
Paloma Pérez Valdés, Technological University Dublin (TUDublin), School of Languages. Aungier street. Dublin 2. Irlanda.
Introducción
Ha venido enmarcándose la existencia del naturalismo en España entre los años 1876 y 1886. La fecha de su comienzo corresponde a las primeras menciones hechas al naturalismo de Zola, aunque el primer debate sobre el naturalismo surge a raíz del Prólogo de Un Viaje de novios de Emilia Pardo Bazán publicado en 1881, y la verdadera polémica tiene lugar tras la publicación de sus artículos de divulgación científica, que aparecieron entre 1882 y 1883, recopilados bajo el nombre de La cuestión palpitante. En ellos ya se manifiestan los planteamientos de la autora en relación a la difícil conciliación entre los presupuestos materialistas de la escuela naturalista y sus propias convicciones. Los artículos de Pardo Bazán publicados en 1894 bajo el nombre de La nueva cuestión palpitante, muestran una mayor perspectiva con respecto a Zola y al naturalismo y en La literatura moderna francesa, publicado en 1914, lleva a cabo una crítica al utilitarismo docente de Zola, reduciendo el naturalismo casi a una etapa, eso sí, necesaria, en la evolución de la estética literaria en la novela europea.
Como novelista, Emilia Pardo Bazán es la mayor representante del naturalismo en España, aunque algunos lo consideran más bien «un realismo afrancesado» o «un naturalismo a la española». Esto se debe a que Emilia Pardo Bazán no adoptó del todo la teoría del determinismo, y, en cambio, sí valoró y empleó las técnicas de observación rigurosa en la obtención de datos, y su uso minucioso para el reflejo exacto de la realidad, que recrea el ambiente condicionante de los personajes, como veremos que hace en La Tribuna. Su novela posterior, Los pazos de Ulloa, supone una continuación de las técnicas naturalistas, con un cierto condicionamiento de los personajes, frenado en La madre naturaleza, con una puesta en relieve de la influencia de las circunstancias en Insolación y morriña, siendo La piedra angular la novela en la que, tal vez, más intensamente se refleje la influencia del medio.
Podemos considerar La Tribuna como la primera novela naturalista española, publicada en 1883, el marco histórico en la novela es la revolución de 1868. La novela es naturalista, en primer lugar, por el método empleado, esto es, el trabajo previo de observación para la recopilación de datos llevado a cabo por Emilia Pardo Bazán en la tabacalera de La Coruña. Allí, convivió durante dos meses con las cigarreras, con la intención de poder traspasar, sin mácula, su realidad social a la geografía imaginaria de Marineda. Gracias a esto, consigue, además, reproducir en la novela descripciones minuciosas, sumamente detallistas, de los personajes, aunque manteniéndose lejos de la animalización y evitando el lenguaje crudo y las situaciones desagradables.
La autora, en el prólogo de La Tribuna, advierte de que lo que en un principio no iba a ser más que un estudio de las costumbres locales, acaba adquiriendo, involuntariamente, un propósito docente, que dotará a la novela de una moraleja, como consecuencia la objetividad del narrador se ve comprometida en algunas ocasiones. Considera Emilia Pardo Bazán que es absurdo que el pueblo se entusiasme, como hizo, con un gobierno supuestamente salvador sin conocimientos reales de sus propuestas. Podemos oír, a lo largo de la novela, su voz, advirtiéndonos de que debemos ser cautos para no permitir ser engañados, aunque se deja abierta al lector la reflexión sobre cómo los personajes, y como consecuencia las personas, podemos dirigir nuestras vidas, pero sólo si estamos preparados. No obstante, la raíz del problema no la transmite el narrador explícitamente, la descubrimos nosotros, Amparo, la protagonista, se convierte en la cabecilla de las protestas de la tabacalera por su cultivo de la lectura. Ahí tenemos la clave del cambio para la vida de las mujeres de la fábrica, la superación mediante la educación, aunque lamentablemente, en su caso, no es suficiente y ésta es la denuncia implícita.
