
“De Algún tiempo a esta parte es cosa corriente entre nosotros interesarnos por todo lo que a Portugal se refiere”.
Laura García Sánchez, Universidad Autónoma de Madrid
Departamento de Antropología Social y Pensamiento Filosófico Español. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Autónoma de Madrid. Campus de Cantoblanco. 28049 (Madrid)
Resumen: Exhausto tras la redacción y la corrección de pruebas de Lo prohibido, Benito Pérez Galdós emprende, durante la primavera de 1885, un viaje en ferrocarril junto a José María de Pereda y Andrés Crespo que les llevará a visitar ciudades portuguesas como Lisboa, Oporto o Coimbra. De esta experiencia en el país vecino surge Excursión a Portugal (1885), relato de viaje presentado en forma epistolar, aunque en consonancia con las crónicas periodísticas de corte costumbrista.
A lo largo de las dos misivas que componen la narración del itinerario, don Benito plasma sus impresiones acerca del apacible e introvertido carácter portugués, al tiempo que examina la situación política y económica de la nación o su distanciamiento artístico, religioso y sentimental con respecto a España. Así las cosas, el presente estudio pretende efectuar un análisis del pensamiento del canario acerca de la identidad ibérica mediante la lectura comentada de esta Excursión.
Madrid, febrero de 1885. Un extenuado escritor, con las galeradas de su última novela esparcidas sobre la mesa de trabajo, decide realizar una pausa para responder a la atractiva propuesta de un buen amigo, también escritor y cántabro, para más señas:
Querido amigo: anteayer domingo, al volver por la noche de Alcalá de Henares, […] me encontré dos sorpresas gratas.
Primera, su carta que me hizo reír. Ya sabe V. que estoy siempre dispuesto a hacer viaje con V. y Crespo, a donde me quieran llevar. El día que corrija la última galerada de esta obra […], me pongo a su disposición, seremos tres Mambrunes que nos iremos a la guerra, sea por España sea por Portugal. Si Vds. vienen aquí, lo mejor es ir desde aquí a Lisboa y regreso por Galicia verde y Asturias famosa.
Fechas. Yo calculo que para abril habré concluido, pero no será en la primera sino en la segunda quincena de dicho mes. Ya tengo cuatro pliegos impresos. Pero son dos tomos. Estoy reventado […]1.
Parece, pues, que la idea de un viaje primaveral entre amigos —cuyo recorrido se encuentra aún por delimitar— reconforta al estresado novelista y le insufla los ánimos necesarios para afrontar las correcciones de esa última obra que tanto le están complicando la vida. Y es que la responsabilidad le abruma: el autor de las dos series de los Episodios Nacionales, es decir, el ya ilustre don Benito Pérez Galdós, no puede defraudar las expectativas de sus lectores ni las de la crítica, de modo que ha de centrar todas sus energías en procurar que Lo prohibido —título de esa nueva novela cuya ejecución no termina de convencerle— esté a la altura, al menos, de sus publicaciones precedentes. Este excesivo celo en su trabajo explica que no tengamos noticias de proyecto de viaje alguno hasta el 5 de mayo, fecha en la que el canario, en otra misiva dirigida a Leopoldo Alas, informa al querido colega ovetense de su paradero durante las próximas semanas:
Mañana salimos Pereda y yo para Portugal, luego iremos a Galicia, y… en el programa estará Asturias; pero no sé yo si le podré acompañar a expedición tan larga, porque tengo que volverme acá, donde me llaman diferentes asuntos. Así es que no le aseguro que nos veamos en este mes. Si yo me volviese aquí desde La Coruña, este verano iría indefectiblemente a Asturias2.
