
Rosa Amor del Olmo
Relato bíblico y contexto narrativo en los Evangelios sinópticos
La Transfiguración de Jesús es un episodio narrado en los tres Evangelios sinópticos (Mateo 17,1-9; Marcos 9,2-8; Lucas 9,28-36). Según el relato evangélico, Jesús tomó consigo a tres de sus discípulos predilectos –Pedro, Santiago y Juan– y subió con ellos a un monte elevado para orar. Allí, ante sus ojos, Jesús se transfiguró: la apariencia de su rostro cambió y sus vestiduras se volvieron resplandecientes, de una blancura deslumbrante, brillando con una luz celestial (conocida en la tradición oriental como luz tabórica). En ese momento aparecieron a su lado los antiguos profetas Moisés y Elías, conversando con Jesús sobre la “muerte que iba a cumplir en Jerusalén” (es decir, su próxima pasión). Los discípulos quedaron atónitos ante la visión gloriosa. Pedro, desconcertado, propuso erigir tres tiendas para prolongar aquel momento (mostrando su deseo de retener la gloria manifestada). De pronto, una nube luminosa (símbolo de la presencia divina) los envolvió, y desde la nube se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo”. Al oír la voz de Dios Padre, los discípulos cayeron rostro en tierra, sobrecogidos. Después, al disiparse la visión, vieron nuevamente a Jesús solo, en su apariencia habitual, y Él les pidió que no contaran a nadie lo visto hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos (anticipando así el vínculo de este evento con la Resurrección).
Este pasaje se ubica después de un momento crucial en el ministerio de Jesús: ocurre pocos días después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo –cuando Pedro proclamó a Jesús como el Mesías– y tras el primer anuncio que hizo Jesús de su Pasión y Resurrección a los discípulos. Todos los sinópticos enfatizan esta secuencia temporal (“unos seis u ocho días después” de esos anuncios, según Mt 17,1; Mc 9,2; Lc 9,28), subrayando que la Transfiguración está estrechamente ligada a la revelación de la identidad mesiánica de Jesús y a la preparación de los discípulos para enfrentar la prueba de la cruz. El cuarto evangelio (Juan) no narra directamente la Transfiguración, aunque algunos comentaristas ven una alusión en frases como “hemos contemplado su gloria, gloria como del Unigénito del Padre” (Jn 1,14). Asimismo, en una de sus epístolas el apóstol Pedro evocaría años más tarde esta experiencia en el “monte santo”, afirmando: “fuimos testigos oculares de su majestad… pues estaba recibiendo de Dios Padre honra y gloria cuando… se dejó oír aquella voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado…’” (2 Pe 1,16-18).
Ubicación cronológica en la vida pública de Jesús

En la cronología del ministerio público de Jesús, la Transfiguración marca un punto culminante hacia el final de su actividad en Galilea. Tradicionalmente se ha situado pocas semanas o meses antes de los eventos de la Pasión. De hecho, una antiquísima tradición sostenía que este episodio ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión de Jesús, y algunas iglesias orientales llegaron a conmemorarlo precisamente cuarenta días antes del Viernes Santo. En cualquier caso, los Evangelios indican que tuvo lugar no inmediatamente antes de la Pasión, pero sí próximo al tramo final de la vida pública de Jesús. El Catecismo de la Iglesia Católica destaca este posicionamiento simbólico: “en el umbral de la vida pública [de Jesús] se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración”. Es decir, así como el Bautismo inauguró su ministerio, la Transfiguración anticipó la gloria pascual poco antes de la Pasión.
Es relevante también la ubicación geográfica: los Evangelios mencionan “un monte alto” sin especificar cuál. La tradición cristiana desde muy temprano identificó dicho monte con el Monte Tabor, en Galilea, aunque algunos estudiosos modernos han propuesto alternativas (como el Hermón). El Monte Tabor, no muy lejos de Nazaret, se erige aislado en la llanura de Esdrelón, y desde la antigüedad se le considera el “Monte de la Transfiguración”. De hecho, hay evidencia de santuarios construidos allí desde el siglo IV, y en la cima del Tabor existe hoy un santuario franciscano que conmemora este acontecimiento.