No podía haber estado más en lo cierto Emilia Pardo Bazán en su creencia de que el naturalismo constituye una fase necesaria en la evolución de la novela europea, efectivamente, esto es así, no sólo porque las novelas naturalistas muestran la realidad de la forma más fidedigna y objetiva posible, sino porque, además, incorporan planteamientos sobre el devenir de las vidas que nos presentan. En cuanto al destino de los personajes, el naturalismo parte de la base de que están determinados, con lo cual está en desacuerdo Doña Emilia que manifestó contundentemente que “la inmoralidad que entraña el naturalismo procede de su carácter fatalista, o sea del fondo del determinismo que contiene.”[1] No obstante, sí participa en la creencia naturalista del condicionamiento social, el cual puede ser el caldo de cultivo perfecto para la reivindicación. Los personajes de La Tribuna soslayan, casi del todo, el determinismo, pero no pueden eludir la influencia del medio, este ambiente que la autora se ha esforzado tanto en retratar, utilizando métodos científicos para la recopilación de datos y reflejándolo de la forma más pura posible, es el que va a marcar la existencia de los personajes. Carecen de la cultura suficiente para poder obtener provecho propio en un momento histórico de cambio, el planteamiento consiste en que, sin una educación completa su situación no va a cambiar y sin ella no pueden hacer buen uso de la libertad ganada, que no será tal. Esta es la gran reivindicación de Emilia Pardo Bazán en La Tribuna, como lo fue, también, en su vida.
Descripción pormenorizada de los escenarios
Emilia Pardo Bazán explica al lector en el prólogo de La Tribuna que ha creado un mundo propio, pero que todos sus elementos están tomados de lo que ella denomina el microcosmos de la realidad, justificando de este modo el cumplimiento de la verosimilitud artística. Efectivamente, el método analítico utilizado, esto es, la recopilación de los datos obtenidos de la fábrica de tabacos de La Coruña y de los barrios en los que vivían sus trabajadores, le permite la reproducción minuciosa de la realidad concreta de la capa social obrera de una prototípica ciudad de provincia de la España decimonónica. La expresión de la descripción de los distintos ambientes está basada en los planteamientos teóricos de la retórica del naturalismo que consiste en reconstruir, elemento por elemento, el escenario que quiere representar, como un inventario de la realidad presentada. Para ello utiliza los procedimientos acumulativos naturalistas, que pueden dar como resultado una exactitud a veces exagerada y demasiado detallista e incluso con pretensión de mostrar que el estudio está en la base de la creación de la novela. En cualquier caso, se dota a la descripción de utilidad, porque el ambiente será, si no determinante, sí condicionante como veremos más adelante.
Se exploran, al comienzo de la novela, los ambientes que habitan los personajes. Se describe, en primer lugar, la vivienda de Amparo, la protagonista, compuesta del mezquino cuarto del padre, de su cuchitril y de una cocina oscura y angosta, donde cada mañana elabora los barquillos, proceso del que se nos da minuciosa cuenta. El contrapunto es la descripción del interior de la vivienda de Baltasar, en la que están celebrando su santo entre manjares, pianos, candelabros, finos empapelados y veladores, por mencionar sólo algunos de los objetos incluidos. Intercalados tenemos la somera descripción de lo que viste Amparo en contraste con el extenso detallismo empleado en describir las ropas que llevan en la iglesia los regentes, magistrados, segundos cabos, el gobernador civil y sus esposas; una sucesión de encajes, flecos, botinas, pliegues, faldas de seda, sombrillas de raso y vestidos de importación madrileña de las damas, los sombreros de felpa, los bastones de roten o concha con puño de oro, los gabanes, lo pantalones gris perla, los pares de guantes claros y las flamantes corbatas de castor de los caballeros. Queda establecido en estos capítulos la pertenencia de los personajes a uno u otro ambiente, la pormenorización de los elementos diferenciadores no podía haber sido más completa y el lector puede hacerse una composición clara de estos dos mundos.
Se nos presenta, más adelante, el edificio de la tabacalera, cuando Amparo se incorpora a trabajar en él. Destacan los colores ocres, crudos y apagados, el tono de madera y tierra, de amarrillo sucio y de paredes enyesadas pero que se vuelven negruzcas por todas partes, y donde la luz apenas puede filtrarse a través de los vidrios sucios. Su descripción se entremezcla con la de los trabajadores, de coloridos semblantes por el esfuerzo de la labor, que visten ropas del color castaño mate de las hojas de tabaco, con pañuelos de cotonía en la cabeza, sayas de percal, casacas de paño, mantones de lana y paraguas de algodón. Este es el futuro al que está predestinada Amparo, según la postura de su madre que considera que su hija ha de tener la misma vida que ella tuvo. Sin embargo, Amparo entra a trabajar en el piso de en medio, el de los puros, denominado por la autora como el purgatorio, y pronto pasa al piso superior, el de los pitillos, al que asemeja con el paraíso. A diferencia de Chinto, que encuentra trabajo en el taller de picadura del piso inferior, el que sería el infierno y del que no saldrá. Queda establecido, mediante este contraste, que su destino no está determinado, y que parece haber cabida para cierto grado de mejora de sus condiciones laborales, gracias a que es capaz de aprender con facilidad, y también porque ha recibido cierta instrucción y ha hecho buen uso de ella, a diferencia de Chinto que empezó a trabajar sin ningún tipo de formación.
