Lecturas de verano

Juan Antonio Tirado

Probablemente, los libros y el sexo están sobrevalorados. Del sexo, a ciertas alturas de la biografía y la biología no hablamos, o hablamos mucho, para no tener que entrar en materia. O si entramos en cuestión, hacemos bien en ser discretos. Pero lo de los libros es otro asunto, un vicio que pasa por virtud, un agarradero de quienes en nuestra juventud lozana y remota aprendimos que ellos encerraban el secreto de la vida. O eso nos dijeron, o nos hicieron creer. Y muchos lo creímos. De manera que empezamos a desflorar libros, a digerir historias y metáforas, a deslumbrarnos con el señorío de las palabras, a destripar crímenes, a perseguir enigmas, a dejarnos atrapar por los misterios de la letra impresa. Algunos se convirtieron en coleccionistas de lecturas, en la idea de que más es mejor.

Imagen de Pezibear 

Una noche, en los años cuarenta, se dilucidaba en una tertulia de un conocido café madrileño sobre si en España, en aquella España, se jodía poco o mucho. En estas se levantó de su silla el escritor César González Ruano y sentenció con voz profunda y tajante: “Señores, en este país no es que se folle poco, es que siempre follamos los mismos”. Quizá en este país no se lea mucho, pero los que leemos, los mismos, lo hacemos a manos llenas. De manera que los que pertenecen a mi cofradía, cuando se van de veraneo siempre lo hacen con un generoso plan de lecturas en marcha, con una maleta llena de libros ,o un e-book  centenario en títulos. Por lo general, se lee menos de lo que se lleva, pero suele consumirse mucha palabra impresa. Yo, desde hace años, acostumbraba a leerme algún libro de Pío Baroja en vacaciones. Baroja es un valor seguro. Este verano también me he llevado mi Baroja, pero fuese por lo que fuere, ha regresado intacto. Por el contrario, he leído con gusto sostenido un libro de artículos de Josep Pla, que es otro de mis autores favoritos. Humor honesto y vago se titula la cosa del catalán cascarrabias e industrioso de talento, al que el lector inteligente se acerca sabiendo que pertenece a otra glaciación social y política y el lector idiota hará bien en no acercarse. Así, por ejemplo, el machismo de Pla es tan evidente, como lo era el del propio Baroja, el de Camba, el de Cela, el de Jardiel Poncela o el de Valle-Inclán, de manera que una de dos, como cantaría Aute, o me llevo a ese escritor, con todas sus peculiaridades, a mi terreno y a mi siglo, o no hay manera de organizarse. El libro, con todo, da para mucho, y parte ya de una idea delicada y sutilmente humorística. “En realidad, hace muy poco tiempo que me enteré de que era un humorista- escribe Pla-. Fue a primeros de mayo de este año. Me lo dijeron unos amigos de confianza y pusieron en sus palabras una tal seriedad, que me lo creí en el acto. La pequeña tragedia del humorista consiste en no poder dar importancia más que a las cosas serias y graves. Mi candor ha sido siempre, además, muy grande. Después todo ha sido coser y cantar. A medida que he ido escribiendo, mi humorismo se ha ido afianzando y consolidando.

“¿Ve usted, querido amigo? –me dice ahora la gente-. ¿Ve usted? Ya le decíamos que era usted un humorista. Nuestras previsiones se han plenamente confirmado…”.

El humorista Pla escribe, en este libro pequeño y chispeante: “Para algunos, pocos, el matrimonio es la auténtica felicidad. Para la inmensa mayoría, es una irreparable catástrofe. Aquí no hay términos medios: o todo o nada. (…) ¿En qué consiste un matrimonio feliz? ¿Sobre qué bases está construido? Yo conozco y trato a dos o tres matrimonios felices y me gusta observar lo que en ellos sucede. Me acerco a ellos con la misma objetiva curiosidad, con el mismo desapasionamiento que puede tener el naturalista ante una pareja de insectos irisados”. Si me permiten una recomendación planiana, no se pierdan el A fondo que en su día le dedicó Joaquín Soler Serrano al escritor catalán en TVE. Es una auténtica joya.

