
Gloria Sánchez
Hay frases que no describen una intención: la inauguran. “Por las buenas o por las malas” no es solo un exabrupto; es un programa. Y cuando lo pronuncia el presidente de la potencia que, para bien y para mal, ha sostenido el andamiaje del orden internacional de posguerra, la frase suena menos a bravuconada y más a aviso de demolición. EL PAÍS lo contaba hoy en clave casi de manual: escenarios de la compra al golpe, del acuerdo al hecho consumado, todos en torno a la misma idea —Groenlandia como pieza estratégica en un tablero ártico donde se mezclan minerales, rutas y defensa—. (El País)
Lo relevante no es únicamente Groenlandia. Lo relevante es la sustitución del lenguaje del derecho por el lenguaje de la propiedad: “hay que ser propietario”, “lo necesitamos para disuadir a Rusia y China”… Esa lógica aparece también en las crónicas de Reuters: no se debate un pacto, se plantea la adquisición; no se discute un interés, se reivindica un título. (Reuters) Es la misma gramática que Luigi Ferrajoli advertía estos días: sin reacción institucional, lo que llamábamos “derecho internacional” se vuelve un decorado, un telón de fondo para que actúe la ley del más fuerte. (El País)
“Por las buenas o por las malas”: cuando la política deja de fingir que respeta las reglas

Y entonces ocurre lo más peligroso: nos habituamos. Europa, dice EL PAÍS, trabaja en una “estrategia de resistencia” ante un mundo de “predadores”, asediada y sin aliados claros. (El País) La palabra “predador” tiene algo de diagnóstico clínico: describe una conducta y, sobre todo, sugiere que no se frena con apelaciones morales. Un predador se frena con costes, con disuasión y con cohesión interna. Pero la cohesión europea es frágil por naturaleza: exige acuerdos lentos, unanimidades imposibles, políticas que a veces llegan después de que la noticia haya cambiado de titular.
Aquí es donde el cinismo se vuelve tentación: “esto siempre ha sido así”, “la fuerza manda”, “el derecho es para los débiles”. La trampa está en la comodidad de esa frase. Porque si el derecho internacional “solo” era una fachada, ¿por qué quienes lo violan se molestan en justificarlo? ¿Por qué invocan acuerdos de seguridad, amenazas externas o precedentes históricos? Precisamente porque el derecho, aunque imperfecto, es todavía una fuente de legitimidad. El problema es que la legitimidad se erosiona cuando no se defiende.
Mientras tanto, en otro lado del mismo paisaje de 2026, las empresas se abrazan a la IA sin saber qué hacer con ella. (El País) Parece un tema distinto, pero comparte estructura: todo el mundo habla del futuro; pocos construyen capacidad real. Con Europa pasa algo parecido: se declama soberanía estratégica, pero cuesta traducirlo en músculo defensivo, cadena industrial, autonomía energética y una diplomacia capaz de imponer consecuencias. Si no hay capacidad, la “resistencia” se queda en un eslogan bonito.
La cuestión de Groenlandia —y el modo en que se formula— debería leerse como lo que es: una prueba de estrés del sistema. No porque vaya a haber desembarcos mañana (nadie serio puede predecir eso), sino porque normaliza la idea de que las fronteras y las soberanías son negociables por presión. Y cuando esa norma se instala, otros actores —con otras geografías, otras minorías, otras islas— toman nota.
¿Qué toca, entonces? Menos retórica y más arquitectura:
- Europa: una respuesta que no dependa solo de indignación episódica. Un paquete coherente de disuasión (militar y económica), coordinación política real y una voz única que no se deshaga al primer veto. (El País)
- Los aliados: recordar que las alianzas no son solo presupuestos de defensa; son compromisos sobre límites. Si todo se reduce a “interés nacional”, entonces ya no hay alianza: hay alquiler. (Reuters)
- La ciudadanía: exigir menos espectáculo y más resultados. Porque la frase “por las buenas o por las malas” prospera donde el público se resigna a que la política es puro show.
El mundo no se desordena de golpe. Se desordena cuando dejamos pasar una frase, luego otra, luego una excepción “estratégica”, y un día nos preguntamos por qué ya no quedan reglas. La respuesta suele ser incómoda: porque nadie pagó el coste de defenderlas.