Los colores, la luz, la decoración, las vistas o su falta de ellas, el mayor o menor hacinamiento y ventilación, marcan las diferencias entre los tres pisos de la tabacalera. La descripción del inferior es la más pormenorizada, asistimos al proceso de machacar el tabaco por una veintena de hombres que saltan sin cesar metidos en él hasta media pierna, y que para saltar tienen que mover, jadeantes, el resto del cuerpo que es de patética delgadez, descrita al detalle para mostrar lo que se insinúa como miseria humana. En la del piso del medio se describe, más que el habitáculo, el arte de hacer cigarros, lo que se requiere, el cuidado necesario, los milímetros, la inclinación y el procedimiento, utilizando el vocabulario específico. El piso superior, el de los cigarrillos, dispone de ventanas desde las que se ve el mar y la montaña, y por las que entra la luz y el aire, con estancias desahogadas, claras y limpias. La estratificación en la fábrica responde a una mayor o menor habilidad manual y a un mayor o menor esfuerzo físico, y muestra que, a mayor preparación, mejores son las condiciones, y que, por tanto, los personajes pueden intervenir en el curso de sus vidas. No obstante, las aspiraciones terminan en el piso de los cigarrillos, aunque no las de Amparo.
La parte de la ciudad donde vive Amparo necesita ser descrita con la misma plenitud para que comprendamos su pertenencia a este mundo concreto. En la novela se cambia de casa una vez y la autora aprovecha esto para utilizar la descripción del primer barrio como un cuadro de pobreza en torno a los objetos y el segundo un cuadro de la miseria en torno a sus habitantes, que sin embargo viven alegres, de puertas afuera y en una especie de comunidad, recalcándose, aún más, el sentido de pertenencia al grupo. Así, el primer barrio, aparece cruzado por una calle de tiendecillas angostas, abacerías de sucio escaparate, en la que se mezclaban las cajas de fósforos con garbanzos, fideos amarillos, aleluyas y naipes; figones, sardinas fritas y callos; almacenes en que se vendía de todo, cucharas de palo, cestería, cribas y zuecos. El segundo barrio está poblado de gente pobre, sobre todo cigarreras y pescadores, lleno de polvo y ruido, con grupos de curtidos marineros, cestas de marchitas verduras, pescados y mariscos, nunca aves ni frutas de mérito, pero, sobre todo, invadido de tribus de niños de todas las edades. El barrio entero vivía en la calle, con las puertas y ventanas abiertas siempre que el tiempo lo permitía y en él reinaba la camaradería y lo que el narrador denomina, un comunismo amigable, al que pronto se acostumbró la madre de Amparo y en el que su hija se convirtió en la reina.
Las ilusiones vanas de los personajes se reflejan en la descripción de cuatro acontecimientos. Los dos primeros son dos celebraciones anuales que suponen la evasión de la sordidez cotidiana y que crean en los trabajadores de la fábrica una especie de espejismo durante un día y que les mantiene contentos hasta la llegada de la siguiente. Para poder sobrellevar las arduas condiciones de trabajo, los empleados de la tabacalera pueden disfrutar durante un día de los carnavales, descrito como el tiempo loco y durante otro de la fiesta de las comiditas, descrita como campestre. A su pormenorización se dedican sendos capítulos, al igual que a la llegada del Círculo Rojo y al banquete de éste con la Asamblea de la Unión del Norte. Su recibimiento está marcado por la alegría y por los símbolos de libertad: “Una lluvia de flores vino, (…) multitud de blancas palomas fueron lanzadas. (…) Un estruendoso cubo de cohetes de lucería salió bufando en todas direcciones; retumbó la música; hubo un minuto de gritos, vivas, estruendo y confusión”[2]
Descripción minuciosa de los personajes
En el prólogo, Emilia Pardo Bazán defiende haber usado el método de análisis que impone el naturalismo en la recopilación de datos, el cual decide utilizar también para la descripción de los personajes de La Tribuna, ya que no resultó ser una realidad tan cruda como la que muestran Goncourt y Zola. Explica, al respecto, que los pobladores de este lado del Pirineo no son como los personajes monstruosos del otro lado descritos por ellos. Justifica, de esto modo, haber pintado al pueblo con crudeza naturalista ya que los trabajadores de la tabacalera, con los que convivió y vio tan de cerca, le sorprendieron gratamente, porque, aunque presentaban flaquezas, miserias y preocupaciones, gozaban de calor, generosidad, caridad, religiosidad y recto sentir.
