¿La literatura o la vida?

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Juan Antonio Tirado

Paseaba yo una tarde por Madrid. De esto hace un par de años, quizá algo más, pues la percepción del tiempo vuela. Iba distraído, ensimismado, como dicen los filósofos que marcha uno cuando va transformado en pura tautología, cuando está encerrado en la cárcel pronominal del yo. De los barrotes del mí mismo vino a sacarme el filo agudo de una navaja. Un sobresalto me situó de inmediato en el contexto. A eso lo llamamos realidad: a una navaja abierta y amenazante. La navaja no flotaba sola en el éter, era sostenida por la mano peluda y musculada de un sujeto, de malas trazas y hablar chulesco.

  • – Chaval, si das un paso te clavo el pincho en el corazón.

Y yo, claro, me quedé quieto, como fijado con pegamento en el suelo.

  •  
  • – ¿La literatura o la vida? – me espetó. Entonces, angustiado, desperté.

La pesadilla que me sobrevino esa noche, quizá más lejana de lo que pensaba hace unos párrafos, me vale como introducción al manido dilema entre la literatura y la vida. Los que presumen de la preeminencia de la creación literaria sobre el hecho vital, deberían medirse a la navaja de mi sueño. ¿Es más poderosa la hoja caligrafiada de metáforas o la hoja fría de una navaja? No lo sé. A Borges le fascinaban las dagas, los cuchillos, las navajas y todo tipo de pinchos. En un poema escribió: “Ya el primer golpe,/ ya el duro hierro que me raja el pecho, / el íntimo cuchillo en la garganta”. Con todo, imagino que Borges prefería la palabra cuchillo al cuchillo mismo. Sostengo que la vida es inmensamente más amplia que la literatura. Con frecuencia, también más aburrida. No siempre creí lo mismo, pues hubo un tiempo en que anduve convencido de que la vida era una rama de la literatura fantástica. Reconozco que a ese error me llevó en buena medida mi pasión por el mentado Borges, quien es evidente que antes que un hombre hecho y derecho fue un envoltorio literario, con notas a pie de página, a modo de cordones para sus zapatos de metafísico apasionado.

Vida y literatura van de la mano a todos los bailes teóricos, al modo de presuntas rivales. En el fondo se plantea un pulso, un quién es superior a quién. La mayoría, lectores apasionados o exquisitos en el arte de no asomarse a las páginas de un libro, confiesan que prefieren la vida. Y ello en virtud de un viejo cliché romántico que dota a la existencia de unos prestigios pocas veces contrastados, mientras confina a la literatura al desván de las cosas inútiles y hasta un poco enfermizas. El propio Cervantes potenció, entre bromas y veras, ese descrédito de la letra impresa. Para empezar, la literatura es una parte más de la vida, que a veces la explica, otras, denuncia sus excesos, o se propone dotarla de sentido; o la cuenta, o la oculta mediante la evasión. En ningún caso, ni siquiera en las obras de ciencia-ficción, es una materia extraña, ajena al latido humano. Siendo así las cosas, tan vivos están la mujer o el hombre cuando leen como cuando escalan una montaña.

De la prolija e inabarcable historia de la literatura quedan un abundante y selecto número de libros. Los llamamos clásicos y sus autores son nuestros poetas muertos. La guadaña no sólo no le robó el cuerpo a sus obras, sino que le dio vida literaria. Ellos descansaron en paz, y sus escritos son leídos por los siglos de los siglos. Es una hipótesis sugestiva plantearse la literatura de los tiempos fundacionales e imaginar si quizá compitieron diversos escritores por el puesto que Occidente ha concedido a Homero. En todo caso, tal vez ni a él mismo le cupo el gozo de saberse el iniciador. Ilustrada en forma aporística la cuestión queda así: por lógica, el ciego debió sentir la maravilla de ser el primero, luego el ciego fue un hombre feliz. Sin embargo, los hombres felices no escriben, luego el ciego era un desgraciado, que iba de la Iliada a la Odisea, como quien va de oca en oca.                

La vida, hermosa puta, goza de buena salud y de estupenda fama. No siempre merecida, ya que hay vidas, se cuentan por millones, forjadas en el tedio y la alienación. La literatura, hermana pequeña, tiene peor cartel. Y es que por alguna razón o equívoco que se me escapan, la literatura tiene mala literatura. Eso es literatura, dice jactancioso quien quiere tachar algo de inverosímil o inane. Qué duda cabe de que existe mucha literatura de baratillo, preñada de retórica, falsa como la falsa monea. Pero hay una literatura grande, que explora la realidad y la trasciende, que no juega con las cartas marcadas. Una literatura que, bien administrada, nos hace más libres, más anchos, más sanos y mejores. ¿Qué sería de la vida sin la fábula? Es verdad que millones de personas pasan por el mundo sin leer, acaso sin saber leer. Pero nadie puede prescindir de los cuentos, lleguen por vía oral, a través de la televisión o gracias a los relatos de los abuelos, esos seres mitológicos que habitaron, en su niñez y juventud, un tiempo  fantástico, el tiempo remoto de la creación, cuando el mundo empezaba a ser el mundo.

  • La vida sigue igual- apuntó el vocalista borracho.
  • ¿Y la literatura?
  • Está en otra parte, aunque ha dicho que volverá – respondió un checo que dudaba entre la levedad y el peso.

El delincuente de mi sueño interrumpido dobló la navaja, se la guardó en un bolsillo del pantalón, miró de soslayo y se largó con viento de poniente. En la colcha se dejó olvidada la visera de macarra.

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