Así pues, el acompañante principal de don Benito no será otro que el también reconocido José María Pereda, quien había diseñado un pormenorizado plan de viaje que les llevaría a recorrer tierras portuguesas empleando como medio de transporte la nueva línea de ferrocarril que unía Madrid con Lisboa, pasando por Cáceres, en un viaje que, como señala Ortiz- Armengol, «normalmente suponía veinte horas»3. El propósito de este periplo era visitar enclaves lusitanos de la importancia de Lisboa, Coimbra y Oporto, si bien el mismo culminaría en el norte de España y, más concretamente, en Cantabria (tierra natal de Pereda). No obstante, como rememora el propio Galdós treinta años después en sus Memorias de un desmemoriado, «agradecidos y satisfechos, emprendimos la retirada hacia el Miño, internándonos en Galicia, donde no tardamos en separarnos, marchando los montañeses a Santander y yo a Madrid»4. En este punto y a propósito de la mención a «los montañeses», debemos referir la presencia de un tercer excursionista, don Andrés Crespo, comerciante santanderino íntimo de Pereda y al que Benito también conocía desde 1876.

Una vez desvelada la identidad de los viajeros, así como el itinerario y la bifurcación en sus lugares de destino, cabría preguntarse cuál fue la relación de Benito Pérez Galdós con la nación vecina. Gracias a los numerosos estudios existentes en relación a la biografía galdosiana y a las crónicas de viaje y/o testimonio del propio Benito, sabemos que el novelista tuvo la oportunidad de conocer países europeos como Francia 5 (1867), Inglaterra 6 (1883), Italia 7 (1888), Holanda, Alemania o Dinamarca8 (todos ellos en 1888). Si bien nuestro hombre recaló en territorios franceses y británicos en varias ocasiones a lo largo de su vida, llama la atención que, pese a su proximidad geográfica, Galdós solo visitara Portugal durante la citada primavera de 1885. Esta escasa vinculación con el espacio luso queda corroborada si tenemos en cuenta que, hasta esa fecha, el autor de los Episodios Nacionales apenas había hecho mención al país ibérico y a sus gentes más allá de la huida terapéutica de doña Clara a Lisboa en La Fontana de Oro. De igual modo, la repercusión literaria de este viaje por el corazón de Portugal sería prácticamente nula, como bien revela el Censo de personajes galdosianos de Sáinz de Robles en el que, a diferencia de los 135 personajes de procedencia francesa o de los 39 de origen inglés, únicamente localizamos cinco portugueses —cabe señalar que todos ellos son personajes históricos como Camões, Vasco da Gama, João III, José I o Isabel de Portugal, esposa de Carlos V 9 — y unas pocas menciones meramente anecdóticas en Miau (a partir del nombramiento honorífico de Federico Ruiz como miembro de la Hermandad de bomberos portugueses) o en Ángel Guerra (donde Policarpo Babel intenta escapar de las autoridades españolas atravesando la frontera entre España y Portugal). Premeditada o no, esta ausencia del estado colindante en la obra literaria del canario se justificaría, de acuerdo con los planteamientos de Anson Piper, debido a la concepción territorial galdosiana, según la cual, Portugal sería una región más de la comunidad ibérica y no una nación extranjera como tal; de ahí, que su presencia o interés a nivel literario no sea mayor que el del resto de regiones españolas que conformaban la colectividad peninsular —a excepción, claro está, de Madrid, que por su condición de centro físico y espiritual del territorio debía convertirse en la protagonista indiscutible del retrato ibérico10—.
A pesar de esta aparente indiferencia hacia el pueblo portugués antes y después de la travesía junto a Pereda y Crespo, lo cierto es que el interés y el afecto de Benito Pérez Galdós por el país vecino quedaron reflejados desde entonces hasta el final de su vida. El conocimiento de la arquitectura y de otras expresiones artísticas, la urbanidad de los lisboetas o la belleza del campo portugués impresionaron positivamente al visitante isleño hasta el punto de que, como fruto de sus anotaciones durante las excursiones por la capital, Sintra, Coimbra y Oporto, inició la redacción de Excursión a Portugal, crónica de viaje que se publicó en el periódico bonaerense La Prensa a modo de dos epístolas dirigidas al potencial lector argentino. La primera de ellas, de carácter ensayístico, se dedica por completo a Lisboa y viene ampliamente introducida por las reflexiones previas del viajero en torno a las circunstancias históricas, culturales y económicas que han configurado los pilares de la identidad lusitana; la segunda, por su parte, adopta un tono mucho más descriptivo para relatar las virtudes del castillo da Pena en Sintra, la erudición académica que sustenta la historia de Coimbra o el privilegiado enclave natural que rodea a Oporto, la segunda capital del país.