Así pues, en La Tribuna, se pinta al pueblo tal cual es, huyendo del patriarcalismo, se nos muestra la madre de Amparo, egoísta mole de carne esparcida en la cama, y su padre silencioso, enjuto y calvo, o sus amigas, la huérfana Guardiana que había sacado adelante a cuatro hermanos con enfermedades hereditarias, y Ana, la Comadreja, pequeña, delgada, con huesos “patentes” y de “fealdad indudable,” y el patizambo Chinto de movimientos brutales, de recias espaldas, piel morena y cabeza rapada. En cuanto al habla, hay un intento por plasmar su pertenencia, siguiendo, como anuncia en el prólogo, el camino iniciado por Galdós y Pereda. Así se muestran las pronunciaciones locales en itálica, aparecen, además términos propios de Galicia, a los niños intenta dotarles de lenguaje infantil y en los vocablos de los personajes humildes se producen omisiones de vocales finales y deformaciones de palabras largas y cultas.
Como los naturalistas, doña Emilia confía a los retratos un papel informativo importante, la apariencia del personaje, su personalidad, su moral, su clase social, y profesión serán los encargados de informar al lector de su herencia. Toda esta información contiene un valor significativo para el naturalismo porque determina el devenir de los personajes, en La Tribuna, sin embargo, su importancia radica en que estos rasgos definen a los personajes como pertenecientes a su grupo social. Así nos encontramos con que Amparo se asemeja a sus compañeras de fábrica, todas son del tipo moreno, en contraste con los personajes del entorno de Baltasar, que se nos presentan como más claros. Esta tipificación apriorística revela un intento por plasmar la pertenencia a una clase y se aplica, no sólo a las descripciones físicas, sino también a la actitud, el tono de voz, las muletillas al hablar, la mirada, los gustos, y las tendencias.
No obstante, tras la primera descripción de Amparo, que se nos muestra como el resto de las trabajadoras de la tabacalera, el narrador irá concediéndole características que van a ir diferenciándola de sus compañeras. Destaca, por un lado, por ser una rebelde inconformista que cuando sale de la fábrica apresurada por encontrase de nuevo en libertad, no se recompone como el resto, sino que hace el camino de regreso, descalza, sucia, despeinada, con la ropa en jirones y mojándose sin importarle en los días de lluvia, pero siempre rebosante de alegría, y, a diferencia también de muchas de las otras trabajadoras, desbordando salud. Destaca, por otro lado, por su atractivo, y cuando es consciente de él, asistimos a una transformación, así, la que había sido una niña desgreñada y una joven de pelo embrollado que se asemeja a un felpudo, y que iba siempre desaliñada, empieza a gastar su sueldo en productos de tocador y su cutis moreno se hace suave y liso y su cabello aparece peinado. Sin embargo, aunque destaque y se diferencie del resto, se describe mediante lo que el narrador denomina rasgos reveladores de su extracción social, a saber, una frente estrecha, una nariz arremangada, unos colmillos largos y un cutis predestinado a inyectarse.
En contraste se nos presenta a Josefina, su rival, siempre compuesta y emperejilada, a los últimos decretos de la moda pero que olía a figurín casero, con un físico impersonal y neutro, de mediana estatura y rostro prolongado con agradables facciones sin rasgos característicos, de ojos dominantes y escudriñadores y con una sonrisa entre reservada y cándida, fingida y afectada, pobre de formas, con talle modelado por el corsé, que había perdido la lozanía prematuramente y que estaba siempre haciendo esfuerzos por resultar fina y selecta. Y su amante, Baltasar aparece caracterizado como un personaje atento, agradable, listo, sin ardor, doctrinario, ahorrador, destinado a la carrera militar, yerto, vanidoso, de mediana estatura, tez fina y blanca y de rubio apagado y ralo cabello predestinado a la calvicie, de delgados labios, su rostro parecería afeminado si no fuera por su aguda nariz.
El modo en el que se nos han presentado los personajes nos invita a enmarcarlos en un grupo específico, podemos percibir una intención de separarlos según el conjunto al que pertenecen. De las trabajadoras de la fábrica, el narrador describe que “en tan enorme ensalada femenina no se distinguían al pronto sino greñas incultas, rostros arados por la vejez o curtidos por el trabajo, manos nudosas como ramas de árbol seco.”[3] Estas mujeres se presentan como todas iguales, todas incultas y todas deterioradas por el trabajo, sin embargo, Amparo destaca de alguna manera, ella es algo más culta porque ha aprovechado su lectura, es también algo más hábil, y como consecuencia trabaja en el espacioso piso de más arriba liando los cigarrillos. Consciente de esta diferencia, crece en ella un afán por cambiar de posición, piensa que si tuvo la oportunidad de ascender en la fábrica, podrá hacerlo en la sociedad, pero de lo que no se da cuenta es de que el medio es el equivocado, no será a través de Baltasar, habría sido mediante una mejor educación.