Protagonistas del episodio y elementos presentes
En la escena de la Transfiguración encontramos a Jesús como figura central, acompañado por tres apóstoles y dos grandes figuras del Antiguo Testamento, además de la manifestación audible y visible de Dios mismo:
- Jesús: Se presenta orando en la cima del monte cuando sucede la transformación de su apariencia. Su rostro brilla como el sol y sus vestiduras se tornan de un blanco deslumbrador, manifestando exteriormente la gloria divina de su ser. Según la enseñanza tradicional, en ese instante Jesús no deja de ser humano, sino que deja traslucir su divinidad ante los discípulos, dando un anticipo de su gloria resucitada. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en la Transfiguración “la gloria divina de Cristo se traslució por un momento a través de su cuerpo humano”, permitiendo a los discípulos contemplar por gracia el esplendor que Cristo posee eternamente. En otras palabras, Jesús no “se convierte” en algo que no era, sino que revela a sus íntimos lo que verdaderamente es –el Hijo glorioso de Dios– dentro de la humildad de su carne.
- Pedro, Santiago y Juan: Son los tres apóstoles elegidos por Jesús para ser testigos de este suceso único. Estos mismos tres habían estado presentes cuando Jesús resucitó a la hija de Jairo, y estarán con Él más tarde en la agonía del Huerto de Getsemaní. Su presencia subraya la importancia del hecho. Durante la Transfiguración, los discípulos aparecen primero adormecidos (Lucas menciona que “estaban rendidos de sueño”) y luego, al despertar, quedan sobrecogidos por la visión de la gloria de Cristo. El Evangelio relata que cayeron con el rostro en tierra, “llenos de temor”, ante la nube y la voz divina. Pedro, en su turbación, expresa el deseo de permanecer allí contemplando la gloria (“¡Qué bien se está aquí!”) e intenta extender la experiencia proponiendo hacer tres tiendas. Los Padres de la Iglesia vieron en esta reacción de Pedro un signo de nuestra tendencia a aferrarnos a los momentos de consuelo espiritual, aunque la misión de Jesús exigía descender del monte hacia la cruz. De hecho, la respuesta divina –la voz que manda “escuchar” a Jesús– corrige amorosamente a Pedro señalando que más importante que quedarse en la gloria momentánea es obedecer el camino señalado por el Hijo amado.
- Moisés y Elías: Son las dos figuras del Antiguo Testamento que aparecen milagrosamente al lado de Jesús transfigurado. Moisés representa la Ley (la Torá entregada en el Sinaí) y Elías representa a los Profetas; con ello, la Ley y los Profetas –las dos grandes secciones de las Escrituras hebreas– dan testimonio de Jesús. Su presencia junto a Cristo simboliza que Él es el cumplimiento de toda la revelación antigua: como Él mismo diría, “no he venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles plenitud” (Mt 5,17). Además, ambos personajes tuvieron en el Antiguo Testamento experiencias de la manifestación de Dios en la montaña: Moisés habló con Dios en el Monte Sinaí entre resplandor y nubes, y Elías escuchó la voz de Dios en el Monte Horeb envuelto en una brisa suave. Ahora, en el Monte de la Transfiguración, Moisés y Elías conversan con Jesús –según Lucas, “hablaban de su partida (éxodo) que Jesús iba a cumplir en Jerusalén”, alusión directa a su muerte redentora (Lc 9,31). Con ello, se subraya que la Pasión de Cristo estaba en continuidad con el designio divino anunciado desde antiguo. Por otro lado, la presencia de Elías también cumple la expectativa profética de que “Elías habría de volver” antes del Mesías (cf. Mal 4,5-6). De hecho, Jesús afirma después del descenso del monte que Elías ya vino en la persona de Juan el Bautista (Mt 17,10-13).
- La nube y la voz celestial: Igual que en otros momentos bíblicos (por ejemplo, en la travesía del Éxodo o en la consagración del Templo de Salomón), una nube densa simboliza la presencia de Dios. En la Transfiguración, “una nube luminosa los cubrió con su sombra” (Mt 17,5) y desde la nube se hace audible la voz de Dios Padre. Es la misma proclamación divina ocurrida en el Bautismo de Jesús en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” –añadiendo aquí la orden “¡Escúchenlo!”*. Esta voz confirma solemnemente la identidad divina de Jesús como Hijo de Dios y urge a los discípulos (y a través de ellos, a toda la Iglesia) a escuchar y obedecer sus enseñanzas. Teológicamente, en esta escena aparecen las Tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre habla desde el cielo, el Hijo es manifestado en gloria, y la tradición ha visto en la nube luminosa un símbolo del Espíritu Santo que los envuelve. De hecho, Santo Tomás de Aquino comentaba: “La Trinidad entera se manifestó: el Padre en la voz, el Hijo en su humanidad, el Espíritu Santo en la nube resplandeciente”.