Antes de adentrarnos en el análisis de ambas cartas, conviene resumir brevemente el resto de manifestaciones que evidencian la preocupación de don Benito por los problemas que persiguieron al hermano pequeño de la Península Ibérica desde la última década del siglo XIX hasta el inicio de la I Guerra Mundial. Así las cosas, como subraya José Manuel Cuenca Toribio, «la pluma del escritor canario se ocupó más extensamente de Portugal y sus gentes en los bienios 1884-85 y 1890-91»11 (2003: 730). Es ese último bienio el que más nos interesa ahora y, más concretamente, dos cartas desconocidas de Galdós en La Prensa que recuperó Shoemaker y en las que el escritor mostraba a los lectores argentinos la convulsa situación que el país de Camoens vivía como consecuencia de la disputa con Gran Bretaña y de una acusada crisis económica. La primera carta de ese segundo bienio, que data del 6 de noviembre de 1890, deja entrever el posicionamiento favorable de Benito hacia la postura portuguesa en sus tensiones con los ingleses a causa de la política expansionista del colonialismo británico en las plazas africanas de dominio portugués a través de una propuesta velada: la unión de los territorios peninsulares en aras de combatir el intervencionismo inglés. Encontramos de nuevo una actitud paternalista de Galdós hacia la nación portuguesa, así como la reiteración de su debilidad económica y militar frente a los ataques de la poderosa Inglaterra, en una segunda misiva fechada casi un año después, el 18 de octubre de 1891. En ambas, el novelista insiste en la imposibilidad de una cooperación hispanoportuguesa efectiva, imposibilidad producto del desmedido orgullo portugués para con cualquier tipo de ayuda española que fuera más allá de un apoyo meramente platónico. Esta crítica contra el recelo del pueblo luso hacia España ya había encabezado la primera carta de Excursión a Portugal, si bien el enfrentamiento entre los lusos e Inglaterra sirve a Galdós como ejemplo para retomar la idea que había desarrollado un lustro atrás.
Ya bien entrado el nuevo siglo y con motivo de la publicación de sus Memorias de un desmemoriado (avanzamos así hasta 1916), el anciano don Benito concedió una entrevista a Tomas Júlio Leal da Câmara, controvertido artista gráfico portugués, en la que mostró su cariño hacia sus vecinos ibéricos y, al mismo tiempo, declaró su apoyo al posicionamiento pro-aliado de Portugal en el conflicto bélico europeo. Aunque el contenido de la entrevista se centra en la I Guerra Mundial, Leal da Câmara da cuenta de los gratos recuerdos que el insigne académico conserva de aquella visita a Portugal entre mayo y junio de 188512. De hecho, la reconstrucción del viaje ocupa un lugar privilegiado en la evasiva y frágil memoria del novelista dentro del capítulo consagrado a su amistad con su estimado Pereda:
Pues, señor, nos plantamos en Lisboa, y allí se nos iba insensiblemente el tiempo contemplando las grandes bellezas de aquella ciudad, […]. En Cintra vimos un país de ensoñación, y el palacio de Penna, […] nos dejó atónitos.
De Lisboa nos fuimos a Oporto […]
Oporto es una ciudad agradabilísima, cuna de las libertades portuguesas, […]. Oporto es la ciudad portuguesa donde más y mejor se habla español. En ella tuvimos el honor de tratar a diferentes personalidades científicas y literarias, entre ellas señaladamente al insigne escritor Oliveira Martins, que me obsequió con un ejemplar de su magnífica obra Historia de la civilización ibérica. Agradecidos y satisfechos, emprendimos la retirada hacia el Miño, internándonos en Galicia, donde no tardamos en separarnos, marchando los montañeses a Santander y yo a Madrid13.