Amparo se convierte en la víctima de un hombre que sólo quiere sacar provecho de ella y pensando que va a casarse con él, y que gracias a ello va a poder salir de la tabacalera, abandona su lucha anterior en la fábrica, y dando rienda suelta a su imaginación, “siguió liando pitillos, sin añadir arenga, excitación, sermón político ni cosa que lo valiese (…) en la nomenclatura interior de las ilusiones se llamaba señora de Sobrado!”[4] Pero estas fantasías terminaran pronto y Amparo será la víctima de su propio engaño, la enseñanza está servida, su relación es inviable:
“mientras Baltasar la contemplaba, admirando involuntariamente ciertas gracias y perfecciones de su rostro hechas para ser vistas de cerca, (…) Discurriendo medios de entretenerse, Baltasar trajo a Amparo alguna novela para que se la leyese en voz alta; pero era tan fácil en llorar la pitillera así que los héroes se morían de amor o de otra enfermedad por el estilo, que, convencido el oficial de que se ponía tonta, suprimió los libros. En suma, Baltasar y Amparo se hallaron como dos cuerpos unidos un instante por la afinidad amorosa, separados después por repulsiones invencibles y que tendían incesantemente a irse cada cual por su lado.”[5]
Si Amparo hubiera leído más, tal vez si hubiera dedicado más tiempo a la literatura y menos a los periódicos propagandísticos, sería una mujer culta. Lejos de defender que, si se hubiera preocupado en cultivarse más, habría conseguido casarse con Baltasar, lo que sí se defiende es que con mayor instrucción Amparo sería una mujer capaz de no caer en el engaño y habría podido emplearse en la lucha por una mejora social de verdad. No una mejora que viene de la mano de un hombre que la extrae de su grupo, lo que se requiere es que todo el grupo gane derechos y beneficios, el de la educación en primer lugar.
El medio como condicionamiento en lugar del determinismo
El determinismo biológico, sobre el que se edifica la ideología del naturalismo, consiste en entender que lo que el hombre hace, siente y expresa está basado en su composición biológica y el medio en el que habita. Emilia Pardo Bazán explica en La cuestión palpitante que someter el pensamiento y la pasión de los hombres a las leyes físicas y químicas es el mayor inconveniente de la estética naturalista porque supone prescindir de la espontaneidad individual. Entiende Doña Emilia que la herencia biológica no mueve la voluntad del hombre, y así, en La Tribuna, el comportamiento de la protagonista es totalmente opuesto al que cabría esperar de su carga genética. Esto es, por un lado, los antecedentes de su madre no explican la caída amorosa de Amparo, por otro, su padre, de seguir vivo, lo haría atormentado por la vergüenza de ver a su hija convertida en tribuna del pueblo.
Como se ha descrito en los dos apartados anteriores, desde el principio de la novela predomina la descripción del espacio ambiental de los personajes, y el de Amparo cuando era niña, se describe como asfixiante, es por ello, que a la menor oportunidad sale a la calle. Esta huida la aleja de lo que habría llegado a ser según su herencia biológica, en el exterior se hace robusta, con sus peligros y combates, en vez de una mujer enfermiza como su madre. Pero lo que es más importante, la calle le hará libre, a diferencia de su padre, puesto que, precisamente por su clase social, puede permitirse lo que otras niñas no pueden hacer en público, y esto es algo que aprende a usar desde sus primeras excursiones, en las que no encuentra límites.
Desde el principio de la novela nos encontramos con que Amparo huye, lo que inicialmente se trata de una huida de la soledad en la que se encuentra mientras sus padres trabajan fuera de casa, se convierte, más tarde, en una huida de la pobreza también, es la multitud de objetos feos que había en su casa, lo que le empuja a explorar en el exterior lo que ella no puede tener. “la historia de la pobreza (…) historia que Amparo huía.”[6] La calle es un paraíso, el gentío la enamora, y por ello pasa horas corriendo sin rumbo y sin zapatos aprisionadores. De mayor, cuando ya trabaja en la tabacalera, los afanes revolucionarios son también aventura, espacio para volar lejos de la vulgaridad de su vida, de la monotonía del trabajo.
