Libros de regalo e ingratos

Rosa Amor del Olmo

Hablar de libros siendo escritor no tiene nada de extraordinario; siendo editor, menos todavía. Es el monotema de cada día, la conversación casi obligatoria. ¿Qué cambia hoy? Nada, salvo que he llegado a una conclusión tajante: los libros no se deben regalar jamás. Sí, así, sin anestesia. Y voy a explicar por qué. Si el paciente lector me concede unos minutos, terminará poniéndose de mi lado. Conviene, además, estar del lado del escritor, por si acaso. Ya se sabe lo peligrosos que podemos llegar a ser cuando vamos con la pluma —o la espada— en ristre.

Desde la adolescencia tuve la absurda vocación de querer que la gente leyera. Era un impulso propio de soñadores, idealistas y demás especies en peligro de extinción. Qué ingenuidad: culturizar al mundo. Pues no; que les den tila al mundo entero. Y casi mejor cuanto más ignorantes, porque a veces una se ahorra disgustos. Pero lo cierto es que, en aquellos años, a una amiga que estudiaba Filología y era de Casablanca le presté un buen montón de libros de nuestra literatura clásica, en un gesto sin duda quijotesco y algo patriótico: quería reivindicar el teatro del Siglo de Oro, los autores canónicos y también la mejor crítica filológica. Algunos de aquellos volúmenes eran de Taurus, magníficas ediciones hoy descatalogadas, imposibles de encontrar salvo en bibliotecas. Pues bien: la amiga huyó de la Universidad de Granada, regresó a su tierra y jamás devolvió los libros a esta imbécil que escribe, que se dejó engañar como una bendita. Calzoncillina, que es una.

Mi primera publicación seria apareció en una editorial de Santander, y cualquiera puede imaginar la alegría que eso supone. Cometí entonces otro error: enviar ejemplares de regalo a algunos profesores y a algún amigo al que yo tenía por intelectual, para que lo leyera. Los que uno considera intelectuales, por lo general, no lo son. Ya sé que no era un best seller ni un libro de chistes, pero eso da igual. La gente no lee, salvo que tenga un interés muy concreto y casi siempre utilitario. Con los libros de crítica literaria y textual, además, conviene andarse con cuidado: abundan los copiotas. Esos sí los leen, claro, pero para aprovechar ideas ajenas como si fueran propias. De esto ya he hablado en otra parte, y a estas alturas hasta me divierte. Sé perfectamente quién copia, quién sigue mis pasos como investigadora y quién reutiliza sin citar hallazgos que no son suyos. Podría desenmascararlos, y quizá algún día lo haga. En el fondo, que te copien también significa que no has pasado inadvertida.

Hace diez años éramos dos o tres en el mundo dedicados al teatro de Galdós; particularmente yo, que le dediqué una tesis doctoral. Ahora el campo se ha animado y proliferan los eruditos de nuevo cuño, muchos de ellos empeñados en editar y pontificar sobre el teatro galdosiano sin saber muy bien de qué hablan. Pero no hay que temer nada. También eso demuestra que las ideas, cuando son buenas, no caen en saco roto. Lo que sí molesta un poco es el gesto ingrato: usan tu trabajo, aprovechan tus intuiciones, se apoyan en tus libros, pero jamás dicen que tal idea estaba ya en tal página, en tal año, en tal editorial. No. Silencio. La ingratitud académica tiene mucha tradición.

Cuando una logra publicar en una editorial seria sin deberle el favor a nadie, sin contactos políticos ni padrinos, simplemente por filóloga y estudiosa, ha puesto una pica en Flandes. En mi caso ocurrió con Anaya. De esa casa apenas he regalado libros, entre otras cosas porque no me da la gana y porque, además, al autor le dan poquísimos ejemplares. Pero la editorial, como hacen tantas, envía títulos a personalidades del mundo literario o a especialistas a quienes puede interesarles. Y los reciben, vaya si los reciben. Ahora bien: ni una palabra. Ni un gracias, ni un recibido, ni un me ha llegado, ni un ya te diré. Nada. Como el libro les ha salido gratis, no le conceden valor alguno. Si se hubieran gastado los machacantes, lo apreciarían mucho más. De eso no tengo duda.

La situación se ha agravado desde que, además de escribir, me dedico a editar. Tener una editorial empeora el diagnóstico. Te piden libros por compasión, por interés, por oportunismo o por puro vicio. A veces accedes porque piensas que así conocerán mejor a un autor. Otras, porque se trata de un libro de creación y crees que puede servir para darte a conocer. En ocasiones, porque supones que el destinatario vive lejos y no lo encontrará fácilmente. O porque quieres tener un detalle. Y qué mejor detalle que un libro. Pues no: error. Grave error.

Los libros no se deben regalar porque, cuando la gente no paga por ellos, no los valora. Así de sencillo. Lo mínimo que una espera es un gesto: unas gracias, una señal de vida, un acuse de recibo. No exijo una reseña, ni una tesis, ni una exégesis del volumen. Pero algo. Un libro no llega solo; alguien lo ha pensado, escrito, editado, embalado y enviado. Lleva trabajo, tiempo y dinero. Ser maleducado con el arte ajeno es casi un delito. Y la ingratitud, en materia de libros, roza lo obsceno.

Si el libro es de otro autor editado por ti, todavía puedes consolarte: al menos el examen moral no es directo. Pero cuando regalas un libro escrito por ti misma a alguien que además es amigo, la cosa empeora. Porque entonces el destinatario no solo recibe un objeto: recibe horas de tu vida, tu inteligencia, tus obsesiones, tus años. Y lo peor de tener un amigo escritor que te regala su libro y al que vas a volver a ver es precisamente eso: que tienes deberes, amiguito. Tendrás que leerlo, o al menos fingir con algo de decencia. Y esa obligación mínima, en este país tan dado a la desidia, parece ya una heroicidad.

Por eso lo tengo cada vez más claro: no se regalan libros. Se venden, se compran, se agradecen y, con un poco de suerte, se leen. Todo lo demás pertenece al viejo reino de los ingenuos, donde una ha vivido demasiado tiempo.

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    One thought on “Libros de regalo e ingratos

    1. Buenas tardes estimada escritora Rosa Amor del Olmo,
      Bonito es el dicho: «Quien presta un libro a un amigo pierde el libro y el amigo».

      Ahora permítame compartir con Ud un proyecto de publicación. Yo no sabia que tenía Ud una Editorial. Ahmed Marradi y yo hemos comentado tus asiduos y valiosos trabajos. Ya le entregué un proyecto de traducción al árabe de la poesías española de tendencia mística (siglos XVI-XX) bajo el título «Presencia del alma en la poesía española». El señor Marrado me prometió publicarlo antes de la próxima feria del libro por el mes de mayo y quisiera solicitarle a Ud le hicieras un prólogo en lengua española.
      Un cordial saludo

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