En sazón de la figura de Joaquim Pedro de Oliveira Martins, destacado intelectual de la conocida como Regeneraçao y autor de la Teoria do socialismo (1872), hemos de atender al debate que su Historia de la civilización ibérica recogió en torno a la oposición entre los pueblos latinos y aquellos de raza anglosajona durante la segunda mitad del siglo XIX. Dentro de ese primer grupo, España y Portugal eran considerados como los máximos exponentes de esa naturaleza meridional circunscrita a las fronteras del espacio europeo, y esta confluencia determinaba la necesidad de que ambos quedaran «concernidos a mirarse recíprocamente para resituarse entre sí y frente, o junto a, los demás»14. Oliveira propone entonces una colaboración hispanolusa orientada en pos de la unificación del pensamiento y de un protocolo de actuación internacional conjunto, aunque siempre preservando la autonomía de gobierno. Galdós es, en gran medida, deudor de esta visión dicotómica, en pleno auge en el momento en que el escritor emprende el viaje a Portugal que tanto nos interesa. No en vano, y a tenor de la hipótesis defendida por el profesor José Luis Mora, es más que probable que tras su encuentro con Oliveira Martins en Oporto, don Benito y el historiador portugués hubieran intercambiado, al menos, dos cartas15. Asimismo, la amplia recepción del texto de Oliveira en España —reseñado por Juan Valera en la Revista de España. Revista científica, literaria y política de la que, curiosamente, fue director Pérez Galdós entre 1872 y finales de 1873—consolidan el influjo de las teorías de Oliveira en las reflexiones de viaje galdosianas.
Un primer acercamiento al texto sobre Portugal que, como ya hemos explicado, se presenta estructurado a la manera de dos cartas en las que se alternan los modos de elocución expositivo, descriptivo y/o argumentativo, nos lleva a cuestionarnos su adscripción genérica… ¿nos situamos ante un simple diario con voluntad de estilo (surgido espontáneamente pero fiel a la práctica literaria de Galdós y al proyecto de su más que probable publicación como colaboración periódica o, incluso, obra independiente) o bien ante un relato de viaje rayano al paseo literario? En este sentido, podríamos enumerar algunos de los rasgos más relevantes del relato de viajes como tal: descripción y exaltación del viaje; presencia de un narrador intradiegético (el narrador es el viajero); construcción a modo de historia literaria con figuras, espacio y tiempo; extensión larga a partir de descripciones y comentarios (procedentes de personas, lugares y paisajes); elección de la prosa y de la primera o la tercera persona del singular para facilitar el fin pedagógico del relato, si bien pueden emplearse ciertas estrategias persuasivas destinadas a emocionar o a deleitar a los lectores. La confluencia de todos estos rasgos permite que el objetivo último del relato de viaje sea el de “conocer al otro y a lo otro y conocerse a sí mismo. Por consiguiente, el modo de evocar el mundo posible en el relato de viaje oscila entre el afán autobiográfico y el de hacer historiografía” 16 . La literatura de viajes decimonónica, adscrita fundamentalmente al movimiento romántico, deriva en la segunda mitad del siglo hacia una tipología que vino a denominarse como “paseo literario”. Para González Troyano, este nuevo enfoque puede definirse como una “desviación del libro de viajes originada para dar cuenta de un objetivo y de un horizonte más bien cercano, limitado y familiar para el narrador” 17 . La adopción de la perspectiva renovada del narrador en este tipo de relato nació como producto de la voluntad surgida por su condición de paseante (flâneur), esto es, de una “mirada de complicidad orientaba sus pasos de manera selectiva, para reencontrar sólo aquello que le permitía plantear unos itinerarios acordes con la imagen que, a través del paseo, quería hallar y ofrecer” 18 . El desplazamiento resultante de esa mirada no cumplía con un recorrido prefijado, sino que se basaba en la superposición de diferentes coordenadas espacio-temporales, de modo que las plazas, las calles o todos aquellos edificios en los que decidía detenerse le interesaban en la medida en que las causas que los sustentaban o su relación con determinados mecanismos sociales y hechos históricos constituían “una referencia alegórica, que se permitía también enfocar lo que ocultaban las paredes de las casas, adentrarse en la intimidad y hacer públicas algunas de sus costumbres”19. A estos efectos, podría afirmarse que Galdós pertenece a quienes sienten interés por incluir, en su reflexión, ese conocimiento del alma de las gentes de los lugares que visita. Nunca se comporta como el simple turista de la epidermis de la piedra sino como el documentado viajero que ha repasado la historia del lugar, las características de la geografía y la forma de vivir de las gentes y, sobre todo, su literatura culta y popular20.
