Galdós: lenguaje, individuo, sociedad

(A propósito de un libro de Rafael Rodríguez Marín*)

Manuel Seco, Real Academia Española

España desde una ventana

«Este hombre –decía de Galdós Azorín en 1912– ha revelado España a los ojos de los españoles que la desconocían». Muy cierto. Pero, si mucho de esa revelación se ha realizado haciéndoles poner el pie en sus tierras y su historia, mucho también se ha producido mostrándoles, desde una ventana, el alma o las almas de que está hecha la humanidad de este rincón de Europa.

Esa ventana es Madrid. La porción mas importante de la obra de Galdós –las Novelas españolas contemporáneas–, y, dentro de ella, la parte –para mí y para muchos– más sustancial, se desarrolla en Madrid, y gente de Madrid son todos los habitantes de esas novelas. Igual que en la realidad, muchos de los que en ellas pululan son verdaderos hijos de Madrid, pero también hay muchos que no lo son. Esto no quita que todos sean «madrileños», en el sentido tradicional y acogedor de moradores de la capital. Incluso el «moro» Almudena.

Madrileño fue también el canario Galdós, y en grado conspicuo: no solo porque vivió dos tercios de su vida en la capital, sino porque quiso ser madrileño. Fue mucho más madrileño que muchos que lo somos de nacimiento y estirpe. Amó y estudió a la ciudad, y siempre profundizó en ese amor y ese estudio, tanto respecto a sus calles y sus recodos como respecto a sus gentes, a todas sus gentes. En su conocida conferencia sobre Madrid, en 1915, habla de sus «frecuentes novillos» en la Universidad, «movido de un recóndito afán […]. No podía resistir la tentación de lanzarme a las calles en busca de una cátedra o enseñanza más amplias que las universitarias: las aulas de la vida urbana». En los barrios bajos, «el que os habla, fugitivo de la Universidad, ha hecho un año y otro, con buenas notas, cursos de Literatura práctica y aun de Psicología experimental […]. Los cursos de Derecho mercantil comparado los he hecho en la Plaza de la Cebada, café de Naranjeros, y los gané pisando tronchos de berza y cáscaras de fruta».

Por eso estaba en lo cierto Clarín: «Para mí Galdós es… madrileño. […] Este poeta que ha cantado al mismísimo arroyo Abroñigal, y que se queda extasiado –yo lo he visto– ante el panorama que se observa desde las Vistillas; que cree grandioso el Guadarrama nevado (como don Francisco Giner)…, jamás ha escrito nada que pueda hablarnos de los paisajes de su patria [canaria]. […] La patria de este artista es Madrid; lo es por adopción, por tendencia de su carácter estético, y hasta me parece… por agradecimiento. Él es el primer novelista de verdad, entre los modernos, que ha sacado de la corte de España un venero de observación y de materia romancesca, en el sentido propiamente realista, como tantos otros lo han sacado de París, por ejemplo. Es el primero y hasta ahora el único. A Madrid debe Galdós sus mejores cuadros, y muchas de sus mejores escenas y aun muchos de sus mejores personajes».

Para Galdós, Madrid fue el pequeño universo en que se condensaba España. Pequeño, pero suficiente para servir de escenario a las vidas, las pasiones y las angustias de toda una sociedad y una época. Hasta tal punto tuvo fijado ese escenario en su mente creadora que, como anotó Sainz de Robles, la ciudad imaginaria donde se desarrolla su novela última, La razón de la sinrazón, lleva en su nombre un eco de Madrid: Ursaria.

La observación del vivir madrileño en todos sus estratos sociales era en realidad la observación del vivir español. La salud, la fuerza o la debilidad del organismo entero eran diagnosticadas a través de los latidos del corazón. Pero el examen de este se llevaba a cabo con minuciosidad exhaustiva. Y la potente lupa que seguía paso a paso las vicisitudes íntimas de un carácter individual en su relación con otros, dentro de una ciudad concreta, en un medio limitado y en un tiempo preciso, nos daba la imagen y el entendimiento de un universo español.

