Arenal propugnaba en sus escritos que esta falta de conocimiento -a veces de lo más básico- que embargaba a la mujer era la causa de que no tuviera derechos ni civiles ni político, siendo de esta forma siempre discriminada, con respecto a los derechos adquiridos por el hombre. Esta inferioridad de derechos provoca que el trabajo de la mujer sea siempre peor pagado, por lo que surgen el exceso de trabajo y explotación que está presente en obras como Celia en los infiernos, la prostitución y los malos casamientos, (Realidad, sería un ejemplo de matrimonio de conveniencia) de aquí la debilidad física y las enfermedades. Sólo la educación, la instrucción y la toma de conciencia de la dignidad femenina, serán las armas con las que la mujer pueda salir de la situación en la que se encuentra y, por consiguiente , estar en condiciones de igualdad con respecto al hombre para ejercer cualquier profesión. Esto está expresado de una forma muy clara en los diálogos entre Máximo y Electra, donde buscan la realización personal, la dignidad y la libertad en una sociedad dirigida casi en su totalidad por la Iglesia. «Corran libres tus impulsos, para que cuanto hay en ti se manifieste, y sepamos lo que eres» -dice Máximo en el acto I, escena XIII- donde se manifiesta la presión moral y ética a la que está sometida su amiga, Electra. Al igual que propugnaran las corrientes más feministas de la época, en el drama Electra, se pone de manifiesto la no inferioridad intelectual de la mujer con respecto al hombre. Si bien, a mi juicio al personaje Electra, aunque le falta algo más de madurez y seriedad en algunas ocasiones, lo cierto es que, a pesar de su aparente mayor debilidad física con respecto al hombre, conlleva mayor superioridad moral, lo que le hace ser mucho más capaz que el hombre para desempeñar, por ejemplo, labores humanitarias y caritativas (Sor Simona sin ir más lejos).
La independencia, la emancipación…la insubordinación…expresa Máximo con respecto a lo que tiene que hacer Electra. Pero, emanciparse y rebelarse contra qué o contra quién. En este momento entra en escena el personaje símbolo que es Pantoja. Hay que independizarse no de él, sino lo peor: de todo lo que significa Pantoja. A la mujer no le queda otra posibilidad en la mayoría de los casos, subyugarse a la voluntad ética y económica del hombre. Esto Electra lo siente como una esclavitud en el momento en que Pantoja le habla así, entrando en crisis a partir de ese exacto momento, pues ella hasta ese momento no se ha dado cuenta de donde está ni qué significa su ser:
PANTOJA.Porque en mí tendrá usted un amparo, un sostén para toda la vida. Inefable dicha es para mí cuidar de un ser tan noble y hermoso, defender a usted de todo daño, guardarla, custodiarla, dirigirla, para que se conserve siempre incólume y pura; para que jamás la toque ni la sombra ni el aliento del mal. Es usted una niña que parece un ángel. No me conformo con que usted lo parezca: quiero que lo sea. (escena XI, acto Primero).
También trascienden los planteamientos, que se quedaron en tales, sin continuidad, del personaje de Nora de Casa de muñecas, con que Ibsen revolucionó la función de la mujer en la sociedad. Digo sin continuidad porque en la obra de Ibsen, Nora rompe con todo y se marcha dando un gran portazo al ayer, pero a diferencia de las mujeres galdosianas, no descubre un “camino de salvación” viable para que la mujer se enfrente a una sociedad que está en espera como el lobo lo está del cordero. En Galdós se produce la alternativa, la acción, el dinamismo, la educación y la lucha, a través del trabajo y del combate social, por medio de la realización y la ocupación de su lugar en la pirámide social. Así lo expone con gran claridad en un diálogo entre Electra y Máximo en Electra, cuando aparece el tema del papel social que ella debe ocupar:
MÁXIMO. Es maravilloso que en tan poco tiempo conozcas mis libros y el lugar que ocupan.
ELECTRA. No dirás que no lo he puesto todo muy arregladito.
MÁXIMO. ¡Gracias a Dios que veo en mi estudio la limpieza y el orden!
ELECTRA. (Muy satisfecha) ¿Verdad, Máximo, que no soy absolutamente, absolutamente inútil?
MÁXIMO. (Mirándola fijamente) Nada existe en la Creación que no sirva para algo. ¿Quién te dice a ti que no te crió Dios para grandes fines? ¿Quién te dice que no eres tu… ?
ELECTRA. (Ansiosa) ¿Qué?
MÁXIMO. ¿Un alma grande, hermosa, nobilísima, que aún está medio ahogada… entre el serrín y la estopa de una muñeca?
ELECTRA. (Muy gozosa) ¡Ay Dios mío, si yo fuera eso! (Máximo se levanta y en el estante de la izquierda coge unas barras de metal y las examina) No me lo digas, que me vuelvo loca de alegría… ¿Puedo cantar ahora? (escena I, acto III.)