Sea un relato de viaje o un paseo literario, Excursión a Portugal se encuentra en consonancia con la crónica periodística de corte costumbrista, circunstancia que, sin duda, motivó su publicación en el ya aludido diario La Prensa de Buenos Aires. Ambas cartas gozaron de escasa fortuna editorial. Los lectores españoles no tuvieron la oportunidad de conocerlas hasta 1897, año en el que fueron divulgadas junto a La Casa de Shakespeare y De vuelta a Italia dentro de la colección Diamante de Antonio López Librero. Veinticinco años más tarde, Alberto Ghiraldo las incluyó en el noveno volumen de las obras inéditas galdosianos, intitulado Viajes y fantasías (Madrid: Renacimiento, 1923), donde conviven con otra crónica turística mayor, Excursión a Italia, o relatos cortos de ficción como “La mujer del filósofo” o “¿Dónde está mi cabeza?”. Recientemente, en el año 2012, las dos misivas también han sido editadas por Germán Gullón en el volumen Viajes de un desmemoriado (Ediciones Evohé), encargado de recopilar la totalidad de los relatos del viajero Galdós.
Tras todas estas consideraciones previas —imprescindibles para comprender el contexto en el que se gestan las misivas de tema portugués—, es hora de entrar en materia. La “Carta primera” de esta Excursión, en la que figura como fecha de encabezamiento el 28 de mayo de 1885, aborda tres aspectos de relevancia indiscutible para el conjunto del relato: la pertinencia de la línea de ferrocarril Madrid-Cáceres-Portugal (cuya inauguración supone el inicio de una nueva etapa en las relaciones comerciales y afectivas de los dos reinos), el cuadro de ambientes de la capital portuguesa y sus habitantes y, por último, el análisis de las relaciones políticas, culturales y económicas desde un enfoque historicista y heredero de los planteamientos de Oliveira Martins. La fragmentación tripartita del discurso de esta carta inaugural no impide, sin embargo, que el atento lector detecte sin esfuerzo la estructura circular del mismo: tanto al principio —de manera velada— como al final, el excursionista apela al hermanamiento de las dos nacionalidades en aras del beneficio económico e internacional. Así las cosas, antes de acometer la descripción y las virtudes del medio ferroviario, el texto se inicia condenando el mutuo desconocimiento entre españoles y portugueses, quienes «hemos sido dos vecinos de una misma casa, separados por un tabique, y bastante huraños ambos para no cambiar una visita ni siquiera un saludo»21. Pese a que en las primeras líneas del relato Galdós recrimina esa actitud indiferente a los ciudadanos de ambos países, pronto asigna a la nación lusa un porcentaje de responsabilidad muy superior, dada su «altiva independencia» y su «susceptibilidad nacional». Estas dos atribuciones al carácter luso invalidan cualquier tentativa de acercamiento española, pues, para Galdós, la proporción es clara: «por cada lisbonense que va a Madrid, creo que vienen cinco madrileños a Lisboa. Oporto es residencia de verano para muchísimas familias españolas, mientras que jamás se ve un solo lusitano en nuestras playas balnearias del Cantábrico»22. Los elogios a la modernización y a la comodidad de la nueva línea Madrid-Cáceres-Lisboa frente a la primitiva línea de Badajoz modifican la perspectiva del pasajero canario, quien, una vez fascinado por la privilegiada situación geográfica de la ciudad, «edificada sobre colinas a la margen derecha del tajo», eleva la belleza de la capital lusa por encima de la de otros enclaves de la magnificencia de Nápoles o Constantinopla. Desde ese momento, la comparación con la otra capital ibérica es un recurso constante a lo largo del relato epistolar: Lisboa es una urbe mucho más pintoresca, limpia y segura que Madrid (como se desprende de la higiene de las vías y de los jardines públicos, de la eficacia de la policía urbana o del civismo de los vehículos).
