Unamuno y Arcoxia: ¿pensamos aún desde la herida o solo desde su supresión?

Rosa Amor del Olmo

Miguel de Unamuno (1864-1936) pensaba desde el dolor, la contradicción y la herida abierta. Para él, «pensar es padecer», pues sus ideas nacían de la angustia existencial y de la lucha interna por la verdad. En cambio, Arcoxia —un analgésico moderno, químico, preciso— simboliza justo lo contrario: callar el dolor para poder seguir funcionando. Ahí está el choque: para Unamuno, el dolor revela la verdad y funda el pensamiento, la identidad, la conciencia trágica de la vida; para la cultura de la píldora mágica, el dolor se gestiona, se neutraliza, se vuelve tolerable. Este contraste, Unamuno-arcoxia, es una imagen potente de nuestro tiempo.

Miguel de Unamuno: El dolor como fuente de verdad

Unamuno fue un escritor y filósofo español que elevó el sufrimiento a principio vital. No huía de sus heridas, sino que indagaba en ellas para encontrar sentido. Entendía que, al igual que el dolor físico nos despierta al cuerpo, el dolor del alma nos despierta a la conciencia. Por eso profundizó en la experiencia del sufrimiento, sabiendo que la angustia espiritual nos permite descubrir nuestra interioridad y individualidad. En sus propias palabras, «el pensamiento que no nos duele es un pensamiento muerto, es un puro esqueleto». Solo hay vida donde hay dolor: las ideas verdaderas son las que nos duelen, nos comprometen, las que sangran desde la herida de nuestras dudas.

Toda la obra unamuniana gira en torno a esta certeza trágica. En Del sentimiento trágico de la vida (1912), Unamuno expone que incluso el temor y el sufrimiento confieren autenticidad a la existencia. Llega a afirmar que «el que sufre vive, y el que vive sufriendo ama y espera… es mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz». Es decir, más vale una vida dolorosa —pero consciente y llena de anhelo— que una paz neutra que equivalga a la nada. El dolor, por duro que sea, nos recuerda que estamos vivos y que buscamos una verdad que importe. Para Unamuno, enfrentar el dolor sin anestesia era condición necesaria para alcanzar la verdad de uno mismo, por dolorosa que ésta fuese.

Además, el dolor en Unamuno no es mero sufrimiento pasivo, sino una fuerza generadora de pensamiento y autenticidad. Él hablaba de vivir con la “herida siempre abierta”, esa intranquilidad permanente del que busca sentido. Sus ideas sobre la inmortalidad del alma, la lucha entre razón y fe, o la búsqueda de Dios nacen de un desgarro interior. Esa herida metafísica nunca cierra, porque de ella brota continuamente la reflexión. En su filosofía, el dolor funda la personalidad: la contradicción interna, el sentirnos rotos o incompletos, lejos de ser evitada, es el motor que nos impulsa a pensar, creer y crear. Unamuno no quería un consuelo fácil; quería verdad, aunque doliera.

Arcoxia y la gestión moderna del dolor

Frente a la visión unamuniana, nuestra época tiende a ver el dolor como algo sin sentido que conviene eliminar cuanto antes. Arcoxia (etoricoxib), por ejemplo, es un medicamento antiinflamatorio desarrollado para aliviar dolores crónicos y agudos, reduciendo rápidamente la inflamación y las molestias físicas. Este fármaco, efectivo y específico, es representativo de un enfoque moderno: si algo duele, buscamos la pastilla que lo calme. En vez de averiguar qué nos señala ese dolor, preferimos suprimir el síntoma y seguir con nuestra rutina.

Vivimos en lo que el filósofo Byung-Chul Han llama la “sociedad paliativa”, caracterizada por la fobia al dolor y la obsesión por el bienestar inmediato. En la actualidad, parece que “ya no hay lugar para el sufrimiento”, y se ha desarrollado una auténtica fobia al dolor. El imperativo contemporáneo es “sé feliz” a toda costa, lo cual oculta a menudo una exigencia de rendimiento y productividad: cualquier malestar debe evitarse o anestesiarse para que sigamos siendo eficientes. Así, la cultura neoliberal de la positividad nos empuja a un estado de anestesia permanente. No solo disponemos de analgésicos para el cuerpo, sino que también practicamos anestesias para el alma: nos distraemos compulsivamente, evitamos el conflicto, huimos de la tristeza y del vacío existencial recurriendo a entretenimientos o “remedios” rápidos.