Existía una inevitable unificación religioso-política que alienaba las mentes manejando la sociedad. Fe y caridad como “política”, sí, pero en libertad de conciencia. El hombre sigue pensando, sigue siendo individuo, pero con autonomía de acción, teñido de un sentimiento de justicia, caridad e individualismo social. Complejo asunto. Galdós, etiquetado innumerables veces de anticlerical, siempre dirigió sus huestes hacia la masonería, dentro de la que incluía a los jesuitas -ya lo he señalado más arriba-, como otra forma de organización cuya logia era también nociva. Por eso en sus obras Galdós no es lo que se le ha etiquetado, “anticlerical”, sino que más bien mantiene una actitud puramente positiva con respecto al sacerdocio y a lo clerical y eclesiástico. Electra sería un iluminado tipo de este acometimiento de las mentes, si bien, como dice Ruiz Ramón, “Galdós apuntaba su crítica también contra esos sacerdotes que viven con pasividad dentro del catolicismo, víctimas de una radical falta de vocación y que profesan el sacerdocio como medio de vida”[2].
El poder y la hegemonía de las clases religiosas sobre la sociedad, a través de ciertos elementos, eran un hecho. Poder ejercido como abuso cuya paradoja abarcaba diversas formas, y tenía una presencia perniciosa en la educación. Este fue el tema esencial del pensamiento de gran parte de su obra novelesca. En su obra teatral, esta preocupación social y preocupación religiosa unidas, será más evidente. Por medio de los personajes en el escenario, podemos ver en verdad cuál es el conflicto. Podemos ver las salidas que muchas veces tiene que inventar la mujer ante una “caridad paternalista”, que pesa sobre ella. La figura masculina dominaba las mentes femeninas, sin existir para éstas, una mínima libertad de pensamiento o creencia, como por ejemplo en Electra, que tanta polémica suscitó. El personaje de Electra y el desarrollo de la obra crearon una auténtica conmoción social en las masas el día 30 de enero de 1901, fecha del estreno en el teatro Español. Llevaron en hombros a un Galdós convertido en ídolo del pensamiento liberal, progresista, de quienes se hallaban alejados del oscurantismo, quienes querían dar a España un aire de renovación. Electra, la mujer, es una personalización de la España de la época y encarna, con gran perfección, la idea que Galdós tenía del lugar que la mujer moderna debería ocupar en la sociedad, que, aunque siempre estuvo unida a asuntos religiosos, se eleva por encima de los prejuicios morales para alcanzar su propia autonomía. Así pues en la escena XII del acto I, leemos:
ELECTRA. (Suspirando ) Sí, Máximo: tengo que consultar contigo un caso grave.
MÁXIMO. (Con vivo interés) Dímelo pronto.
ELECTRA. (Recelosa, mirando al otro grupo) Ahora no puede ser.
MÁXIMO. ¿Cuándo?
ELECTRA. No sé…, no sé cuándo podré decírtelo… No es cosa que se dice en dos palabras.
MÁXIMO.¡Ah, pobre chiquilla! Lo que te anuncié… ¿Apuntan ya las seriedades de la vida, las amarguras, los deberes?
ELECTRA. Quizás.
MÁXIMO. (Mirándola fijamente, con vivo interés) Noto en tu rostro una nube de tristeza, de miedo…, gran novedad en ti.
ELECTRA. Quieren anularme, esclavizarme, reducirme a una cosa… angelical… No lo entiendo.
MÁXIMO. (Con mucha viveza) No consientas eso, por Dios… Electra, defiéndete.
ELECTRA. ¿Qué me recomiendas para evitarlo?
MÁXIMO. (Sin vacilar) La independencia.
ELECTRA. ¡La independencia!
MÁXIMO. La emancipación… Más claro, la insubordinación.
ELECTRA. Quieres decir que podré hacer cuanto me dé la gana, jugar todo lo que se me antoje, entrar en tu casa como en país conquistado, enredar con tus hijos y llevármelos al jardín o a donde quiera.
MÁXIMO. Todo eso y más.
La autonomía en la vida social e incluso la independencia de pensamiento y de conciencia eran libertades que no se habían dado –entre otras capas sociales– a la mujer, y que aún hoy está todavía por terminar de conquistar. La idea de poder vivir una existencia propia, sin necesidad de depender del paternalismo o del “princesismo” tan inculcado en las mentes femeninas. Era toda una conquista que Galdós desarrolla sin temor en los “tipos” de sus dramas y comedias, naturalmente extraídos de la realidad para un teatro en algunos casos de naturalismo social. En general, los dueños de las mentes eran los estratos religiosos, y Galdós, sabedor de ello, tenía que luchar de alguna manera contra estos si quería llevar a cabo un proceso de regeneración social. Si la libertad y la evolución del ser humano estaba en manos de los «curas», había que denunciar sus mecanismos y actuaciones.
