Las buenas personas

Rosa Amor del Olmo

En tiempos crispados, donde todo se mide en trincheras ideológicas, conviene recordar la existencia de las buenas personas. No son héroes ni mártires, no tienen detrás campañas publicitarias ni eslóganes electorales, y sin embargo sostienen, casi a escondidas, la vida común de un país.

Son aquellas que trabajan cada día sin perder la esperanza. Quienes creen en la justicia social, en la dignidad del trabajador y en la necesidad de proteger a los más débiles, pero a quienes se les cuelga la etiqueta de “rojos” apenas levantan la voz. Y son también aquellas que, desde la fe, desde la familia, desde un sentido de responsabilidad cívica, tratan de vivir con rectitud y entonces son tachados de “fachas”. La paradoja es cruel: el mismo esfuerzo, la misma honradez, recibe sospechas desde bandos opuestos.

Las buenas personas son las que saben que la clase trabajadora de antaño se ha transformado en una clase media exhausta, a veces endeudada y confundida, que ya no encaja en los viejos moldes ideológicos. Quienes defienden lo social y lo histórico son usados como bandera; quienes reclaman orden y valores también. Y mientras, los políticos los manipulan, los reducen a caricaturas útiles para alimentar enfrentamientos.

Pero una buena persona no se define por etiquetas, sino por actitudes. No murmuran, no envidian, no se alegran del mal ajeno. Huyen del cinismo del “algo habrá hecho” o del “todos son iguales”. Porque saben que no todo político es corrupto, aunque la desconfianza se haya vuelto justificada. Porque saben que la desgracia nunca es motivo de celebración.

Las buenas personas buscan la paz, escuchan, respetan credos y costumbres. Entienden que cada vida guarda un secreto y una enseñanza. No necesitan imponerse ni agredir: viven y dejan vivir, aprenden y permiten a otros crecer. Quizás nunca se defiendan con uñas y dientes, porque no se meten con nadie. Su defensa está en su ejemplo. Sufren y lloran con los demás y ayudan a los otros, sirven en sus comunidades y no las destruyen. Se alejan de corrillos de ideologías convertidas en falsa profesionalidad a la que nunca alcanzaremos a saber lo que hay detrás, porque lo que hay detrás ya os digo yo que no es de Dios.

Y es que son ellas las que sostienen lo poco que aún funciona: la vecina que ayuda sin esperar nada, el padre que se desvive por dar estudios a su hijo, la mujer que cuida a su madre enferma sin quejarse, el joven que se rebela contra la injusticia sin perder la alegría. Sin ruido, sin estridencias, sin titulares.

En un mundo cada vez más ruidoso, polarizado y crispado, quizá el mayor acto de resistencia sea seguir siendo buena persona: no rendirse a la manipulación, no venderse al odio, no dejar que nos dividan las etiquetas porque como decía mi buen Galdós cuando le querían comparar con Zola “uno es lo que es y por mucho que quiera no puede ser otro”.

Porque, al final, ni los políticos, ni los partidos, ni las ideologías salvarán un país. Cuando todo se tambalea, son las buenas personas las que, sin hacer ruido, sostienen el mundo.

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