La palabra hablada

La hondura humana que nos descubre Galdós al trazar sus criaturas es resultado de un magistral dominio del arte de la palabra: del arte narrativo y descriptivo, por supuesto; pero además, sobre todo, del arte de la palabra hablada. El mismo Galdós decía en el prólogo de El abuelo: «El sistema dialogal […] nos da la forja expedita y concreta de los caracteres. Estos se hacen, se componen, imitan más fácilmente, digámoslo así, a los seres vivos, cuando manifiestan su contextura moral con su propia palabra, y con ella, como en la vida, nos dan el relieve más o menos hondo y firme de sus acciones. La palabra del autor, narrando y describiendo, no tiene, en términos generales, tanta eficacia, ni da tan directamente la impresión de la verdad espiritual. Siempre es una referencia, algo como la historia, que nos cuenta los acontecimientos y nos traza retratos y escenas. Con la virtud misteriosa del diálogo parece que vemos y oímos, sin mediación extraña, el suceso y sus actores, y nos olvidamos más fácilmente del artista oculto que nos ofrece una ingeniosa imitación de la Naturaleza».

Aunque el diálogo, por sí mismo, no es la verdadera palabra hablada, sin duda es su vehículo natural. Por otra parte, la palabra hablada no se registra necesariamente, en la obra literaria, a través de la forma dialogal. Pero lo cierto es que, tanto en la voz de los personajes como en la del mismo narrador, Galdós da vida y verdad a las personas ficticias de ese pequeño mundo de Madrid/España, por medio de la palabra hablada.

Y ese es, justamente, el tema de este libro de Rafael Rodríguez Marín. No es, desde luego, la primera vez que un estudioso se adentra en una indagación tan apasionante como la del lenguaje galdosiano, y en particular en la de su lenguaje coloquial. Algunos lo han hecho con admirable penetración, y gracias a ellos nuestra comprensión del novelista se ha enriquecido en forma considerable. Ahora bien, esas inteligentes aproximaciones –con buen sentido– han enfocado su mirada en una meta limitada: un personaje, o una obra, o un recurso expresivo. Hoy, por primera vez, el trabajo de Rafael Rodríguez Marín opera sobre un corpus amplio, el sector más significativo de las Novelas españolas contemporáneas –trece obras de las veinticuatro que constituyen el grupo–, y desmenuza todo el tesoro de lengua hablada que en él se encierra, para considerarlo, pieza por pieza, a la luz de su función caracterizadora de una sociedad, de unos tipos y de unos personajes.

La decisión de avanzar más allá del terreno antes explorado, de profundizar en un campo tan lleno de hechizo como la lengua de Galdós –«su obra de arte suprema», como dijo Unamuno– ha sido el primer acierto de Rodríguez Marín. Una decisión valerosa por dos razones. Una, porque exigía empezar revisando y sopesando todo lo ya publicado, cientos de trabajos, «un gigantesco e incompleto rompecabezas» donde además frecuentemente se hacen borrosos los límites entre el estudio lingüístico y el literario. El tender un hilo de Ariadna a través de todo ese entramado, haciendo que los árboles dejasen ver el bosque y alcanzando una interpretación coherente, ya hubiera sido, por sí sola, labor merecedora de aplauso y gratitud. Pero la operación no ha quedado ahí. Porque la segunda razón que acredita la valentía de la empresa es el haberse propuesto dar un paso más en el examen de la lengua coloquial galdosiana, a conciencia de lo mucho ya logrado por otros –que Rodríguez Marín cita y calibra constante y atinadamente–, algunos de ellos con justicia reconocidos como clásicos en la exégesis lingüística del novelista dentro de la copiosa bibliografía por él suscitada.

La meta de todo este esfuerzo es muy precisa: determinar cuál es la función del lenguaje coloquial dentro de la serie más madura y perfecta de las obras del escritor. Para ello, la indagación de Rodríguez Marín procede por sucesivas aproximaciones: comienza por la variación verbal diatópica, sigue con la variación diastrática y concluye con la diafásica.