A diferencia de las otras jóvenes de su entorno, Amparo hace uso de la lectura aprendida en sus pocos años de escolarización y se convierte en una ávida lectora de periódicos, que leerá en la barbería. En estos años revolucionarios inmediatamente anteriores al advenimiento de la República Federal de 1873, sus simpatizantes en muchas fábricas, como la tabacalera de Marineda, crecían rápidamente en número gracias a la lectura oral de los periódicos, tarea para la cual Amparo es la candidata ideal dada su experiencia, y porque no sólo leía en voz alta, sino que declamaba con fuego. Pero esta lectura no es mera transmisión de información, no es sólo una tarea que lleva a cabo, las ideas revolucionarias van penetrando en ella y a su vez, para sus oyentes, analfabetas en su mayoría, las ideas de la prensa escrita adquieren un gran peso. Esto hace posible que se cree en la tabacalera conciencia obrera en torno a la lectora, que se alza como cabecilla.
Así, Amparo, la hija de la calle, se convierte en líder revolucionaria, desde su libertad y a través de la lectura, habilidad que se convierte en motivo de orgullo para ella, sobre todo porque la diferencia de las otras. Y es aquí donde Emilia Pardo Bazán nos enseña que se equivoca Amparo, aunque se haya convertido en la tribuna y su corazón le latiera al pensar que era conocida en el Gobierno de Madrid por todo el esfuerzo dedicado al triunfo de la República Federal, al final, nada va a cambiar, porque el cambio real viene de la educación, a la que ella no ha tenido acceso.
El determinismo sí subyace en el comienzo de su relación con Baltasar, ya que el aspecto fisiológico domina la conducta humana de los dos personajes, así, Baltasar se mueve, por una ambicionada posesión de un bello cuerpo femenino, para lo cual da libre curso a su instinto de conquistador, a la vez que Amparo, aparece como presa vulnerable, débil y desamparada, con su voluntad de resistencia siempre en peligro, y por ello, al final cae víctima. Pero víctima hasta cierto punto solamente, como se ha explicado en el apartado anterior, Amparo desde el principio siente cierta atracción por este otro mundo, en este caso el de un oficial desde el momento en el que le conoció y “enrollaba las puntas del pañuelo sin dejar de mirar de reojo a su interlocutor. No era lerda, y recelaba que se estuviesen burlando; sin embargo, le agradaba oír aquella voz y mirar aquel uniforme refulgente.”[7]
Como podemos leer, es consciente de que podría reírse de ella, desde el principio puede sentir que no va a ser un interés que podríamos llamar honrado, y a pesar de ello, se dejará engañar, tal es su afán de huir de su pobreza. A esto se añade el condicionamiento social, la aventura será breve y con final desgraciado, Amparo no es conocedora de los artificios de la coquetería de las jóvenes burguesas y le falta el barniz de educación que le permitiría hacer buen papel en sociedad, no sabe mantener una conversación y Baltasar se limita a contemplar su belleza, esto sólo puede conducir a un hastío temprano, una vez culminada la conquista y satisfecho el deseo de Baltasar, y Amparo, que espera un hijo, verá comprometida su vida entera.
Sin embargo, cuando Amparo vuelve cabizbaja a la fábrica, rota ya su relación con Baltasar, lo que encuentra es camaradería. Ni una sola de sus compañeras le hará un reproche por haber alzado el vuelo tan alto, por haber renunciado a su clase, esto es, a ellas, y por haberlas abandonado en la lucha en cuanto empezó su relación con Baltasar y todo aquello dejó de importarle. A pesar de haber sido egoísta y haber desdeñado su pertenencia a este grupo de trabajadoras, movida por la ambición de convertirse en la mujer de un oficial, no sólo la recibirán bien tras la derrota, sino que acogerán como si fuera de todas ellas al hijo al que Amparo, ya abandonada por Baltasar, da a luz, el mismo día en que se proclama la República.
Nos encontramos al final de la novela con el regreso de Amparo a su gran familia de cigarreras a la que incorpora un hijo, que lo será de todas, el medio al que pertenece la ha condicionado, difícilmente iba a poder escapar de él, pero en el regreso no podía haberse sentido mejor acogida. El paralelismo está claro, por un lado, Baltasar incumple sus promesas de casarse con ella y la abandona sin tan siquiera darle la oportunidad de comunicarle que ha tenido un hijo varón, por otro, se proclama la República y en la fábrica siguen igual que estaban. Sin embargo, ahora ya son conscientes de que necesitan otro tipo de oportunidades que les haga realmente libres, ni promesas de matrimonio, ni promesas revolucionarias, lo que necesitan es acceso a una educación completa.
Objetividad del narrador
Emilia Pardo Bazán intenta mantener la representación objetivo-científica naturalista, sin embargo, a lo largo de la novela, a esta representación, se sumará un modo muy personal de percibir la realidad que se refleja en un guiar al lector en la lección que de la novela ha de inferirse, el pueblo, no debe ilusionarse con promesas que son inalcanzables, difícilmente van a cambiar su posición, si el medio les condiciona es porque carecen de la educación suficiente para cambiarlo.