En resumen, la Transfiguración reúne personajes celestiales y terrenales: el cielo desciende a la tierra por un instante. Jesús aparece como mediador entre ambas dimensiones: dialoga con los santos del Antiguo Pacto mientras sus discípulos humanos son testigos. Todo el episodio es una teofanía trinitaria y cristológica que revela a Cristo como Hijo de Dios glorioso, en continuidad con la revelación antigua pero superándola, y que prepara a los testigos para afrontar el escándalo de la cruz con la certeza de la gloria futura.
Significado simbólico y mensaje teológico del episodio
La Transfiguración de Jesús está cargada de símbolos cuya interpretación ha sido fundamental para la teología cristiana:
- La luz deslumbrante: El fulgor que emana de Cristo simboliza la gloria divina. Jesús, que hasta entonces había velado voluntariamente su dignidad divina bajo la humildad de su carne, deja que su gloria interior brille ante los discípulos. Los Padres señalaron que el verdadero milagro no fue que Jesús brillara en Tabor, sino que habitualmente contuviera ese esplendor para poder vivir entre los hombres. En términos teológicos, esta luz es una manifestación de la divinidad de Cristo –una especie de anticipo visible de la luz de la Resurrección y de la gloria celestial. En la tradición oriental, se habla de la “luz tabórica” (por el Monte Tabor) y se la identifica con la “luz increada” de Dios: no es una luz física o creada, sino el resplandor mismo de la presencia de Dios. San Juan Damasceno explicaba que Cristo “no se transfiguró tomando algo que antes no poseyera, sino que se transfiguró mostrando a los discípulos lo que Él ya era, abriéndoles los ojos para que pudieran contemplar la luz eterna de su divinidad”. Los discípulos, incapaces al principio de soportar tal luminosidad, caen despavoridos; solo “según podían soportarlo” se les concede contemplar esa claridad (como recalca la liturgia bizantina). Esta luz, interpretada en Oriente como luz divina increada, se conecta con la doctrina de la deificación (theosis): es decir, la vocación del ser humano a participar de la luz y vida divinas. La visión de la luz de Tabor prefigura la transformación que aguarda a los justos –“Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43)– y ha inspirado la espiritualidad contemplativa (por ejemplo, la práctica hesicasta en el Monte Athos busca experimentar destellos de esta luz divina mediante la oración).
- La montaña: En la Biblia, las montañas son lugares de encuentro con Dios (teofanías) –así fue en el Sinaí para Moisés, en el Carmelo y Horeb para Elías, etc. El monte alto de la Transfiguración se convierte en nuevo Sinaí donde Dios se revela, solo que ahora Cristo mismo es el centro de la manifestación divina. La montaña simboliza la altura espiritual, la elevación necesaria para la oración y la visión de Dios. Algunos autores también han visto en esta subida al monte una prefiguración de la subida al Calvario: los Evangelios colocan estos dos montes en relación, mostrando que quien contempla la gloria de Cristo en el Tabor podrá después contemplar con fe al Cristo desfigurado en la cruz. San León Magno escribe: “El principal objetivo de la Transfiguración fue apartar del corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, para que la humildad de la pasión no perturbara su fe, después de haber contemplado anticipadamente la excelencia de la gloria escondida [de Cristo]”. Así, el monte de la Transfiguración prepara al monte Calvario.
- Moisés y Elías: Como se señaló, representan la Ley y los Profetas. Su diálogo con Jesús indica que toda la antigua alianza –la revelación judía– está dialogando con Él y convergiendo en Él. La Ley mosaica y las profecías encuentran en Jesús su cumplimiento y su interpretación definitiva. Además, la presencia de estos dos testigos subraya la legitimidad y veracidad de la misión de Jesús ante los ojos de los discípulos: en la cultura judía “todo asunto queda confirmado por el testimonio de dos hombres” (cf. Dt 19,15), y aquí son nada menos que Moisés y Elías quienes atestiguan la identidad de Jesús. Su conversación sobre la “partida” (literalmente éxodo) de Jesús en Jerusalén vincula directamente la gloria de Tabor con el misterio pascual: su muerte y triunfo en la Pascua son el verdadero “éxodo” que liberará a la humanidad, prefigurado en el éxodo de Egipto conducido por Moisés.