Variedades geográficas

La variación diatópica, que tan prominente lugar ocupó en la novela realista española del siglo xix, no funciona en Galdós exactamente igual que en otros miembros de su generación. Si en ellos es principalmente una nota de color local, en él esta nota solo ocurre en ocasiones contadas –en su caso, color local madrileño–; por ejemplo, en las voces más o menos anónimas de ambiente en la visita de Jacinta con Guillermina al «cuarto estado». Lo normal en Galdós es que la variedad geográfica no madrileña aparezca como una pincelada más de las que integran una determinada figura. Ahora bien, esa pincelada suele ser pálida, por el escaso relieve intrínseco de los personajes a quienes se aplica. Esto ocurre con los contados casos de catalanismo; menos, con los de andalucismo, pues este factor forma parte de fisonomías de cierta entidad, como la de Víctor Cadalso o la de doña Francisca Juárez.

Curiosamente, la presencia del andalucismo se da también en algunos parlamentos galdosianos no andaluces, sino de madrileño popular. Aunque este trasplante andaluz madrileño ha sido tachado de inexacto y excesivo, pienso que, si andaba algo desenfocada la visión de Galdós, sería en la forma, no en la tendencia, ya que ese nivel del habla madrileña siempre ha tenido un componente meridional, que sin duda fue más acusado en los últimos decenios del xix y principios del xx que en épocas más próximas a nosotros, según se puede deducir del testimonio –aun descontando sus dosis de exageración y caricatura– de la poesía y el teatro madrileñista de aquellos años (Ricardo de la Vega, Celso Lucio, José López Silva, etc.). Más certero es el retrato del hablar madrileño en otra figura, Juliana, compañera de novela de la última dama citada, y que, como muy bien señala Rodríguez Marín, no desmerecería, incluso en su carácter, al lado de más de una heroína posterior de Carlos Arniches.

Estratos sociales en el habla

El extenso capítulo segundo del libro se dedica a la variación diastrática. Tres niveles estudia separadamente Rodríguez Marín: el de las clases acomodadas, el culto y el de las clases humildes. El habla elegante tiene como carácter más vistoso la presencia de voces y locuciones extranjeras, especialmente francesas, dentro de las cuales el investigador hace notar la sutil diferencia dibujada por Galdós entre el habla de la persona auténticamente refinada y la advenediza. (Claro está que el galicismo, aparte de esta función, es un caracterizador de quienes en su discurso traicionan una larga permanencia en Francia, como en la figura, tan lograda lingüísticamente, de Aurora Samaniego). El novelista nos hace ver, sin embargo, que el galicismo es, en la clase alta, algo más que una «tonalidad» lingüística; es un síntoma más, aunque importante, de un gusto general por lo francés: el galicismo social. Actitud vital que anticipa lo que, medio siglo mas tarde, anotará Emilio Lorenzo respecto al peso del anglicismo, lingüístico y social, en la vida de los españoles.

No podía Galdós dejar de reflejar una característica inveterada de la buena sociedad: el gusto por acercarse al pueblo en la adopción de algunos de sus modos, manifiesta en especial en el uso de recursos expresivos propios de la gente de baja condición. «Para Galdós –recuerda Rodríguez Marín–, uno de los extremos característicos de la vida en Madrid es su capacidad de mezcla, demostrada, entre otras cosas, a través de la lengua». Esta particularidad aparece, sin embargo, en nuestro novelista más frecuentemente comentada que mostrada, aunque no falten fugaces ejemplos tan gráficos como los gitanismos de Juanito Santa Cruz. De hecho, es un fenómeno urbano de flujo y reflujo: en la vida real, el plebeyismo lingüístico del señorito tiene su reciprocidad en el cultismo, tan a menudo socarrón, que colorea la parla popular de Madrid.

