John Ruskin en la mirada de Andrés Ovejero

Eduardo Montagut

En este trabajo estudiamos la visión que Andrés Ovejero brindó de John Ruskin en el centenario de su nacimiento en 1919, dentro de un ciclo que organizó la Escuela Nueva sobre el crítico de arte, escritor, artista y hasta reformador social.

El inicio del conocimiento de John Ruskin en nuestro país comenzó gracias a Unamuno, y a través de traducciones de sus obras en el cambio entre el siglo XIX y el XX. Por otro lado, es importante mencionar la traducción de Sesame and Lilies de 1907, realizada por Julián Besteiro. También habría que destacar las crónicas y los trabajos de investigación de Pedro Corominas, Maragall, Altamira y Adolfo Posada, entre otros. En este sentido, nos parece interesante reseñar la valoración que realizó Posada en su libro Idea a Ideales (1903) sobre las opiniones de Ruskin acerca de la alineación del trabajador industrial. Por fin, el propio Posada dedicaría un capítulo de su libro Socialismo y reforma social (1904) a Ruskin como reformador social.

Pues bien, la Escuela Nueva se interesó por Ruskin, como hemos indicado, organizando en febrero del 1919 un ciclo de conferencias para conmemorar el centenario de su nacimiento.

En principio, el ciclo de la Escuela Nueva constaba de tres conferencias. La primera sería impartida por Andrés Ovejero el día 12 de febrero sobre la vida de Ruskin. La segunda charla correría a cargo de María de Maeztu para el día 19 acerca de sus ideas sociales. Por fin, para el día 22 se había programado una conferencia sobre la sensibilidad de Ruskin, impartida por Juan de la Encina, es decir, Ricardo Gutiérrez Abascal. Pero la programación sufrió algún cambio de fechas, y no tenemos seguridad de que el acto de María de Maeztu, a pesar de ese cambio mencionado, se celebrara al final, porque no hemos encontrado rastro documental del acto. Las conferencias se celebraron en la sede de la Escuela Nueva, en la madrileña calle de Los Madrazo, número 14.

El catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes, miembro del Ateneo, de la Escuela Nueva, y que pertenecería al Comité Nacional del PSOE, además de ser elegido diputado en 1931, aunque terminara saliéndose del Partido avanzada la República, Andrés Ovejero, ofreció su conferencia partiendo de una división en tres etapas de la vida de Ruskin. La primera fue calificada de formación y duraría desde su nacimiento en 1819 hasta el año 1842. La madurez constituiría la segunda fase (1842-1860), y un período final, considerado por el conferenciante de “ocaso glorioso”.

Ovejero destacó que el padre de Ruskin era comerciante, pero honrado, apreciación llamativa, y del que nuestro protagonista habría aprendido a no mentir. De su madre destacaría su religiosidad y su amor a la soledad. Para Ovejero, las primeras lecciones de estética y moral que aprendería nuestro protagonista tendrían que ver, en definitiva, tanto con el carácter recto de su padre, como con la religiosidad de su madre, pero también influirían en él los lagos y las montañas de Escocia. La educación de Ruskin sería lo más interesante de su vida, siempre según para el orador. Leyó a Walter Scott, a Shakespeare, a Cervantes; en conclusión, una literatura nacional pero también la que le podía contener o neutralizar los “excesos románticos”.

Ruskin estudió en Oxford, aunque en su madurez reconocería que no debía nada a esta Universidad, porque para Ovejero su Universidad fue la naturaleza, y los Alpes los que le despertarían la sensibilidad. En este sentido, el conferenciante citó a Williams Morris, considerado uno de sus discípulos, y cómo bien sabemos, uno de los socialistas más preocupados por la estética, cuando afirmó que había que saber encontrar la naturaleza y el arte en todo, porque quien no sabía emocionarse ante una ermita de un pueblo nunca se conmovería sinceramente ante una catedral gótica. Terminó esta etapa con alusiones a los primeros viajes de Ruskin a Italia, y que no le producirían emociones algunas, como también las encontraría ante los cuadros de los grandes maestros.

Ovejero abordó la segunda parte de la vida de Ruskin, centrándose en su defensa de los prerrafaelitas frente al gusto académico.

Pero en la parte que más tiempo ocupó de su conferencia sería al tercer período de su vida, dedicado a una obra eminentemente social. El interés era evidente dentro del contexto del ciclo de conferencias, una escuela socialista. En este sentido, la primera virtud que apuntó sería el amor al trabajo de Ruskin, y después la consideración de que “un espíritu superior” tenía la obligación de contactar con las masas que sufrían. Impartió clase en una escuela obrera, montó una imprenta, e inició su acción en la estética que tanta huella dejaría en la educación inglesa. Ovejero contrapuso el gusto de Goethe con el de Ruskin, aludiendo a la inclinación del segundo por la miseria.

Ovejero leyó textos de Ruskin en su conferencia, especialmente sobre las enseñanzas no seguidas o aprendidas de la experiencia de la Comuna, además de la idea de que los verdaderos ladrones no eran los comunards sino los capitalistas.

También explicó a los asistentes la experiencia fallida de la Sociedad de San Jorge, pero que dejó semillas continuadas por William Morris en la renovación del arte decorativo.

En conclusión, Ruskin había amado las artes, la escultura y la pintura, pero según Ovejero para el esteta británico el mejor arte de la escultura era el que se podía hacer moldeando el corazón de los hombres, y la mejor pintura eran las “frescas rosas de la salud” sobre las mejillas de las jóvenes.

Hemos consultado los siguientes números de El Socialista: 3473, 3476, 3490 y 3498, de 1919. Podemos acudir al libro de Lily Litvak, España 1900. Modernismo, anarquismo y fin de siglo, con prólogo de Giovanni Allegra, Madrid, Anthropos, 1990, págs. 70-71. Sobre la Escuela Nueva es muy recomendable el trabajo de Alejandro Tiana, “La Escuela Nueva”, en el Catálogo de la Exposición sobre la Casa del Pueblo de Madrid, y que podemos consultar en la red.

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