- La nube: En la Biblia la nube espesa y luminosa es signo de la Shekináh, la presencia de la Gloria de Dios en medio de su pueblo. En el Éxodo, la nube cubría el Sinaí cuando Dios hablaba con Moisés, y una nube llenó el Tabernáculo y luego el Templo de Salomón indicando que Dios tomaba posesión. En el Tabor, la nube señala la presencia activa del Espíritu Santo que envuelve a los presentes en un halo de santidad. Los Padres comentan que los discípulos “entraron en la nube” (Lc 9,34) como señal de haber entrado en la esfera de Dios. Dentro de esa nube se oye la voz del Padre. Así, la nube en la Transfiguración, al ser descrita como “luminosa” (Mt 17,5), une ambos aspectos: oscuridad (misterio) y luz (revelación), indicando que incluso cuando Dios se revela permanece el misterio de su Majestad infinita. Teológicamente, como dijo Aquino, la nube corresponde al Espíritu Santo, que procede del Padre (la Voz) y reposa sobre el Hijo, revelándolo a los hombres.
- La voz del Padre: Declara la identidad de Jesús como Hijo amado de Dios y manda a los discípulos escucharlo. Esta proclamación divina, casi idéntica a la del Bautismo de Jesús, subraya dos cosas: la relación única de Jesús con el Padre (Hijo Unigénito, objeto del amor y complacencia del Padre) y la autoridad suprema de las palabras de Jesús, a quien debemos “escuchar”. Es como si Dios dijera: “Éste es el Profeta definitivo anunciado (cf. Dt 18,15: ‘Un profeta como Moisés… a él lo escucharán’); lo que Él diga, es mi Palabra misma”. La orden “escuchadlo” también corrige la intención de Pedro de retener a Jesús en la montaña: en lugar de eso, deben bajarla y escucharle a Él, especialmente cuando les hable del camino de la cruz.
- Las tiendas que propone Pedro: Pedro ofrece hacer tres chozas o tiendas (en griego skēnai, tiendas de campaña o cabañas). Esta referencia tiene trasfondo bíblico en la Fiesta judía de los Tabernáculos (Sucot), donde se construyen chozas con ramas para celebrar la presencia de Dios y la protección en el desierto. Algunos comentaristas sugieren que la Transfiguración pudo ocurrir en torno a esa festividad, dada la mención espontánea de Pedro. En sentido simbólico, la propuesta de las tiendas representa el anhelo humano de perpetuar las experiencias espirituales consoladoras. Pedro quiso “quedarse” en la gloria del monte, sin comprender en ese momento que Cristo debía aún cumplir la voluntad del Padre descendiendo a las llanuras del dolor humano. La respuesta divina (la nube y la voz) interrumpe a Pedro, indicando que la misión de Jesús no podía detenerse allí. San Agustín comentó que “Pedro quería hacer tres tiendas, pero… ya una sola tienda es el cuerpo de Cristo, la Iglesia, donde todos debemos habitar bajo una sola cabeza”. Es decir, no eran necesarias tres moradas separadas para Jesús, Moisés y Elías, porque Jesús es el centro y su Iglesia es la única tienda que hemos de habitar, escuchándole a Él.
En suma, el mensaje teológico de la Transfiguración es profundo y multifacético. Ante todo, revela la identidad de Jesús como Hijo de Dios en gloria, confirmando la confesión de fe de los discípulos. Además, conecta la antigua y la nueva alianza, mostrando a Jesús como cumplimiento de la Ley y los Profetas. Por otro lado, anticipa la Resurrección: la luz y la gloria vistas son un vistazo a la victoria pascual que seguirá a la cruz. Por eso la Iglesia lee este Evangelio en Cuaresma: para recordar que la Pasión de Cristo no termina en muerte sino en gloria, y que esa gloria será compartida. Finalmente, la Transfiguración tiene un fuerte componente pedagógico para la vida espiritual: enseña que la contemplación de la gloria divina fortalece la fe para afrontar la cruz. Jesús mismo quiso otorgar esta visión a sus discípulos para prepararlos interiormente: “les mostró por un instante el esplendor de su divinidad, para que, al verlo luego humillado y crucificado, entendieran que su Pasión fue voluntaria”. La voz del Padre añade la enseñanza de la obediencia: la clave del camino cristiano es “escuchar a Jesús”, incluso cuando nos conduce del Tabor al Calvario. De hecho, la tradición ha visto en la Transfiguración una promesa para todos los creyentes: si escuchamos a Cristo y cargamos nuestra cruz con Él, también participaremos un día de su gloria. Como sintetiza el Catecismo: “La Transfiguración de Cristo tuvo por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un monte alto prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta así lo que su Cuerpo (que es la Iglesia) contiene y resplandece en los sacramentos: ‘la esperanza de la gloria’”.