En fin, dilucidando sobre lecturas, para entretener el verano o para sofocar el risible estrés postvacacional, o, mejor, a propósito de lectores, a mi entender existen dos tipos básicos: el que busca el tiempo perdido y el que aspira a matar el tiempo. El primero rastrea en los libros apuntes, sobreentendidos, coincidencias que le ayuden a poner un cierto orden teórico en el caos práctico que es cualquier existencia. El segundo desea lo contrario: evadirse de su propia realidad, escudriñar entre las páginas literarias historias que le permitan olvidarse de sí mismo por un rato. No están dibujadas las fronteras de ambos tipos de lectores, pero por resumirlo con cierto esquematismo, el lector que busca el tiempo perdido se asoma a la literatura por ver si en ella encuentra lo que no tiene o no le satisface de la vida, en tanto que el que pretende matar el tiempo no quiere otra cosa que olvidarse durante unas horas de su propia rutina. Aunque pudiera llevar a engaño, son posturas muy diferentes: el lector de Proust alberga la esperanza de que la literatura sea más rica que la vida, el lector de Agatha Christie no milita en existencialismo alguno y su afán es entretenerse. Claro está que, a ninguno de los dos contenta del todo la vida, porque eso no está en nuestra naturaleza de seres en el tiempo. Por lo demás, no hay compartimentos estancos, el lector de Proust puede disfrutar también con la novela de Agatha, aunque el lector típico de la escritora inglesa no creo que tenga el menor interés en acercarse al autor francés.

Agatha Christie se casó, en segundas nupcias, con un arqueólogo catorce años más joven que ella, con el que vivió un matrimonio largo y feliz, de esos que tan raros resultaban a Pla. A la escritora le gustaba decir, con un admirable humor a lo Pla, que la decisión más acertada de su vida había sido casarse con un arqueólogo, porque era el único hombre que la miraría con más atención a medida que fuera envejeciendo.

  • Related Posts

    El 14 de abril hizo bien en atreverse

    Hay fechas que no se recuerdan: se discuten. El 14 de abril es una de ellas. Porque no fue un cambio de gobierno, ni una simple alternancia, ni una corrección menor del rumbo. Fue una impugnación completa de una España…

    Galdós y Unamuno: dos miradas para entender España

    Rosa Amor del Olmo Benito Pérez Galdós y Miguel de Unamuno son dos autores fundamentales de la literatura española, y aunque pertenecen a momentos y sensibilidades distintas, existe entre ellos una relación muy profunda. Ambos escribieron desde una preocupación común:…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    ARTÍCULOS

    Fernando de los Ríos: intelectuales y obreros

    Fernando de los Ríos: intelectuales y obreros

    Principios socialistas en la educación en la Segunda República

    Principios socialistas en la educación en la Segunda República

    Catedráticos depurados por el franquismo

    Catedráticos depurados por el franquismo

    La Sociedad Fabiana

    La Sociedad Fabiana

    La literatura y la historia para el escolar español en el primer franquismo

    La literatura y la historia para el escolar español en el primer franquismo

    Sobre ‘Discursos leídos ante la Real Academia Española’ en la recepción pública del Sr. don Benito Pérez Galdós

    Sobre ‘Discursos leídos ante la Real Academia Española’ en la recepción pública del Sr. don Benito Pérez Galdós

    Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania

    Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania

    El abolicionismo en Norteamérica en el siglo XVIII

    El abolicionismo en Norteamérica en el siglo XVIII

    Las princesas en la Cataluña de la Alta Edad Media

    Las princesas en la Cataluña de la Alta Edad Media

    Los socialistas ante la gripe de 1918

    Los socialistas ante la gripe de 1918

    La dimensión social del tifus en el Madrid de 1899

    La dimensión social del tifus en el Madrid de 1899

    Las mujeres en la literatura: de la voz silenciada a la escritura como conquista

    Las mujeres en la literatura: de la voz silenciada a la escritura como conquista