Los escenarios son inseparables de los personajes y toman un carácter simbólico que revelan su personalidad y modo de actuar, así, bajo su aparente objetividad, manifiestan el efecto que tienen en el devenir de sus vidas. Además, a veces, las descripciones de los mismos están impregnadas de intervenciones que consisten en dirigirse personalmente al lector para atraer su atención hacia los efectos que debe esperar. Es frecuente la transmisión de lo vivo, que se consigue mediante la incorporación a las descripciones de las sensaciones, sobre todo las visuales, con una pronunciada afición por los detalles de color.
Si al principio se describe con total objetividad el origen de Amparo, como parte de ella en contraste con el otro mundo, el acomodado, ajeno, al que no pertenece, se nos muestra después aquel para el que su madre cree que está predestinada como un mundo amarillento, sucio, y nada atractivo. Emilia Pardo Bazán, aunque utiliza el método de recopilación de datos para su descripción, no hace uso de la impasividad del narrador cuando lo que quiere es transmitir el condicionamiento de los personajes del círculo de Amparo, descritos haciendo referencia a su deformidad, taras, enfermedades y a su lado monstruoso a veces, para dejar patente que el origen de esta miseria es la pobreza, la explotación laboral, la falta de higiene y la malnutrición que la novela pretende denunciar.
Por otro lado, para Doña Emilia, es el plano psicológico el que brinda más oportunidades para observaciones que reflejan su postura ante los problemas y decisiones de los personajes. La forma más directa de intervención en estos casos, consiste en dirigirse personalmente al lector para darle una explicación de sus intenciones, o incluso para pedirle que emita un juicio, otras veces utiliza el estilo indirecto libre, que puede aparecer entrecomillado fuera del diálogo, o incluso en la primera persona. Además, aprovecha la autora para hacer crítica político-social cuando utiliza una oratoria en sus exposiciones al principio de algunos episodios.
En cuanto a los afanes de Amparo de medrar socialmente, el narrador nos los muestra como si ella creyera que en realidad había nacido para pertenecer a este otro mundo y no al suyo, tras de esto, podemos oír la voz de la autora, baste un ejemplo:
“Amparo observaba la sala, el piano de reluciente barniz, el menguado espejo, las conchas de Filipinas y aves disecadas que adornaban la consola, el juego de café con filete dorado, los trajes de las de García, el grupo imponente del sofá, y todo le parecía bello, ostentoso y distinguido, y sentíase como en su elemento, sin pizca ya de cortedad ni de extrañeza.”[8]
Con contundencia se manifiesta la posición de la autora ante el comportamiento desesperado de Amparo en sus aspiraciones amorosas, así, el lector puede ver con claridad que es imposible que su relación con Baltasar pueda materializarse formalmente, las promesas de este se nos muestran forzadas por la propia Amparo, que consciente de la falsedad de su amante, se hace regalos a sí misma cuando él se niega a aparecer en público con ella. La exageración de este auto-engaño pone de manifiesto la advertencia de la autora, pero, además, para que no se le escape a ningún lector, se nos muestra en los comentarios de la madre de Amparo cuando intenta abrirle los ojos y le increpa que ella seguirá siendo pobre y el señorito se irá riendo.
Tanto el entusiasmo político de Amparo, como el amoroso, se nos muestran abiertamente ridiculizados por el narrador, su ambición no es suficiente sin la formación educativa e igualdad de género necesarias, los personajes están condicionados. Esta idea se transmite a base de renunciar a un narrador totalmente aséptico, Emilia Pardo Bazán no quiere dejar un resquicio de duda al respecto.
La voz de la narradora recordando que no necesitó agrupar sucesos, ni violentar sus consecuencias, ni desviarse de la realidad para llegar a la conclusión de que el pueblo no debe crearse falsas esperanzas en gobiernos que no sabe cómo serán y en promesas llenas de virtudes y efectos maravillosos, podemos oírla detrás de las voces de Amparo y su amiga en esta conversación:
-¿Hizo Dios dos castas de hombres, por si acaso, una de pobres y otra de ricos?, ¿hizo a unos para que se paseasen, durmiesen, anduviesen majos, y hartos, y contentos, y a otros para sudar siempre y arrimar el hombro a todas las labores, y morir como perros sin que nadie se acuerde de que vinieron al mundo? ¿Qué justicia es esta, retepelo? Unos trabajan la tierra, otros comen el trigo; unos siembran y otros recogen; tú, un suponer, plantaste la viña, pues yo vengo con mis manos lavadas y me bebo el vino…
-Pero el que lo tiene, lo tiene -interrumpía la conservadora Comadreja.