La Transfiguración a lo largo de la historia del cristianismo
Desde los primeros siglos, la Transfiguración ha sido objeto de reflexión teológica constante y ha ocupado un lugar importante en la espiritualidad cristiana. A lo largo de la historia, distintas tradiciones y teólogos han puesto de relieve diversos aspectos de este misterio:
En la Iglesia antigua, los Padres de la Iglesia vieron en la Transfiguración un milagro singular, distinto a los demás, porque el prodigio recae en la persona de Jesús mismo (no en un enfermo sanado, por ejemplo). Varios Padres occidentales –como el Papa San León Magno en el siglo V– enfatizaron el propósito “pedagógico” del episodio: Cristo quiso “transfigurarse” momentáneamente para fortalecer la fe de los apóstoles, preparándolos para el escándalo de la cruz. San León, en una famosa homilía, afirma que al mostrarles anticipadamente su gloria, Jesús “quitó del corazón de los discípulos el velo de la tristeza, para que entendieran que la humildad de la pasión era voluntaria”. De este modo, la exégesis latina subrayó que el Tabor mira hacia el Calvario: fue un “anticipo de la resurrección” dado antes de la pasión como garantía de la futura gloria. También en Occidente, Santo Tomás de Aquino (s. XIII) llamó a la Transfiguración “el mayor de los milagros de Cristo”, porque complementaba a su Bautismo y “mostraba la perfección de la vida en el cielo” –es decir, revelaba por un instante a los hombres la meta última: la visión gloriosa de Dios. Por esta importancia, Tomás sostuvo que era conveniente que Cristo se transfigurase al menos ante algunos discípulos durante su vida mortal.
Por su parte, en la tradición oriental griega, la Transfiguración adquirió un relieve incluso mayor como misterio en sí mismo. Desde los primeros siglos, los teólogos orientales –como Orígenes (s. III) o más tarde San Gregorio Nacianceno (s. IV)– vieron en Tabor una teofanía equivalente a la del Bautismo: un momento en que la divinidad de Cristo brilla y la voz del Padre da testimonio. En Oriente se insistió más en el valor intrínseco de la Transfiguración, no solo en función de la Pascua. Por ejemplo, Anastasio del Sinaí (s. VII) predicaba que en el Tabor “fue revelada la belleza del Reino [de Dios] y manifestada por adelantado la Parusía (Segunda Venida) de Cristo en gloria… Se nos prefiguró la transformación de nuestra condición en Cristo”. Es decir, los orientales leían la Transfiguración no solo como preparación para la pasión, sino como anuncio de la plena glorificación escatológica: Cristo se muestra como vendrá en su gloria al final de los tiempos, y a la vez muestra el destino futuro de los santos, que es ser transfigurados en Él. Esta perspectiva de divinización futura influyó mucho en la espiritualidad oriental, que celebra la Transfiguración como la fiesta de la luz de Cristo y de nuestra transformación en Él. De hecho, desde tiempos muy tempranos (al menos el siglo VI) la Iglesia oriental dedicó una fiesta especial a la Transfiguración el 6 de agosto, independientemente de la Cuaresma. Por el contrario, en la liturgia occidental antigua no existía inicialmente una fiesta separada en esa fecha (como se verá más adelante), sino que se conmemoraba principalmente durante la Cuaresma, lo cual reforzó en Occidente la idea de que el sentido principal del pasaje era fortalecer a la Iglesia ante la cruz y la esperanza de la resurrección. En palabras de un teólogo contemporáneo: “La Transfiguración [en la espiritualidad latina] no entró nunca como misterio autónomo dotado de significado propio, sino siempre en referencia a la Pascua, como antídoto al escándalo de la Pasión y promesa de la Resurrección”. En Oriente, en cambio, “la Transfiguración se ha visto como un misterio que tiene sentido en sí mismo” y se celebra por ello con gran solemnidad desde antiguo.
