Un gobierno liberal, por Pérez Galdós

Madrid, diciembre 3 de 1885

I

El gobierno formado por Sagasta al siguiente día de la muerte del Rey Alfonso XII, no ha contribuido poco, por la talla de los hombres que lo forman, a la confianza que en el país reina y al aspecto relativamente lisonjero que presentan los negocios públicos. Todos los ministros del actual Gabinete son personas de reconocida aptitud, y que han ilustrado su nombre en épocas anteriores al frente de les departamentos administrativos. Don Venancio González, ministro de la Gobernación, goza fama de muy entendido en todo lo que a la administración se refiere, y ha demostrado tanta habilidad como energía en ocasiones no menos difíciles que la presente. Montero Ríos, que hoy está en Fomento, es el autor de la ley de Matrimonio civil, insigne canonista y jurisconsulto.

Gamazo dio pruebas en la pasada administración liberal de singular tacto y energía. Es uno de los hombres de más mérito en el partido

constitucional. Su presencia en el ministerio de Ultramar ha de ser fecunda, y no le faltan seguramente problemas que resolver. El general Jovellar es un militar organizador y de fijo hará algo bueno en el ministerio de la Guerra. Alonso Martínez es uno de nuestros primeros jurisconsultos, y llevara adelante el Código civil, pendiente aún de aprobación en las Cámaras, y por fin, Camacho esta reputado como el primero de nuestros hacendistas.

Este Gobierno, tan bien escogido, y en el cual se representaba lo más notable del partido liberal, tropezara, sin duda, con grandes dificultades; pero no es imposible que las venza, si hay en todos un poco de patriotismo. Esto es lo difícil. Hombres eminentes no nos faltan hoy, como no nos han faltado nunca. Lo difícil aquí es crear grandes conjuntos. Como decía no sé quién con mucha gracia, refiriéndolo a la política, aquí sobran excelentes músicos, pero no hay medio de organizar una mediana orquesta. Cada cual de por si suena bien, pero no afinan unos con otros; no conciertan ni armonizan.

II

La primera aspereza de todos los Gobiernos ya está en plantas. Es la cuestión de personal, el reparto de destinos, cuestión que, en cualquier otra parte seria secundaria, y aquí es pavorosa. Los nuevos ministros se ven de tal modo asediados por los pretendientes, que no pueden vivir. Algo se van defendiendo, y hoy las acometidas de la turba famélica no son tan graves como en otro tiempo. Imposible pintar el aspecto que las antesalas de los Ministerios presentan en estos días. Las Comisiones Que vienen de los pueblos, los Comités y los infinitos amigos que salen por todas partes, acosan a los ministros. Como no es posible contentar a todos, la mayoría expresa con vehemencia y acritud su desencanto, y se oyen recriminaciones odiosas, cómicas, furibundas. Hasta en las calles se conoce que hay cambio de Ministerio, porque se suelen ver, en ciertos sitios céntricos, grupos de gente entusiasta o descorazonada que viene de la casa del ministro. Las caras de estos tales reflejan las impresiones recibidas en unos de desaliento, en otros de esperanza. Se oye con mucha

frecuencia la pregunta: “Y usted adónde va?” Quiere decir: “¿En qué pesebre va usted a comer?” El Gobierno no se ha ocupado aún más que de elegir los gobernadores de las cuarenta y nueve provincias, operación delicadísima, porque todos los candidatos quieren las provincias de primera clase, y no hay ninguno, por insignificante que sea, que no haga ascos a las de segunda y tercera clase.

En esta ocasión se ha querido elevar un poco la talla, porque el oficio de gobernador había venido muy a menos, y Dios sabe lo que ha batallado el ministro para vencer las exigencias y elegir un personal idóneo. Ya están todos nombrados, y ahora empieza la tarea con los directores generales y los subsecretarios de los Ministerios. Dios ponga tiento en las manos de los consejeros de la Reina para salir airosos de esta batalla contra tantas ambiciones y tantos intereses. Después, y cuando los problemas de personal estén resueltos, los ministros descansaran como aquel que tiene seguridades de haber garantizado parte de su existencia.

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