Colombine contra la guerra

Eduardo Montagut

Colombine (Carmen de Burgos) conoció bien la guerra. Tras el Desastre del Barranco del Lobo, decidió ir a Marruecos a conocer la realidad de cerca. Fue corresponsal de guerra de El Heraldo de Málaga dejando unas crónicas de un enorme valor humano. Al regresar escribió “¡Guerra a la Guerra!”, que hemos consultado en el número del 20 de marzo de 1910 en Vida Socialista, cuya lectura recomendamos vivamente, y que aquí queremos recordar, en estos tiempos de guerra en Europa.

El artículo comienza con un párrafo de un relato de Tolstoi sobre la guerra ruso-japonesa, y que empleó para demostrar al lector que ese texto debía sonar muy de cerca al público lector español en plena Guerra de Marruecos, porque, como decía, “es que en toda época, en todas ocasiones, a sentimientos o hechos semejantes responden las mismas manifestaciones, y las de la barbarie son semejantes siempre”

Ninguna barbarie era semejante a la de la guerra y, sin embargo, se les concedía mucho poder a los que las sostenían, la prensa enmudecía y los ciudadanos callaban, y todas la secundaban porque se empleaba como argumento el del mal necesario, pero, ¿cómo podía ser necesaria la guerra o la destrucción? Pero, además, la ley perseguía a los críticos de la guerra porque se consideraba antipatriótico combatirla.

Verdad era que había habido quien había cantado las excelencias de la guerra, como Moltke o de José de Maitre, que la pintaban como un medio para no caer en el “repugnante materialismo”, pero habría cientos de hombres que levantaron contra ella su voz, y citaba a Pascal, Swift, Spinoza, Rod, Richet, Mazzini, Kant, Castelar, etc., así como a los grandes personajes de las religiones como Buda o Cristo, así como los precursores Lao-Tsé e Isaias. El primero había llegado a afirmar que el que se regocijaba de la victoria se regocijaba del asesinato de los hombres, mientras que el segundo había afirmado que las iniquidades eran las que habían separado a los hombres de Dios porque tenían las manos manchadas de sangre. Pero, como afirmaba la periodista, se hacía la guerra en nombre de Dios, y se quemaban herejes.

Colombine dedicó parte del artículo a entresacar pensamientos de destacados personajes contra la guerra.

Así Anatole France le sirvió para explicar las razones por las que se empezaban las guerras: interés dinástico, nacionalidad, equilibrio europeo, honor… Para el autor francés parecía un medio extraño que para preservar el honor de los pueblos se empleara la guerra, es decir, cometiendo crímenes por los cuales una persona se deshonraba.

Por su parte, Gaston Moch explicaba que la misión de la guerra era proporcionar a un pequeño número de hombres el poder, los honores y la riqueza a expensas de la masa, cuya credulidad era explotada para este fin.

Y el gran Tolstoi vinculaba el gasto de la guerra con la dilapidación de los jefes y hombres de negocios porque sabían que nadie les denunciaría.

Pero había más autores contra la guerra, como Alfred de Vigny al afirmar que la tierra no se regaba con sangre, o hasta el propio Federico II que, al parecer, había dicho que si los soldados empezasen a pensar ninguno permanecería en el ejército.

¿Qué razón habría, por lo tanto, para que subsistiera la guerra? Contestaba Flammarion al afirmar que los hombres habían sido educados en la idea de que había naciones, fronteras y banderas. El sentimiento de la humanidad desaparecía completamente ante la idea de la patria.

La “alta misión del ejército” era, a juicio de Channing, el asesinato de millones de hombres, considerado como una victoria que provocaría entusiasmo y alegría. Por su parte, Erckmann-Chatrian ironizaba sobre lo que era disciplina al decir que el cabo siempre tenía razón cuando hablaba el soldado, el sargento cuando hablaba el cabo, el teniente cuando lo hacía el sargento y así sucesivamente. Guy de Maupasant asociaba a los ejércitos a rebaños de hombres que no pensaban nada, no leían nada, y no eran útiles a nadie. Y el premio era, para Alfonso Karr, buscar después los huesos y con ellos fabricar negro de marfil o betún inglés para lustrar las botas de su general.

Había que pedir la supresión de los ejércitos. Colombine era contundente, criticando también a los socialistas que, aunque siempre contrarios a la guerra, luchando como pocos colectivos en España contra la misma, según añadimos nosotros, habían solicitado el servicio militar obligatorio, pero es que tenemos que entender, y más en las guerras coloniales anteriores, que esta petición se basaba en que, aun estando en contra de las guerras, si se producían tenían que ir todos, no solamente los hijos de la clase trabajadora, ya que, como es sabido, quien tenía posibilidades económicas podía librarse del servicio en aquella España. Pero, como hemos dicho, Colombine quería la supresión de los ejércitos, el desarme, las conclusiones de la Conferencia de la Haya, con el fin de acabar con todas las guerras.

Colombine había visto la guerra, la tristeza de la lucha, como la calificó, el dolor de las heridas en las frías salas de los hospitales, y había visto los muertos en combate. Pero lo que más le había horrorizado había sido la crueldad que la guerra despertaba, como era capaz de remover el fango de las almas, y cómo habituaba a vivir con el sufrimiento ajeno hasta casi la indiferencia, sin olvidar el odio que inoculaba. El enemigo dejaba de ser hermano y solamente se deseaba matar.

Además, se atrevió a tratar en su artículo sobre el argumento que se empleó mucho en relación con la Guerra de Marruecos, basado en que España llevaba la civilización al norte de África, aunque, eso sí, desde una perspectiva muy personal. Carmen de Burgos se preguntaba qué era la civilización, ¿era progreso contar con avances tecnológicos e inventos que esclavizaban al hombre y le generaban mayores necesidades? Para Colombine, en cambio, la civilización era estar cerca de la naturaleza.

El quid de su artículo; y ya se podía ver en su alusión a los socialistas; pasaba sobre la cuestión del servicio militar obligatorio. Colombine era radicalmente contraria a la misma, citando al propio Tolstoi, que había dicho que no había nada más vergonzoso que ese servicio militar obligatorio que alistaba a todos los hombres contra su voluntad a una edad joven para un trabajo de criminales. Por eso, estaba defendiendo que no se implantara, en realidad, hasta la propia objeción de conciencia. Pero si para inculcar esas ideas contrarias al servicio militar y a la guerra era necesario emplear la fuerza había que hacerlo, por eso su artículo se titulaba y terminaba con esta máxima: “¡Guerra a la guerra!”

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