El siguiente aspecto que impresiona notablemente a Galdós es el comedimiento público de las clases populares: frente al ambiente bullicioso y jovial de los barrios madrileños, nuestro escritor se sorprende de no haber presenciado «borracheras, riñas ni ninguna clase de pendencias» tan habituales en la capital de España23. Si bien dicha formalidad y discreción habrían de ser adoptadas por los españoles en determinados contextos, para Galdós los portugueses de las clases bajas resultan «excesivamente pacíficos, sobrios, morigerados y desprovistos de imaginación», en suma, «raza laboriosa y honrada, pero triste»24. De esta suerte, la conciliación ibérica ideal sería la de un pueblo que aunara la estrepitosa alegría andaluza con los apacibles modales y el reposo espiritual del lisboeta. Además de la prudencia e introversión, otro rasgo que Galdós observa en el carácter portugués es la humildad. La modestia de los lusos es análoga a la de las fachadas de los edificios religiosos diseñados por Pombal, de tendencia barroca pero desprovistos del ornato y la suntuosidad de los templos españoles (a excepción del monasterio de Belem). Las divergencias expuestas entre las iglesias de los dos países vecinos se podría equiparar, por tanto, al temperamento de sus habitantes: así, si la apariencia exterior no alcanza el suficiente atractivo a causa de su moderación y sencillez, su interior goza de una pulcritud y un orden que invitan a la cómoda oración de los feligreses, menos preocupados que sus vecinos españoles por rodearse de una opulencia inexistente. La arquitectura religiosa lisbonense —cuyas construcciones, en lo interior, «tienen más semejanzas con los templos protestantes que con nuestros venerables monumentos católicos»— es tan solo una representación más de esa sociedad desprovista de los delirios de grandeza que acuciaban a las familias de las clases medias españolas:
El aspecto de las tiendas y lo que se ve en los paseos públicos y calles principales, demuestra que el demonio del lujo no ha plantado sus reales en esta dichosa ciudad del Tajo. Visten las señoras con discreta modestia; disfrutan las familias lo que poseen y no hay aquí el diabólico afán de aparentar una posición superior a la que se tiene. Todo indica que en Lisboa no existen los despilfarros que entre nosotros son cosa corriente: las tiendas lo declaran. En este aspecto, Lisboa no tiene comparación con Madrid o Barcelona25.
Tras anotar todas estas cualidades positivas de la ciudad, el paseante recupera el tono crítico del principio. La pobreza económica del país queda reflejada tanto en la Lisboa de Pombal como en la marina portuguesa, completamente inútil en un estado arruinado que, como España, no ha sabido sobreponerse con dignidad a un pasado militar glorioso. No obstante, la situación de la nación lusa es más apurada si cabe, puesto que su deuda pública y los excesivos gastos de representación institucional (con una monarquía parlamentaria y un gobierno formado por siete ministros y sus correspondientes oficinas y dependencias) resultan inasumibles para sus apenas cinco millones de habitantes. De ahí que la solución deseable para don Benito no sea otra que una alianza hispanoportuguesa en materia económica, destinada a reducir los presupuestos mediante la repartición de los gastos, las instituciones y los cuerpos militares, aunque respetando siempre la independencia política de los dos reinos. Pero todo esto, como ya se apuntó al inicio de la carta, es «un sueño, un delirio» debido a la soberbia de los lusos a la hora de aceptar cualquier tipo de ayuda procedente de España, y es que «el solo anuncio de semejante idea hace temblar de indignación a los susceptibles portugueses26»27. Sea como fuere, el canario no renuncia a su proyecto iberista y cierra la misiva lanzando un mensaje cargado de esperanza y optimismo: «Mas como la verdad se impone al fin, vendrán tiempos en que los dos pueblos hermanos encuentren una fórmula para constituirse en hermoso y soberano grupo, el cual tendrá la fuerza que ninguna de las dos nacionalidades separadas obtendrá jamás»28.