En cuanto al nivel culto, la función caracterizadora de grupo campea principalmente, a través del análisis de Rodríguez Marín, en varias modalidades de expresión. La más elemental es la presencia de palabras y frases latinas en clérigos u otras personas relacionadas con la Iglesia. Por otro lado, el léxico hiperculto es una nota eficaz para retratar con risueño realismo a personajes en avanzado estado de pedantería. Y tanto el latín como la expresión pedantesca se unen a menudo, en el uso irónico del propio novelista, a la presencia de términos del lenguaje científico, no pocas veces deformados humorísticamente por él mismo o por cuenta de un tipo no mal representado en estas novelas: los estudiantes.

Los tópicos son un terreno en que la malicia satírica de Galdós raya a gran altura (por hacer uso de uno de ellos), y a ellos –por otra parte, ya objeto de atención de anteriores investigadores– dedica Rodríguez Marín muy interesantes páginas. La fina burla de Galdós ante los lugares comunes solo tiene par en la de su amigo Clarín, a quien, tras la publicación de La Regenta, el novelista de Madrid había manifestado en carta su propósito de «robarle» este método. Tópicos de la oratoria política, de la prosa administrativa, de la literatura, de la prensa, puestos en la picota del ridículo por el novelista, aparecen catalogados y comentados, en toda su riqueza y en todo su sabor, en este apartado del libro. Una y otra vez, la voz del escritor y la de sus criaturas rivalizan en el empleo del lugar común –naturalmente, desde perspectivas distintas: él con comicidad subjetiva, ellas con comicidad  objetiva–.

A la representación del lenguaje de la clase popular se aplicó Galdós con particular amor y estudio. Rodríguez Marín empieza reproduciendo una preciosa «poética» del novelista: «El verdadero maestro del hablar es el pueblo […]. Yo haría una Gramática en la que, además de aquel famoso “hemos o habemos” de los antiguos Epítomes de la Academia, pondría: “Somos o semos, haya o haiga”». En otros muchos textos aquí recogidos se confirma la constante atención que el escritor volcó sobre el habla popular, exponente del alto interés que sintió siempre hacia el sector de la sociedad que era usuario de ella. Rodríguez Marín realiza un examen muy pormenorizado de las abundantes y variadas manifestaciones (fónicas, morfosintácticas, léxicas) de ese nivel de lengua en las obras seleccionadas como campo de trabajo.

Pero el verismo se rompe –no solo en Galdós, sino en toda la generación de novelistas a que pertenece– nada menos que en un sector tan peculiar de la lengua del pueblo como es el constituido por las voces malsonantes, y dentro de ellas las interjecciones y exclamaciones: la forma de expresión más espontánea y directa en la palabra hablada y que, por serlo, alcanza la máxima temperatura en el nivel popular. Aquí ocurre que el realismo del artista, por motivos de tabú social, se desvía forzadamente hacia formas eufemísticas que el autor a menudo trata de redimir de su índole vergonzante por la vía del humor, convirtiéndolas en un guiño cómico. Los adjetivos roío, puñalero, reputadísimo, el nombre púas, las exclamaciones jo…sús, puño, puñales, peinetas, roer, caraifa, contro, me caso con tal, me caigo en cual, sustituyen con parónimos maliciosamente transparentes los crudos palabros «realmente» dichos por los personajes y que el respeto social impide al novelista reproducir sin disfraz. La sustitución no la hace el personaje-hablante popular, sino el autor coaccionado por los lectores de su tiempo. Es excepcional, y para mí sorprendente, que podamos encontrar algún caso desnudo, ahora sí realista, como putona u hostia.