-Ya se sabe que el que lo tiene, lo tiene; pero ahora vamos al caso de que es preciso que a todos les llegue su día, y que cuantos nacemos iguales gocemos de lo mismo, ¡tan siquiera un par de horas! ¡Siempre unos holgando y otros reventando! Pues no ha de durar hasta la fin de los siglos, que alguna vez se ha de volver la tortilla.
-El que está debajo, mujer, debajito se queda.[9]
Conclusión

Emilia Pardo Bazán considera al ser humano como el producto de su formación educativa y espiritual y en La Tribuna presenta la carencia que de ésta tiene la mujer. Los ideales de los que nos previene la autora en el prólogo no son suficientes, se necesitan cambios radicales en educación para poder aspirar a la igualdad social y de género. Creo que se puede afirmar que La Tribuna es una novela reivindicativa que se ha servido del naturalismo para retratar una realidad que condiciona a sus personajes incapaces de progresar por no disponer de los medios adecuados.
No debemos olvidar que en 1873 la autora entró en contacto con el krausismo, que insiste en el perfeccionamiento del individuo y de la sociedad a través de la educación. Si esta corriente filosófica tuvo tanto éxito en España se debe, fundamentalmente, al hecho de que la sociedad española necesitaba modernizarse, y sus adeptos creen que esta modernización sólo es posible si se proporciona acceso a la educación a todos sus miembros. Doña Emilia participa de esta creencia, pero va más allá, y así en su participación en la conferencia de la Institución Libre de Enseñanza en 1882 hace una crítica directa a la educación de las mujeres españolas, al considerar que sólo se les inculca pasividad, obediencia y sumisión. Pero esto no es todo, Emilia Pardo Bazán dedicará varios de sus artículos políticos a la defensa de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y más concretamente a la defensa del derecho de la mujer a la educación y a la emancipación social e intelectual.
Es Doña Emilia consciente de su situación privilegiada por haber recibido educación en todos los campos y no sólo en música y en economía doméstica como sus compatriotas de su clase social. Esta educación es la base de su interés por la literatura y las lenguas, gracias al estudio de las cuales obtuvo la cátedra de Estudios Neolatinos en la Universidad de Madrid y fue la primera mujer socia del Ateneo de Madrid y la primera en dirigir una de sus secciones, la de Literatura. Además, podría haber llegado a ser académica en vida si no se hubieran opuesto los miembros de la Academia de la Lengua a sus cuatro candidaturas (sólo una presentada formalmente por ella), por ser mujer, error rectificado este año de su aniversario, en el que se le ha concedido la membresía a título póstumo. Si ella, que ha dispuesto del gran beneficio de la educación y la ha cultivado a extremo, ha tenido trabas en su camino, como no iban a tenerlas todas las mujeres que apenas aprendían a leer, todas esas trabajadoras de la tabacalera de Marineda.
Emilia Pardo Bazán se mantiene fiel a sus creencias religiosas, como católica, cree en el libre albedrío, cree que el hombre goza de libertad individual y es dueño de sus actos, por ello rechaza el determinismo biológico o hereditario. No obstante, cree también que el espíritu del individuo puede vencer cualquier obstáculo material, pero para que esto sea posible, necesita de un espíritu fuerte, un espíritu instruido y culto. En La Tribuna podemos ver cómo las trabajadoras de la tabacalera, se entusiasman con la perspectiva del cambio y con sus motines apoyan la revolución de 1868, sin ser capaces de ver que no van a obtener ningún beneficio directo, ellas son víctimas del condicionamiento social por su carencia de educación. Al final, el lector es capaz de entender las advertencias de la autora en el prólogo, Amparo destaca por su espíritu libre y por su capacidad lectora y oradora. El mensaje aparece claro, lo que se necesita es la determinación de luchar por los cambios y la cultura para saber llevarlo a cabo, desgraciadamente, podemos ver cómo lo poco que Amparo ha aprendido no es suficiente y que ella y todas sus compañeras necesitan más educación para poder conseguir control de sus vidas y libertad como mujeres.
BIBLIOGRAFÍA
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[1] Pardo Bazán (1989), P. 282.
[2] Pardo Bazán (1999), P. 157.
[3] Pardo Bazán (1999), P. 95.
[4] Pardo Bazán (1999), P. 208.
[5] Pardo Bazán (1999), P. 225.
[6] Pardo Bazán (1999), P. 69.
[7] Pardo Bazán (1999), P. 78.
[8] Pardo Bazán (1999), P. 87.
[9] Pardo Bazán (1999), P. 242.
















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