Algún crítico ha dicho que el personaje de Electra resulta algo infantil y poco creíble. Esa es una idea con la que no estoy de acuerdo sobre todo si recordamos cómo Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, en espacio de minutos, pasa de ser una mujer bastante infantil, a ser una mujer liberada y emancipada que no mira atrás con tal de ratificarse a ella misma y sus derechos. Sin embargo, la crítica siempre ha sido más benevolente al juzgar a Ibsen que a Galdós. Años más tarde del estreno de Electra, en 1912, podemos leer en Cánovas:
Fortalecerán su poder educando a las generaciones nuevas, interviniendo la vida doméstica y organizando sus ejércitos de damas necias y santurronas, paulatinamente dotadas con el armamento piadoso que les llevará a una fácil conquista… Cuando salgamos de paseo y nos encontremos con un ignaciano, yo me quitaré el sombrero y tú darás una discretísima cabezada en señal de aparente sumisión, rezongando para nuestro sayo: “Adiós, reverendo; vive y triunfa, que ya te llegará tu hora[3].
De ahí la importancia de la desaparición clerical, porque eran ellos quienes “educaban” las sociedades, torciendo los destinos, y por esa razón Galdós siempre abogó por la necesidad de construir una moral social de raíz religiosa, pero de naturaleza claramente laica. Como contrapunto a esta manipulación espiritual y social, que se ejercía en las mentes, y sobre todo en las mentes femeninas, Galdós propondrá, por un lado, su modelo de cristianismo bien entendido, y por otro, la libertad de acción y pensamiento, la libertad de elegir un camino edificante, dinámico y constructivo:
Yo abomino la unidad católica y adoro la libertad de cultos. Creo sinceramente que si en España existiera la libertad de cultos, se levantaría a prodigiosa altura el catolicismo, se depuraría la nación del fanatismo y (…) ganaría muchísimo la moral pública, y las costumbres privadas, seríamos más religiosos, más creyentes, veríamos a Dios con más claridad, seríamos menos canallas, menos perdidos de lo que somos. En todo soy escéptico[4].
Existen a lo largo de todas sus producciones dramáticas numerosas citas que me ayudarán a argumentar que la llamada “revolución social” galdosiana llevaba implícita una “revolución religiosa”, una especie de evangelización intrínseca, de transparente finalidad educacional, pero con el Evangelio como instrumento ético, tratando al tiempo de anular todo aquello que fuera falsa doctrina y sobre todo falsa religión. Aquellas santurronas de pacotilla, prototipos de la religiosidad femenina que tanto abundaban en la sociedad española, eran despreciadas por Galdós. De igual modo, rechaza los malos sacerdotes y su hipocresía, en pos de la búsqueda de una figura ideal femenina. Este ideal, casi angelical, es el que el autor esbozará a lo largo de toda su obra teatral por medio de personajes cuya puesta en escena garantiza su indefectible protagonismo y relevancia. Ellas son las que combinarán la fuerza de voluntad y el trabajo, actitudes tan idealizadas por Galdós, que, aunque cualidades cristianas, también son verdaderos ideales sociales; alejando este prototipo de mujer nueva de los grandes “males sociales” que siempre la habían convertido en parásito, en objeto. En consecuencia un síntoma más de la vorágine social de la época. Sus “heroínas” encontrarán la salida en el autoperfeccionamiento moral del individuo, en la salvación del alma, en la nueva religión basada en el verdadero cristianismo, por tanto, son mujeres muy distintas a las de sus novelas.
[1] Sigmund Freud, Obras Completas, Tomo II, “Personajes psicopáticos en el teatro”, Madrid, Ed. Biblioteca Nueva, 1981, págs. 1272-1278.
[2] Francisco Ruiz Ramón, Tres personajes galdosianos. Ensayo de aproximación a un mundo religioso y moral. Revista de Occidente. Madrid, 1964. Para Ruiz Ramón, el Galdós dramático no es relevante, entendiendo su obra estrictamente como género. Apuntando que “la estructura de las piezas teatrales en Galdós es una estructura esencialmente novelesca, estos necesarios pormenores que describen la vida son demasiado tupidos y demasiado descriptivos, y atentan contra el ritmo propiamente dramático, dando excesiva cabida a lo que es accidental en el drama…”. Ruiz Ramón expone lo que no es técnica dramática de Galdós en Historia del Teatro Español. Ed Cátedra, Madrid 1983. Págs. 363-371, orientando su crítica hacia un Galdós novelista más que dramático.
[3] Cita del libro Historia social de la literatura española, pág. 185.
[4] Cita de las cartas entre Galdós y Pereda extraída del libro, de José Luis Mora, Galdós, Madrid, Orto, 1998, págs. 69-70.