Un hito importante en la teología oriental de la Transfiguración ocurrió en el siglo XIV con la controversia entre San Gregorio Palamas y el filósofo Barlaam de Calabria. Palamas, un monje del Monte Athos, defendía que la luz vista por los apóstoles en el Tabor era realmente la Luz divina increada, o sea, las “energías” de Dios accesibles a la experiencia humana, aunque no su esencia incognoscible. Barlaam, más influido por la filosofía occidental, opinaba que aquella luz debía ser una luz creada (una visión sensible producida por Dios) y negaba que el hombre pudiera tener vislumbres directos de la luz divina. Palamas replicó que los discípulos habían recibido en ese momento la gracia de percibir la luz eterna que emana de la divinidad de Cristo, la misma luz en la que los justos participarán en el cielo. Este debate se inserta en la doctrina de la distinción entre la esencia inaccesible de Dios y sus energías comunicables: Palamas triunfó en la Iglesia oriental, que confirmó en concilios locales (en 1341 y 1351) la realidad de la luz de Tabor como manifestación de las energías divinas. Desde entonces, la espiritualidad ortodoxa ha resaltado la Transfiguración como prueba de que es posible para el hombre, por la gracia, contemplar la luz divina (tema central del hesicasmo). Muchos santos monjes orientales testimoniaron haber recibido destellos de esa luz inefable en la oración, como sucedió con san Serafín de Sarov en el siglo XIX, cuya cara –según testigos– resplandecía en la oración recordando la escena del Tabor.
Mientras tanto, en la teología occidental medieval, la Transfiguración también ocupó a grandes pensadores como Santo Tomás (ya mencionado) y San Buenaventura, aunque quizá sin controversias tan específicas como en Oriente. Se contemplaba como uno de los “cinco hitos” de la vida de Jesús junto con el Bautismo, la Crucifixión, la Resurrección y la Ascensión. Durante la Contrarreforma, con el auge de la predicación y arte barroco, se presentaba a menudo como consuelo en la fe: así como Cristo confortó a los suyos en el monte, también nosotros debemos buscar momentos de oración y contemplación que fortalezcan nuestra fe para las pruebas.
En época más reciente, el papa Juan Pablo II (1920-2005) dio un impulso a la relevancia devocional de la Transfiguración al incluirla en 2002 dentro de los “Misterios Luminosos” del Rosario. De este modo, propuso meditarla como uno de los cinco momentos claves de la vida pública de Jesús donde su luz ilumina nuestra vida (junto con el Bautismo, las Bodas de Caná, el anuncio del Reino y la institución de la Eucaristía). Por otro lado, el papa Benedicto XVI en sus enseñanzas también destacó a menudo el sentido espiritual del Tabor: señalaba que Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan al monte “para revelarles su gloria divina… para que esa luz los iluminara y los preparara para la oscuridad de la Pasión”. En la misma línea, nos invitaba a todos a “dejar que la luz de Cristo transfigurado nos ilumine, para poder nosotros mismos reflejarla en medio del mundo”.
Por último, cabe mencionar que la exégesis crítico-modernista, a partir del siglo XIX-XX, ofreció interpretaciones alternativas de la Transfiguración. Algunos teólogos racionalistas dudaron de la historicidad literal del evento y sugirieron que podría tratarse de un relato simbólico o “proyección” pascual. Por ejemplo, Rudolf Bultmann, influyente estudioso protestante del Nuevo Testamento, sostenía que el relato de la Transfiguración es en realidad una “historia de aparición del Resucitado desplazada” a la vida pública de Jesús. Según esa hipótesis, los primeros cristianos habrían tomado una visión o experiencia del Cristo glorioso (propia de después de la Resurrección) y la habrían narrado como si hubiera ocurrido antes de la Pasión, para subrayar la dignidad de Jesús. Sin embargo, esta teoría –aunque discutida en ámbitos académicos– no es aceptada por la Iglesia ni por la mayoría de exegetas tradicionales, pues desvirtúa el claro sentido de los evangelios. La tradición cristiana ha mantenido siempre que la Transfiguración fue un suceso real presenciado por testigos oculares (como lo subraya 2 Pedro 1,16) y con un profundo propósito revelatorio. Incluso muchos estudiosos modernos, aun reconociendo elementos teofánicos en la narrativa (paralelos con el Sinaí, etc.), afirman la sustancia histórica del episodio. En cualquier caso, desde el punto de vista teológico, el valor permanente de la Transfiguración no depende únicamente de la crónica histórica, sino del significado espiritual que la Iglesia ha reconocido en ella para la fe: es una “epifanía” del Señor que ilumina el misterio de la cruz y de la gloria.
















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