La «Carta segunda», en cambio, nos muestra a un turista encandilado por la conjunción de historia, interés monumental, vistas panorámicas de ensueño y vegetación espléndida presente en Sintra. Galdós abandona cualquier atisbo de recelo para dejarse maravillar por el castillo da Pena y sus jardines, ubicados «a cinco leguas de Lisboa, en terreno accidentado, al pie de una ingente y riscosa sierra poblada de agrestes pinos»29. Todo allí es sinónimo de perfección: desde el sinuoso y ascendiente camino que da acceso a las dependencias reales hasta el cuidado de los parques (“el arte de la jardinería ha alcanzado en el parque real de Cintra su más alto grado”) o los “burrinhos” (encargados de trasladar a los excursionistas hacia la cumbre del recinto), a los que califica de “los animales más mansos, más valientes y más bien educados que he visto en mi vida” 30 —correlato, una vez más, del temperamento portugués—. El recurso de la comparación, predominante en el primer texto, se sustituye aquí por la tendencia hiperbólica a fin de enfatizar la belleza de un lugar tan extraordinario, así como la elocución argumentativa se torna en un lirismo descriptivo mediante el cual el narrador trata de exteriorizar las intensas emociones que el paisaje le produce con el ánimo de contagiar de las mismas a sus destinatarios. Sin embargo, Galdós se encuentra ante una difícil labor: a su juicio, ni tan siquiera Camoes o Byron, los grandes vates de Cintra, han sido capaces de expresar aquel encanto inefable. Por todas esas razones y muchas más, «se entra en Cintra con delicia, se sale con tristeza y haciendo propósito de volver lo más pronto posible»31.
Mucho más sucinta es la descripción de la estancia en Coimbra, población identificada por su célebre universidad y equiparable a otros centros europeos del saber como Salamanca, Alcalá de Henares, Bolonia, Heidelberg u Oxford. Nuestro viajero se excusa alegando que «obligado, contra mi voluntad, a no detenerme en ella sino breves horas, apenas puedo formar idea de su apiñado caserío, de sus tortuosas y costaneras calles, de su catedral románica […]»32. Por el contrario, dedica una descripción mucho más amplia a Oporto, segunda capital del país y un tanto desmerecida, al igual que Lisboa, por su pobreza arquitectónica, sus intransitables cuestas o su puerto insuficiente — teniendo en cuenta la extensión e importancia internacional de la gran urbe lusa—. No es Oporto, como Sintra, un lugar genuino: su aspecto evoca en el extranjero el de otras ciudades como Burdeos o Amberes y su pueblo enérgico y comerciante halla el equivalente en barceloneses y bilbaínos. Fuera de ahí, Oporto aventaja al resto de ciudades europeas gracias a la calidad de sus hoteles y, sobre todo, a un privilegiado emplazamiento en las riberas del Duero, lo que le permite disfrutar de una «verdadera maravilla»: «el soberbio, arrogante y sólido puente sobre el Duero, por el cual pasa el ferrocarril a vertiginosa altura»33. Galdós finaliza esta segunda carta traspasando la frontera entre el norte de Portugal y España, esto es, en la provincia de Pontevedra, donde conoce las rías de Vigo para emprender, desde allí, el viaje de regreso a la capital española.
En definitiva, la revisión de este diario de viaje proporciona al lector actual la posibilidad de comprender las claves del iberismo español decimonónico a través de la mirada insular de Benito Pérez Galdós, quienapuesta en este texto —en el que se dan cita las luces y las sombras de la identidad lusitana— por una coalición peninsular capaz de afrontar los desafíos procedentes del norte de Europa. Lejos de estrategias colonialistas, paternalismos o conservadurismos, quedémonos con esta tentativa galdosiana de acercamiento entre dos pueblos hermanos. Y, para ello, nada mejor que recuperar el párrafo inicial de esa Excusión con la que el viajero traspasa las fronteras hispanolusas:
De algún tiempo a esta parte es cosa corriente entre nosotros el interesarnos por todo lo que a Portugal se refiere. Nos espantamos de la escasez de relaciones que entre este reino y el nuestro existen, y no acertamos a comprender esta inmensa distancia moral, intelectual y mercantil que nos separa. Vivimos en un mismo suelo y bajo un mismo clima; nuestros ríos son sus ríos; nuestras lenguas son semejantes, y, sin embargo, entre Portugal y España hay una barrera infranqueable34.