En este contexto, el dolor se ve como un fallo a corregir, más que como una señal a interpretar. La medicina y la tecnología nos ofrecen soluciones cada vez más inmediatas para cualquier incomodidad. ¿Ansiedad, depresión, aburrimiento? Pastillas, scroll infinito en las redes, consumo frenético. La consigna es no sufrir. Arcoxia, en este sentido, es un símbolo perfecto: un comprimido que promete permitirte caminar sin dolor, como si nada ocurriese en tu organismo lesionado. Al tomarla, la inflamación cede y el aviso del cuerpo se calla. Puedes seguir andando sin cojear, olvidando la herida… al menos por un tiempo.

Por supuesto, el alivio del dolor físico es algo positivo en sí mismo y fruto de progreso médico. No se trata de glorificar el sufrimiento innecesario. Sin embargo, cuando esa lógica de aliviar y seguir se extrapola a toda experiencia humana, surge un problema: corremos el riesgo de apagarnos por dentro. Una vida totalmente anestesiada, sin altibajos ni dolores, puede deslizarse hacia una suerte de paz vacía, de mera supervivencia funcional. Si ante cualquier asomo de angustia existencial o dolor emocional buscamos automáticamente un analgésico (literal o metafórico), quizás estemos perdiendo la oportunidad de entender qué nos pasa y quiénes somos realmente.

¿Pensamos aún desde la herida o solo desde su supresión?

Esta pregunta sintetiza el dilema de nuestro tiempo. Unamuno nos invita a pensar desde la herida, a permitir que el dolor nos revele verdades incómodas sobre la vida y sobre nosotros mismos. La herida duele, sí, pero también habla: nos muestra la profundidad de nuestros anhelos, nuestras pérdidas y esperanzas. Pensar desde la herida abierta implica aceptar la inquietud, el vacío y la incertidumbre como parte integral de la conciencia. Implica, en definitiva, estar vivo en el sentido más pleno, aunque duela.

Por el contrario, la tentación dominante hoy es pensar (o más bien no pensar) desde la supresión del dolor. Es la vía de la Arcoxia existencial: si algo nos incomoda, lo adormecemos. Preferimos respuestas rápidas y superficiales antes que enfrentarnos a las grandes preguntas que escuecen. ¿Quién soy? ¿Qué significado tiene el sufrimiento, la muerte, el amor? Son cuestiones que punzan, que quitan el sueño. En lugar de explorarlas, resulta más fácil distraerse, anestesiarse con entretenimiento o con dogmas de felicidad prefabricada. Así se evita el dolor de la duda, pero también se renuncia a la verdad profunda y al crecimiento interior que nacen de confrontar esas heridas.

La consecuencia de pensar solo desde la supresión de la herida es una especie de tranquilidad superficial. Avanzamos sin tropiezos aparentes, pero tal vez a costa de una pérdida de autenticidad. Como advirtió Han, al expulsar de la vida pública y privada los conflictos y las controversias por miedo a que duelan, terminamos instaurando una “democracia paliativa” donde todo se tolera menos el sufrimiento. En esa paz anestesiada, ¿hay espacio para la verdadera reflexión? ¿Puede surgir la creatividad, la empatía profunda o la sabiduría, sin haber pasado por alguna forma de dolor que las despierte? Probablemente no. Las personas crecemos a partir de las heridas: de los fracasos, de las pérdidas, de las crisis. Si nos blindamos contra el dolor, quizás nos estemos privando también de lo que nos hace plenamente humanos.

En última instancia, la diferencia entre Unamuno y Arcoxia es la diferencia entre buscar la verdad que duele y buscar la comodidad que evita el dolor. Miguel de Unamuno no habría querido anestesia; habría querido la verdad, aunque doliera. Nosotros, en cambio, muchas veces preferimos seguir andando sin cojear… aunque sea a costa de no preguntarnos por qué duele.

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