El tono coloquial y el individuo

La variación diafásica, el uso del nivel de habla coloquial, es la materia de la parte final y culminante del trabajo de Rodríguez Marín. En Galdós el registro conversacional puede introducirse en el relato de todos los modos imaginables. Aparece, naturalmente, en el propio discurso del personaje en cuanto actor del coloquio. Aparece en su monólogo interior. Aparece asimismo en el discurso referido, ya sea por boca del narrador, ya sea por algún personaje que critica al retratado sus modos de hablar, o que en su ausencia le remeda en son de burla. Por último, la peculiaridad lingüística de un personaje puede aparecer tiñendo «inconscientemente» el habla de otro o incluso, humorísticamente, la voz objetiva (en teoría) del novelista. Recuerdo el párrafo con que se cierra la tetralogía de Torquemada –oportunamente evocado por Rodríguez Marín–, en el cual la muletilla del usurero, «¡cuidado!», pasa a ser la palabra final del narrador; ¡y en qué momento!: cuando acaba de morir el protagonista y está en el aire el interrogante sobre el destino de su alma: «El profano […] se abstiene de expresar un fallo que sería irrespetuoso, y se limita a decir: “Bien pudo Torquemada salvarse”. “Bien pudo condenarse”. Pero no afirma ni una cosa ni otra…, ¡cuidado!».

Es habitual en Galdós que las distintas modalidades de caracterización del individuo por su lenguaje vayan anticipadas por un apunte lingüístico que forma parte de la presentación de aquel en el momento en que va a entrar por primera vez en escena. Es lo que Rodríguez Marín llama «boceto lingüístico»: una somera descripción impresionista del idiolecto, que luego aparecerá materializada, en las sucesivas apariciones del personaje, cada vez que este abre la boca o que el novelista le destapa la voz del pensamiento. Estos bocetos, que en casos de especial complejidad del sujeto se amplían en ulteriores trazos, tienen un papel importante, el de despertar la atención del lector hacia un rasgo tan relevante del individuo como su forma de expresarse. Es verdad que en no pocas ocasiones, cuando se trata de personajes episódicos, el boceto lingüístico es la única caracterización que en este aspecto les concede el autor; la abstracción resumidora en lugar del habla «viva».

Caracterización estática y  dinámica de los hablantes.

Los “tránsfugas lingüísticos”

Los idiolectos de los personajes –señala Rodríguez Marín– «tienen muy frecuentemente una manifestación estática, no modificada a lo largo del relato. Pero es también muy común la caracterización verbal dinámica, que acompaña (subrayándola) o define (manifestándolos) determinados cambios producidos en el comportamiento o en la situación del personaje». Ciertos tics expresivos, como la muletilla –recurso, como se sabe, aprendido de Dickens–, sirven para caracterizar estáticamente a más de un personaje, y no es raro que esos tics, junto con determinadas preocupaciones lingüísticas, sirvan al novelista para exponer a un personaje a la sonrisa del lector (un excelente ejemplo, la rivalidad verbal entre Aparisi y Casa-Muñoz, en Fortunata y Jacinta).

Tras el examen lingüístico de algunas figuras, entre ellas las inolvidables de Benina, Almudena y Mauricia la Dura, Rodríguez Marín se aplica a la tarea de estudiar la caracterización verbal de los personajes que a lo largo de su existencia novelesca experimentan cambios en su situación social, evolución que se refleja fielmente en su expresión. Son los que nuestro investigador llama tránsfugas lingüísticos. A esta categoría pertenecen, por ejemplo, Felipe Centeno y Agustín Caballero, en su voluntad de acompasar su empleo de la lengua a su ascenso en los peldaños de la sociedad.

No todos los tránsfugas, sin embargo, ascienden. El caso de Isidora Rufete, «la Desheredada», ilustra la dirección adversa a las ilusiones de la protagonista. La paulatina degradación en que consiste el transcurso de su vida va acompañada de un paralelo abandono de la calidad de su lenguaje. El caso de Fortunata, uno de los caracteres más interesantes de toda la novelística de Galdós, es bastante más complejo. Fortunata, criada en ambiente plebeyo, llega a sentir su propia miseria lingüística y colabora de buen grado con quienes se empeñan en desbastar su expresión, como medio de ganar la integración en un nivel social más digno; pero los logros obtenidos retroceden cuando sus avatares pasionales la apartan de su alcanzado status de señora. Sin embargo, ya no dejará de ser consciente de sus carencias verbales, y más de una vez la veremos cohibida en presencia de las personas educadas, aunque «por más que digan –piensa–, yo me he afinado algo. Cuando pongo cuidado, digo muy pocos disparates».