Notas
1 Pérez Galdós (2016), p. 114.
2 Pérez Galdós (2016), p. 122.
3 Ortiz-Armengol (2000), p. 233.
4 Pérez Galdós (2004), p. 39.
5 En el verano de 1867, esto es, coincidiendo con la celebración de la Exposición Universal, el canario viaja a París en compañía de su hermana Carmen, su cuñado (José María Hermenegildo Hurtado de Mendoza) y su sobrino de diez años (José Hurtado). Ortiz-Armengol (2000), pp. 101-103.
6 Galdós conoció el país anglosajón de la mano de otro gran amigo, José Alcalá Galiano, cuando este era cónsul de España en Newcastle.
7 A raíz de su peregrinación por ciudades italianas como Roma, Verona, Venecia, Florencia, Padua, Bolonia, Nápoles y Pompeya, Galdós se decidió a plasmar sus impresiones acerca del arte, la historia o la cultura del país mediterráneo en la crónica de viaje titulada De vuelta de Italia, la cual se publicó en un primer momento, al igual que el Viaje a Portugal que nos ocupa, en el diario argentino La Prensa.
8 De nuevo, el canario elige la compañía de Pepe Galiano para emprender, desde Newcastle, un viaje por el corazón de Europa con paradas en Ámsterdam, Berlín, Copenhague y Hamburgo. Ya en solitario y otra vez con Newcastle como punto de partida, Benito se traslada hasta Edimburgo y desde allí parte hacia Birmingham y la casa de Shakespeare (situada en la aldea británica de Stratford Upon Avon). Para regresar a Madrid, pasa otra vez por Londres y atraviesa toda Francia haciendo parada en Dover, Calais, París o Burdeos. Pérez Galdós (2004), pp. 45-49.
9 Piper (1973), pp. 79-87.
10 Piper (1973), p. 84.
11 Cuenca Toribio (2003), p. 730.
12 González Martel (2010), pp. 40-58.
13 Pérez Galdós (2004), pp. 38-39.
14 Mora García (2013), p. 701.
15 Mora García (2013), p. 701.
16 Spang (2008), p. 28.
17 González Troyano (2005), p. 153.
18 González Troyano (2005), p. 154.
19 González Troyano (2005), p. 155.
20 Mora García (2013), p. 704.
21 Pérez Galdós (1897), p. 12.
22 Pérez Galdós (1897), p. 13.
23 Pérez Galdós (1897), p. 18.
24 Pérez Galdós (1897), p. 19.
25 Pérez Galdós (1897), p. 20.
26 Galdós retoma este argumento en la carta de tema portugués publicada el 6 de noviembre de 1890, expresándose en los siguientes términos: “Portugal ha rechazado siempre la única solución posible para los problemas que bien podrían llamarse de existencia, la alianza sincera con España. Su debilidad es mayor cada día, y sus quebrantos y pérdidas de territorio van en aumento. A pesar de esto, los portugueses no aprenden, y cuando se les habla de concertar con España su sistema de mutua defensa, ponen el grito en el cielo. Durante muchos años ha sido Inglaterra para la cancillería portuguesa la fiel aliada. Viendo estamos los resultados de esta fidelidad que concluirá por dejar a la patria de Camoens en los puros huesos”. Pérez Galdós (1973), p. 416. La animadversión de los lusitanos hacia Castilla parece tener una fuerte raigambre histórica a juzgar por las constantes tensiones políticas, dinásticas y territoriales de ambos reinos durante los siglos XVI y XVII.
27 Pérez Galdós (1897), p. 28.
28 Pérez Galdós (1897), p. 28.
29 Pérez Galdós (1897), p. 30.
30 Pérez Galdós (1897), p. 32.
31 Pérez Galdós (1897), p. 36.
32 Pérez Galdós (1897), p. 37-
Bibliografía
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