Hambre de Ética

Francisco Massó Cantarero

Desconfiamos de quienes nos han engañado. A buen seguro, de nosotros mismos que, ingenuos, creímos cuanto nos dijeron. Desconfianza, desafección, rabia contenida, desprecio y animadversión son ingredientes de una actitud corrosiva que promociona el desfondamiento, personal y social, de consecuencias imprevisibles.

En el otro extremo de la polaridad hay prepotencia para la insidia y omnipotencia para la desfachatez; inventiva a ultranza para mentir y crear realidades alternativas y orgullo ufano para sostener los inventos; uso egocéntrico de  la libertad negativa y sagacidad par el  disimulo y la defensa retórica de los fraudes.

Mientras parte de la sociedad se reconcome en la frustración, otra parte fluye por el espacio infinito prodigando destellos de los alamares de su presunción. Es una realidad escindida de sí misma, que perdió la armonía y aun el proyecto existencial. Quienes  están arriba mueren de éxito, mientras quienes se resignan a estar abajo, como mucho, rechinan y refunfuñan en la barra de los bares, o en la lareira de la cocina.

Imagen de rdaconnect 

Alguna institución, de alcurnia y larga prosapia, pasó de pedir a escote el alquiler de la residencia familiar a nadar en la abundancia, previo el cobro de comisiones por negocios de Estado. Así, se agostó el estado de postración de penuria y surgió frondoso el paraíso del todo es posible. El pueblo soberano quedó absorto e impertérrito, subsumido bajo la incredulidad, para no quedar hundido por la agonía trágica.

Es cierto que no confiamos en políticos que, en lugar de afrontar los problemas y resolverlos, se camuflan, diluyen su responsabilidad salpicando culpas a diestras si son de izquierdas, o a siniestras si son de derechas. Siempre es culpable el otro, el antagonista, y, por tanto, no hay reproche posible para el protagonista, o a la viceversa, que tanto da. Y la misma martingala se presenta cuando se trata de aclarar el cúmulo de alijos, o convolutos, cuya extracción no es lícita. El pueblo soberano ve, oye y calla, resignándose a ser explotado y aplastado, una y otra vez, por la maldición tantálica de su propia impotencia.

Tampoco confiamos en los educadores, a poco que pretendan introducir una disciplina mínima en sus aulas. El niño, el educando, no puede ser contrariado en sus veleidades, caprichos y ocurrencias, porque su libertad es sagrada; como si el arbitrismo narcisista del niño y la insolencia petulante del adolescente no supusieran riesgo de fracaso inminente. Aquí, el pueblo soberano se atreve a contrariar al educador no dejándose seducir por las previsiones de la mayéutica, como si fueran premoniciones de retórica facha.

El dictamen de médicos, psicólogos y, en general, de cualquier profesional del saber técnico o científico, es puesto en tela de juicio desde la nesciencia, tras un paseo a lo Diablo Cojuelo por Internet, que inviste de autoritas al crítico sobrevenido y disconforme. Éste se arroga el derecho de descalificar al experto, quien, aunque no sea infalible, es seguro que tiene ascendencia sobre el nesciente, debido a su mayor conocimiento empírico y experiencia práctica. El pueblo soberano se crece en el cuerpo a cuerpo, en la puja de persona a persona, por muy desiguales que éstas sean entre sí.

En el afán posmoderno todo es incierto, huero y tan relativo que solamente es válido para un momento fugaz, o para la pretensión, pragmática y ocasional, de un individuo aislado y único. En el prurito relativista, cada quien es un pontífice que habla ex cátedra, rotunda y mayestáticamente. El pueblo soberano, ya náufrago, practica este desquite por asirse a una argolla sujeta en la nada.

Situado en la cúspide el uso de la libertad negativa, se practica cualquier eventualidad que antes no haya sido prohibida expresamente por las leyes. De ese modo, la convivencia se resquebraja, dando pie a un pujo por ver quién es más bizarro, más osado y valiente para provocar al otro. Se nos antoja hacer esto o lo otro, toda vez que, como no está prohibido, se puede hacer, aunque hiera al sentido lógico y se extralimite en el respeto que merecen los demás. Es la anomia: si cada uno hace lo que le da la gana, no es viable la sociedad. De aquellos polvos educadores, vienen estos lodos autolíticos, que asfixian el porvenir.

Las pandillas, machete o pistola en mano, se disputan el control sobre un territorio o la exclusiva de un negocio, por ilícito que sea, como el mercadeo de la droga o el saqueo de comercios y domicilios. La violencia que este caos entraña es apabullante para el ciudadano corriente; pero, además, la pandilla compite con el propio Estado para hacer prevalecer su ley, constituyendo un tipo de feudo al margen del Estado.