El tránsfuga lingüístico por excelencia es Francisco Torquemada, cuyo ascenso social nos describe paso a paso el novelista utilizando, como uno de los indicadores más constantes del proceso, las nuevas maneras lingüísticas que el protagonista va asimilando, mejor o peor, a costa de ahincado esfuerzo de observación y autodisciplina («Hay que mirar lo que se parla»… «Ánimo, Francisco, que a nuevas posiciones, nuevos modales»). El relato de esta vía ascética de Torquemada –relato que se desenvuelve más a través de las peripecias de su decir que de su hacer– es una de las hazañas maestras de Galdós. Así lo corrobora y demuestra, con minuciosa eficacia, Rodríguez Marín en el análisis que dedica a la lengua de este singular personaje.

El autor charla con su amigo el lector

Hay que añadir –y a esto también ha estado atento Rodríguez Marín– que, presidiendo todo este friso de personajes caracterizados coloquialmente, se encuentra el único no-personaje: el creador. Galdós no solo se deja contagiar ocasionalmente por el habla de sus criaturas, sino que en su propio papel de relator se desenvuelve con habitual espontaneidad, dirigiéndose a su destinatario en tono familiar. Pero Galdós –según observación de Michael Nimetz recordada por Rodríguez Marín–, no intenta con ello atraerse al lector, sencillamente porque parte del supuesto de que el lector ya es amigo suyo.

Una breve evocación: ¿cómo se inicia el primer capítulo de Fortunata?: «Las noticias mas remotas que tengo de la persona que lleva este nombre [Juanito Santa Cruz] me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad». [Cursiva mía].Esdiscreta, aunque inequívoca, la atmósfera distendida con que empieza a contar Galdós, a las mismas puertas de la novela. Ni tampoco será insistente esa tonalidad. Lo habitual es un sabio manejo del contraste. Notemos la transición en el párrafo final de la primera parte de la misma obra, cuando surge la pulmonía de Santa Cruz, tras su loca busca de Fortunata por las calles del invierno: «Juan entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que le acometió fue tan intenso que las palabras de queja salían de sus labios como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror consultándose en silencio sobre la gravedad de aquellos síntomas… Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas calles, noche tras noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tira por allá, y nada. La res no cae. Y cuando más descuidado está el cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de las finas, le apunta, tira, y me le deja seco». [La cursiva es mía].

Final

«El principal hablante de Fortunata y Jacinta es Madrid, en perpetuo diálogo consigo mismo». Esta afirmación de Stephen Gilman puede, sin dificultad, extenderse a casi todas las Novelas españolas contemporáneas, en las cuales, en palabras del mismo crítico, citadas también por Rodríguez Marín, «Galdós edificó un Madrid verbal tan sólido como el París de Balzac». Un Madrid, añadamos, que en todo su abigarrado abanico social, desde la clase más desamparada hasta la más acomodada, es espejo de la España de la Restauración. La voz viva de ese mundo, que ya habíamos «oído» en las mejores páginas de Galdós, volvemos a escucharla ahora a través del examen documentadísimo, escrupuloso y sensible de Rafael Rodríguez Marín. Nunca habíamos encontrado un análisis tan extenso y tan hondo del lenguaje coloquial con que el mejor novelista de Madrid representó dinámicamente a una sociedad urbana que, siendo ella misma, era a la vez la imagen de la sociedad española de aquel fin de siglo. Los devotos de Galdós, que somos muchos, y los de la lengua española, que también somos bastantes, estamos en deuda con Rafael Rodríguez Marín por la alta calidad de su trabajo. Y también, sin que él lo haya pretendido (¿o sí?), por la incitación a volver a visitar a nuestro narrador amigo, que con sus libros, como dijo Luis Cernuda, es capaz de darnos nuevo alimento a cada estación nueva de la vida.


*  Este texto se publicó por primera vez como prólogo del libro de Rafael Rodríguez Marín La lengua como elemento caracterizador en las “Novelas españolas contemporáneas” de Galdós, Valladolid: Universidad, 1996.

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