La polarización es un juego de soga tira, de la fuerza contra la fuerza. Quien vence lo logra por extenuación del contrario, tras agotar su capacidad de resistencia. Como deporte, puede ser entretenido. Como modelo para gestionar la sociedad es una inutilidad, porque los dos  extremos de la polaridad se desfondan sin alumbrar fruto de provecho para  ninguno de los bandos. Podemos presenciar una sesión del Congreso, convertida en florilegio de insolencias, más o menos ingeniosas, que sólo persiguen zaherir al contrario, sin construir nada con fuste que pueda servir de provecho. Paradójicamente, a este espectáculo le llamamos “sesión de control”, Los intervinientes no controlan ni su propia facundia; sólo buscan su lucimiento en las tretas para fustigar al contrario. Eso es bochornoso, nada constructivo para la sociedad. No hay ethos. 

Si este texto fuera un ditirambo de nuestra civilización, podríamos seguir añadiendo lamentos y frustraciones; pero, es preciso invocar al Ave Fénix y resurgir, haciendo de la resiliencia palanca de esperanza. El futuro está en el pasado, porque fulcro de la resiliencia es el ethos, que nunca debiera haber sido abandonado.

Antes, el ethos, la costumbre, era un débito, un deber que obligaba porque era sagrada, comportaba ritos de identidad de la civilización de pertenencia, o constituía la disciplina del discípulo, del discente que aprende todos los días y sigue a un maestro mítico, a un guía imaginario y espiritual, que es su referente, porque le reconoce sabiduría, ascendencia y  superioridad moral. De este ethos nació el derecho consuetudinario fundamento y raíz de la firmeza de la sociedad.

El ethos cabalgó junto al ius civium y el ius gentium hasta el Siglo de las Luces que alumbró el imperativo categórico kantiano: Actúa de acuerdo a pautas que puedan ser universales. Casi nada, o casi todo. El de Königsberg no se conformaba con cualquier improvisación y su utopía raya en la desmesura.

Sin pretender tanto, sería suficiente con pensar en los demás, antes de actuar. Concienciar que cada acto humano, por insignificante que parezca, es mancomunado, se debe a los demás y se destina a los demás; proviene de los otros y en ellos desemboca.

La libertad aquí es relacional. El yo no es el ombligo de todas las ocurrencias, sino un  engranaje del conjunto de la humanidad que lo ha formado y lo condiciona para que obre con cadencia, con armonía en relación al depósito recibido. Es la congruencia mínima,  o la ética mínima que dijera Adela Cortina.

Quien es investido desde la confianza debe (su ethos) actuar para no defraudar el tesoro recibido, esforzándose por ampliar el cupo de quienes le otorgaron su respaldo. Todos los votantes de un político no son sus partidarios; estos son un segmento, los que lo propusieron como candidato (de candidus, lo blanco no manchado), el resto son creyentes, personas que, con su voto, apuestan por una ejecutoria impoluta de obediencia a un programa.

El voto es la firma de un contrato, un compromiso mutuo entre la sociedad en su conjunto y los líderes que la gobiernan. En ese contrato participan también quienes no votan al candidato que resulta elegido, que optaron por otro programa que no resultó ganador, a sabiendas de acatar el fallo de la mayoría. Y los pactos deben ser acatados. Por su parte, el político que cambia de opinión, de ideales o de praxis es otro diferente al que fue votado; por tanto,debe (ethos) dimitir para volver a pedir el respaldo que le dieron antes de sus cambios.

Las instituciones que no están sometidas al veredicto popular deben su legitimidad a una suerte de sacerdocio (sacer, lo sagrado)  que oficia ante los valores que están incardinados en la esencia misma de la sociedad a la que sirven. Son servidores de la sociedad, no sus beneficiarios, ni sus rentistas. Aprovechar el cargo para amasar fortunas y disfrutar placeres no deja de ser un tipo de traición.

El gobierno debe (ethos) ejercer su potestad cuando goza de autoridad porque cumple el contrato en pro de la sociedad, se muestra eficaz en la prestación de los servicios públicos de las infraestructuras, de la educación, de la sanidad, de la administración de justicia, de la seguridad jurídica para que surjan proyectos e iniciativas ciudadanas, de la atención a los más necesitados que el sistema desecha.

El ciudadano que piensa en los demás antes de obrar no sólo entrena su empatía, frena su impulso, formula su acción con perspectiva social, se empeña por ser acorde y estar a tono. A fin de cuentas, la sociedad es una orquesta gigantesca, donde cada individuo debe  (ethos) tocar cuando le corresponde, con toda su singularidad, pero en relación al conjunto. De ese modo, cada persona puede lograr lo que se propone y, por haber pensado en los demás, puede conseguirlo en armonía.

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